Agradecimientos
Al profesor Alfonso Serrano Gómez y a María Dolores Serrano Tárraga, por aquella charla tan clarificadora y humana, en la parada del autobús, refugiándonos de la lluvia tras la salida de un simposio de Derecho Penal y Criminología, una fría noche de octubre del 19. Fue el comienzo de todo.
A Alfonso Serrano Maíllo, por todo. Siempre, mi ejemplo a seguir en este mundo criminológico.
A todos y cada uno de los profesores del Grado en Criminología de la UNED, mi segunda casa, fueron siete años maravillosos entre el grado, la mención y el máster.
A mi madre, que ya no está, pero sigue aquí y a la enfermedad, por su realidad.
A Lorenzo Gómez, por aquellos años de amistad, conociendo el mundo de la tv por dentro y a todos los que se han ido de este plano, pero continúan acompañándome, os pienso cada día.
A mi familia, por ser un apoyo constante.
Y, por supuesto, a Madrid: En el que alzo la mirada cada día, por adoptarme, cobijarme, moldearme, formarme y dejarme ser.
Gracias totales, Christian
«Mantener el paso ganado; hay que ser absolutamente moderno.»
— Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno (1873)
DECLARACIÓN JURADA DE AUTORÍA DEL TRABAJO ACADÉMICO TRABAJO FIN DE MÁSTER
Fecha: 30 de junio de 2026
Quien suscribe:
Nombre y apellidos: Christian Hernán Quaglia Fuentes
DNI:xxxxxxxxxxxxxxxx
Hace constar que es el/la autor/a del trabajo: Si.
Título completo del trabajo:
El papel del contexto social en la Teoría General del Delito de Gottfredson y Hirschi (1990): una revisión crítica desde la criminología contemporánea
Y manifiesta ser responsable de la realización del trabajo, de la interpretación de los datos y de la elaboración de las conclusiones. Asimismo, afirma que las aportaciones intelectuales de otros autores incluidas en el texto han sido debidamente citadas y referenciadas.
En este sentido,
DECLARA:
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✅ Que el abajo firmante es consciente de que, si se demostrara lo contrario, incurrirá en la responsabilidad disciplinaria que corresponda
Fdo.
RESUMEN
El presente Trabajo Fin de Máster desarrolla una revisión teórica y crítica de la Teoría General del Delito (TGD), formulada por Gottfredson y Hirschi (1990), que propuso una explicación unificada del comportamiento delictivo basada en un único factor: el bajo autocontrol. Su influencia en la investigación criminológica actual ha sido notable, aunque su énfasis en el individuo, la estabilidad del autocontrol y la escasa atención al contexto social han generado críticas persistentes. A partir del análisis de sus fundamentos conceptuales, de las pruebas empíricas disponibles y de las principales objeciones formuladas por la literatura especializada, el trabajo examina las limitaciones de la TGD para explicar la complejidad del comportamiento delictivo en las sociedades contemporáneas. De igual forma, incorpora las aportaciones de enfoques criminológicos posteriores, como la Teoría de la Tensión General, la teoría del curso de vida, la Teoría de la Acción Situacional y la criminología del riesgo, que ponen de relieve la importancia de factores estructurales, emocionales, situacionales y culturales en la explicación del delito. A partir de esta revisión, se propone una interpretación integradora que combina el autocontrol con los procesos de socialización, las trayectorias vitales, las oportunidades situacionales y las transformaciones socioculturales de la modernidad tardía. Finalmente, el trabajo analiza las implicaciones de esta perspectiva en el ámbito de la seguridad, destacando la necesidad de diseñar políticas preventivas multidimensionales, basadas en pruebas empíricas y sensibles a los contextos sociales en los que se desarrolla la conducta humana. El estudio concluye que la Teoría General del Delito continúa siendo una herramienta útil para comprender determinadas formas de comportamiento delictivo, pero que su capacidad explicativa aumenta significativamente cuando se integra con enfoques criminológicos que incorporan el papel del contexto social, las experiencias vitales y las condiciones situacionales.
Palabras clave: autocontrol, criminología, teoría del delito, contexto social, modernidad líquida, prevención del delito, sociedad del riesgo.
ABSTRACT
This master’s thesis develops a theoretical and critical review of the General Theory of Crime (GTC), formulated by Gottfredson and Hirschi (1990), which proposed a unified explanation of criminal behavior based on a single factor: low self-control. Its influence on contemporary criminology has been considerable; however, its emphasis on the individual, the stability of self-control, and the limited attention paid to social context have generated persistent criticism. Through an analysis of its conceptual foundations, the available empirical evidence, and the main objections raised in the academic literature, examines the limitations of the GTC in explaining the complexity of criminal behavior in contemporary societies. It also incorporates the contributions of subsequent criminological approaches, such as General Strain Theory, Life-Course Theory, Situational Action Theory, and risk criminology, all of which highlight the importance of structural, emotional, situational, and cultural factors in the explanation of crime. Based on this review, an integrative interpretation is proposed that combines self-control with socialization processes, life trajectories, situational opportunities, and the sociocultural transformations associated with late modernity. Finally, the thesis explores the implications of this perspective in the field of security, emphasizing the need for multidimensional crime prevention policies grounded in empirical evidence and sensitive to the social contexts in which human behavior develops. The study concludes that the General Theory of Crime remains a useful framework for understanding certain forms of criminal behavior, but that its explanatory power increases significantly when integrated with criminological approaches that incorporate the role of social context, life experiences, and situational conditions.
Keywords: self-control, criminology, crime theory, social context, liquid modernity, crime prevention, risk society.
ÍNDICE
Agradecimientos
Declaración jurada
Resumen
Introducción 0
1. Justificación y relevancia del tema 1
2. Objetivos 2
3. Hipótesis de trabajo 3
4. Metodología 3
Capítulo 1. La Teoría General del Delito: fundamentos y postulados 6
1.1. Contexto histórico e intelectual de la Teoría General del Delito 6
1.2. El autocontrol como núcleo explicativo de la Teoría General del Delito 9
1.3. Supuestos metodológicos e investigación empírica 16
1.4. Principales críticas a la Teoría General del Delito 20
Capítulo 2. El papel del contexto social en la explicación del delito 25
2.1. Las limitaciones estructurales: desigualdad, pobreza y exclusión social 25
2.2. Transformaciones culturales, modernidad tardía y sociedad del riesgo 27
2.3. Vínculos sociales, capital social y control informal 28
2.4. Transformaciones tecnológicas, digitales y laborales 31
2.5. Acumulación de desventajas y trayectorias de riesgo 32
Capítulo 3. Relecturas contemporáneas de la Teoría General del Delito 35
3.1. La teoría de la tensión general de Robert Agnew (1992) (“La teoría general de la tensión”) 35
3.2. La teoría del curso de vida de Sampson y Laub (1993) 38
3.3. La teoría de la acción situacional de Wikström (2004): un modelo integrador 40
3.4. La criminología cultural y la teoría del riesgo: Beck, Bauman y Garland 41
3.5. Comparación entre la Teoría General del Delito y las perspectivas criminológicas contemporáneas 44
Capítulo 4. Hacia una lectura integradora del autocontrol y el contexto social 46
4.1. El autocontrol como capacidad dinámica y socialmente condicionada 46
4.2. Hacia un modelo integrador de explicación del delito 47
4.3. Implicaciones teóricas de un modelo integrador 50
Capítulo 5. Implicaciones para la seguridad y la prevención del delito 51
5.1. Limitaciones de la TGD para la formulación de políticas preventivas 51
5.2. Aportaciones de las teorías contemporáneas a la seguridad 52
5.3. Hacia un modelo integral de seguridad basado en la investigación científica 54
5.4. Implicaciones para las políticas públicas de seguridad 55
Conclusiones 59
Bibliografía 62
Anexo I 64
INTRODUCCIÓN
La explicación del comportamiento delictivo ha sido uno de los objetos centrales de la criminología desde sus orígenes. A lo largo del siglo XX, las ciencias sociales desarrollaron un amplio abanico de teorías que intentaban comprender el delito desde perspectivas biológicas, psicológicas, sociológicas, económicas y culturales.
En este contexto plural, la propuesta de Michael Gottfredson y Travis Hirschi (1990), conocida como Teoría General del Delito (TGD), supuso un giro significativo al plantear una explicación unificada del delito basada en un único factor: el bajo autocontrol. Su apuesta por la parsimonia teórica y su aparente capacidad para explicar diferentes tipos de conductas desviadas con un solo constructo la convirtieron en una de las teorías más influyentes y debatidas de las últimas décadas.
Aun así, la evolución de la investigación criminológica y los cambios profundos en las sociedades contemporáneas han puesto de manifiesto diversas limitaciones de este enfoque. La TGD reduce las causas del delito a un rasgo individual, relativamente estable y fijado durante la infancia, desatendiendo los factores sociales, estructurales, culturales y situacionales que influyen en el comportamiento humano.
Al mismo tiempo, investigaciones empíricas posteriores han mostrado que el autocontrol puede variar a lo largo del ciclo vital y que las circunstancias sociales, económicas y ambientales desempeñan un papel fundamental en la configuración de las trayectorias delictivas, especialmente en un contexto marcado por la desigualdad, la precariedad laboral, la modernidad líquida y la sociedad del riesgo.
La hipótesis que guía esta investigación sostiene que, aunque el autocontrol constituye una variable relevante para explicar el comportamiento delictivo, su capacidad explicativa resulta insuficiente cuando se analiza de forma aislada del contexto social. Se parte de la premisa de que factores estructurales, comunitarios, culturales, emocionales y situacionales influyen tanto en el desarrollo del autocontrol como en la aparición de comportamientos delictivos. En consecuencia, la comprensión de la criminalidad contemporánea exige modelos teóricos capaces de integrar simultáneamente dimensiones individuales y contextuales.
A partir de esta hipótesis general, la pregunta de investigación que orienta el trabajo puede formularse del siguiente modo: ¿hasta qué punto la Teoría General del Delito permite explicar adecuadamente las manifestaciones de la delincuencia en las sociedades contemporáneas y cuáles son las aportaciones que ofrecen las teorías criminológicas posteriores para complementar sus limitaciones?
Para ello, se examinan en este trabajo sus fundamentos conceptuales, su desarrollo histórico y los principales estudios empíricos que respaldan sus postulados, al tiempo que se abordan las principales críticas dirigidas contra su reduccionismo individualista y su desvinculación del contexto social. Posteriormente se revisan teorías contemporáneas que han incorporado dimensiones estructurales, emocionales, situacionales y culturales a la explicación del delito, como la Teoría de la Tensión General, la Teoría del Curso de Vida, la Teoría de la Acción Situacional y la criminología del riesgo. La estructura del presente trabajo refleja este recorrido analítico.
1. Justificación y relevancia del tema En primer lugar, el Capítulo 1 presenta los fundamentos de la TGD, su concepto central de autocontrol, sus supuestos metodológicos y los principales debates empíricos que ha generado.
El Capítulo 2 profundiza en el papel del contexto social, mostrando por qué factores estructurales, comunitarios y culturales deben incorporarse a cualquier explicación completa del delito.
El Capítulo 3 analiza relecturas y teorías contemporáneas que cuestionan, matizan o amplían la TGD desde diferentes perspectivas teóricas y metodológicas.
El Capítulo 4 propone una lectura integradora que combina el autocontrol con las dimensiones sociales, emocionales y situacionales identificadas en los capítulos anteriores.
El Capítulo 5 examina las implicaciones de esta integración para el campo de la seguridad, aportando recomendaciones y orientaciones relevantes para las políticas públicas, la gestión del riesgo y la prevención del delito. Finalmente, las Conclusiones sintetizan las aportaciones del estudio y destacan la necesidad de avanzar hacia modelos criminológicos más amplios, flexibles y sensibles a los cambios sociales contemporáneos.
Este trabajo pretende ofrecer una revisión crítica y actualizada de la Teoría General del Delito, situándola dentro del panorama criminológico actual y evaluando su potencial —y sus límites— para comprender el delito en sociedades complejas. Este análisis resulta especialmente pertinente para el ámbito de la seguridad, que requiere enfoques basados en la investigación, capaces de integrar diferentes niveles de explicación y de guiar políticas preventivas efectivas y socialmente justas.
La Teoría General del Delito, formulada por Michael Gottfredson y Travis Hirschi en 1990, supuso un hito dentro de la criminología actual al proponer una explicación unificadora del comportamiento delictivo basada en un único factor: el bajo autocontrol. Desde su aparición, ha sido una de las teorías más influyentes, ampliamente contrastada empíricamente y objeto de numerosos debates académicos.
Múltiples investigadores han señalado sus limitaciones por el énfasis excesivo en el componente individual y su escasa consideración de los factores estructurales, culturales y sociales que influyen en el comportamiento delictivo y en sus diferentes manifestaciones.
La teoría parte de una concepción estática del autocontrol, definida durante la infancia y relativamente inmune al contexto social posterior. Esta visión resulta problemática en un mundo caracterizado por la movilidad, la desigualdad, la precariedad laboral y la hiperconectividad digital.
El presente trabajo propone una revisión crítica de la Teoría General del Delito a la luz de la criminología actual, especialmente en lo relativo al papel del contexto social en la génesis y evolución de las conductas delictivas.
El objetivo es contribuir a un enfoque más integrador que supere el reduccionismo individualista y dialogue con las teorías sociales del delito, la criminología del desarrollo y las perspectivas culturales del riesgo.
Desde la perspectiva del Máster en Seguridad, esta investigación reviste especial interés al ofrecer una visión actualizada sobre los determinantes del comportamiento delictivo en entornos complejos, teniendo implicaciones directas para el diseño de políticas preventivas y de seguridad, basadas en la investigación científica.
2. Objetivos
Objetivo general
Analizar críticamente el papel del contexto social en la Teoría General del Delito y evaluar su vigencia explicativa en la criminología contemporánea.
Objetivos específicos
1. Revisar los fundamentos conceptuales y metodológicos de la Teoría General del Delito de Gottfredson y Hirschi (1990).
2. Identificar las principales críticas que señalan su reduccionismo individualista y su desvinculación del contexto social.
3. Examinar las aportaciones de teorías contemporáneas que han incorporado variables estructurales, culturales y de socialización.
4. Proponer una lectura integradora que combine el autocontrol con los factores contextuales en la explicación del delito.
3. Hipótesis de trabajo
El autocontrol no puede entenderse como una variable puramente individual e inmutable, sino como una competencia socialmente construida y condicionada por el entorno. Por tanto, la Teoría General del Delito resulta insuficiente si no incorpora el papel del contexto social en el desarrollo y manifestación del comportamiento delictivo.
4. Metodología
El presente Trabajo Fin de Máster se desarrolla mediante una revisión teórica y crítica de la literatura criminológica especializada, con el objetivo de analizar el papel del contexto social en la Teoría General del Delito (TGD) y evaluar su capacidad explicativa a la luz de los desarrollos más recientes de la criminología.
La investigación adopta un enfoque cualitativo, documental e interpretativo. No se pretende realizar una contrastación empírica propia mediante trabajo de campo, sino examinar críticamente las principales aportaciones teóricas y empíricas existentes sobre el autocontrol, el contexto social y la explicación del comportamiento delictivo. Para ello se han utilizado tanto fuentes primarias como secundarias.
Entre las primeras destacan las obras originales de Gottfredson y Hirschi (1990), Agnew (1992, 1995), Sampson y Laub (1993, 2003), Wikström (2004), así como trabajos de referencia de Beck (1998), Bauman (2000) y Garland (2001). Entre las fuentes secundarias se incluyen artículos científicos, revisiones sistemáticas, metaanálisis y estudios empíricos publicados en revistas especializadas de criminología, sociología y ciencias sociales.
La selección bibliográfica se ha realizado mediante búsquedas sistemáticas en bases de datos académicas de reconocido prestigio, entre ellas Scopus, Web of Science, Dialnet, Google Scholar y los recursos bibliográficos disponibles a través de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), así como mediante el acceso a monografías especializadas relevantes para el objeto de estudio.
Los criterios de inclusión han estado basados en la relevancia temática, el impacto académico de las publicaciones y su contribución al debate sobre la relación entre autocontrol y contexto social. Aunque se ha priorizado la literatura publicada desde el año 2000, se han incorporado también obras clásicas imprescindibles para comprender la evolución histórica del debate criminológico.
Un aspecto metodológico especialmente relevante en el estudio del autocontrol es el uso de técnicas de autoinforme, ampliamente empleadas en la investigación criminológica contemporánea. Desde la publicación de la Teoría General del Delito, numerosos estudios han utilizado cuestionarios de autoinforme para medir tanto la conducta como los niveles de autocontrol de los participantes.
Entre estos instrumentos destaca la Self-Control Scale desarrollada por Grasmick et al. (1993), considerada una de las herramientas más utilizadas para la evaluación empírica del constructo.
La utilización de instrumentos de autoinforme ha sido igualmente objeto de atención en la investigación criminológica española. Diversos estudios han señalado la utilidad de estas herramientas para analizar conductas desviadas que no aparecen reflejadas en estadísticas oficiales, así como para evaluar constructos complejos como el autocontrol, las actitudes hacia la norma o la propensión delictiva.
Aunque presentan limitaciones metodológicas conocidas, los autoinformes continúan siendo uno de los instrumentos más utilizados para la contrastación empírica de teorías criminológicas contemporáneas.
Los estudios de autoinforme presentan importantes ventajas metodológicas. Permiten acceder a comportamientos que no aparecen reflejados en estadísticas policiales o judiciales, facilitan el análisis de grandes muestras poblacionales y ofrecen una aproximación directa a las percepciones, actitudes y experiencias de los individuos. Gracias a esta metodología, la relación entre autocontrol y delincuencia ha podido ser examinada en contextos culturales diversos y mediante diseños de investigación muy variados (Grasmick et al., 1993; Pratt & Cullen, 2000; Vazsonyi & Mikuška, 2021).
La literatura especializada también ha señalado diversas limitaciones. Entre ellas destacan los posibles sesgos derivados de la deseabilidad social, los errores de memoria, la ocultación de comportamientos socialmente reprobables y los problemas de circularidad conceptual existentes en algunas escalas de medición. Estas cuestiones han generado un intenso debate acerca de la validez de determinados instrumentos utilizados para evaluar el autocontrol y constituyen uno de los aspectos metodológicos más discutidos dentro de la investigación criminológica reciente (Hay & Forrest, 2008; Grasmick et al., 1993).
La estrategia de análisis seguida en este trabajo combina la revisión bibliográfica con el análisis comparado de teorías criminológicas. Se examinan los postulados de la Teoría General del Delito y se contrastan con las aportaciones de la Teoría de la Tensión General de Agnew, la teoría del curso de vida de Sampson y Laub, la Teoría de la Acción Situacional de Wikström y las perspectivas de la criminología del riesgo y la modernidad tardía. Este enfoque comparativo permite identificar coincidencias, divergencias y posibles puntos de integración entre los diferentes modelos explicativos.
Finalmente, el trabajo adopta una perspectiva crítica orientada a evaluar hasta qué punto el autocontrol puede considerarse una variable independiente del contexto social o si, por el contrario, debe entenderse como una capacidad influida por procesos de socialización, experiencias vitales y condiciones estructurales.
Esta cuestión constituye el núcleo de la hipótesis planteada y guía el conjunto del análisis desarrollado en los capítulos posteriores.
CAPÍTULO 1. LA TEORÍA GENERAL DEL DELITO: FUNDAMENTOS Y POSTULADOS
1.1. Contexto histórico e intelectual de la Teoría General del Delito
La publicación de A General Theory of Crime por Michael Gottfredson y Travis Hirschi en 1990, constituye uno de los acontecimientos más relevantes de la producción científica de las últimas décadas. La obra supuso un intento ambicioso de formular una explicación general capaz de dar cuenta no solo del delito, sino también de un amplio conjunto de conductas desviadas y de riesgo mediante un único principio explicativo: el autocontrol.
Para comprender adecuadamente el alcance de esta propuesta resulta necesario situarla en el contexto histórico, intelectual y criminológico en el que fue desarrollada.
Durante gran parte del siglo XX, la criminología estuvo dominada por teorías que atribuían la delincuencia a factores sociales y estructurales. Desde la Escuela de Chicago hasta las teorías de la anomia y la desorganización social, numerosos autores sostuvieron que la pobreza, la desigualdad, la exclusión social, la movilidad residencial o la falta de oportunidades constituían elementos fundamentales para explicar la aparición y distribución de la criminalidad.
En este contexto, el delincuente era entendido como el resultado de determinadas condiciones sociales más que como un individuo portador de características específicas.
Autores como Shaw y McKay (1942) observaron que las tasas de delincuencia se concentraban de forma persistente en determinadas áreas urbanas caracterizadas por elevados niveles de pobreza y desorganización comunitaria.
Por su parte, Merton (1938) argumentó que el delito podía interpretarse como una adaptación a la tensión generada por la imposibilidad de alcanzar los objetivos culturalmente valorados mediante medios legítimos. Estas perspectivas compartían la idea de que las causas fundamentales del delito debían buscarse en la estructura social.
Esta orientación dominó buena parte del pensamiento criminológico durante varias décadas y contribuyó a consolidar la idea de que la delincuencia debía entenderse como un fenómeno estrechamente vinculado a las condiciones sociales de vida. En consecuencia, la intervención sobre factores estructurales como la pobreza, la exclusión o la desorganización comunitaria pasó a ocupar un lugar central dentro de las estrategias de prevención del delito.
A partir de la década de 1960 comenzaron a surgir enfoques que cuestionaban esta interpretación. Entre ellos destacó la teoría del control social formulada por Hirschi en Causes of Delinquency (1969), obra que constituye uno de los antecedentes más importantes de la posterior Teoría General del Delito. Hirschi sostuvo que la pregunta fundamental no era por qué las personas delinquen, sino por qué la mayoría de ellas no lo hacen.
Hirschi indicó que el delito no requería motivaciones especiales, ya que los impulsos egoístas forman parte de la naturaleza humana. Lo verdaderamente relevante era la existencia de vínculos sociales capaces de contener dichos impulsos. Para Hirschi, elementos como el apego, el compromiso, la participación y las creencias actuaban como mecanismos de control informal que favorecían la conformidad con las normas sociales (Hirschi, 1969).
Las raíces intelectuales de este planteamiento pueden rastrearse incluso más atrás, hasta la filosofía política de Thomas Hobbes. En su obra Leviatán (1651), Hobbes describía a los seres humanos como individuos guiados por intereses personales y deseos inmediatos. En ausencia de normas, instituciones o mecanismos de control, la convivencia derivaría en un estado permanente de conflicto.
Aunque Gottfredson y Hirschi no desarrollan explícitamente una teoría hobbesiana, su concepción del comportamiento humano comparte algunos elementos fundamentales con esta tradición filosófica. Ambos autores parten de la idea de que los individuos buscan recompensas inmediatas y que el control constituye un elemento esencial para contener conductas potencialmente dañinas.
Esta concepción antropológica resulta especialmente relevante porque permite comprender por qué la teoría concede tanta importancia al autocontrol. Desde esta perspectiva, el problema no radica en la existencia de impulsos o deseos inmediatos, sino en la capacidad de los individuos para regularlos conforme a normas sociales y objetivos a largo plazo.
La formulación de la Teoría General del Delito coincidió además con importantes transformaciones políticas y sociales en Estados Unidos. Durante las décadas de 1970 y 1980 se produjo un aumento de la preocupación pública por la delincuencia, acompañado por un endurecimiento progresivo de las políticas criminales. En este contexto, las explicaciones centradas en la responsabilidad individual comenzaron a adquirir una influencia creciente frente a los modelos estructurales.
La propuesta de Gottfredson y Hirschi encajaba perfectamente en esta nueva orientación intelectual al desplazar el foco explicativo desde las condiciones sociales hacia las características individuales.
Como ya sabemos, uno de los aspectos más novedosos de la teoría fue su apuesta por la parsimonia. Frente a la proliferación de explicaciones multicausales, los autores defendieron que el delito podía explicarse mediante un único constructo, el autocontrol. Las personas con bajos niveles de autocontrol presentan una mayor tendencia a buscar gratificaciones inmediatas, asumir riesgos, actuar impulsivamente y desatender las consecuencias futuras de sus actos. Estas características aumentarían la probabilidad tanto de cometer delitos como de involucrarse en otras conductas problemáticas.
La principal ventaja de este planteamiento reside en su capacidad para ofrecer una explicación unificada de fenómenos aparentemente diversos. Según Gottfredson y Hirschi, las mismas características que favorecen la comisión de delitos también pueden encontrarse detrás de comportamientos como el consumo abusivo de sustancias, los accidentes de tráfico o determinadas conductas imprudentes, lo que refuerza la pretensión generalizadora de la teoría.
La simplicidad de la propuesta contribuyó decisivamente a su éxito académico. En pocos años, la Teoría General del Delito se convirtió en una de las teorías más estudiadas, citadas y contrastadas empíricamente dentro de la criminología internacional.
Esta misma simplicidad generó también numerosas críticas. Determinados autores señalaron que la teoría reducía excesivamente la complejidad del fenómeno criminal al atribuirlo casi exclusivamente a una característica individual relativamente estable (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017). Bajo esta interpretación, los factores como la desigualdad, la cultura, la exclusión social, las emociones, las experiencias vitales o los cambios históricos quedaban relegados a un papel secundario.
Precisamente, gran parte de los debates criminológicos desarrollados durante las últimas tres décadas han girado en torno a esta cuestión. Mientras los defensores de la Teoría General del Delito destacan la robustez empírica del autocontrol como predictor del comportamiento delictivo, sus críticos argumentan que ninguna explicación resulta completa si ignora el contexto social en el que los individuos desarrollan sus trayectorias vitales (Pratt & Cullen, 2000; Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017).
Esta tensión entre factores individuales y factores sociales constituye uno de los principales ejes de discusión de la criminología reciente y sirve como punto de partida para el análisis desarrollado en el presente trabajo.
Esta discusión entre explicaciones centradas en el individuo y explicaciones centradas en el contexto social constituye precisamente el núcleo del debate que se analiza en este trabajo. La cuestión fundamental no es determinar si el autocontrol influye en el comportamiento delictivo —algo ampliamente respaldado por la investigación empírica—sino analizar hasta qué punto dicho autocontrol puede entenderse al margen de las condiciones sociales en las que se desarrolla el individuo. Desde esta óptica, la revisión crítica de la Teoría General del Delito permite reflexionar sobre la necesidad de integrar factores individuales y contextuales para comprender adecuadamente la criminalidad contemporánea.
1.2. El autocontrol como núcleo explicativo de la Teoría General del Delito
El concepto de autocontrol constituye el eje central de la Teoría General del Delito formulada por Gottfredson y Hirschi (1990), planteamiento que el propio Gottfredson desarrolló y defendió posteriormente en trabajos posteriores (Gottfredson, 2006).
A diferencia de otras teorías criminológicas que buscan las causas de la delincuencia en factores estructurales, económicos, culturales o comunitarios, los autores sostienen que la principal explicación del comportamiento delictivo reside en una característica individual relativamente estable: el nivel de autocontrol desarrollado por cada persona (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Desde esta perspectiva, el delito no requiere una motivación especial. Los seres humanos tienden de forma natural a buscar beneficios inmediatos, minimizar esfuerzos y satisfacer sus deseos de la manera más rápida posible. Lo que impide que la mayoría de las personas recurran al delito para alcanzar dichos objetivos es la existencia de mecanismos de autocontrol que permiten valorar las consecuencias futuras de las propias acciones. En este sentido, el comportamiento delictivo no sería el resultado de una patología específica ni de una condición excepcional, sino la manifestación de una incapacidad para controlar impulsos inmediatos cuando surge una oportunidad favorable (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Gottfredson y Hirschi no desarrollan explícitamente una teoría filosófica del comportamiento humano, pero su planteamiento resulta compatible con tradiciones de pensamiento que consideran el control como un elemento fundamental para la convivencia social y la contención de impulsos orientados a la satisfacción inmediata (Gottfredson & Hirschi, 1990; Hobbes, 1651/2010).
De acuerdo con la Teoría General del Delito, las personas con bajo autocontrol presentan una serie de características relativamente consistentes. Suelen actuar de manera impulsiva, muestran dificultades para posponer gratificaciones, prefieren actividades que requieren poco esfuerzo, buscan emociones intensas, planifican escasamente sus acciones y muestran una menor sensibilidad hacia las consecuencias que sus actos pueden tener para otras personas. Estas características aumentan la probabilidad de implicarse tanto en conductas delictivas como en otros comportamientos considerados problemáticos o de riesgo (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Estas características no deben interpretarse como rasgos aislados, sino como manifestaciones de una misma dificultad para regular la conducta en función de objetivos a largo plazo. La impulsividad constituye probablemente el elemento más visible del bajo autocontrol. Las personas impulsivas tienden a actuar con rapidez ante estímulos inmediatos, prestando escasa atención a las posibles consecuencias futuras de sus decisiones. Esta tendencia favorece la adopción de comportamientos arriesgados y reduce la capacidad para evaluar adecuadamente los costes potenciales de determinadas acciones (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Otro rasgo característico es la preferencia por las gratificaciones inmediatas frente a recompensas futuras más beneficiosas.
Gottfredson y Hirschi afirman que los individuos con bajo autocontrol muestran dificultades para posponer la satisfacción de sus deseos, lo que incrementa la probabilidad de recurrir a soluciones rápidas incluso cuando estas implican riesgos legales, sociales o personales (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Desde este punto de vista, muchas conductas delictivas pueden entenderse como intentos de obtener beneficios inmediatos sin considerar suficientemente las consecuencias a largo plazo.
La búsqueda de sensaciones constituye igualmente una dimensión relevante del bajo autocontrol. Los individuos con escasa capacidad de autorregulación suelen mostrar una mayor atracción hacia actividades emocionantes, impredecibles o potencialmente peligrosas.
Este rasgo ha sido relacionado no solo con determinadas formas de delincuencia, sino también con comportamientos como la conducción temeraria, el consumo abusivo de sustancias o la participación en actividades de elevado riesgo físico (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Asimismo, las personas con bajo autocontrol suelen presentar una menor capacidad de planificación. Tienden a centrar su atención en el presente inmediato y muestran dificultades para organizar acciones orientadas a objetivos futuros. Esta característica ayuda a explicar por qué determinados delitos, especialmente aquellos cometidos de forma oportunista requieren escasa preparación previa y se producen cuando surge una ocasión favorable.
Para Gottfredson y Hirschi, la mayoría de las conductas delictivas no responden a procesos complejos de toma de decisiones, sino a respuestas rápidas ante oportunidades percibidas como atractivas (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Finalmente, la teoría señala que los individuos con bajo autocontrol suelen mostrar una menor sensibilidad hacia las consecuencias que sus actos pueden tener para otras personas. Este aspecto no implica necesariamente la ausencia de valores morales, sino una tendencia a priorizar beneficios inmediatos sobre posibles perjuicios ajenos.
La combinación de impulsividad, búsqueda de gratificaciones rápidas, escasa planificación y limitada consideración de las consecuencias sociales configura el perfil general que la Teoría General del Delito asocia con una mayor probabilidad de comportamiento delictivo.
La importancia de estas características radica en que, según Gottfredson y Hirschi (1990), no se manifiestan únicamente en el ámbito de la delincuencia. Por el contrario, reflejan una disposición general hacia comportamientos orientados al corto plazo, lo que explicaría la relación observada entre bajo autocontrol y una amplia variedad de conductas problemáticas. Esta pretensión de generalidad constituye uno de los elementos más distintivos de la teoría y uno de los principales argumentos utilizados por sus autores para defender su capacidad explicativa (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Uno de los aspectos más relevantes de la teoría es que el autocontrol no se limita a explicar la delincuencia tradicional. Gottfredson y Hirschi afirman que el mismo conjunto de rasgos puede encontrarse detrás de conductas tan diversas como el consumo abusivo de sustancias, los accidentes de tráfico, determinadas conductas sexuales de riesgo, las imprudencias graves o ciertos comportamientos antisociales no tipificados penalmente.
Esta pretensión de universalidad constituye uno de los elementos más ambiciosos de la teoría y explica en gran medida la enorme influencia que ha tenido en la criminología de las últimas décadas (Gottfredson & Hirschi, 1990; Pratt & Cullen, 2000).
Esta capacidad para explicar fenómenos muy diversos mediante un único principio explicativo constituye uno de los principales atractivos de la teoría. Frente a enfoques centrados en tipos específicos de delincuencia, Gottfredson y Hirschi proponen un marco general aplicable a múltiples formas de comportamiento desviado. Precisamente esta vocación integradora ha favorecido su amplia difusión en la investigación criminológica internacional y ha convertido al autocontrol en una de las variables más estudiadas durante las últimas décadas.
Asimismo, esta pretensión de generalidad ha permitido que la Teoría General del Delito sea aplicada en investigaciones relativas a fenómenos muy diversos, trascendiendo el ámbito estrictamente penal. Su influencia puede apreciarse en estudios sobre delincuencia juvenil, violencia interpersonal, consumo de sustancias, siniestralidad vial e incluso determinados comportamientos de riesgo para la salud, lo que refleja la amplitud del modelo explicativo propuesto por sus autores, en el cual el origen del autocontrol se encuentra fundamentalmente en los procesos de socialización temprana.
La familia desempeña un papel central durante los primeros años de vida, ya que es en este periodo cuando los niños aprenden a controlar impulsos, respetar normas y anticipar consecuencias. Gottfredson y Hirschi consideran que la adquisición de autocontrol depende principalmente de tres elementos: la capacidad de los progenitores para supervisar la conducta de los hijos, la identificación de comportamientos inadecuados y la aplicación consistente de correcciones cuando estos se producen (Gottfredson & Hirschi, 1990). La supervisión parental ocupa un lugar central dentro de este planteamiento.
Para Gottfredson y Hirschi, los progenitores deben conocer las actividades que realizan sus hijos, las personas con las que se relacionan y los entornos en los que desarrollan su vida cotidiana. La supervisión no implica únicamente control directo, sino también implicación activa en los procesos de socialización (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Cuando esta supervisión resulta insuficiente o inconsistente, aumenta la probabilidad de que determinadas conductas problemáticas pasen desapercibidas y se consoliden con el tiempo (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Como ya sabemos, la prevención de futuras conductas delictivas comienza mucho antes de que aparezcan los primeros comportamientos problemáticos. La calidad de la supervisión familiar desempeña una función preventiva esencial al facilitar la interiorización de normas, hábitos de autocontrol y pautas de comportamiento socialmente aceptadas durante las primeras etapas del desarrollo.
Desde esta perspectiva, la intervención temprana sobre las dinámicas familiares adquiere una importancia fundamental dentro de las políticas preventivas. El fortalecimiento de las competencias parentales, el apoyo a las familias y la promoción de entornos educativos estables constituyen instrumentos que pueden favorecer el desarrollo del autocontrol desde las primeras etapas del ciclo vital.
El segundo elemento señalado por los autores consiste en la capacidad para identificar comportamientos inadecuados. La mera observación de la conducta infantil no resulta suficiente si los progenitores no son capaces de reconocer aquellas acciones que requieren corrección (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Desde este planteamiento, el desarrollo del autocontrol depende en parte de la existencia de normas claras y de la capacidad de los adultos para transmitirlas de forma comprensible y coherente.
El tercer componente fundamental es la aplicación consistente de consecuencias ante los comportamientos inapropiados.
Gottfredson y Hirschi sostienen que los niños aprenden progresivamente a anticipar los resultados de sus acciones cuando existe una relación estable entre conducta y corrección. Por el contrario, la aplicación arbitraria, impredecible o inexistente de consecuencias dificulta la interiorización de mecanismos de autorregulación y favorece el mantenimiento de conductas impulsivas (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Este planteamiento otorga a la familia una importancia decisiva dentro de la explicación criminológica. La calidad de los procesos de socialización temprana se convierte así en el principal mecanismo generador de diferencias individuales en los niveles de autocontrol. Las variables tradicionalmente utilizadas por otras teorías —como la clase social, la pobreza o las características del barrio— adquieren una relevancia secundaria, ya que su influencia estaría mediada por su impacto sobre las prácticas de crianza y supervisión familiar.
Precisamente este último aspecto ha generado una parte importante del debate posterior.
Diversos investigadores han cuestionado si los procesos familiares pueden analizarse de forma independiente de las condiciones sociales en las que se desarrollan. Factores como la precariedad económica, la inestabilidad laboral, la exclusión social o las dificultades de conciliación pueden afectar significativamente a la capacidad de supervisión de las familias. Esta discusión ha llevado a numerosos autores a replantear la relación entre autocontrol y la realidad social, convirtiéndose en uno de los principales puntos de controversia de la criminología contemporánea (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017).
En el marco de este enfoque, las diferencias individuales en los niveles de autocontrol tienen su origen en experiencias de crianza desiguales. Los niños que crecen en entornos donde existe supervisión efectiva, disciplina coherente y atención a las conductas problemáticas desarrollan mayores capacidades de autorregulación. Por el contrario, aquellos que experimentan una supervisión deficiente o inconsistente presentan una mayor probabilidad de desarrollar niveles reducidos de autocontrol.
Uno de los postulados más controvertidos de la teoría es precisamente la afirmación de que el autocontrol queda esencialmente configurado durante la infancia y permanece relativamente estable a lo largo de la vida.
Gottfredson y Hirschi indican que, una vez finalizado este proceso de socialización temprana, las posibilidades de modificación posterior son limitadas. Esta idea ha generado un intenso debate dentro de la criminología, ya que numerosos estudios posteriores han cuestionado la existencia de una estabilidad tan rígida.
La relevancia de esta discusión es considerable, ya que afecta directamente a las posibilidades de intervención y prevención. Si el autocontrol permanece prácticamente inalterable tras la infancia, las políticas preventivas deberían concentrarse fundamentalmente en los primeros años de vida. Por el contrario, si puede modificarse mediante experiencias posteriores, existirían mayores oportunidades para intervenir durante la adolescencia y la edad adulta.
Esta cuestión posee importantes implicaciones prácticas para la criminología aplicada y para las políticas públicas de seguridad. La aceptación de una mayor capacidad de cambio a lo largo del ciclo vital permitiría diseñar intervenciones preventivas y programas de reinserción dirigidos también a adolescentes y adultos, ampliando considerablemente las posibilidades de actuación frente al comportamiento delictivo.
Las investigaciones desarrolladas desde la criminología del curso de vida han mostrado que la conducta humana puede experimentar cambios significativos a lo largo del tiempo. Autores como Sampson y Laub (1993, 2003) han demostrado que acontecimientos vitales como el acceso a un empleo estable, el matrimonio, la paternidad o la consolidación de vínculos sociales prosociales pueden modificar trayectorias previamente asociadas a comportamientos delictivos. Estos hallazgos sugieren que el autocontrol podría estar más influido por experiencias sociales posteriores de lo que inicialmente planteaba la Teoría General del Delito.
Otro aspecto fundamental para comprender el alcance de la teoría es la forma en que se ha intentado medir empíricamente el autocontrol. Desde la publicación de la obra de Gottfredson y Hirschi, numerosos investigadores han desarrollado instrumentos destinados a evaluar este constructo. Entre ellos destaca la Self-Control Scale elaborada por Grasmick et al. (1993), considerada uno de los instrumentos más utilizados en la investigación criminológica internacional.
La escala de Grasmick et al. (1993) se basa principalmente en técnicas de autoinforme, un procedimiento ampliamente empleado en criminología para estudiar tanto la delincuencia como otras conductas desviadas. Los estudios de autoinforme permiten obtener información directamente de los participantes sobre sus actitudes, comportamientos y experiencias, evitando algunas de las limitaciones derivadas de los registros policiales o judiciales.
Gracias a esta metodología, ha sido posible analizar la relación entre autocontrol y delincuencia en muestras muy amplias y diversas.
La amplia utilización de esta escala ha contribuido de forma decisiva a la consolidación empírica de la Teoría General del Delito. Su aplicación en diferentes países, grupos de edad y contextos socioculturales ha permitido comparar resultados y evaluar la consistencia de los postulados formulados originalmente por Gottfredson y Hirschi (Grasmick et al., 1993; Pratt & Cullen, 2000).
Precisamente esta amplia difusión internacional explica que la escala continúe utilizándose como uno de los principales instrumentos para evaluar el autocontrol en investigaciones criminológicas contemporáneas. Su empleo reiterado ha facilitado la comparación de resultados entre distintos países y ha contribuido a reforzar el conocimiento acumulado sobre la relación entre autocontrol y comportamiento delictivo.
Ahora bien, el uso de autoinformes también ha generado importantes debates metodológicos. Algunos autores señalan que determinadas escalas presentan problemas de circularidad conceptual, ya que ciertos ítems utilizados para medir el autocontrol se asemejan considerablemente a las conductas que posteriormente se pretende explicar. En estos casos, resulta difícil determinar si realmente se está midiendo una causa independiente o si se está describiendo indirectamente el propio comportamiento delictivo.
A pesar de estas críticas, diversos metaanálisis han confirmado que existe una relación consistente entre bajos niveles de autocontrol y una mayor probabilidad de participación en conductas delictivas.
Los trabajos de Pratt y Cullen (2000), así como investigaciones posteriores realizadas en distintos contextos culturales, han encontrado resultados relativamente estables que respaldan la relevancia del autocontrol como predictor criminológico.
En el ámbito español, destaca Serrano Maíllo (2009, 2017), quien ha contribuido al análisis teórico y empírico del autocontrol como variable criminológica y señala que el autocontrol constituye uno de los predictores más sólidos del comportamiento delictivo identificados por los numerosos estudios recientes. Si bien este autor también subraya la conveniencia de integrar dicha variable con otros factores sociales y contextuales, evitando interpretaciones excesivamente reduccionistas del fenómeno criminal.
En este sentido, el autocontrol mantiene una relevancia explicativa indudable, pero debe analizarse en interacción con procesos de socialización, trayectorias vitales y condiciones estructurales más amplias.
En cuanto a la investigación criminológica desarrollada en España también ha prestado atención al papel del autocontrol en la explicación de la conducta antisocial y delictiva. En este sentido, Cerezo Domínguez (2006), destaca la importancia de analizar el comportamiento juvenil desde una perspectiva que combine factores individuales y sociales, señalando que las conductas desviadas no pueden comprenderse adecuadamente sin tener en cuenta el contexto familiar, educativo y comunitario en el que se desarrollan.
Esta perspectiva resulta coherente con las críticas formuladas a la Teoría General del Delito, al poner de relieve la necesidad de integrar el autocontrol con variables sociales más amplias.
1.3. Supuestos metodológicos e investigación empírica
La Teoría General del Delito no se limita a proponer el autocontrol como principal explicación de la conducta delictiva y otras manifestaciones del comportamiento antisocial, sino que se apoya en una serie de supuestos metodológicos que condicionan su alcance explicativo.
Como ya sabemos, uno de los rasgos más característicos de la propuesta de Gottfredson y Hirschi es su apuesta por la parsimonia teórica. Los autores consideran que gran parte de las teorías criminológicas tradicionales incorporan un número excesivo de variables explicativas, dificultando la construcción de modelos generales capaces de explicar de forma coherente el comportamiento delictivo.
Frente a esta tendencia, defienden que el autocontrol constituye un principio suficientemente sólido para explicar no solo la delincuencia, sino también una amplia variedad de conductas desviadas y de riesgo.
Esta búsqueda de una explicación unificada lleva a los autores a atribuir al autocontrol un carácter universal.
En la Teoría General del Delito, los mecanismos que relacionan el bajo autocontrol con las conductas delictivas operan de forma similar con independencia de la cultura, el momento histórico o el tipo concreto de delito analizado.
Las diferencias observadas entre sociedades o grupos sociales no cuestionarían la validez general de la teoría, sino que reflejarían variaciones en la distribución del autocontrol o en las oportunidades disponibles para cometer delitos.
Otro de los postulados fundamentales de la teoría es la relativa estabilidad temporal del autocontrol.
(Gottfredson & Hirschi, 1990) sostienen que esta capacidad se desarrolla principalmente durante la infancia como resultado de los procesos de socialización familiar y que, una vez consolidada, permanece relativamente estable a lo largo de la vida. Esta afirmación permite explicar por qué determinadas personas presentan una mayor propensión a involucrarse en conductas problemáticas de forma persistente.
Ahora bien, como se analizará posteriormente, este supuesto ha sido objeto de importantes críticas por parte de la criminología del desarrollo y de las teorías del curso de vida.
La relevancia de la Teoría General del Delito ha generado un extraordinario volumen de investigaciones empíricas destinadas a contrastar sus postulados. Numerosos estudios han encontrado asociaciones significativas entre bajos niveles de autocontrol y una mayor probabilidad de participación en conductas delictivas, antisociales y de riesgo.
Entre las investigaciones más influyentes destaca el metaanálisis realizado por Pratt y Cullen (2000), cuyos resultados mostraron una relación consistente entre autocontrol y delincuencia en diferentes contextos, metodologías y poblaciones analizadas.
Los resultados obtenidos por Pratt y Cullen (2000) tuvieron una gran repercusión dentro de la literatura criminológica reciente, ya que constituyeron una de las primeras evaluaciones sistemáticas de la investigación empírica acumulada sobre la Teoría General del Delito. A través de un metaanálisis que integraba numerosas investigaciones previas, los autores concluyeron que el autocontrol mantenía una asociación significativa y consistente con diferentes formas de comportamiento delictivo y antisocial. Este hallazgo reforzó la posición de quienes defendían la relevancia explicativa del autocontrol y contribuyó a consolidar la teoría como uno de los enfoques criminológicos más influyentes de las últimas décadas.
Los propios resultados del metaanálisis también pusieron de manifiesto la existencia de importantes diferencias entre estudios. La intensidad de la relación entre autocontrol y delincuencia variaba en función de factores metodológicos, características de las muestras analizadas y procedimientos de medición utilizados. Esta circunstancia llevó a diversos investigadores a plantear la necesidad de examinar con mayor detalle los instrumentos empleados para evaluar el autocontrol y los posibles efectos derivados de las distintas estrategias de investigación (Pratt & Cullen, 2000; Hay & Forrest, 2008).
Entre los instrumentos más utilizados para medir empíricamente el autocontrol destaca la escala desarrollada por Grasmick et al. (1993), considerada una de las principales herramientas de autoinforme empleadas para contrastar los postulados de la Teoría General del Delito. Esta escala evalúa dimensiones como la impulsividad, la búsqueda de sensaciones, la preferencia por actividades sencillas, la orientación hacia el presente, el egocentrismo y el temperamento. Su amplia utilización en investigaciones criminológicas nacionales e internacionales ha contribuido significativamente a la validación empírica de la relación entre autocontrol y conducta delictiva (Grasmick et al., 1993; Pratt & Cullen, 2000; Vazsonyi et al., 2017). La versión española de la escala de Grasmick utilizada como referencia se incorpora en el Anexo I del presente trabajo (Grasmick et al., 1993).
Uno de los aspectos más debatidos ha sido precisamente el uso de los estudios de autoinforme. Esta metodología ocupa un lugar central dentro de la criminología empírica debido a su capacidad para acceder a comportamientos que no aparecen reflejados en estadísticas policiales o judiciales.
Mientras que los registros oficiales solo recogen una parte de la delincuencia realmente existente, los autoinformes permiten obtener información directa sobre conductas ocultas, experiencias personales y trayectorias individuales que difícilmente podrían analizarse mediante otras fuentes de datos.
Las ventajas de este procedimiento explican su amplia utilización en la investigación criminológica internacional. Los autoinformes permiten trabajar con muestras amplias, comparar grupos sociales diferentes y estudiar conductas que rara vez llegan a conocimiento de las autoridades, gracias a ellos ha sido posible comprobar que muchos comportamientos delictivos presentan una distribución mucho más extensa de lo que sugieren los datos oficiales. Por otra parte, han facilitado el análisis de variables psicológicas y sociales relacionadas con la delincuencia, entre ellas el autocontrol.
Pese a ello, esta metodología también presenta limitaciones. Diversos investigadores han señalado que las respuestas pueden verse afectadas por problemas de memoria, deseabilidad social o falta de sinceridad por parte de los participantes. Además, cuando los instrumentos utilizados para medir el autocontrol incluyen preguntas muy próximas a las conductas que posteriormente se pretenden explicar, surge el riesgo de circularidad conceptual (Pratt & Cullen, 2000; Hay & Forrest, 2008; Serrano Maíllo, 2017).
Este problema ha generado uno de los debates metodológicos más relevantes en torno a la Teoría General del Delito y continúa siendo objeto de discusión en la literatura especializada.
A pesar de estas controversias, la investigación acumulada durante las últimas décadas muestra un amplio consenso respecto a la importancia del autocontrol como variable criminológica. Las discrepancias existentes no suelen referirse a su relevancia, sino a la magnitud exacta de su influencia y a la necesidad de analizarlo juntamente con factores sociales, familiares y contextuales.
Esta cuestión constituye uno de los principales puntos de encuentro entre la Teoría General del Delito y las perspectivas criminológicas más recientes.
La investigación empírica desarrollada durante las últimas décadas ha contribuido a consolidar el autocontrol como una de las variables más estudiadas dentro de la criminología reciente. Revisiones posteriores han confirmado la existencia de asociaciones relativamente estables entre bajos niveles de autocontrol y diversas formas de comportamiento problemático. Aunque la literatura especializada también ha puesto de manifiesto importantes limitaciones.
Múltiples autores han señalado que la fuerza explicativa del autocontrol disminuye cuando se incorporan variables sociales, familiares, comunitarias o situacionales, sugiriendo que su influencia podría ser menor de lo que originalmente planteaban Gottfredson y Hirschi (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Otra cuestión debatida se refiere a la dirección de la causalidad. Aunque la teoría asume que el bajo autocontrol precede al comportamiento delictivo, ciertos estudios han sugerido la posibilidad de relaciones bidireccionales, en las que determinadas experiencias vinculadas a la delincuencia también pueden afectar a los niveles de autocontrol (Laub & Sampson, 2003; Hirschi, 2004; Vazsonyi & Mikuška, 2021).
Este debate continúa siendo objeto de investigación y refleja la complejidad de los procesos que intervienen en la explicación de la conducta humana (Hirschi, 2004; Laub & Sampson, 2003; Vazsonyi & Mikuška, 2021).
En conjunto, la investigación disponible respalda la importancia del autocontrol como predictor criminológico relevante, pero también muestra que su capacidad explicativa resulta más sólida cuando se analiza en interacción con factores sociales, familiares y contextuales. Esta constatación constituye uno de los principales puntos de partida para las revisiones contemporáneas de la Teoría General del Delito y para la perspectiva integradora que se desarrolla en los capítulos posteriores (Pratt & Cullen, 2000; Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017).
1.4. Principales críticas a la Teoría General del Delito
A pesar de la enorme influencia alcanzada por la Teoría General del Delito desde su publicación en 1990, la propuesta de Gottfredson y Hirschi ha sido objeto de un intenso debate dentro de la Academia. Buena parte de este debate se ha centrado en la capacidad explicativa del autocontrol y en la validez de algunos de los supuestos fundamentales sobre los que descansa la teoría.
Una de las críticas más frecuentes se refiere a su marcado reduccionismo individualista. Al situar el autocontrol como principal variable explicativa de la conducta delictiva, la teoría tiende a relegar a un segundo plano factores sociales, económicos, culturales e institucionales que tradicionalmente han ocupado un lugar central en la investigación criminológica (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017).
La literatura especializada indica que resulta difícil comprender fenómenos como la delincuencia juvenil, la organizada, la violencia colectiva o determinados delitos económicos sin considerar las características de la realidad social en la que se producen (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Sampson et al., 1997; Serrano Maíllo, 2017).
Relacionada con esta cuestión aparece la crítica relativa a la escasa atención prestada a los procesos estructurales. Desde perspectivas como la Teoría de la Tensión General de Agnew, la criminología crítica o las teorías ecológicas, se sostiene que factores como la desigualdad, la exclusión social, la discriminación, la precariedad económica o la desorganización comunitaria influyen significativamente en la aparición de conductas delictivas.
Bajo estas posiciones, el comportamiento humano no puede explicarse exclusivamente mediante características individuales, sino que debe analizarse en interacción con las condiciones sociales que rodean al individuo.
Esta perspectiva ha favorecido el desarrollo de modelos criminológicos que entienden la delincuencia como el resultado de la interacción entre características personales y contextos sociales específicos. Desde este enfoque, el análisis del delito requiere considerar simultáneamente los procesos de socialización, las oportunidades delictivas, las condiciones estructurales y las experiencias vitales de los individuos, evitando explicaciones excesivamente reduccionistas.
Otra objeción importante afecta a la estabilidad temporal del autocontrol. Gottfredson y Hirschi afirman que esta capacidad queda esencialmente configurada durante la infancia y experimenta pocas modificaciones posteriores (Gottfredson & Hirschi, 1990). Por el contrario, numerosos estudios longitudinales han mostrado que las trayectorias vitales pueden cambiar de forma significativa a lo largo del tiempo (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Sampson y Laub (1993) han puesto de manifiesto que acontecimientos como el matrimonio, el acceso a un empleo estable, la formación de una familia o la incorporación a redes sociales prosociales pueden favorecer procesos de desistimiento delictivo y modificar pautas de comportamiento previamente consolidadas. Estos resultados fueron posteriormente confirmados y ampliados por Laub y Sampson (2003).
La discusión sobre la estabilidad del autocontrol ha ocupado un lugar central dentro de la investigación criminológica de los últimos años. La formulación original de Gottfredson y Hirschi parte de la premisa de que el autocontrol queda esencialmente consolidado durante la infancia y que las variaciones posteriores son escasas (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Esta afirmación resulta fundamental para la coherencia interna de la teoría, ya que permite explicar la persistencia de determinadas conductas a lo largo del tiempo mediante una característica relativamente estable de la personalidad (Gottfredson & Hirschi, 1990).
Los resultados obtenidos por numerosas investigaciones longitudinales han cuestionado la rigidez de este supuesto.
Los estudios desarrollados desde la criminología evolutiva y desde la teoría del curso de vida han mostrado que las trayectorias individuales pueden experimentar cambios significativos como consecuencia de experiencias sociales relevantes. En este sentido, Moffitt (1993) distinguió entre trayectorias delictivas persistentes a lo largo de la vida y trayectorias limitadas a la adolescencia, poniendo de manifiesto la heterogeneidad de los procesos de desarrollo de la conducta antisocial.
Acontecimientos como la incorporación al mercado laboral, la formación de una familia, la adquisición de nuevas responsabilidades o la participación en redes sociales prosociales parecen influir en la evolución de la conducta y en los mecanismos de autorregulación personal (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Moffitt, 1993).
Autores como Sampson y Laub han defendido que el comportamiento delictivo no debe entenderse como una consecuencia inevitable de características adquiridas durante la infancia, sino como el resultado de procesos dinámicos que se desarrollan a lo largo de todo el ciclo vital. Conforme a esta visión, los individuos pueden modificar sus trayectorias mediante experiencias que fortalecen los vínculos sociales y aumentan el compromiso con normas convencionales.
El desistimiento delictivo deja así de interpretarse como una simple consecuencia de la edad para convertirse en un proceso complejo influido por acontecimientos biográficos concretos (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Esta concepción dinámica del comportamiento humano ha tenido una importante influencia en la criminología contemporánea, al poner de relieve que las trayectorias delictivas no son necesariamente permanentes. En consecuencia, la intervención preventiva y las políticas de reinserción adquieren una mayor relevancia, al reconocer la posibilidad de modificar procesos previamente asociados a la persistencia delictiva.
Esta investigación no implica necesariamente que el autocontrol carezca de estabilidad. Diversos investigadores reconocen que ciertas tendencias conductuales pueden mantenerse relativamente constantes a lo largo del tiempo, aunque su influencia debe analizarse juntamente con otros factores individuales y sociales (Gottfredson & Hirschi, 2020; Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Más que una característica completamente fija, el autocontrol parece comportarse como una capacidad susceptible de fortalecerse o debilitarse en función de experiencias sociales, oportunidades vitales y procesos de aprendizaje continuado (Hirschi, 2004; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017).
La relevancia de este debate trasciende el ámbito puramente teórico. Si el autocontrol puede modificarse durante la adolescencia y la vida adulta, las posibilidades de intervención preventiva resultan considerablemente más amplias de lo que asumía la formulación original de la teoría. Los programas educativos, políticas de inserción laboral, fortalecimiento de vínculos familiares y estrategias de apoyo comunitario adquieren entonces una importancia que difícilmente puede explicarse desde una concepción estrictamente determinista del autocontrol (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017). También ha recibido atención la denominada crítica de la circularidad conceptual.
Varios investigadores han señalado que determinadas escalas utilizadas para medir el autocontrol incluyen elementos muy similares a las conductas que posteriormente se pretende explicar. Cuando esto ocurre, surge la duda de si realmente se está identificando una causa independiente del delito o si, por el contrario, se está describiendo indirectamente el propio comportamiento delictivo mediante otra terminología.
Este debate ha sido especialmente relevante en torno a ciertos instrumentos de autoinforme utilizados en la investigación empírica (Grasmick et al., 1993; Hay & Forrest, 2008).
La crítica de la circularidad conceptual ha generado una intensa discusión metodológica dentro de la criminología empírica. El problema surge cuando los instrumentos utilizados para medir el autocontrol incorporan elementos que guardan una estrecha relación con las propias conductas que posteriormente se pretende explicar (Hay & Forrest, 2008).
En estos casos, Hay y Forrest (2008) y Grasmick et al. (1993) afirman que la correlación observada entre autocontrol y delincuencia podría estar parcialmente influida por la forma en que ambas variables han sido operacionalizadas.
Por ejemplo, determinadas escalas incluyen preguntas relacionadas con la impulsividad, la asunción de riesgos o la búsqueda de emociones intensas. Ahora bien, estas características también aparecen frecuentemente asociadas a diversas formas de comportamiento delictivo y antisocial. Como consecuencia, diversos autores han cuestionado… (Grasmick et al., 1993; Hay & Forrest, 2008) si la medición del autocontrol constituye realmente una variable independiente o si, por el contrario, está describiendo indirectamente aspectos muy próximos a la conducta que posteriormente se pretende explicar.
Esta objeción resulta especialmente relevante porque afecta a la capacidad explicativa de la teoría. Si los indicadores utilizados para medir el autocontrol contienen componentes similares a los utilizados para identificar comportamientos delictivos, la relación estadística observada podría reflejar, al menos parcialmente, una superposición conceptual entre ambas variables. A partir de este enfoque, diversos críticos consideran que parte del éxito empírico de la Teoría General del Delito podría deberse a problemas de medición más que a la existencia de una relación causal claramente establecida.
Los defensores de la teoría han respondido a estas críticas argumentando que la mayoría de los instrumentos desarrollados posteriormente han intentado corregir estas limitaciones. Asimismo, han continuado defendiendo la vigencia explicativa del autocontrol y la relevancia de la teoría para comprender la conducta delictiva. Además, señalan que los resultados favorables a la teoría se han reproducido utilizando metodologías diversas, muestras diferentes y contextos culturales distintos (Pratt & Cullen, 2000; Vazsonyi et al., 2017; Gottfredson & Hirschi, 2020; Vazsonyi & Mikuška, 2021).
Desde este punto de vista, aunque la discusión sobre la medición del autocontrol continúa abierta, las investigaciones desarrolladas hasta la fecha seguirían respaldando la existencia de una relación significativa entre autocontrol y conducta delictiva.
Más allá de la controversia metodológica concreta, este debate ha tenido una consecuencia positiva para el desarrollo de la investigación criminológica. La necesidad de mejorar la definición conceptual del autocontrol y de perfeccionar sus instrumentos de medición ha impulsado numerosos estudios destinados a refinar los procedimientos de análisis empírico. Como resultado, la discusión sobre la circularidad conceptual ha contribuido a fortalecer los estándares metodológicos utilizados para evaluar las principales teorías criminológicas contemporáneas.
Asimismo, este debate ha impulsado el desarrollo de instrumentos de medición cada vez más precisos y de diseños de investigación más rigurosos, favoreciendo una evaluación más sólida de las relaciones existentes entre autocontrol, oportunidades delictivas y comportamiento antisocial. De este modo, las críticas metodológicas han contribuido no solo a cuestionar determinados aspectos de la teoría, sino también a mejorar la calidad de la investigación criminológica en su conjunto.
A estas objeciones se suma la discusión sobre la diversidad cultural y social. La formulación original de la Teoría General del Delito fue elaborada principalmente a partir de investigaciones desarrolladas en el contexto estadounidense.
Ciertos autores han cuestionado hasta qué punto sus postulados pueden generalizarse de forma automática a sociedades con estructuras familiares, sistemas educativos, tradiciones culturales o modelos de socialización diferentes. Esta cuestión ha impulsado la realización de estudios comparativos internacionales destinados a evaluar la validez transcultural de la teoría (Pratt & Cullen, 2000; Vazsonyi & Mikuška, 2021).
Finalmente, las transformaciones sociales asociadas a la globalización, la modernidad tardía y la sociedad del riesgo han generado nuevos desafíos para la explicación criminológica.
Autores como Beck (1998), Bauman (2000) y Garland (2001) han destacado la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas, caracterizadas por procesos de individualización, incertidumbre y cambios acelerados. Desde este planteamiento, varios investigadores consideran que una explicación centrada exclusivamente en el autocontrol resulta insuficiente para comprender fenómenos delictivos vinculados a entornos sociales cada vez más dinámicos y complejos.
A pesar de estas críticas, la Teoría General del Delito continúa ocupando una posición central dentro de la Academia. Buena parte de los cuestionamientos dirigidos a la teoría no pretenden negar la relevancia del autocontrol, sino situarlo dentro de un marco explicativo más amplio capaz de integrar factores individuales, sociales y contextuales. Precisamente esta perspectiva integradora constituye uno de los principales objetivos del presente trabajo y orienta el análisis desarrollado en los capítulos siguientes.
CAPÍTULO 2. EL PAPEL DEL CONTEXTO SOCIAL EN LA EXPLICACIÓN DEL DELITO
La Teoría General del Delito (TGD) sostiene que el delito puede explicarse mediante un único factor individual: el bajo autocontrol. Considerando que las condiciones sociales no son una causa del delito, sino un simple escenario que modula la oportunidad para que individuos con bajo autocontrol actúen de manera delictiva. Esta visión ha generado críticas por su escasa consideración de las dimensiones estructurales, culturales y relacionales que influyen en la conducta.
El presente capítulo desarrolla una revisión crítica del papel del contexto social en la explicación del delito, mostrando por qué las variables estructurales, culturales, comunitarias y tecnológicas son esenciales para comprender la criminalidad contemporánea.
2.1. Las limitaciones estructurales: desigualdad, pobreza y exclusión social
La TGD reduce el contexto social a un factor meramente instrumental, pero la investigación criminológica muestra que las desigualdades estructurales tienen un papel profundo en la explicación del delito. La literatura clásica sobre la desorganización social, iniciada por Shaw y McKay (1942), demuestra que la criminalidad se concentra en áreas caracterizadas por pobreza persistente, alta movilidad residencial, heterogeneidad étnica y escaso control social informal.
Estos factores erosionan la cohesión comunitaria y favorecen la aparición de subculturas y economías informales vinculadas al delito. La delincuencia no surge simplemente porque individuos con poco autocontrol residen allí, sino porque el entorno social genera estructuras criminógenas.
Sampson (1987) y, más tarde, Sampson, Raudenbush y Earls (1997) desarrollan el concepto de eficacia colectiva, entendida como la capacidad del vecindario para organizarse y ejercer control informal. Sus investigaciones señalan que la eficacia colectiva explica las tasas delictivas independientemente de características individuales como el autocontrol.
Por tanto, la pobreza y la desigualdad no actúan solo como escenarios, sino como causas sociales de la criminalidad. En contextos de exclusión, la falta de recursos legítimos y la exposición temprana a la violencia crean itinerarios de riesgo que la TGD no contempla adecuadamente.
La relación entre pobreza y delincuencia ha sido objeto de debate durante décadas dentro de la criminología. Resulta importante señalar que la pobreza, por sí sola, no produce automáticamente comportamientos delictivos. La inmensa mayoría de las personas que viven en situaciones de dificultad económica no participan en actividades criminales. Aun así, existen numerosos estudios que han mostrado que determinados contextos de privación pueden incrementar la exposición a factores de riesgo asociados a la delincuencia (Shaw & McKay, 1942; Sampson, 1987; Sampson et al., 1997).
Uno de los elementos más relevantes es la concentración espacial de la desventaja social. Cuando la pobreza se combina con desempleo persistente, fracaso escolar, deterioro urbano y escasez de recursos comunitarios, pueden generarse entornos donde disminuye la capacidad de control informal y aumentan las oportunidades para la aparición de conductas desviadas. En estos contextos, la criminalidad no puede explicarse únicamente a partir de características individuales, ya que los propios entornos sociales contribuyen a moldear expectativas, oportunidades y formas de interacción.
La exclusión social constituye otra dimensión especialmente relevante. Más allá de la falta de recursos económicos, implica dificultades de acceso a instituciones fundamentales como el sistema educativo, el mercado laboral o determinados espacios de participación social. La acumulación de estas desventajas puede favorecer procesos de marginación que limitan las oportunidades legítimas disponibles para determinados grupos.
La delincuencia puede interpretarse en algunos casos como una respuesta adaptativa frente a contextos caracterizados por la ausencia de alternativas percibidas como viables.
Las investigaciones empíricas han mostrado que los efectos de la desigualdad no dependen únicamente del nivel absoluto de recursos, sino también de las comparaciones sociales. Individuos que perciben una distancia significativa entre sus expectativas y sus posibilidades reales de alcanzarlas pueden experimentar sentimientos de frustración, injusticia o resentimiento.
Estas dinámicas enlazan con diversas teorías criminológicas contemporáneas que destacan la importancia de los factores emocionales y de las percepciones subjetivas en la explicación de la conducta delictiva (Merton, 1938; Agnew, 1992, 1995; Sampson, 1987).
Por todo ello, numerosos autores sostienen que las desigualdades estructurales deben entenderse no como simples variables de contexto, sino como elementos capaces de influir activamente en la producción y distribución de la criminalidad. Esta perspectiva no niega la importancia de factores individuales como el autocontrol, pero cuestiona la posibilidad de explicar adecuadamente la delincuencia ignorando las condiciones sociales en las que los individuos desarrollan sus trayectorias vitales (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Sampson et al., 1997; Serrano Maíllo, 2017).
Los estudios sobre ciclos de desventaja acumulada muestran que la delincuencia no es solo resultado de la personalidad individual, sino de trayectorias vitales marcadas por fracaso escolar, precariedad laboral, institucionalización temprana, estigmatización penal y barreras de acceso al empleo o la vivienda (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
La TGD no posee herramientas para explicar por qué estas trayectorias se producen de forma desigual entre grupos sociales, ni cómo perpetúan patrones de criminalidad. Ahora bien, reconocer la importancia de estos factores estructurales no implica negar la relevancia del autocontrol como variable criminológica.
Como señala Serrano Maíllo (2009, 2017), la investigación empírica desarrollada durante las últimas décadas confirma que el autocontrol constituye uno de los predictores más consistentes de la conducta delictiva. La cuestión fundamental no reside en elegir entre explicaciones individuales o sociales, sino en comprender cómo ambas dimensiones interactúan. Bajo esta visión, los factores estructurales pueden influir tanto en el desarrollo del autocontrol como en las oportunidades y circunstancias que favorecen la aparición de conductas delictivas.
2.2. Transformaciones culturales, modernidad tardía y sociedad del riesgo
La Teoría General del Delito adopta una visión relativamente ahistórica del comportamiento delictivo, al considerar que la principal explicación de la conducta criminal reside en una característica individual relativamente estable como es el autocontrol.
Varios autores han señalado que las transformaciones sociales y culturales experimentadas durante las últimas décadas han modificado profundamente los contextos en los que se desarrollan tanto la delincuencia como las respuestas institucionales frente a ella.
Ulrich Beck (1998) describe las sociedades contemporáneas como sociedades del riesgo, caracterizadas por una creciente percepción de incertidumbre asociada a fenómenos económicos, tecnológicos, medioambientales y sociales. Desde este planteamiento, la inseguridad deja de estar vinculada exclusivamente a amenazas materiales inmediatas y pasa a formar parte de la experiencia cotidiana de los individuos. El delito se inserta en este contexto general de vulnerabilidad e incertidumbre, convirtiéndose en uno de los riesgos que las sociedades modernas intentan gestionar mediante mecanismos de prevención, vigilancia y control.
Por su parte, Bauman (2000) analiza los efectos de la denominada modernidad líquida, una realidad social marcada por la fragilidad de los vínculos personales, la inestabilidad laboral y la constante transformación de las trayectorias vitales. En este escenario, las identidades se vuelven más cambiantes, las relaciones sociales menos duraderas y los mecanismos tradicionales de integración pierden parte de su capacidad reguladora. Estas dinámicas generan nuevas formas de exclusión, frustración e inseguridad que pueden influir indirectamente sobre determinados comportamientos desviados y delictivos.
Las aportaciones de Garland (2001) permiten comprender cómo estas transformaciones sociales han influido también en la forma en que las instituciones responden al delito.
Su concepto de cultura del control describe el desarrollo de estrategias preventivas, políticas de seguridad y discursos públicos centrados en la gestión permanente del riesgo. El delito deja de ser únicamente un problema jurídico para convertirse también en un fenómeno político, mediático y cultural que influye en la construcción de percepciones colectivas sobre la seguridad.
Estas perspectivas coinciden en destacar que la criminalidad contemporánea no puede analizarse exclusivamente desde variables individuales.
Los procesos de globalización, precarización laboral, incertidumbre social, debilitamiento de los vínculos comunitarios y expansión de las tecnologías digitales configuran nuevos escenarios criminógenos que requieren marcos explicativos más amplios. Desde esta óptica, el contexto cultural y social no constituye un simple escenario donde actúan individuos con diferentes niveles de autocontrol, sino un elemento activo que condiciona oportunidades, percepciones, tensiones y respuestas frente al delito.
2.3. Vínculos sociales, capital social y control informal
La TGD sitúa la principal influencia del entorno social en el periodo de la infancia, al considerar que es durante esta etapa cuando se desarrolla el autocontrol.
La criminología contemporánea ha destacado que los vínculos sociales mantenidos durante la adolescencia y la adultez también desempeñan un papel relevante en la regulación de la conducta.
Sampson y Laub (1993) proponen que las trayectorias delictivas pueden modificarse mediante turning points o puntos de inflexión. Los vínculos adultos —como matrimonio, empleo estable o servicio militar— pueden reducir la participación delictiva, generar compromiso social, estructurar rutinas prosociales y crear identidades más convencionales.
Conviene señalar, no obstante, que la formulación original de la Teoría General del Delito no excluye completamente la influencia del contexto social. Desde esta perspectiva, las características de determinados entornos podrían actuar indirectamente a través de los procesos de socialización familiar y educativa, condicionando el desarrollo del autocontrol durante la infancia. Asimismo, determinados fenómenos comunitarios, como la baja eficacia colectiva, también podrían interpretarse como una consecuencia de la concentración de individuos con menores niveles de autocontrol.
En este sentido, la principal diferencia entre la TGD y las perspectivas criminológicas posteriores reside menos en reconocer la influencia del contexto que en el papel causal que cada una atribuye a dichos factores (Gottfredson & Hirschi, 1990, 2020; Sampson et al., 1997).
La literatura sobre control informal y capital social sostiene que redes de apoyo, confianza mutua, normas comunitarias y vigilancia vecinal reducen significativamente el delito. Estos factores actúan incluso sobre individuos con bajo autocontrol, demostrando que el contexto comunitario modula la conducta (Bursik & Grasmick, 1993; Sampson et al., 1997; Sampson & Laub, 1993).
La TGD no explica por qué sujetos con autocontrol similar presentan trayectorias totalmente distintas dependiendo de su entorno.
El concepto de capital social ha adquirido una gran relevancia dentro de las ciencias sociales debido a su capacidad para explicar cómo las relaciones interpersonales influyen en el comportamiento individual y colectivo. En términos generales, el capital social hace referencia al conjunto de recursos que los individuos obtienen a través de sus redes de relaciones, incluyendo apoyo emocional, confianza, cooperación y acceso a información.
Diversas investigaciones han mostrado que las comunidades caracterizadas por elevados niveles de capital social suelen presentar menores tasas de delincuencia y una mayor capacidad para resolver conflictos mediante mecanismos informales (Bursik & Grasmick, 1993; Sampson et al., 1997; Sampson & Laub, 1993).
La confianza mutua constituye uno de los componentes fundamentales de este proceso. Cuando los miembros de una comunidad mantienen relaciones estables y comparten expectativas comunes sobre el comportamiento adecuado, aumenta la disposición a intervenir ante situaciones problemáticas y a colaborar en la protección de los espacios compartidos.
Esta capacidad colectiva para ejercer control informal reduce la necesidad de recurrir constantemente a mecanismos formales de vigilancia y sanción.
Los vínculos sociales también desempeñan un papel importante a nivel individual. La pertenencia a grupos familiares sólidos, redes de amistad prosociales o entornos laborales estables puede proporcionar modelos de conducta, apoyo emocional y oportunidades legítimas que disminuyen la probabilidad de implicación en actividades delictivas.
El control social no depende exclusivamente de características personales como el autocontrol, sino también de la calidad de las relaciones sociales que rodean al individuo.
La investigación sobre desistimiento delictivo ha puesto especialmente de manifiesto esta cuestión. Numerosos estudios muestran que el abandono de trayectorias criminales suele estar asociado a la consolidación de vínculos sociales significativos. La formación de una familia, el acceso a un empleo estable o la participación en organizaciones comunitarias pueden favorecer cambios en la identidad personal y fortalecer el compromiso con normas convencionales.
Estos procesos resultan difíciles de explicar desde una concepción del autocontrol completamente estable e inmutable (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Las comunidades con elevados niveles de cohesión social suelen desarrollar mecanismos informales de supervisión que permiten detectar y corregir comportamientos problemáticos antes de que evolucionen hacia formas más graves de delincuencia. La presencia de vecinos implicados, asociaciones comunitarias activas y espacios de interacción social contribuye a reforzar el sentido de pertenencia y a generar expectativas compartidas sobre el comportamiento aceptable.
Estas dinámicas muestran que la prevención del delito no depende únicamente de intervenciones policiales o judiciales, sino también de la fortaleza de los vínculos sociales existentes dentro de una comunidad.
Todo ello refuerza la idea de que el comportamiento delictivo debe analizarse como el resultado de una interacción compleja entre características individuales y factores relacionales. Mientras la Teoría General del Delito sitúa el autocontrol en el centro de la explicación criminológica, las investigaciones sobre capital social y control informal sugieren que los vínculos sociales continúan desempeñando una función reguladora esencial a lo largo de todo el ciclo vital.
2.4. Transformaciones tecnológicas, digitales y laborales
Las profundas transformaciones tecnológicas y económicas experimentadas durante las últimas décadas han generado nuevos desafíos para la explicación criminológica.
Muchos de estos cambios no estaban presentes cuando Gottfredson y Hirschi formularon la Teoría General del Delito en 1990, lo que plantea interrogantes sobre la capacidad de los modelos tradicionales para explicar determinadas formas contemporáneas de delincuencia (Garland, 2001; Beck, 1998; Bauman, 2000).
La expansión de Internet, las redes sociales y las tecnologías digitales ha modificado significativamente las oportunidades para la comisión de conductas delictivas. Fenómenos como el ciberacoso, el fraude informático, el robo de identidad, la difusión ilícita de contenidos o diversas modalidades de ciberdelincuencia muestran cómo la criminalidad contemporánea se desarrolla cada vez más en espacios virtuales donde los mecanismos tradicionales de control social presentan limitaciones evidentes.
Estos escenarios requieren considerar no solo las características individuales de los infractores, sino también las oportunidades y dinámicas específicas que ofrecen los entornos digitales (Wikström, 2004; Garland, 2001).
Las transformaciones del mercado laboral han modificado igualmente las condiciones sociales en las que se desarrollan muchas trayectorias vitales. La creciente flexibilización del empleo, la temporalidad, la incertidumbre profesional y las dificultades de acceso a determinados recursos generan escenarios distintos a los existentes cuando fueron formuladas muchas teorías criminológicas clásicas.
Estas dinámicas afectan especialmente a colectivos jóvenes que afrontan procesos prolongados de inserción laboral y dificultades para alcanzar niveles estables de autonomía económica (Beck, 1998; Bauman, 2000).
Determinados autores han señalado que la inseguridad económica puede producir efectos que van más allá de la simple falta de ingresos.
La incertidumbre continuada respecto al empleo, la vivienda o las expectativas de futuro puede generar tensiones emocionales, sentimientos de frustración y percepciones de exclusión que influyen sobre el bienestar psicológico y la integración social. Aunque estas circunstancias no determinan automáticamente la aparición de conductas delictivas, sí forman parte del conjunto de factores contextuales que contribuyen a configurar diferentes trayectorias de riesgo (Agnew, 1992, 1995; Beck, 1998; Bauman, 2000).
La criminología ha mostrado que los procesos de vulnerabilidad social suelen desarrollarse de forma acumulativa. Las dificultades educativas pueden limitar las oportunidades laborales; la precariedad económica puede afectar a las relaciones familiares y comunitarias; y la exclusión prolongada puede reducir el acceso a mecanismos convencionales de integración social.
El fenómeno delictivo debe analizarse dentro de procesos sociales más amplios que exceden las características individuales de cada sujeto (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017).
La globalización ha favorecido la aparición de nuevas formas de delincuencia transnacional vinculadas a redes económicas, tecnológicas y comunicativas que trascienden las fronteras estatales. La criminalidad organizada, los delitos financieros, el tráfico ilícito de personas, el blanqueo de capitales o determinadas amenazas híbridas muestran la creciente complejidad de los fenómenos delictivos contemporáneos y la necesidad de incorporar factores estructurales y contextuales en su análisis (Garland, 2001; Beck, 1998).
En conjunto, estos cambios ponen de manifiesto que las explicaciones centradas exclusivamente en variables individuales resultan insuficientes para comprender toda la complejidad de la criminalidad actual.
El autocontrol continúa siendo una variable relevante, pero debe analizarse en interacción con entornos tecnológicos, económicos y sociales cada vez más dinámicos y complejos (Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Precisamente esta necesidad de integración constituye uno de los principales argumentos desarrollados en el presente trabajo.
2.5. Acumulación de desventajas y trayectorias de riesgo
Uno de los principales problemas de las explicaciones centradas exclusivamente en factores individuales consiste en su dificultad para comprender cómo se generan y consolidan determinadas trayectorias vitales de riesgo.
La investigación criminológica contemporánea ha mostrado que el fenómeno delictivo rara vez surge como consecuencia de un único factor aislado. Por el contrario, suele desarrollarse a través de procesos acumulativos en los que intervienen experiencias familiares, educativas, laborales, comunitarias e institucionales que se suceden a lo largo del tiempo (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017).
La noción de acumulación de desventajas resulta especialmente útil para comprender este fenómeno. A su vez, determinadas experiencias negativas tienden a reforzarse mutuamente, generando trayectorias caracterizadas por una creciente vulnerabilidad social.
El fracaso escolar puede limitar el acceso al empleo; la precariedad laboral puede dificultar la estabilidad residencial; la exclusión económica puede afectar a las relaciones familiares y comunitarias; y la estigmatización derivada de antecedentes penales puede reducir aún más las oportunidades de integración social. De esta manera, las desventajas no actúan de forma independiente, sino que se acumulan progresivamente a lo largo del ciclo vital (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
La criminología del curso de vida ha prestado una atención especial a estos procesos. Diversas investigaciones muestran que muchos individuos que participan en actividades delictivas han experimentado previamente situaciones de vulnerabilidad vinculadas a contextos familiares problemáticos, dificultades educativas, pobreza persistente o escasas oportunidades de movilidad social (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Serrano Maíllo, 2017).
Aunque ninguno de estos factores determina inevitablemente la aparición de conductas criminales, su combinación puede incrementar significativamente la exposición a contextos de riesgo (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993).
Esta perspectiva permite comprender por qué personas con niveles similares de autocontrol pueden desarrollar trayectorias muy diferentes. Dos individuos pueden compartir determinadas características personales, pero verse expuestos a oportunidades, recursos y experiencias sociales completamente distintas.
Mientras uno de ellos puede acceder a entornos familiares estables, apoyo institucional y oportunidades educativas, otro puede enfrentarse a situaciones continuadas de exclusión y precariedad. La consideración de estas diferencias resulta fundamental para explicar la diversidad de trayectorias observadas en la realidad social (Laub & Sampson, 2003; Wikström, 2004).
La acumulación de desventajas también ayuda a comprender los procesos de persistencia delictiva. Una vez que determinados individuos entran en contacto con el sistema penal, pueden aparecer nuevas barreras relacionadas con el acceso al empleo, la vivienda o determinados recursos sociales.
En diferentes casos, estas dificultades contribuyen a reforzar dinámicas de exclusión previamente existentes, dificultando los procesos de reintegración y aumentando el riesgo de reincidencia. Bajo esta premisa, la actividad delictiva no debe analizarse únicamente como una decisión individual, sino también como el resultado de trayectorias sociales complejas que evolucionan a lo largo del tiempo (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Las implicaciones criminológicas de este enfoque son especialmente relevantes. Si las trayectorias delictivas se encuentran influidas por procesos acumulativos de vulnerabilidad social, las estrategias preventivas no pueden limitarse exclusivamente al desarrollo del autocontrol individual.
Resulta necesario intervenir también sobre factores relacionados con la educación, el empleo, la cohesión comunitaria, la inclusión social y la reducción de desigualdades estructurales. La prevención del delito adquiere así una dimensión más amplia, orientada no solo a modificar comportamientos individuales, sino también a actuar sobre los contextos que favorecen la aparición y consolidación de trayectorias de riesgo (Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017).
En definitiva, la acumulación de desventajas constituye una perspectiva especialmente valiosa para complementar las limitaciones de la Teoría General del Delito. Mientras esta última sitúa el origen de la conducta criminal en una característica individual relativamente estable, los enfoques centrados en las trayectorias vitales muestran cómo los procesos sociales pueden influir de manera continuada sobre las oportunidades, decisiones y comportamientos de los individuos.
Esta visión permite comprender la delincuencia como un fenómeno dinámico y multidimensional, más acorde con la complejidad de las sociedades contemporáneas (Laub & Sampson, 2003; Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Las transformaciones sociales, culturales, tecnológicas y económicas, junto con los procesos de exclusión y acumulación de desventajas analizados a lo largo de este capítulo, permiten comprender mejor las limitaciones de las explicaciones exclusivamente individualistas del comportamiento delictivo. Aunque el autocontrol continúa siendo una variable relevante, la investigación teórica examinada muestra que los procesos de exclusión, las tensiones sociales, la precariedad, la incertidumbre y los cambios asociados a la modernidad tardía influyen significativamente en las oportunidades, motivaciones y trayectorias de los individuos.
En consecuencia, cualquier explicación criminológica que aspire a comprender adecuadamente la delincuencia contemporánea debe integrar factores individuales y contextuales dentro de un mismo marco analítico (Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Esta cuestión constituye precisamente el punto de partida de las teorías revisadas en el capítulo siguiente.
CAPÍTULO 3. RELECTURAS CONTEMPORÁNEAS DE LA TEORÍA GENERAL DEL DELITO
La Teoría General del Delito (TGD) ha sido una de las propuestas más influyentes de la criminología moderna, pero también una de las más debatidas. Su énfasis en el autocontrol como causa principal del comportamiento delictivo ha generado un importante cuerpo de respuestas teóricas que, desde diversas perspectivas, han intentado corregir, complementar o superar sus limitaciones.
En este capítulo se analizan las relecturas contemporáneas más relevantes, ordenadas en función de su lógica explicativa:
1. Teorías que introducen emoción y contexto (Agnew).
2. Teorías del desarrollo y el curso de vida (Sampson y Laub).
3. Teorías situacionales e integradoras (Wikström).
4. Perspectivas culturales y del riesgo (Beck, Bauman, Garland).
Estas teorías permiten comprender mejor por qué el delito no puede reducirse a un rasgo individual ni a una simple falta de autocontrol.
En conjunto, estas aportaciones reflejan la evolución experimentada por la criminología contemporánea hacia modelos explicativos cada vez más complejos, en los que las variables individuales interactúan con factores sociales, culturales y situacionales. Esta evolución constituye el marco desde el que se desarrollan las principales relecturas de la Teoría General del Delito analizadas a continuación.
3.1. La teoría de la tensión general de Robert Agnew (1992)
(“La teoría general de la tensión”)
Entre las principales respuestas teóricas a la Teoría General del Delito, la Teoría de la Tensión General (General Strain Theory, GST) propuesta por Robert Agnew constituye una de las aportaciones más influyentes de la criminología de las últimas décadas. Su importancia radica en que introduce nuevamente el contexto social en la explicación del delito, pero lo hace desde una perspectiva diferente a la de las teorías estructurales clásicas.
Mientras Gottfredson y Hirschi (1990) sitúan el origen de la conducta delictiva en una característica individual relativamente estable —el bajo autocontrol—, Agnew (1992, 1995) sostiene que resulta imposible comprender adecuadamente la delincuencia sin analizar las tensiones y experiencias negativas que las personas experimentan a lo largo de sus vidas.
La GST surge como una revisión crítica de las teorías de la anomia desarrolladas por Robert K. Merton. Aunque Agnew reconoce la importancia de la tensión derivada de la imposibilidad de alcanzar determinados objetivos socialmente valorados, considera que esta explicación resulta insuficiente para comprender la diversidad de experiencias que pueden conducir al delito. Por ello amplía considerablemente el concepto de tensión, incorporando situaciones cotidianas que afectan emocionalmente a los individuos y que pueden generar respuestas desviadas o delictivas (Merton, 1938; Agnew, 1992, 1995).
Como indica Agnew (1992), las tensiones pueden clasificarse en tres grandes categorías. La primera se produce cuando una persona no logra alcanzar objetivos o metas que considera importantes. El fracaso escolar, las dificultades laborales, la imposibilidad de mejorar la posición económica o la percepción de falta de oportunidades constituyen ejemplos de este tipo de tensión. La segunda aparece cuando el individuo pierde estímulos positivos que considera valiosos, como puede ocurrir tras una ruptura sentimental, el fallecimiento de un familiar, la pérdida del empleo o la desaparición de una fuente de apoyo emocional.
Finalmente, la tercera categoría se refiere a la presencia de estímulos negativos, tales como el maltrato, la victimización, el acoso, los conflictos familiares o cualquier experiencia percibida como injusta o perjudicial.
La principal innovación de Agnew consiste en señalar que estas tensiones no producen automáticamente conductas delictivas (Agnew, 1992, 1995). Lo que realmente resulta relevante es la reacción emocional que generan, ya que las emociones ocupan un lugar central en la explicación criminológica. La ira, la frustración, el resentimiento, la vergüenza, la ansiedad o la desesperanza pueden actuar como mecanismos que incrementan la probabilidad de que una persona recurra al delito como forma de afrontamiento o respuesta ante situaciones percibidas como injustas.
No obstante, la propia formulación de Agnew no excluye la importancia del autocontrol dentro de este proceso. La teoría sostiene que las tensiones y las emociones negativas incrementan el riesgo de delincuencia, especialmente cuando los individuos presentan bajos niveles de autocontrol o disponen de escasos recursos personales para gestionar adecuadamente dichas situaciones. En este sentido, el autocontrol actúa como un factor que puede moderar la relación entre la tensión y la conducta delictiva, matizando así las diferencias entre la GST y la Teoría General del Delito (Agnew, 1992, 1995).
Este planteamiento supone una diferencia fundamental respecto a la Teoría General del Delito. Mientras Gottfredson y Hirschi conceden escasa relevancia a las emociones y centran su explicación en la capacidad de autocontrol, Agnew considera que las experiencias emocionales constituyen el vínculo esencial entre las condiciones sociales y el comportamiento delictivo. Dos individuos con niveles similares de autocontrol pueden reaccionar de manera muy diferente ante una misma situación dependiendo de las tensiones que experimenten y de los recursos personales y sociales de los que dispongan para gestionarlas (Agnew, 1992; Agnew, 1995).
Otro aspecto relevante de la GST es que reconoce la distribución desigual de las tensiones dentro de la sociedad. Determinados grupos sociales se encuentran más expuestos a experiencias negativas relacionadas con la pobreza, la discriminación, la exclusión social, la precariedad laboral o la victimización (Agnew, 1992, 1995; Sampson, 1987).
En consecuencia, la probabilidad de experimentar emociones criminógenas tampoco se distribuye de manera uniforme.
Este planteamiento introduce una dimensión estructural que apenas aparece en la Teoría General del Delito y permite comprender mejor las diferencias observadas entre grupos, comunidades y contextos sociales.
La teoría de Agnew también cuestiona implícitamente el determinismo presente en algunas interpretaciones de la TGD. Mientras Gottfredson y Hirschi mantienen que el autocontrol se configura principalmente durante la infancia y permanece relativamente estable a lo largo de la vida (Gottfredson & Hirschi, 1990), la GST concibe la conducta delictiva como el resultado de procesos dinámicos que pueden variar en función de las circunstancias vitales. Las tensiones pueden aparecer en diferentes momentos del ciclo vital y generar respuestas diversas según el contexto, las redes de apoyo disponibles o las estrategias de afrontamiento desarrolladas por cada individuo (Agnew, 1992, 1995).
Las investigaciones empíricas desarrolladas durante las últimas décadas han respaldado numerosos elementos de la GST (Agnew, 1992, 1995; Pratt & Cullen, 2000).
Diversas investigaciones han encontrado asociaciones significativas entre experiencias de victimización, conflictos familiares, fracaso escolar, discriminación o dificultades económicas y una mayor probabilidad de participación en conductas delictivas. Numerosos estudios han confirmado el papel mediador de las emociones negativas, especialmente de la ira, en la relación entre tensión y delincuencia (Agnew, 1992, 1995; Pratt & Cullen, 2000).
Desde la perspectiva del presente trabajo, la aportación de Agnew resulta especialmente relevante porque permite comprender cómo las condiciones sociales influyen en las expresiones de la criminalidad, a través de mecanismos emocionales concretos. La teoría muestra que las experiencias sociales no actúan únicamente como escenarios donde se manifiestan características individuales previamente adquiridas, sino que pueden generar procesos psicológicos capaces de modificar el comportamiento (Agnew, 1992, 1995).
En este sentido, la GST constituye una de las principales alternativas a la explicación exclusivamente individualista propuesta por Gottfredson y Hirschi.
La comparación entre ambas teorías pone de manifiesto dos formas diferentes de entender el delito. Para la Teoría General del Delito, el comportamiento delictivo deriva fundamentalmente de niveles insuficientes de autocontrol desarrollados durante la infancia.
Para Agnew, en cambio, el delito surge de la interacción entre experiencias sociales negativas, emociones resultantes y recursos de afrontamiento disponibles. Mientras la TGD enfatiza la estabilidad, la GST subraya el cambio; Mientras la TGD sitúa el autocontrol como principal explicación de la conducta delictiva, la GST incorpora de forma explícita las tensiones sociales y emocionales sin excluir la influencia que el autocontrol puede ejercer sobre la respuesta del individuo ante dichas experiencias. Precisamente esta diferencia constituye uno de los elementos centrales del debate criminológico contemporáneo, reforzando la hipótesis defendida en este trabajo acerca de la necesidad de integrar factores individuales y contextuales en la explicación del fenómeno criminal.
Desde este punto de vista, la GST no pretende sustituir completamente la importancia del autocontrol, sino demostrar que su influencia depende de las experiencias sociales y emocionales que atraviesan los individuos. Esta concepción amplía considerablemente las posibilidades de análisis de la conducta delictiva y constituye uno de los principales puntos de conexión con el modelo integrador que se propone en este trabajo.
3.2. La teoría del curso de vida de Sampson y Laub (1993)
La teoría del curso de vida desarrollada por Sampson y Laub constituye una de las críticas más relevantes a la Teoría General del Delito, especialmente en lo relativo a la estabilidad del autocontrol a lo largo del tiempo. Mientras Gottfredson y Hirschi sostienen que el autocontrol queda esencialmente configurado durante la infancia y experimenta pocas modificaciones posteriores, Sampson y Laub defienden que las trayectorias vitales permanecen abiertas al cambio durante gran parte de la vida adulta.
Su propuesta se basa en el estudio longitudinal de individuos seguidos durante décadas (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003), lo que les permitió analizar cómo determinadas experiencias sociales pueden modificar comportamientos previamente asociados a la delincuencia. A partir de estas investigaciones, los autores observaron que muchas personas que habían presentado conductas delictivas persistentes durante la adolescencia abandonaban posteriormente dichas prácticas como consecuencia de cambios significativos en sus circunstancias vitales (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Uno de los conceptos centrales de esta teoría es el de los llamados turning points o puntos de inflexión. Se trata de acontecimientos capaces de alterar las trayectorias individuales y favorecer procesos de integración social. Entre los más relevantes destacan el acceso a un empleo estable, el matrimonio, la formación de una familia, el servicio militar o el establecimiento de relaciones afectivas sólidas. Estos vínculos generan nuevas responsabilidades, modifican las rutinas cotidianas y fortalecen los mecanismos de control social informal (Sampson & Laub, 1993).
Los patrones de delincuencia no pueden entenderse como la consecuencia inevitable de una característica individual adquirida en la infancia. Por el contrario, las experiencias sociales continúan ejerciendo influencia sobre el comportamiento a lo largo de todo el ciclo vital. Esta idea supone una diferencia fundamental respecto a la Teoría General del Delito, ya que otorga a los entornos sociales un papel mucho más relevante en la explicación de la criminalidad (Sampson & Laub, 1993).
La teoría del curso de vida también permite comprender mejor los procesos de desistimiento delictivo. Mientras la TGD se centra en explicar por qué algunas personas delinquen, Sampson y Laub analizan además por qué muchas dejan de hacerlo. Sus investigaciones muestran que el abandono de la delincuencia suele estar asociado a la construcción progresiva de vínculos sociales prosociales y a la incorporación a instituciones convencionales como la familia o el mercado laboral (Laub & Sampson, 2003).
Las implicaciones criminológicas de esta perspectiva son especialmente relevantes para el presente trabajo. Si las trayectorias individuales pueden modificarse mediante experiencias sociales significativas, entonces el contexto no constituye un elemento secundario, sino un factor esencial para comprender los procesos de desistimiento y cambio en la conducta delictiva.
Ello no implica necesariamente excluir el papel del autocontrol, que puede seguir contribuyendo a explicar la continuidad de determinadas trayectorias delictivas. En consecuencia, la teoría del curso de vida refuerza la idea de que la explicación del delito requiere integrar factores individuales y sociales dentro de un mismo marco analítico (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Además, esta perspectiva pone de manifiesto que las políticas públicas de prevención y reinserción conservan un importante margen de actuación durante la adolescencia y la edad adulta. La existencia de puntos de inflexión demuestra que las trayectorias delictivas no son necesariamente irreversibles y que los vínculos sociales pueden desempeñar un papel decisivo en los procesos de cambio.
3.3. La teoría de la acción situacional de Wikström (2004): un modelo integrador
La Teoría de la Acción Situacional (Situational Action Theory, SAT) desarrollada por Per-Olof Wikström representa uno de los intentos más sólidos de integrar factores individuales y contextuales dentro de una misma explicación criminológica.
Su propuesta surge en parte como respuesta a las limitaciones observadas en modelos excesivamente centrados en el individuo o, por el contrario, exclusivamente orientados hacia factores estructurales.
A diferencia de la Teoría General del Delito, Wikström sostiene que la conducta delictiva no puede entenderse únicamente como consecuencia de características personales relativamente estables, como el autocontrol. Para este autor, el delito es el resultado de un proceso de interacción entre la persona y el entorno en el que actúa (Wikström, 2004).
Lo relevante no es únicamente quién es el individuo, sino también dónde se encuentra, qué oportunidades percibe y qué normas sociales predominan en el contexto concreto en el que toma decisiones.
La SAT se fundamenta en un proceso denominado percepción-elección (Wikström, 2004).
En este sentido, las personas interpretan las situaciones a las que se enfrentan y posteriormente eligen entre diferentes cursos de acción posibles. Estas decisiones están condicionadas tanto por características individuales —como la moralidad personal, el autocontrol o las experiencias previas— como por elementos externos relacionados con el ambiente social y físico. Uno de los conceptos centrales de la teoría es la propensión delictiva, entendida como la combinación entre la moralidad individual y la capacidad de autocontrol (Wikström, 2004).
Wikström considera que esta propensión solo adquiere significado cuando interactúa con determinados entornos. Una persona puede poseer una elevada propensión delictiva y no cometer delitos si se encuentra en contextos caracterizados por fuertes mecanismos de control social (Wikström, 2004).
Del mismo modo, individuos con niveles relativamente adecuados de autocontrol pueden verse influidos por situaciones particularmente favorables para la transgresión.
La importancia atribuida al contexto constituye una de las principales diferencias respecto a la Teoría General del Delito. Mientras Gottfredson y Hirschi consideran que el entorno desempeña un papel secundario, Wikström sostiene que la explicación del delito requiere analizar simultáneamente las características del individuo y las condiciones concretas en las que se desarrolla la acción.
En consecuencia, el espacio físico, las normas comunitarias, la cohesión social, la supervisión informal y las oportunidades delictivas adquieren una relevancia central.
La teoría también resulta especialmente útil para comprender fenómenos característicos de las sociedades contemporáneas, donde los individuos se encuentran expuestos a contextos muy diversos a lo largo de su vida cotidiana. La movilidad urbana, los entornos digitales, las redes sociales y la creciente complejidad de las interacciones sociales generan nuevas oportunidades y desafíos para la explicación criminológica.
A la luz de este enfoque, las conductas delictivas aparecen como el resultado de procesos dinámicos en los que intervienen simultáneamente factores personales, sociales y situacionales (Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Para el presente trabajo, la aportación de Wikström resulta especialmente relevante porque proporciona un marco integrador capaz de superar la tradicional oposición entre individuo y contexto. Su propuesta muestra que el autocontrol continúa siendo una variable importante, pero rechaza la idea de que pueda explicar por sí sola el fenómeno delictivo.
La SAT refuerza así la necesidad de incorporar factores situacionales y contextuales en cualquier explicación criminológica que aspire a comprender la complejidad de la criminalidad contemporánea.
En este sentido, la teoría de la acción situacional representa uno de los intentos más completos de superar la tradicional dicotomía entre individuo y sociedad. Su principal aportación consiste en explicar cómo ambas dimensiones interactúan de forma constante en cada decisión relacionada con la conducta delictiva.
3.4. La criminología cultural y la teoría del riesgo: Beck, Bauman y Garland
Las transformaciones sociales experimentadas durante las últimas décadas han dado lugar a nuevas perspectivas criminológicas que cuestionan la capacidad de las teorías tradicionales para explicar la delincuencia contemporánea.
Entre estas aportaciones destacan los trabajos de Ulrich Beck, Zygmunt Bauman y David Garland, autores que, desde enfoques distintos, coinciden en señalar la necesidad de incorporar factores culturales, políticos y sociales al análisis de la criminalidad.
Ulrich Beck (1998) desarrolla el concepto de sociedad del riesgo para describir una etapa histórica caracterizada por la creciente percepción de incertidumbre e inseguridad. Beck, señala, que las sociedades contemporáneas ya no se preocupan únicamente por la distribución de la riqueza, sino también por la gestión de riesgos asociados a fenómenos globales, tecnológicos, económicos y sociales. En este contexto, el delito adquiere una importante dimensión simbólica, convirtiéndose en una fuente permanente de preocupación colectiva.
Para Beck (1998), la inseguridad ciudadana no depende exclusivamente de los niveles reales de criminalidad, sino también de cómo determinados riesgos son percibidos y gestionados socialmente.
Por su parte, Bauman (2000) analiza las consecuencias de la denominada modernidad líquida, caracterizada por la fragilidad de los vínculos sociales, la inestabilidad laboral y la creciente incertidumbre vital. Con este planteamiento, los individuos desarrollan sus trayectorias personales en entornos cada vez más cambiantes, donde las identidades, las relaciones y las expectativas resultan menos estables que en etapas históricas anteriores. Estas transformaciones generan nuevas formas de exclusión, frustración e inseguridad que pueden influir indirectamente sobre determinadas conductas desviadas y delictivas (Bauman, 2000).
Las aportaciones de David Garland (2001) se centran especialmente en las respuestas institucionales frente al delito. Su concepto de cultura del control describe cómo las sociedades contemporáneas han desarrollado nuevas formas de gestión de la inseguridad mediante políticas criminales más visibles, estrategias de control preventivo y una creciente centralidad del discurso sobre la seguridad. Garland sostiene que el delito no solo constituye un fenómeno jurídico o criminológico, sino también un fenómeno político que influye en la construcción de identidades colectivas, prioridades gubernamentales y percepciones sociales (Garland, 2001).
Aunque estos autores no elaboran teorías criminológicas centradas específicamente en la conducta individual, sus aportaciones resultan especialmente relevantes para el presente trabajo porque amplían considerablemente el marco explicativo de la criminalidad.
Frente a las interpretaciones que atribuyen el delito exclusivamente a características personales como el autocontrol, Beck, Bauman y Garland muestran que los procesos sociales, culturales e institucionales también desempeñan un papel relevante en la configuración de los comportamientos, las percepciones y las respuestas frente a la delincuencia.
En conjunto, estas perspectivas refuerzan la idea de que la criminalidad debe entenderse como un fenómeno complejo en el que intervienen simultáneamente factores individuales, sociales, culturales y políticos; las limitaciones de la Teoría General del Delito no radican necesariamente en la importancia que concede al autocontrol, sino en la insuficiente atención prestada a los procesos sociales más amplios que caracterizan a las sociedades contemporáneas (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001).
Estas aportaciones muestran que la explicación del delito no puede limitarse al análisis del comportamiento individual, sino que debe incorporar también los cambios estructurales, culturales e institucionales que transforman continuamente las sociedades actuales. Solo desde esta perspectiva resulta posible comprender adecuadamente los nuevos desafíos que plantea la criminalidad contemporánea.
Las teorías analizadas en este capítulo coinciden en cuestionar la suficiencia explicativa de los modelos exclusivamente centrados en características individuales. Aunque difieren en sus planteamientos teóricos, todas ellas incorporan elementos que la Teoría General del Delito tiende a relegar a un segundo plano: las emociones, las tensiones sociales, las trayectorias vitales, los contextos situacionales y las transformaciones culturales propias de la modernidad contemporánea.
Estas aportaciones refuerzan la necesidad de avanzar hacia modelos criminológicos más integradores, los cuales son capaces de explicar la conducta delictiva mediante la interacción entre factores individuales y contextuales.
Mientras Gottfredson y Hirschi sitúan el origen del delito en una característica individual relativamente estable como el autocontrol (Gottfredson & Hirschi, 1990), Agnew enfatiza las tensiones sociales y las emociones (Agnew, 1992, 1995), Sampson y Laub destacan la importancia de las trayectorias vitales y los vínculos sociales (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003), y Wikström propone una explicación basada en la interacción entre individuo y situación (Wikström, 2004).
Por su parte, Beck, Bauman y Garland subrayan la relevancia de los procesos culturales, políticos y sociales propios de la modernidad contemporánea. Estas diferencias muestran que la criminología actual tiende a adoptar modelos más complejos e integradores que los planteados originalmente por la Teoría General del Delito (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001).
3.5. Comparación entre la Teoría General del Delito y las perspectivas criminológicas contemporáneas
El análisis de las teorías revisadas en los apartados anteriores permite identificar las importantes diferencias respecto a los postulados de la Teoría General del Delito (TGD). Aunque todas ellas comparten el objetivo de explicar las trayectorias delictivas, difieren de manera significativa en la forma de entender sus causas, su evolución y la influencia del contexto social.
La principal diferencia se refiere al papel atribuido al individuo y al entorno. Mientras que Gottfredson y Hirschi (1990) sitúan el origen del comportamiento delictivo en una característica individual relativamente estable como es el bajo autocontrol, las teorías contemporáneas consideran que el delito surge de la interacción entre factores personales y contextuales, y dicha conducta no puede comprenderse adecuadamente sin tener en cuenta las circunstancias sociales, económicas, culturales y situacionales que rodean al individuo.
La Teoría de la Tensión General de Agnew (1992) introduce una diferencia fundamental al destacar el papel de las emociones y de las experiencias negativas. Frente a la TGD, que interpreta el delito principalmente como consecuencia de una deficiente capacidad de autocontrol, Agnew sostiene que determinadas tensiones sociales pueden generar emociones como frustración, ira o resentimiento que incrementan la probabilidad de comportamiento delictivo. El delito deja así de ser únicamente una manifestación de impulsividad para convertirse también en una posible respuesta ante situaciones percibidas como injustas o adversas.
Por su parte, la teoría del curso de vida desarrollada por Sampson y Laub cuestiona uno de los supuestos más importantes de la TGD: la estabilidad del autocontrol a lo largo del tiempo. Mientras Gottfredson y Hirschi consideran que las diferencias individuales quedan esencialmente configuradas durante la infancia, Sampson y Laub muestran que las trayectorias vitales pueden modificarse mediante acontecimientos significativos como el empleo estable, el matrimonio o la consolidación de vínculos prosociales. Esta perspectiva introduce una visión dinámica del comportamiento humano que concede mayor relevancia a los procesos de cambio y adaptación.
La Teoría de la Acción Situacional de Wikström también se distancia de la explicación propuesta por la TGD (Wikström, 2004). Aunque reconoce la importancia de determinadas características individuales, sostiene que el delito solo puede comprenderse adecuadamente cuando se analiza la interacción entre la propensión personal y las características del entorno inmediato.
De acuerdo con este enfoque, las personas no actúan de forma automática en función de su nivel de autocontrol, sino que interpretan las situaciones concretas en las que se encuentran y toman decisiones condicionadas por normas morales, oportunidades y mecanismos de control presentes en cada contexto. De este modo, el delito aparece como el resultado de una interacción dinámica entre individuo y situación.
Las diferencias se amplían aún más cuando se incorporan las perspectivas desarrolladas por autores como Beck, Bauman y Garland. Estos enfoques desplazan el análisis desde las características individuales hacia transformaciones sociales más amplias vinculadas a la modernidad tardía. La sociedad del riesgo, la modernidad líquida y la cultura del control permiten comprender cómo fenómenos como la globalización, la precariedad laboral, la incertidumbre social o la expansión de las tecnologías digitales modifican tanto las formas de delincuencia como las respuestas institucionales frente a ella (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001).
Desde esta óptica, el delito deja de entenderse exclusivamente como una consecuencia de características personales para analizarse también como un fenómeno vinculado a cambios estructurales y culturales de gran alcance.
A pesar de estas diferencias, las teorías revisadas no deben interpretarse necesariamente como incompatibles entre sí. De hecho, una de las principales conclusiones que se desprenden de la producción científica reciente es que el comportamiento delictivo difícilmente puede explicarse mediante una única variable.
La investigación empírica desarrollada durante las últimas décadas sugiere que factores individuales como el autocontrol continúan desempeñando un papel relevante (Pratt & Cullen, 2000; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004), pero que su influencia se encuentra condicionada por procesos de socialización, trayectorias vitales, tensiones sociales, oportunidades situacionales y transformaciones culturales más amplias (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
En este sentido, las perspectivas contemporáneas no eliminan la relevancia del autocontrol, sino que lo sitúan dentro de un marco explicativo más complejo e integrador. La principal limitación de la Teoría General del Delito no radica en identificar un factor irrelevante, sino en atribuirle una capacidad explicativa excesiva (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
El análisis comparado realizado en este capítulo pone de manifiesto que la comprensión de la criminalidad contemporánea exige combinar factores individuales y contextuales, superando la tradicional dicotomía entre explicaciones centradas en el sujeto y explicaciones centradas en la estructura social (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Precisamente esta necesidad de integración constituye el punto de partida del capítulo siguiente.
CAPÍTULO 4. HACIA UNA LECTURA INTEGRADORA DEL AUTOCONTROL Y EL CONTEXTO SOCIAL
La Teoría General del Delito (TGD) aportó una de las explicaciones más influyentes y parsimoniosas del comportamiento delictivo: la primacía del autocontrol como variable principal. Las críticas teóricas y las investigaciones empíricas desarrolladas durante las últimas décadas señalan que este enfoque resulta insuficiente cuando se analiza la complejidad de las sociedades contemporáneas (Pratt & Cullen, 2000; Serrano Maíllo, 2017).
El objetivo de este capítulo es proponer una lectura integradora que combine los aportes válidos de la TGD con las contribuciones de teorías estructurales, del desarrollo, situacionales y culturales. El resultado es un modelo híbrido que reconoce la importancia del autocontrol, pero lo inserta en un entramado social, emocional y contextual más amplio.
4.1. El autocontrol como capacidad dinámica y socialmente condicionada
Gottfredson y Hirschi plantearon que el autocontrol se forma antes de los 10 años y permanece estable durante la vida adulta. Una parte importante de la investigación criminológica posterior ha cuestionado la idea de que el autocontrol se forme completamente durante la infancia y permanezca inalterable durante el resto de la vida.
Diversos estudios han mostrado que el autocontrol puede experimentar variaciones a lo largo del ciclo vital y verse influido por experiencias personales, vínculos sociales, oportunidades y cambios en las condiciones de vida. Factores como la estabilidad laboral, las relaciones afectivas, la integración comunitaria o determinados procesos de aprendizaje pueden contribuir al fortalecimiento o debilitamiento de esta capacidad (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Hirschi, 2004).
El autocontrol debe entenderse como una capacidad dinámica que se desarrolla en interacción constante con el entorno social. Su influencia sobre la conducta y el fenómeno criminal no puede analizarse de forma aislada, ya que depende también de las oportunidades disponibles, de los mecanismos de control informal presentes en cada contexto y de las experiencias acumuladas por los individuos a lo largo de su trayectoria vital. Estudios posteriores han refinado así el vínculo entre autocontrol y comportamiento delictivo, mostrando que su capacidad explicativa aumenta cuando se incorpora el análisis de factores sociales y contextuales (Hirschi, 2004).
Esta interpretación resulta coherente con parte de la criminología de estos últimos años. Serrano Maíllo (2009, 2017) señala que, aunque el autocontrol constituye uno de los predictores más consistentes del comportamiento delictivo, su capacidad explicativa aumenta cuando se analiza juntamente con factores sociales y contextuales.
El autocontrol no debe entenderse como una característica completamente aislada del entorno, sino como una capacidad que se desarrolla y manifiesta a través de procesos de socialización, experiencias vitales y oportunidades estructurales concretas (Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004).
Esta concepción permite superar la visión estática del autocontrol presente en la formulación original de la TGD y entenderlo como una capacidad que evoluciona en función de la interacción constante entre el individuo y su entorno. De este modo, el análisis criminológico adquiere una perspectiva más dinámica, capaz de explicar tanto la persistencia como el cambio en las trayectorias delictivas.
4.2. Hacia un modelo integrador de explicación del delito
La revisión realizada en los capítulos anteriores permite concluir que el autocontrol constituye una variable relevante para comprender los patrones de la delincuencia, pero difícilmente puede considerarse una explicación suficiente por sí sola. Las investigaciones criminológicas contemporáneas muestran que los comportamientos delictivos son el resultado de procesos complejos en los que intervienen simultáneamente factores individuales, sociales, emocionales, culturales y situacionales (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Las aportaciones de la Teoría de la Tensión General de Agnew ponen de manifiesto que las emociones desempeñan un papel central en la explicación del delito. La exposición a experiencias negativas, situaciones de exclusión, fracaso, victimización o pérdida genera tensiones que pueden traducirse en respuestas delictivas cuando los individuos carecen de recursos adecuados para afrontarlas. Por ello, el delito no surge únicamente de déficits de autocontrol, sino también de la interacción entre circunstancias sociales adversas y procesos emocionales concretos (Agnew, 1992, 1995).
Las teorías del curso de vida desarrolladas por Sampson y Laub introducen una segunda corrección fundamental al modelo original de Gottfredson y Hirschi. La investigación longitudinal demuestra que las trayectorias personales permanecen abiertas al cambio durante gran parte de la vida adulta. Factores como el acceso a un empleo estable, la construcción de vínculos afectivos sólidos, la integración comunitaria o la formación de una familia pueden modificar significativamente comportamientos previamente asociados a la delincuencia. Esto implica que el autocontrol no puede entenderse como una característica completamente fija ni independiente de las experiencias sociales posteriores (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Por su parte, la Teoría de la Acción Situacional de Wikström muestra que la participación en la delincuencia depende de la interacción constante entre la propensión individual y las características concretas del entorno.
La moralidad personal, el autocontrol, las oportunidades delictivas, las normas sociales presentes en cada contexto y la interpretación subjetiva de las situaciones participan conjuntamente en la toma de decisiones. El delito aparece como el resultado de procesos dinámicos que no pueden reducirse a una única variable explicativa (Wikström, 2004).
Las perspectivas asociadas a la sociedad del riesgo, la modernidad líquida y la cultura del control amplían todavía más este marco analítico. Las transformaciones económicas, tecnológicas y culturales de las sociedades contemporáneas generan nuevas formas de incertidumbre, vulnerabilidad y exclusión que influyen tanto en las oportunidades delictivas como en las respuestas institucionales frente al delito.
La criminalidad debe entenderse también como un fenómeno vinculado a procesos históricos y sociales más amplios (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001).
Esta visión amplía considerablemente el marco tradicional de análisis de la delincuencia, al incorporar transformaciones sociales que afectan tanto a las oportunidades delictivas como a la percepción colectiva de la inseguridad. La explicación del delito deja así de centrarse exclusivamente en el individuo para incorporar procesos sociales de alcance mucho más amplio.
Desde una perspectiva integradora, el autocontrol puede concebirse como una capacidad relevante pero profundamente condicionada por los factores contextuales. Su desarrollo depende de procesos de socialización, experiencias vitales, recursos disponibles y relaciones sociales. Su influencia sobre la conducta varía en función de las oportunidades presentes, las tensiones experimentadas, las normas comunitarias y las circunstancias concretas en las que actúan los individuos (Wikström, 2004; Sampson & Laub, 1993). La explicación de la conducta requiere abandonar la oposición tradicional entre individuo y sociedad. El delito no es exclusivamente producto de características personales ni exclusivamente resultado de estructuras sociales. Surge de la interacción constante entre ambos niveles de análisis. Esta perspectiva permite conservar las aportaciones más valiosas de la Teoría General del Delito sin ignorar los avances desarrollados posteriormente por la criminología desarrollada desde la década de 1990 (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004).
Desde esta óptica, la explicación criminológica deja de buscar una única causa del delito para centrarse en la interacción entre múltiples factores que actúan de forma simultánea. Esta aproximación permite comprender con mayor precisión la diversidad de trayectorias delictivas y explica por qué individuos expuestos a circunstancias similares pueden desarrollar comportamientos diferentes en función de sus características personales y del contexto en el que se desenvuelven.
La propuesta defendida en este trabajo sostiene precisamente que el autocontrol constituye una variable importante para comprender las manifestaciones de la delincuencia, pero que solo adquiere pleno significado cuando se analiza en relación con los contextos sociales, culturales, emocionales y situacionales en los que se desarrolla la vida de los individuos. Esta visión integradora permite ofrecer una explicación más completa y realista de la criminalidad en las sociedades contemporáneas (Serrano Maíllo, 2017).
Asimismo, esta propuesta facilita la articulación de modelos criminológicos capaces de integrar aportaciones procedentes de distintas corrientes teóricas sin renunciar a la coherencia explicativa. El resultado es una interpretación más flexible y adaptada a la complejidad que caracteriza actualmente al fenómeno delictivo.
Esta interpretación permite superar una de las principales limitaciones de la Teoría General del Delito: la separación excesiva entre individuo y contexto social. La investigación revisada a lo largo de este trabajo sugiere que ambas dimensiones se encuentran estrechamente relacionadas y se influyen mutuamente.
El autocontrol continúa siendo una variable relevante para explicar la conducta delictiva, pero no puede entenderse como una característica completamente independiente de las experiencias vitales, las oportunidades disponibles o las condiciones sociales en las que se desarrolla cada individuo (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Esto nos conduce a la principal aportación de la criminología contemporánea, la cual no consiste en sustituir el autocontrol por explicaciones alternativas, sino en integrarlo dentro de modelos más amplios capaces de incorporar factores estructurales, emocionales, culturales y situacionales. Esta aproximación permite comprender mejor la complejidad de la delincuencia actual y ofrece una base más sólida para el diseño de políticas preventivas fundamentadas en la investigación científica (Serrano Maíllo, 2017; Garland, 2001).
4.3. Implicaciones teóricas de un modelo integrador
La propuesta integradora desarrollada en este trabajo no pretende sustituir la Teoría General del Delito ni negar la relevancia del autocontrol como variable criminológica. Por el contrario, parte del reconocimiento de que el autocontrol constituye uno de los predictores más consistentes de la conducta identificados por la investigación empírica (Pratt & Cullen, 2000; Hirschi, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Sin embargo, la investigación revisada muestra que su capacidad explicativa resulta limitada cuando se analiza de forma aislada de los contextos sociales en los que los individuos desarrollan sus trayectorias vitales (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
La principal implicación teórica de esta perspectiva consiste en superar la tradicional dicotomía entre explicaciones centradas en el individuo y explicaciones centradas en la estructura social. Durante décadas, buena parte del debate criminológico se ha desarrollado como una confrontación entre ambas posiciones.
Mientras algunas teorías han priorizado variables individuales como la personalidad, el aprendizaje o el autocontrol, otras han enfatizado factores estructurales como la desigualdad, la pobreza, la exclusión o la desorganización comunitaria.
La revisión realizada en este trabajo sugiere que ambas dimensiones se encuentran profundamente interrelacionadas y que ninguna de ellas resulta suficiente por sí sola para explicar la complejidad de los comportamientos antisociales y delictivos (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Con todo, reconocer las aportaciones de estas perspectivas no implica considerar superada la Teoría General del Delito. Frente a modelos más complejos que incorporan un mayor número de variables explicativas, la TGD mantiene una importante ventaja desde el punto de vista científico: su carácter parsimonioso. La simplicidad de su formulación permite ofrecer una explicación general del comportamiento delictivo con un número reducido de factores, lo que constituye una de sus principales fortalezas teóricas.
Las teorías posteriores deben entenderse como desarrollos que amplían determinados aspectos de la explicación criminológica, pero no necesariamente como modelos que sustituyan por completo la propuesta formulada por Gottfredson y Hirschi (Gottfredson & Hirschi, 1990, 2020; Serrano Maíllo, 2017).
En este sentido, la criminología contemporánea parece orientarse hacia modelos de explicación cada vez más integradores, en los que las características individuales, los procesos de socialización y los contextos sociales forman parte de un mismo marco analítico. Esta evolución no supone el abandono de las aportaciones clásicas de la Teoría General del Delito, sino su reinterpretación a la luz del conocimiento acumulado por la investigación criminológica de las últimas décadas.
CAPÍTULO 5. IMPLICACIONES PARA LA SEGURIDAD Y LA PREVENCIÓN DEL DELITO
El análisis de la Teoría General del Delito (TGD) a la luz de los enfoques contemporáneos no solo permite comprender mejor la etiología del delito, sino que ofrece implicaciones relevantes para el diseño de políticas de seguridad.
En el contexto del Máster en Seguridad, estas aportaciones resultan especialmente pertinentes, dado que la gestión del riesgo, la prevención del delito y la planificación estratégica requieren modelos explicativos capaces de integrar individuo, contexto y situación.
5.1. Limitaciones de la TGD para la formulación de políticas preventivas
La Teoría General del Delito ha tenido una influencia considerable en el desarrollo de políticas preventivas centradas en el fortalecimiento del autocontrol durante la infancia y la adolescencia. Las estrategias más habituales se han orientado hacia la mejora de la supervisión parental, el refuerzo de procesos de socialización temprana y la implantación de programas educativos destinados a favorecer la autorregulación conductual. La investigación empírica ha mostrado resultados positivos en muchos de estos programas, lo que confirma la relevancia del autocontrol como factor de protección frente a la conducta antisocial (Gottfredson & Hirschi, 1990; Pratt & Cullen, 2000; Hirschi, 2004).
Por tanto, cuando estas intervenciones se aplican de forma aislada, presentan importantes limitaciones. Su principal debilidad radica en la tendencia a concentrar la explicación del delito en características individuales, prestando menor atención a los factores sociales, económicos y comunitarios que también influyen en la aparición de conductas delictivas.
Aspectos como la desigualdad, la exclusión social, la victimización previa, la precariedad económica o la concentración territorial de factores de riesgo quedan insuficientemente explicados desde una perspectiva centrada exclusivamente en el autocontrol (Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Serrano Maíllo, 2017).
Este enfoque ofrece dificultades para comprender los cambios que experimentan las trayectorias vitales a lo largo del tiempo. La investigación criminológica actual ha demostrado que la participación en actividades delictivas puede verse modificada por acontecimientos posteriores a la infancia, como la inserción laboral, la estabilidad familiar, la integración comunitaria o determinados procesos de apoyo social.
Del mismo modo, la TGD presta una atención limitada al papel de las oportunidades delictivas y de las características concretas del entorno físico y social donde se desarrolla la acción (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003; Wikström, 2004).
Como consecuencia, las políticas preventivas inspiradas exclusivamente en la Teoría General del Delito resultan útiles, pero insuficientes para abordar la complejidad de la delincuencia en las sociedades contemporáneas.
La prevención eficaz requiere incorporar simultáneamente factores individuales, sociales, estructurales y situacionales dentro de un marco de intervención más amplio e integrador (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Este planteamiento no implica rechazar las aportaciones de la Teoría General del Delito, sino reconocer que sus postulados alcanzan una mayor capacidad explicativa cuando se integran con otras perspectivas criminológicas contemporáneas. La prevención del delito requiere, por tanto, intervenciones coordinadas capaces de actuar simultáneamente sobre las personas, los entornos sociales y las oportunidades que favorecen la conducta delictiva.
5.2. Aportaciones de las teorías contemporáneas a la seguridad
Las teorías criminológicas contemporáneas revisadas en este trabajo coinciden en una idea fundamental: la prevención eficaz del delito requiere superar las explicaciones exclusivamente centradas en el individuo e incorporar factores sociales, emocionales, situacionales y culturales. Esta perspectiva resulta especialmente relevante para el ámbito de la seguridad, donde las intervenciones deben diseñarse teniendo en cuenta la complejidad de los procesos que influyen en la conducta humana (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Las aportaciones de estos enfoques permiten comprender que los factores de riesgo no se distribuyen de manera uniforme en la población ni en el territorio. Las tensiones sociales, la desigualdad, la exclusión, la victimización previa, la ausencia de vínculos prosociales o la exposición continuada a entornos criminógenos generan condiciones que incrementan la probabilidad de comportamientos antisociales y delictivos.
En consecuencia, las políticas de seguridad deben incorporar mecanismos de detección temprana e intervención sobre estos factores de vulnerabilidad (Agnew, 1992, 1995; Sampson, 1987; Sampson et al., 1997).
La identificación temprana de estos factores permite desarrollar intervenciones preventivas más eficaces y adaptar los recursos disponibles a las necesidades específicas de cada contexto. De este modo, la prevención deja de orientarse exclusivamente hacia la reacción frente al delito consumado y pasa a priorizar actuaciones dirigidas a reducir las condiciones que favorecen su aparición.
La investigación criminológica contemporánea muestra que las trayectorias individuales pueden modificarse mediante intervenciones adecuadas. La inserción laboral, el acceso a recursos comunitarios, el fortalecimiento de redes sociales de apoyo y la estabilidad residencial constituyen elementos que favorecen procesos de integración y desistimiento delictivo.
La prevención no debe limitarse a la infancia, sino extenderse a diferentes etapas del ciclo vital (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003).
Por otra parte, el análisis situacional del delito pone de manifiesto la importancia del entorno físico y social en la producción de oportunidades delictivas. El diseño urbano, la vigilancia formal e informal, la organización de los espacios públicos y la gestión de entornos de riesgo constituyen herramientas fundamentales para la prevención. Estas estrategias permiten actuar directamente sobre las circunstancias que facilitan la comisión de delitos, complementando las intervenciones dirigidas a los individuos (Wikström, 2004; Clarke & Felson, 1993).
Finalmente, las transformaciones asociadas a la globalización, la digitalización y la sociedad del riesgo han ampliado considerablemente el campo de actuación de las políticas de seguridad. La gestión de amenazas híbridas, la ciberdelincuencia, la protección de infraestructuras críticas, la prevención de procesos de radicalización y el control de riesgos emergentes exigen enfoques multidimensionales capaces de integrar factores tecnológicos, sociales y culturales (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001).
La creciente complejidad de estas amenazas exige reforzar la cooperación entre administraciones públicas, organizaciones privadas y sociedad civil. La seguridad deja así de concebirse como una responsabilidad exclusiva de las instituciones encargadas del control formal para convertirse en una tarea compartida que requiere respuestas coordinadas y multidisciplinares.
En conjunto, estas aportaciones permiten desarrollar políticas de seguridad más completas y basadas en la investigación, superando modelos excesivamente reduccionistas y favoreciendo estrategias preventivas adaptadas a la complejidad de las sociedades contemporáneas (Serrano Maíllo, 2017).
5.3. Hacia un modelo integral de seguridad basado en la investigación científica
La revisión desarrollada a lo largo de este trabajo permite sostener que las estrategias de seguridad más eficaces son aquellas capaces de integrar diferentes niveles de intervención. La investigación criminológica disponible muestra que ninguna aproximación aislada resulta suficiente para prevenir de forma efectiva la delincuencia en contextos sociales complejos. En consecuencia, las políticas de seguridad deben diseñarse desde una perspectiva multidimensional que combine actuaciones individuales, comunitarias, estructurales y situacionales (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004).
En primer lugar, resulta necesario mantener intervenciones dirigidas al fortalecimiento de capacidades individuales como el autocontrol, la regulación emocional y las habilidades sociales. Diversas investigaciones empíricas han demostrado que estos factores continúan desempeñando un papel relevante en la prevención de conductas antisociales y delictivas, especialmente durante las etapas tempranas de socialización (Gottfredson & Hirschi, 1990; Pratt & Cullen, 2000).
No obstante, la existencia de vínculos familiares sólidos, redes comunitarias cohesionadas, entornos educativos estables y mecanismos de apoyo social constituye un elemento esencial para reducir factores de riesgo y favorecer procesos de integración.
La seguridad debe entenderse también como una responsabilidad colectiva que implica a instituciones, comunidades y actores sociales diversos (Sampson et al., 1997; Bursik & Grasmick, 1993).
Las políticas públicas deben actuar sobre las condiciones estructurales que incrementan la vulnerabilidad social. La reducción de desigualdades, la mejora del acceso al empleo, la estabilidad residencial y el fortalecimiento de los sistemas de protección social contribuyen indirectamente a la prevención de la delincuencia al disminuir tensiones, exclusión y situaciones de riesgo acumulado (Agnew, 1992, 1995; Beck, 1998; Bauman, 2000).
Junto a estas medidas, la prevención situacional continúa desempeñando un papel fundamental. El diseño urbano seguro, la gestión de espacios públicos, la vigilancia formal e informal y la reducción de oportunidades delictivas constituyen herramientas eficaces para intervenir directamente sobre las circunstancias que facilitan la comisión de delitos (Clarke & Felson, 1993; Wikström, 2004).
Finalmente, las sociedades contemporáneas exigen incorporar una dimensión cultural y comunicativa de la seguridad.
La gestión responsable del miedo, la prevención de procesos de estigmatización, la protección frente a riesgos digitales y la construcción de narrativas públicas equilibradas forman parte de los nuevos desafíos que afrontan las políticas de seguridad en la actualidad (Beck, 1998; Garland, 2001).
En definitiva, un modelo integral de seguridad basado en la investigación científica debe reconocer simultáneamente la importancia de los factores individuales, sociales, estructurales, situacionales y culturales. Solo mediante esta perspectiva integradora resulta posible diseñar estrategias preventivas adaptadas a la complejidad de la criminalidad contemporánea y coherentes con los avances desarrollados por la criminología durante las últimas décadas (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
Un modelo de estas características favorece una utilización más eficiente de los recursos públicos, al permitir que las actuaciones preventivas se diseñen a partir del conocimiento científico disponible y de las necesidades específicas de cada contexto. La coordinación entre instituciones, profesionales y comunidades constituye un elemento esencial para garantizar que las políticas de seguridad respondan de forma eficaz a los desafíos que plantea la criminalidad contemporánea.
5.4. Implicaciones para las políticas públicas de seguridad
Las conclusiones derivadas de este trabajo poseen importantes implicaciones para el diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas de seguridad. Si la delincuencia es el resultado de la interacción entre factores individuales, sociales, estructurales y situacionales, las respuestas institucionales deben superar enfoques excesivamente simplificados y adoptar estrategias integrales fundamentadas en los resultados de la investigación criminológica (Serrano Maíllo, 2017).
En primer lugar, resulta necesario reforzar las políticas preventivas orientadas a la infancia y la adolescencia. La investigación criminológica muestra que el fortalecimiento de habilidades socioemocionales, la mejora de la supervisión parental y el desarrollo de competencias de autorregulación constituyen mecanismos eficaces para reducir factores de riesgo asociados a la conducta antisocial.
Estas intervenciones deben integrarse dentro de programas más amplios que tengan en cuenta las condiciones sociales y familiares en las que se desarrolla el proceso de socialización (Gottfredson & Hirschi, 1990; Hirschi, 2004; Pratt & Cullen, 2000).
En segundo lugar, las políticas de seguridad deben incorporar estrategias dirigidas a reducir situaciones de vulnerabilidad social. La exclusión educativa, la precariedad laboral, la pobreza persistente y las dificultades de acceso a recursos básicos generan contextos que incrementan la exposición a múltiples factores de riesgo. Las políticas sociales y las políticas de seguridad no deben entenderse como ámbitos independientes, sino como instrumentos complementarios orientados a fortalecer la cohesión social y reducir procesos de marginalización (Agnew, 1992, 1995; Beck, 1998).
La coordinación entre ambas áreas de actuación permite desarrollar respuestas preventivas más eficaces y sostenibles, al intervenir simultáneamente sobre las causas sociales de la delincuencia y sobre los factores que incrementan la vulnerabilidad de determinados colectivos. Esta visión integrada contribuye además a mejorar la eficacia de las políticas públicas y a optimizar la utilización de los recursos disponibles.
La investigación criminológica respalda la importancia de las intervenciones comunitarias. El fortalecimiento de redes vecinales, asociaciones locales, programas de mediación comunitaria y espacios de participación ciudadana contribuye a incrementar la eficacia colectiva y el control informal. Estas actuaciones permiten mejorar la capacidad de las comunidades para gestionar conflictos, prevenir situaciones de riesgo y reforzar los mecanismos de integración social (Sampson et al., 1997; Bursik & Grasmick, 1993).
La prevención situacional constituye igualmente un componente esencial de las políticas contemporáneas de seguridad. El diseño urbano, la iluminación de espacios públicos, la vigilancia natural, la protección de infraestructuras y la gestión de puntos de concentración delictiva han demostrado su utilidad para reducir oportunidades de comisión de delitos. Estas estrategias presentan además la ventaja de actuar directamente sobre el entorno, produciendo efectos preventivos relativamente rápidos y medibles (Clarke & Felson, 1993; Wikström, 2004).
Por otra parte, las transformaciones tecnológicas obligan a incorporar nuevas prioridades dentro de la planificación estratégica de la seguridad. La expansión de la ciberdelincuencia, los riesgos asociados a la protección de datos, la difusión de desinformación y las amenazas híbridas requieren desarrollar capacidades institucionales específicas.
La formación digital de la ciudadanía, la cooperación entre organismos públicos y privados y el fortalecimiento de mecanismos de ciberseguridad constituyen elementos fundamentales para afrontar estos desafíos emergentes (Beck, 1998; Garland, 2001).
Otro aspecto especialmente relevante se refiere a la evaluación de las políticas públicas. Las intervenciones en materia de seguridad deben fundamentarse en criterios de investigación empírica y someterse a procesos continuados de evaluación.
La investigación criminológica desarrollada durante las últimas décadas muestra que muchas estrategias tradicionalmente aceptadas producen resultados limitados o incluso contraproducentes cuando no se diseñan adecuadamente. Por ello, la planificación de políticas de seguridad debe incorporar indicadores objetivos, mecanismos de seguimiento y procedimientos rigurosos de evaluación de resultados (Serrano Maíllo, 2017).
Finalmente, cualquier política de seguridad debe mantener un equilibrio adecuado entre eficacia preventiva y respeto a los derechos fundamentales. La expansión de tecnologías de vigilancia, sistemas de control predictivo y herramientas de gestión del riesgo plantea importantes desafíos éticos y jurídicos. La búsqueda de mayores niveles de seguridad no puede realizarse a costa de principios básicos relacionados con la privacidad, la proporcionalidad o las garantías democráticas.
En consecuencia, las políticas públicas deben orientarse hacia modelos de seguridad que sean simultáneamente eficaces, legítimos y respetuosos con los valores propios de los Estados democráticos de derecho.
Solo mediante este equilibrio resulta posible reforzar la confianza de la ciudadanía en las instituciones y garantizar que las actuaciones preventivas sean compatibles con la protección de los derechos y libertades fundamentales. La legitimidad de las políticas de seguridad constituye, por tanto, un elemento esencial para asegurar su eficacia y aceptación social a largo plazo.
En síntesis, estas consideraciones muestran que la seguridad contemporánea exige respuestas complejas y multidimensionales. La prevención del delito ya no puede concebirse exclusivamente como una cuestión de control social o de intervención individual, sino como el resultado de la interacción entre políticas educativas, sociales, comunitarias, urbanísticas, tecnológicas y jurídicas.
Esta visión integradora constituye una de las principales aportaciones derivadas del análisis desarrollado en el presente trabajo (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Las aportaciones de las teorías criminológicas desarrolladas con posterioridad a la Teoría General del Delito no deben interpretarse como una sustitución de esta, sino como enfoques complementarios que amplían su capacidad explicativa.
La principal fortaleza de la TGD continúa siendo su carácter parsimonioso, al ofrecer una explicación general del comportamiento delictivo mediante un reducido número de variables.
Por su parte, las teorías posteriores incorporan factores sociales, emocionales y situacionales que enriquecen dicha explicación sin desvirtuar las aportaciones esenciales formuladas por Gottfredson y Hirschi (Gottfredson & Hirschi, 1990, 2020; Serrano Maíllo, 2017).
CONCLUSIONES
El análisis desarrollado a lo largo de este trabajo permite concluir que la Teoría General del Delito de Gottfredson y Hirschi constituye una de las aportaciones más influyentes de la criminología y que su énfasis en el autocontrol continúa ofreciendo una explicación valiosa de numerosas formas de comportamiento delictivo y antisocial.
Las investigaciones empíricas desarrolladas durante las últimas décadas confirman que el autocontrol mantiene una relación significativa con la delincuencia, lo que justifica la relevancia que esta teoría sigue teniendo dentro del debate criminológico actual (Pratt & Cullen, 2000; Vazsonyi et al., 2017; Hirschi, 2004; Serrano Maíllo, 2017).
No obstante, la revisión crítica realizada pone de manifiesto que la explicación del delito no puede reducirse exclusivamente a una característica individual relativamente estable. Las aportaciones de la Teoría de la Tensión General de Agnew, de la teoría del curso de vida de Sampson y Laub, de la Teoría de la Acción Situacional de Wikström y de las perspectivas asociadas a la sociedad del riesgo y la modernidad tardía muestran que los procesos sociales, emocionales, culturales y situacionales desempeñan un papel fundamental en la génesis y evolución de la conducta delictiva (Agnew, 1992; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004; Garland, 2001).
Los resultados de este trabajo sugieren que el contexto social influye de forma mucho más intensa de lo que la formulación original de la TGD reconoce. Las desigualdades estructurales, la exclusión social, la precariedad económica, las experiencias de victimización, las tensiones acumuladas y las características de los entornos comunitarios condicionan tanto las oportunidades delictivas como los procesos de socialización que contribuyen al desarrollo del autocontrol. En consecuencia, individuo y contexto no deben entenderse como dimensiones opuestas, sino como elementos que interactúan de forma constante.
La investigación revisada cuestiona la idea de una estabilidad absoluta del autocontrol a lo largo de toda la vida. Las trayectorias vitales, los vínculos prosociales, las experiencias laborales, familiares y comunitarias, así como determinados acontecimientos significativos, pueden modificar comportamientos previamente consolidados y favorecer procesos de desistimiento delictivo (Sampson & Laub, 1993; Laub & Sampson, 2003). Esta constatación refuerza la necesidad de adoptar perspectivas dinámicas que permitan comprender el cambio individual y social.
Desde el punto de vista de la seguridad, las conclusiones alcanzadas poseen implicaciones especialmente relevantes. Las políticas preventivas más eficaces son aquellas capaces de combinar intervenciones individuales orientadas al fortalecimiento del autocontrol con actuaciones dirigidas a reducir factores de riesgo sociales, comunitarios y situacionales. La prevención del delito requiere, por tanto, estrategias integrales que incorporen simultáneamente dimensiones educativas, sociales, urbanísticas, tecnológicas y comunitarias (Sampson et al., 1997; Serrano Maíllo, 2017).
Asimismo, la revisión bibliográfica realizada pone de manifiesto que la Teoría General del Delito continúa ocupando una posición central dentro de la criminología contemporánea, aunque su capacidad explicativa resulta mayor cuando se interpreta a la luz de los avances teóricos y metodológicos desarrollados durante las últimas décadas. En este sentido, las aportaciones de Gottfredson y Hirschi (2020) refuerzan la vigencia del autocontrol como concepto criminológico fundamental, al tiempo que ponen de relieve la conveniencia de seguir profundizando en el análisis de su interacción con los factores sociales y contextuales (Gottfredson & Hirschi, 2020).
Del mismo modo, la revisión de la investigación empírica pone de relieve la importancia de utilizar instrumentos de medición rigurosos para evaluar el autocontrol, como la escala desarrollada por Grasmick et al. (1993), cuya amplia utilización internacional ha contribuido a consolidar el estudio empírico de esta variable. El fortalecimiento metodológico de la investigación criminológica constituye un elemento esencial para seguir avanzando en la comprensión de los factores que intervienen en la conducta delictiva (Grasmick et al., 1993; Pratt & Cullen, 2000).
La principal aportación de este trabajo consiste en defender una interpretación integradora del autocontrol. Lejos de abandonar este concepto, se propone comprenderlo como una capacidad relevante pero profundamente influida por el entorno social en el que se desarrolla la vida de los individuos. Esta perspectiva permite conservar las aportaciones más valiosas de la Teoría General del Delito al tiempo que incorpora los avances desarrollados posteriormente por la criminología contemporánea (Gottfredson & Hirschi, 1990, 2020; Agnew, 1992, 1995; Sampson & Laub, 1993; Wikström, 2004).
En definitiva, la principal conclusión que se deriva de este trabajo es que la comprensión del delito exige abandonar explicaciones unidimensionales y avanzar hacia modelos capaces de integrar las características individuales con los procesos sociales, estructurales, culturales y situacionales. Solo desde esta perspectiva resulta posible comprender adecuadamente la criminalidad contemporánea y diseñar políticas de seguridad eficaces, legítimas y fundamentadas en el conocimiento científico disponible. La integración entre el autocontrol y el contexto social no supone una ruptura con la Teoría General del Delito, sino una evolución coherente de sus postulados a la luz de los avances experimentados por la criminología durante las últimas décadas, permitiendo ofrecer una explicación más completa del fenómeno criminal y una base más sólida para el desarrollo de políticas públicas de seguridad adaptadas a los desafíos de las sociedades contemporáneas (Beck, 1998; Bauman, 2000; Garland, 2001; Serrano Maíllo, 2017).
Por tanto, la principal aportación de este estudio consiste en subrayar que la Teoría General del Delito conserva su vigencia, pero solo si se interpreta de forma más amplia, dinámica e integrada con los factores contextuales que condicionan la conducta humana.
BIBLIOGRAFÍA
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Wikström, P.-O. H. (2004). Crime as alternative: Towards a cross-level situational action theory of crime causation. En J. McCord (Ed.), Beyond empiricism: Institutions and intentions in the study of crime (pp. 1–37). Transaction Publishers.
ANEXO I
ESCALA DE AUTOCONTROL DE GRASMICK ET AL. (1993)
La escala de autocontrol desarrollada por Grasmick et al. (1993) constituye uno de los instrumentos de autoinforme más utilizados para la medición empírica del autocontrol en la investigación criminológica. El cuestionario evalúa dimensiones relacionadas con la impulsividad, la búsqueda de sensaciones, el egocentrismo, la preferencia por actividades sencillas, la orientación hacia el presente y el temperamento.
La versión española de referencia utilizada en este trabajo se compone de diversos ítems valorados mediante una escala tipo Likert de cinco categorías de respuesta:
1 = Completamente de acuerdo
2 = De acuerdo
3 = Ni de acuerdo ni en desacuerdo
4 = En desacuerdo
5 = Completamente en desacuerdo
Entre los ítems incluidos en la escala se encuentran afirmaciones como las siguientes:
• «Cuando me enfado de verdad, lo mejor es no acercarse a mí».
• «A menudo actúo de improviso, sin detenerme a pensar en lo que voy a hacer».
• «Las demás personas a menudo me resultan molestas».
• «En ocasiones me parece excitante hacer cosas que son peligrosas».
• «No le dedico mucho tiempo ni esfuerzo a prepararme para mi futuro».
• «Si tengo la tentación de hacer algo que no debería, a menudo lo hago de todos modos».
• «Cuando me enojo, nunca pienso en las consecuencias de lo que hago».
• «No me gusta hacer cosas difíciles que hacen que me tenga que esforzar hasta no poder más».
• «Siempre cumplo con mis obligaciones».
• «Cuando me da ganas hacer algo, lo hago, aunque con ello incumpla mi deber».
Referencia: Grasmick, H. G., Tittle, C. R., Bursik, R. J., y Arneklev, B. J. (1993). Testing the core empirical implications of Gottfredson and Hirschi’s general theory of crime. Journal of Research in Crime and Delinquency, 30(1), 5–29.



