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Kimberly Phillips-Fein: Todos no somos iguales. La Nueva Aristocracia

Si hemos de atender a lo que señalan los portales literarios, uno de los libros más esperados del año sería A Country of Lords: Neo-Aristocrats, Social Darwinists, Tech Utopians, and the Long Fight Against Equality in America (Norton), de la historiadora Kimberly Phillips-Fein. En Literary Hub, por ejemplo, nos anunciaban que “de la mano de Phillips-Fein, finalista del Premio Pulitzer, llega un libro sobre una tradición estadounidense: la lucha contra la igualdad. Lo leyeron bien: en él se encuentran las historias de figuras como «John Adams, William Graham Sumner, Andrew Carnegie, el periodista Lothrop Stoddard, Henry Ford, el psicólogo de Harvard Richard Herrnstein, Peter Thiel y otros» que «representan esta contradicción de hostilidad hacia el gobierno democrático». No creerán que es una coincidencia, ¿verdad? ”

Coincidencias pocas, porque la brecha va en aumento y las ideas que la sostienen, también. Veamos:

“Cuando era muy pequeña, cada año, el 4 de julio, mis padres colgaban una pancarta casera en las paredes de nuestro pequeño apartamento en Brooklyn Heights. En trozos de papel grueso, habían escrito las primeras palabras de la Declaración de Independencia, modificándolas ligeramente: «Sostenemos como verdades evidentes por sí mismas que todos los hombres (y mujeres) son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Recuerdo vívidamente a mi padre —quien, junto con mi madre, había participado activamente en los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra de la década de 1960— escribiendo con rotuladores negros las palabras en mayúsculas, prometiendo que somos creados iguales, merecedores cada uno, de maneras diferentes e innumerables, de la búsqueda de la felicidad.

Durante mucho tiempo se ha debatido sobre el significado, la promesa y los límites de esas palabras tan elocuentes. En su máxima expresión, articulan una visión de una sociedad en la que ningún grupo de personas ocupa un lugar especial desde su nacimiento ni se le otorgan derechos y privilegios formalmente negados a otros. Afirman que cada persona posee una capacidad moral distinta, una habilidad para comprender el mundo que la rodea, y que de esa capacidad surge un derecho igualitario a moldear nuestra sociedad, un derecho a la participación política. Y a lo largo de la historia estadounidense, al menos algunas personas han argumentado que estas ideas y la organización de la vida económica deberían corresponderse: que ningún grupo de personas debería ser tan rico como para ejercer influencia política en su propio interés o legar a sus hijos un lugar superior en el orden político y social.

Hoy, la riqueza y los ingresos en Estados Unidos se han distribuido de forma más desigual que en el último siglo. Nuestro país es el más desigual económicamente de todas las naciones desarrolladas. Y un pequeño grupo de personas extraordinariamente ricas ejerce un poder vasto y desproporcionado sobre nuestra vida política y económica. Las ideas abiertamente antiigualitarias están floreciendo: la afirmación de que la monarquía podría ser preferible a la democracia; que las sociedades autocráticas, en las que el poder se controla estrictamente desde arriba, son preferibles a las abiertas; que las personas ricas son más inteligentes, más capaces y más talentosas que las que no tienen dinero; y que la sociedad simplemente debería aceptar la concentración de la riqueza intergeneracional.

¿Por qué ocurre esto? ¿Qué ha propiciado la proliferación de estas ideas? ¿Qué beneficios ofrece este estilo de pensamiento? Al examinar los archivos, los argumentos y los debates que han moldeado nuestro país, emerge una realidad inquietante y sorprendente: una tradición oculta que defiende con vehemencia, ira y pasión la inevitabilidad y la conveniencia de la desigualdad extrema.

(…)

Estos antiigualitarios evidencian una tensión persistente en la sociedad estadounidense entre el capitalismo y la propia democracia. Que exista un conflicto entre las exigencias formales y legales de la democracia moderna y la jerarquía económica que impone el capitalismo no es una idea nueva. Existe un viejo argumento que sostiene que las personas son nominalmente iguales ante la ley, pero que tras las puertas de la fábrica no hay libertad de asociación, ni Declaración de Derechos, ni derecho de asociación o de expresión que pueda ejercerse sin la amenaza de ser despedido. La capacidad real de ejercer nuestros derechos legales y políticos —expresarnos libremente, difundir nuestras opiniones, presentarnos a cargos públicos e influir en la legislación— está intrínsecamente ligada al acceso a los recursos materiales. Muchos en la izquierda han argumentado que las promesas de libertad e igualdad se ven traicionadas por la realidad de la desigualdad material.

Este libro trata sobre personas que fueron más allá, argumentando que las reivindicaciones de igualdad y libertad no deberían tener un estatus especial. Argumentaban abiertamente que una sociedad jerárquica basada en clases sociales estables y fijas —con enormes concentraciones de riqueza en la cima— era el ideal al que Estados Unidos debía aspirar. Rechazaban los intentos de crear mayor movilidad económica por considerarlos peligrosos y desestabilizadores. A menudo, lo hacían en momentos en que la riqueza, en realidad, se concentraba y controlaba en manos de cada vez menos personas. Sus argumentos nos muestran cómo una sociedad extremadamente desigual contribuye a inspirar defensas ideológicas y filosóficas de la desigualdad, que en última instancia terminan por moldear la política general del país. Analizar detenidamente este conjunto de ideas es especialmente importante en nuestro contexto contemporáneo, mientras luchamos por comprender su resurgimiento. Estas figuras ejercían un innegable carisma, al igual que sus ideas. Muchos fueron responsables de inventos y empresas que realmente transformaron la sociedad, al tiempo que los enriquecieron extraordinariamente. Hablaban y escribían con apasionada convicción, movilizando a sus lectores y oyentes a participar en una gran lucha. Veían la vida económica cargada de significado moral, incluso de aventura. Incluso su burla de las ideas estadounidenses sobre la igualdad tenía una carga transgresora y estimulante, como si proclamaran verdades ocultas por reformadores hipócritas que enseñaban que era erróneo aspirar al poder.

Sin embargo, al mismo tiempo, por muy seductoras que resultaran sus ideas para muchos, estos pensadores volvían constantemente a los ideales igualitarios. Apasionadamente comprometidos con sus oponentes, dedicaban mucho tiempo a debatir contra aquellos a quienes pretendían descartar sin más como ingenuos y necios. Incluso cuando buscaban confianza y certeza, los atormentaban los ideales más antiguos de igualdad, justicia y dignidad humana, que seguían moldeando su conciencia. Ante desafíos internos y externos, formulaban sus teorías en respuesta, contrarrestando a sus antagonistas imaginarios como si solo pudieran conocer sus creencias luchando contra aquellos a quienes percibían como sus enemigos.

Para comprender la creciente hostilidad hacia la democracia estadounidense que observamos en nuestro país, para contrarrestarla y defendernos de ella, necesitamos explorar las raíces de estas ideas en nuestro pasado común y la forma en que se han infiltrado en la política contemporánea. Necesitamos lidiar con la persistencia de estas ideas no solo en la extrema derecha, sino también en círculos mucho más convencionales. Nos guste o no, estas ideas reaccionarias, forjadas en conflicto con el igualitarismo, forman parte de nuestra herencia política común tanto como nuestra fe en la igualdad.

Nuestra sociedad se ha vuelto tan profundamente desigual que el mayor misterio podría ser que los ideales igualitarios aún sobrevivan. Pero sobreviven, y se manifiestan incluso en las ambivalencias de los defensores más acérrimos de la desigualdad. El mundo que estos pensadores, escritores y empresarios forjaron y defendieron ha moldeado el nuestro profundamente, proporcionando un corpus de pensamiento que contribuye a mantener las divisiones económicas, materiales y políticas de nuestros días. Sin embargo, como demuestran las historias que se desarrollan en estas páginas, quizás ni siquiera los defensores más firmes de la jerarquía estén convencidos de que esto sea siempre lo mejor, por no hablar del resto de nosotros. Puede que se nos diga que aceptemos la cruda realidad de una sociedad duramente dividida. Pero la intuición esencial —que todos somos creados iguales— aún abre la posibilidad de un mundo diferente”.

© W. W. Norton & Company Ltd. / Kim Phillips-Fein 

Mark Condos: Los imperios europeos, honor y la venganza en la política colonial

Quien se interese por la historia de la India, en particular la época colonial, quizá se haya topado con el profesor Mark Condos y su The Insecurity State: Punjab and the Making of Colonial Power in British India  (CUP, 2017). En aquel trabajo buscaba comprender la «lógica» de la violencia colonial, examinando la tensa relación entre el compromiso del imperio con el estado de derecho y la necesidad de mantener su estabilidad sobre el terreno. En suma, cuestionaba uno de sus mitos más persistentes, el de que el dominio británico en la India fue una fuerza poderosa, segura y casi indomable. Todo lo contrario, fue muy violento porque se sentía inseguro.  Es decir, a su juicio “solo estudiando esta sensación de inseguridad, o vulnerabilidad percibida, podremos comprender plenamente las tendencias violentas y autoritarias del imperialismo”.  Y comprender, por supuesto, aquella empresa, pues “si bien las narrativas sobre la «audacia y el coraje» británicos, o su «impecabilidad», pueden despertar la imaginación, a menudo ocultan los aspectos mucho más complejos, controvertidos y problemáticos del proyecto imperial”.

Todo lo anterior se recoge en su último libro, Empire with a Vengeance. Honour and Revenge in European Colonial Warfare, (1815–1914) (Hurst), que sigue así a una larga lista de libros que han aboirdando el asunto de la violencia colonial desde diversos ámbitos. Por ejemplo, su volumen sigue:

al de Harald Fisher Tiné sobre Anxieties, Fear, and Panic in Colonial Settings: Empires on the Verge of a Nervous Breakdown (2016),  al de Jon Wilson a propósito de India Conquered: Britain’s Raj and the Chaos of Empire (2016),  al colectivo Violence, Colonialism, and Empire in the Modern World (2018), al editado por Philip Dwyer y Amanda Nettelbeck sobre Violence, Colonialism and Empire in the Modern World (2018), al recopilado por Thijs Brocades Zaalberg  y Bart Luttikhuis sobre Empire’s Violent End. Comparing Dutch, British, and French Wars of Decolonization, 1945–1962 (2022) o, entre otros, al de Tom  Menger sobre The Colonial Way of War. Violence and Colonial Warfare in the British, German and Dutch Empires, c.1890–1914  (2025) .

El volumen del profesor Condos empieza recordando algunos casos ejemplares.  Por un lado, al «Ejército de la Venganza» que en la primavera de 1842 comandó el general George Pollock en Afganistán, “para socorrer los últimos puestos de avanzada británicos que quedaban en el país, después de que su guarnición en Kabul se viera obligada a retirarse de la ciudad y fuera aniquilada durante su marcha de regreso a la India” y para  “vengar el honor británico y castigar a los afganos por la humillante derrota que habían infligido a los invasores”.

Ese mismo ferviente deseo de vengar su humillante derrota en Afganistán se repitió menos de veinte años después, cuando ” las fuerzas anglo-francesas saquearon el magnífico complejo palaciego Yuanmingyuan del emperador chino, situado a las afueras de Pekín, durante la Segunda Guerra del Opio (1856-1860)”. Y en 1881, algo similar hicieron las “fuerzas rusas al mando del general Mikhail Dmitriyevich Skobelev asaltaron la fortaleza turcomana de Gök-Tepe y masacraron a más de 8.000 personas, incluyendo mujeres y niños, para vengar y borrar el recuerdo de la humillante derrota sufrida allí por el general Nikolai Pavlovich Lomakin dos años antes”. Y los franceses en Hanói en o los italianos en Etiopia.

O cuando “en octubre de 1893, una España indignada emprendió una campaña de represalias brutal y costosa para satisfacer la demanda pública de venganza. Tres años después, las fuerzas coloniales neerlandesas al mando del general J.A. Vetter devastaron amplias zonas de Aceh, Indonesia, como medio para restaurar el prestigio neerlandés tras la impactante traición del caudillo acehnés Teuku Umar”. Sin olvidar las represalias estadounidenses a los  insurgentes filipinos o las alemanas frante a los herero.

Dicho lo cual, continúa:

“Los estudiosos serios del imperio, por supuesto, han reconocido desde hace tiempo las tensiones y contradicciones clave que existían en el corazón de los proyectos imperiales europeos modernos, aparentemente liberales, en particular su dependencia de la coerción y la violencia. El reciente libro de Caroline Elkins, Legacy of Violence, reflexiona extensamente sobre esta cuestión, catalogando una asombrosa variedad de formas de violencia desplegadas en todo el Imperio Británico durante los últimos 200 años: las brutales prácticas de la esclavitud; la represión severa de los levantamientos anticoloniales; el uso frecuente de castigos colectivos, incluida la destrucción de hogares y asentamientos enteros; el bombardeo aéreo indiscriminado de infraestructura civil; el uso de la detención sin juicio, la tortura y otras tácticas de terror; e incluso las formas en que las amargas luchas sectarias y las guerras civiles, incluida la Guerra de Independencia irlandesa (1919-21) o la Revuelta Árabe en Palestina (1936-9), dieron lugar a una serie creciente de represalias cada vez más horribles.  Sin embargo, al hacerlo, el extenso análisis de Elkins tiende a simplificar estas diversas prácticas y patrones de violencia, reduciéndolos a meras extensiones de un recurso más generalizado a la coerción y la fuerza, necesario para mantener el dominio británico y, por extensión, el imperialismo liberal en general. Esto ocurre en un momento en que algunos académicos profundizan en la comprensión de los distintos tipos de violencia —sus lógicas, formas y relaciones particulares— en lugar de tratarlos como una masa indiferenciada o simplemente como algo que hacen los estados (coloniales o no). Como veremos en este libro, la violencia colonial ejercida en nombre del honor adoptó formas específicas, imbuidas de una serie de importantes significados culturales, políticos y simbólicos que, de otro modo, se nos escaparían si limitáramos nuestra comprensión de la violencia a un medio para imponer el orden, sembrar el terror o simplemente derrotar a los enemigos. Necesitamos comprender mejor por qué la violencia se ejerce de ciertas maneras, en ciertos lugares y en ciertos momentos.

El libro de Elkins también se centra firmemente en el Imperio Británico. Sin embargo, como un número creciente de académicos ha comenzado a demostrar, se puede obtener información valiosa al estudiar la violencia comparativamente en diferentes formaciones imperiales. Situar estas prácticas dentro de patrones más amplios revela sorprendentes similitudes entre las formas en que los constructores de imperios concibieron y emplearon la violencia y los conjuntos de actitudes e ideas mutuamente constituidos que las fundamentaron.  (…)

Existe actualmente un amplio y creciente corpus de literatura académica que examina los marcos culturales, raciales, ideológicos, institucionales, emocionales y legales que posibilitaron la conquista imperial y la violencia colonial. Sin embargo, el grado en que estos marcos estuvieron influidos por los conceptos de honor y venganza, y vinculados a ellos, sigue sin estar suficientemente desarrollado. Esto resulta aún más desconcertante si se considera el énfasis central que se le otorga al honor en las historias de la violencia y la guerra en general.  «La guerra», como afirma Margaret MacMillan, «a menudo se veía como un duelo a gran escala, y el lenguaje del honor y la vergüenza se trasladaba al ámbito nacional». Luchar era honorable, rendirse una deshonra que solo podía expiarse mediante otra guerra. Además, los pocos estudios que han abordado con mayor seriedad la relación entre honor y venganza provienen de la historiografía colonial alemana, la cual, lamentablemente, tiende a perpetuar la noción de una especie de Sonderweg colonial alemán, o camino especial. Como sugieren los ejemplos anteriores, lejos de ser una excepción al proyecto imperial europeo, Alemania no fue la única potencia que demostró una notable fijación con los conceptos aparentemente arcaicos de honor y venganza. La prevalencia de la violencia basada en el honor en todo el imperio parece plantear un profundo desafío a los supuestos subyacentes a la racionalidad europea posilustrada, en el corazón de las teleologías liberales y la misión civilizadora imperial que postulan a Europa como el principal motor del progreso histórico.

(…)

Este libro sostiene que la venganza,  y no el honor, fue parte integral de los proyectos imperiales y coloniales europeos, y constituyó una de las principales justificaciones ideológicas y retóricas para la expansión y consolidación violentas. Sin descartar las motivaciones económicas y políticas que impulsaron el imperialismo europeo, este libro explica por qué los agentes del imperio a menudo buscaban justificar sus acciones mediante narrativas de retribución. (…) De hecho, si reorientamos nuestra visión de las sociedades imperiales y coloniales y las consideramos seriamente como variantes particulares de las culturas de la «venganza» o del «honor», podemos observar cómo actividades aparentemente diversas llevadas a cabo por las potencias imperiales y sus regímenes coloniales asociados —incluidas la diplomacia, la conquista militar, la vigilancia policial y la contrainsurgencia— se regían por una lógica sorprendentemente similar.

Este libro se centra especialmente en comprender mejor la naturaleza de diversas prácticas atroces de violencia retributiva empleadas por los europeos y sus sirvientes en distintos espacios imperiales y coloniales. La violencia punitiva era a menudo extrema, en el sentido de que era una violencia que iba mucho más allá de la llamada necesidad militar y la simple victoria en las guerras.  La venganza en la guerra colonial no se trataba solo de derrotar a los pueblos insurgentes; se trataba de enviar un mensaje y castigarlos por haberse atrevido a resistir en primer lugar.

(…)

Este libro sugiere que podemos encontrar una vía productiva para avanzar en este debate reflexionando sobre cómo la relación entre honor y venganza en la guerra nos ayuda a comprender mejor la forma en que los europeos combatieron en sus países y en el extranjero. La dinámica del honor y la venganza impregna la historia de las guerras europeas. (…)  Por tanto, este libro argumenta que la violencia colonial puede entenderse mejor como una modalidad no solo restringida a contextos no europeos, sino también desplegada contra poblaciones que son denigradas y deshumanizadas de manera similar a los grupos racializados y colonizados en África, Asia, Australasia y América; en este caso, aquellos que son considerados “deshonrosos”.

Al mismo tiempo, este libro sostiene que existía algo particular en la violencia perpetrada por los europeos contra los pueblos no europeos durante el período que examina. Entre el fin de las guerras napoleónicas en 1815 y la Primera Guerra Mundial en 1914, los imperios francés y británico se vieron envueltos en una serie de conflictos casi ininterrumpidos fuera de Europa. Aparte de algunos conflictos notables, como la Guerra de Crimea (1853-1856) y la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), la mayor parte de su experiencia bélica estuvo marcada por las vicisitudes de la guerra colonial. Este período también presenció la proliferación de nuevos tratados y códigos internacionales que regulaban la conducción de la guerra y que intentaban limitar la brutalidad bélica, especialmente entre naciones supuestamente civilizadas. En consecuencia, fue un período en el que la atrocidad y la violencia extrema se convirtieron cada vez más en tabú dentro de las guerras intra e intereuropeas.

(…)”.

©  Hurst Publishers / Mark Condos

Craig VanGrasstek: Guerras comerciales, una larga historia

No hay semana sin que el Gobierno de Trump anuncie que impondrá nuevos aranceles a diestro y siniestro.  Y ya llevamos tiempo con el asunto. Pero recordemos que esto no es nuevo:

“El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha reavivado el fantasma de los nacionalismos económicos y las guerras comerciales a escala global.

Las políticas comerciales proteccionistas pueden servir, teóricamente, para impulsar la industria nacional y preservar el empleo, pero siempre a cambio de limitar el estímulo de la competencia internacional y perjudicar a los consumidores nacionales. Al final, se trata siempre de una transferencia del consumidor al productor.

Sin embargo, dichas políticas han resultado ser una tentación permanente para muchos gobiernos a lo largo de la historia. En este artículo vamos a ofrecer algunos ejemplos relacionados con determinados contextos que favorecieron el incremento de la hostilidad comercial entre Estados”

Eso decían hace un tiempo los profesores Daniel Castillo y
Sergio Solbes en The Conversation. En efecto, hay una larga historia, que si nos situamos en el siglo XIX podría partir de las Guerras del Opio y saltar a la siguiente centuria con las rivalidades previas a la IGM o la Ley de aranceles Smoot-Hawley de 1930. En fin, para situarnos en el presente nada mejor que acudir a Craig VanGrasstek y su reciente On Trade War (Cambridge UP), sin olvidar la página web que lo acompaña.

“Nada más apropiado que la historia de nuestra Revolución para mantener a los Filósofos y a los estadistas en la modestia; pues nunca hubo acontecimiento más grande, de antecedentes mas remotos, mejor preparado y menos previsto”.  Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución (1856).

Quienes se pregunten cómo el régimen comercial establecido parece haberse derrumbado en un instante revolucionario pueden abordar este libro como la crónica de una muerte anunciada. Lamento esto por varias razones, sobre todo por desafiar la norma social de no decir jamás «ya lo advertí». No obstante, comparto la necesidad imperiosa que llevó a Friedrich Hayek a escribir Camino de servidumbre en 1944, confesando en su propio prefacio «tenía sobrados motivos para no escribir o publicar» un libro que «con toda seguridad, ha de molestar a muchas personas con las que deseo vivir en amistosas relaciones». La mayoría de mis colegas profesionales han dedicado sus vidas a ideas que no encontrarán reiteradas ni perfeccionadas en estas páginas, ni a instituciones que verán defendidas con vehemencia o objeto de algún plan de rescate novedoso. Sin embargo, al igual que Hayek, «he llegado a considerar la redacción de este libro como un deber ineludible», porque trata un ámbito donde «la opinión pública… está dirigida en estos problemas, en un grado alarmante, por los aficionados y los arbitristas».

Tanto si se concluye que el antiguo régimen ha muerto como si se alberga esperanza en la «gran diferencia entre estar casi muerto y estar completamente muerto» (el primer estado equivale a «estar ligeramente vivo»), los acontecimientos actuales claramente no son lo que los creadores de la Organización Mundial del Comercio (OMC) tenían en mente hace treinta años. Más bien, se ajustan a lo que algunos pensábamos diez años antes, aunque lo que preveíamos tardó tanto en madurar que los resultados ahora parecen engañosamente repentinos.

Esta ruptura radical con el pasado reciente puede interpretarse, en cambio, como un retorno a la media histórica. Las mismas políticas que sorprenderían al estadista estadounidense de 1950 o incluso de 2000 serían más familiares para el europeo de 1935, 1875 o incluso 1700. Este libro explora este punto tanto a nivel estratégico (determinando el lugar que ocupa el sistema comercial en la sociedad de estados) como a nivel táctico (cómo operan los estados dentro de ese sistema). Desde la perspectiva de la cúpula, las reglas e instituciones siempre están condicionadas por la distribución global del poder y la riqueza. Históricamente, los mercados abiertos han sido excepcionales, generalmente disponibles solo cuando cuentan con el respaldo de una potencia hegemónica. Es decir, un estado con la motivación (eficiencia) y los medios (poder) para proporcionar este bien público. Aun así, el sistema puede deteriorarse una vez que el líder declina y recurre con mayor libertad al proteccionismo, la discriminación y las guerras comerciales. Nuestra principal preocupación reside en esta última opción, especialmente cuando las guerras se libran entre estados que compiten por la hegemonía. En comparación con conflictos pasados ​​como los desafíos franceses y alemanes al liderazgo británico, lo único anormal de la actual guerra comercial sino-estadounidense es el afán con el que la administración Trump extendió las hostilidades a terceros países, incluso a aquellos con los que Estados Unidos mantiene alianzas militares, acuerdos de libre comercio, o ambas cosas. Es difícil imaginar que el régimen sobreviva intacto cuando sus dos miembros más grandes se enfrascan en una guerra comercial, y casi imposible cuando prácticamente todos los demás Estados se ven involucrados en ese conflicto.

De qué trata este libro

Comencé a escribirlo a principios de 2023, cuando me convencí de que los problemas latentes del sistema comercial pronto estallarían en una crisis existencial. Desde una perspectiva más amplia, mi reflexión sobre estos temas se remonta a la primera semana de mi primer semestre de estudios de doctorado en Princeton. William Baumol (1922-2017) nos asignó La riqueza de las naciones en su seminario sobre la historia del pensamiento económico, y en su introducción a la economía política internacional, Robert Gilpin (1930-2018) nos guió a través de la Historia de la Guerra del Peloponeso. Todavía recuerdo lo revelador que me resultó el énfasis que Adam Smith (1723-1790) puso en el poder y Tucídides (c. 460-400 a. C.) en la riqueza. Estos autores han sido referentes para mí desde entonces.

Otra lección, aunque menor, que aprendí ese primer semestre fue cómo determinar la tesis de un libro. Gilpin nos enseñó a plantearnos siempre las mismas tres preguntas: ¿Quién escribió el libro, cuándo se escribió y cuál es su título? Estas preguntas son igualmente aplicables a este volumen.

(…) Al inicio de mi carrera, fui el miembro más joven de un equipo que asesoró al gobierno de Israel en la negociación del primer tratado de libre comercio de Estados Unidos, y durante las décadas siguientes presté asistencia a otros Estados con el mismo objetivo. También asesoré a numerosos gobiernos en su adhesión, primero al GATT y luego a la OMC, entre ellos China. Aquel proyecto de 1993 fue la primera de varias oportunidades para abordar en detalle la amplia gama de cuestiones que afectan las relaciones de China con Estados Unidos y el sistema comercial. (…)

En cuanto a la época en que se escribe este libro, creo que finalmente hemos llegado a la encrucijada que Gilpin y muchos politólogos consideraban inminente cuando yo aún era estudiante de posgrado. Robert Keohane planteó la pregunta clave en 1984: “¿Cómo puede existir cooperación en la política mundial en ausencia de hegemonía?”. Fiel a sus convicciones realistas, la respuesta pesimista de Gilpin extrajo la inevitable conclusión del declive estadounidense. Keohane y otros liberales, en cambio, esperaban que los regímenes cooperativos pudieran reemplazar el liderazgo hegemónico. Los acontecimientos posteriores, sobre todo la creación de la OMC una década después, hicieron que Keohane pareciera inicialmente el profeta más acertado.

Exploré esa esperanza cuando la OMC me encargó escribir su historia oficial, aunque cualquiera que aplicara las directrices de Gilpin en cuanto a la cronología y los títulos podía leer entre líneas ese libro. Lo escribí cuando los especialistas en comercio volvieron a estar preocupados por la menguante confianza que los principales estados mostraban en los mercados abiertos, y reconocí indirectamente sus inquietudes en la tercera y cuarta palabra del título: Historia y el futuro de la Organización Mundial del Comercio (2013). Sin embargo, declarar simplemente que este organismo aún tenía futuro no lo garantizaba, y los conceptos políticos que introduje subrepticiamente en ese volumen provenían directamente de Gilpin. «De no ser por la actuación de dos sucesivas potencias hegemónicas -cada una de las cuales utilizó su poder para crear y mantener un régimen de acuerdos comerciales de apertura de los mercados-», escribí al enmarcar el libro, «es poco probable que las ideas jurídicas y económicas en que se basa el sistema multilateral de comercio hubiesen pasado de la especulación a la práctica». (…)

Mis preocupaciones no hicieron más que intensificarse en los años siguientes, especialmente después de que Estados Unidos pasara de ser el líder cansado del sistema a su amenazante disruptor. Dediqué gran parte de mi libro Trade and American Leadership: The Paradoxes of Power and Wealth from Alexander Hamilton to Donald Trump (2019) a explicar cómo los defensores originales de la teoría de la estabilidad hegemónica identificaron correctamente los riesgos que suponía depender de la continua competitividad de un Estado, aunque no previeran cómo ese Estado podría posponer el enfrentamiento. (…)

Los acontecimientos posteriores reforzaron mi convicción de que la creciente guerra comercial sino-estadounidense definiría el sistema comercial en el futuro previsible. Mientras investigaba para este libro, redescubrí lo que Barry Buzan escribió el mismo año en que Keohane declaró su fe en los regímenes, argumentando que las exploraciones sobre la administración de un sistema estatal poshegemónico podrían reorientarse provechosamente hacia el problema más relevante de cómo gestionar la transición de una estructura económica internacional liberal a una mercantilista. Así es. Todo lo que ha sucedido desde que comencé este proyecto no ha hecho más que confirmar que Buzan y Gilpin tenían razón, incluso si ambos honraron la tradición realista de anticipar los acontecimientos futuros con tanta antelación que pocos recuerdan la advertencia original.

Debo el título a Carl von Clausewitz (1780-1831) por su temática y a Benjamin Franklin (1706-1790) por su brevedad. La máxima más famosa de De la guerra (1832), « la guerra no es más que
la continuación de la política estatal por otros medios.»⁷, coincide perfectamente con mi opinión de que, si bien la política comercial puede diseñarse para fomentar la cooperación interestatal, también puede convertirse en la continuación de la guerra por otros medios. Creo, además, que cualquier escritor puede beneficiarse de la anécdota didáctica que Franklin le contó a Thomas Jefferson (1743-1826) cuando ambos recibieron el encargo de redactar la Declaración de Independencia. Uno de los antiguos aprendices de Franklin iba a emprender su propio negocio y propuso hacer un letrero con la imagen de un sombrero junto a las palabras «John Thompson, Sombrerero, fabrica y vende sombreros al contado». Después de que sus amigos le señalaran sistemáticamente la redundancia de casi todas las palabras, «la inscripción se redujo finalmente a “John Thompson” con la figura de un sombrero añadida». Como ocurre con los letreros, sucede igual con los libros.

(…)”.

©  Cambridge University Press /  Craig VanGrasstek  

Simon Layton: En aras de la modernidad imperial o la piratería como categoría de análisis histórico

Los seguidores de esta bitácora recordarán que en abril escribíamos sobre Manuel Barcia  y su Pirate Imperialism, señalando que lo hacíamos  “a la espera de que Simon Layton nos informe sobre su próximo Piratical States”. Y ya lo tenemos en las librerías.

Dice el editor que su autor, Simon Layton, ofrece un estudio innovador y de profunda investigación que desmitifica nuestra concepción de los piratas en la historia mundial. Lo hace animando a ir más allá de los paradigmas atlánticos del siglo XVIII, que los presentaban como individuos renegados o colectivos revolucionarios, situando la piratería como concepto central del proyecto imperial británico en Asia durante el siglo XIX.  Todo lo anterior en Piratical States. British Imperialism in the Indian Ocean World, c.1780–1850 (Cambridge UP).

El libro no analiza un tema novedoso, pero sí lo hace con una perspectiva fresca. Para ello, repasa buena parte de la historiografía, desde el clasicista Philip de Souza hasta Lauren Benton, sin olvidar a Anne Pérotin-Dumon, a Marcus Rediker, a Mark G. Hanna o incluso a Hobsbawm y Hill, entre otros. Y concluye;

“Debería ser un punto de consenso historiográfico que la piratería, como construcción artificial creada en nombre de estados egoístas e imperios en expansión, ya no puede ser utilizada por los historiadores serios como una descripción normativa de ningún fenómeno relacionado con la depredación marítima. Desde su origen, ha funcionado bien como un discurso peyorativo para facilitar actos transgresores de violencia estatal, bien como un símbolo invertido de la violencia infligida como forma de resistencia. Sin embargo, sucesivos académicos (y sus editores con visión de mercado) que afirman representar historias “generales” o “completas” de la piratería todavía parecen deleitarse con la aplicabilidad aparentemente universal del término, a través del tiempo y “a través de los siglos… hasta nuestros días”.  Angus Konstam persiste en llamar a la piratería un “azote” que “ha existido desde que el hombre se hizo a la mar por primera vez”; un “crimen… tan antiguo como la civilización misma”.  La afirmación de Gosse de que “la piratería, como el asesinato, es una de las actividades humanas más antiguas registradas” ha sido reiterada y reelaborada, desde que publicó The history of piracy en 1932, por Peter Earle, quien nos asegura que la piratería es “tan antigua como el comercio marítimo del que se aprovecha”. Este libro no está de acuerdo con que «el primer pirata fue probablemente un matón neolítico en un barco de piel», ya que tal noción solo oscurece al pirata «real», que existió como una proyección, un reflejo y un espectro del poder estatal”.

Ese es el punto de partida, aunque no es así como empieza, de modo que podemos volver atrás:

“(…)

A medida que el Imperio Británico extendía su alcance militar, económico y político a más aguas del mundo del Océano Índico, sus “hombres sobre el terreno” se sentían cada vez más justificados al exigir la extirpación total de aquellos que navegaban desafiando las supuestas leyes inmutables del progreso y la civilización. Desde finales del siglo XVIII, los europeos olvidaron sus antiguas vulnerabilidades entre el “viejo orden” de las comunidades mercantiles del Asia marítima, donde los grandes imperios agrarios habían “vivido en una contienda simbiótica” con las sociedades litorales. Desde los Caballeros de Malta hasta los Bugis de Sulawesi, las ciudades portuarias autónomas y los “estados marítimos” florecieron junto a los centros de poder político y producción territorial, conectando culturas y economías a través de mares y vías fluviales distantes. Ya sea que compitieran con ciudades portuarias rivales o apoyaran a los gobernantes territoriales de sus respectivos territorios interiores, dichas comunidades invariablemente “tomaban su parte” de las ganancias del comercio costero y marítimo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, «todos habían desaparecido o habían sido sometidos».  Su poder político y sus ventajas estratégicas fueron sistemáticamente usurpados, socavados y, en última instancia, aislados de las corrientes comerciales más valiosas y del poder político que de ellas se derivaba. Estas décadas han sido consideradas durante mucho tiempo como las décadas «en las que el poder militar y naval británico se fusionó con la revolución tecnológica europea para redibujar el mapa civilizatorio del Océano Índico». En los espacios que comprenden el alcance de este estudio, los súbditos de los estados supuestamente «piratas» fueron absorbidos por las estructuras imperiales de comercio, impuestos y gobierno, o bien dispersados ​​o destruidos. Ser «castigados como “piratas” por los comandantes de la Marina Real Británica», escribe C. A. Bayly, representaba la última humillación para quienes alguna vez habían gobernado las «fronteras marítimas de los estados».

Este libro analiza el desarrollo de un discurso pernicioso de castigo que obligó a los pueblos marineros a sacrificar su soberanía en aras de la modernidad imperial. El término «pirata» se aplicaba sin duda a comunidades y entidades políticas costeras dispares, cada una con sus propias motivaciones, alianzas y capacidades militares, y cada una reivindicando legitimidad política y cultural en sus propios términos, dentro de una constelación más amplia de estados complejos y economías convergentes. Enmarcados conceptualmente de esta manera, los piratas permanecen necesariamente como habitantes esquivos de los océanos de la historia mundial, desafiando y, a la vez, definiendo el derecho axiomático del soberano a la violencia. Un alcance oceánico invita a los historiadores a desafiar las restricciones de soberanía que distinguen el poder estatal, cuestionando los supuestos inherentes a la “libertad del mar” tal como la articularon Hugo Grocio y otros en el siglo XVII contra las pretensiones papales predominantes.  Aunque con demasiada frecuencia defienden la largamente asumida atemporalidad y universalidad del pirata, los académicos están comenzando a liberar a los cautivos “subalternos salados” de este concepto de su purgatorio archivístico, iluminando historias alternativas más sensibles a las visiones del mundo de sus sujetos y las presiones que condicionaron a sus respectivas comunidades.   Sin carecer de política ni identidad, importantes estudios continúan iluminando cómo aquellos prosaicamente etiquetados como “piratas” en los archivos coloniales vivieron sus vidas como comerciantes, mercenarios, peregrinos, pilotos y pescadores, personas que pertenecían a un mundo oceánico integrado mientras mantenían activamente pretensiones de legitimidad marítima. Ya sea que presentaran reclamaciones contra las incursiones europeas, participaran en sus propios conflictos marítimos locales o transgredieran las fronteras porosas y simuladas de regímenes sobreextendidos, los «piratas» solo se convertían en tales cuando se enfrentaban a los intereses creados de potencias más grandes empeñadas en su destrucción. Por lo tanto, el discurso en sí mismo no solo servía como justificación, sino también como una función vital del imperialismo, parte integral de los mitos hegemónicos que los europeos internalizaron y proyectaron en el Océano Índico.

(…)

Considerando específicamente la presencia del término piratería en el archivo colonial, el objetivo central de este libro es evaluar cómo este discurso recalibró la ambigüedad constructiva de la piratería al esencializar las identidades de los pueblos juzgados como piratas y al proporcionar marcos intelectuales para las campañas militares y las masacres localizadas que rara vez afloran en las historias imperiales y navales. Al hacerlo, sitúa el poder marítimo británico de lleno en los argumentos contemporáneos a favor del imperialismo, la civilización y la acumulación de derechos que se formulan dentro de las emergentes doctrinas «liberales» del imperio. Al centrarse específicamente en la piratería como discurso, este libro no intenta englobar la miríada de visiones del mundo e identidades culturales de todos aquellos que fueron tachados de piratas por los británicos. No sigue, por ejemplo, a Sugata Bose, al intentar rastrear una cultura cohesiva o duradera de «resistencia cotidiana» o «anticolonialismo extraterritorial y universalista» entre las comunidades «piratas» del mundo del Océano Índico. Al explicar la piratería como una «categoría de actividad asiática subversiva», este libro busca, en cambio, cuestionar la uniformidad abstracta del concepto a lo largo del tiempo y el espacio. No se pregunta quiénes eran los piratas, sino cómo llegaron a serlo en las fronteras de un imperio en expansión.

(…)

(…)  Los piratas fueron deshumanizados en la tradición intelectual occidental a través de continuas asociaciones con bestias y monstruos de diversa índole, y, por lo tanto, fueron despojados de su humanidad y de cualquier derecho legal asociado a ella. A pesar de todo su célebre empirismo, Francis Bacon exclamó que los piratas estaban «completamente degenerados de las leyes de la naturaleza», revelando «en su mismo cuerpo y estructura una monstruosidad». Grocio también arremetió contra la «depravación mental» del pirata, que «lo aisló de la sociedad humana y lo convierte para mí, y para todo el mundo, en un enemigo». «La guerra más justa», afirmó en De Jure Belli ac Pacis, «se libra contra bestias salvajes y rapaces» —«y, después, contra hombres que son como bestias»—. El filósofo alemán Christian Wolff llamó a los piratas «monstruos salvajes de la especie humana», mientras que su contemporáneo suizo, el jurista Emmerich de Vattel, los consideró «monstruos indignos del nombre de hombres».

Este lenguaje aún influye negativamente en gran parte de la literatura sobre piratas y piratería. Los piratas reaparecen constantemente como monstruos que «acechan» en aguas poco exploradas; «alimañas» que deben ser exterminadas; «plagas» y «epidemias» que deben ser «erradicadas» y «limpiadas». Incluso entre los análisis más académicos, es cierto que el lenguaje peyorativo sigue condicionando aspectos centrales de los argumentos y enfoques de los historiadores. La persistencia de tales caracterizaciones, que describen e implícitamente alegan una caída en desgracia de la civilización, sugiere que desplazar físicamente al pirata de las aguas del Atlántico y el Mediterráneo ha resultado más fácil que superar el eurocentrismo de la piratería como categoría de análisis histórico. La aceptación casual de la transmutación discursiva de los piratas en habitantes esencializados de un estado de naturaleza hobbesiano es en sí misma un legado de un discurso imperialista que puede rastrearse desde la antigüedad hasta el presente, y que, como muestra este libro, resurgió con un efecto devastador cuando los británicos ensangrentaron las aguas del mundo del Océano Índico”.

© Cambridge University Press / Simon Layton

Tom Cutterham: La Revolución Americana, un capítulo de la lucha constante de la clase trabajadora

Ya nos hemos referido a la efeméride norteamericana del año, pero esta vez lo haremos desde abajo,  Porque, la lucha de clases también fue una parte crucial de la Revolución Americana, como decía hace poco el historiador Tom Cutterham en las páginas de la revista Jacobin.  Y continuaba señalando que dicha Revolución “estuvo ligada a un auge de la actividad política de la clase trabajadora a ambos lados del Atlántico. La lucha contra el dominio británico se desarrolló paralelamente a otra lucha por el control de los Estados Unidos tras la independencia”. Y todo ello no es sino un paratexto de su nuevo libro: Empire Ablaze. The American Revolution and the Atlantic Working Class (Verso).

Veamos:

«Recuerden a John el Pintor», escribió un revolucionario anónimo de Nueva Jersey en el verano de 1780. «Era un hombre pobre», completamente desprovisto de las formas habituales de poder: riqueza o estatus, amigos influyentes, control de los recursos estatales. Sin embargo, el daño que había causado a la maquinaria bélica del Imperio Británico en llamas era innegable.

¿Y la destrucción que casi provocó? Incalculable.

El año 1780 fue el quinto año de una sangrienta guerra civil en el Imperio Británico. Iniciada como una lucha por el autogobierno colonial, se había convertido en otro conflicto global sobre quién dominaría un mundo de comercio, conquista y esclavitud. Los patriotas aún lamentaban la pérdida de Charleston y de un ejército de 5000 hombres que necesitaban con urgencia. Pero tenían motivos para la esperanza, y entre ellos estaba la historia del hombre llamado John el Pintor (nombre real, James Aitken) y sus extraordinarios actos de sabotaje. El esfuerzo bélico británico dependía, sin duda, de su poderío naval. Si alguien como Aitken pudo incendiar un astillero real, entonces siempre debía existir la posibilidad de que hombres y mujeres comunes pudieran derrotar a la clase dominante más poderosa que el mundo jamás había visto. Por eso valía la pena recordar a Aitken.

A principios de la década de 1760, cuando la crisis que condujo a la Revolución Americana apenas comenzaba, Gran Bretaña reclamaba un imperio que se extendía desde el delta del Ganges en Bengala hasta los pantanos y bosques del oeste de Florida, incluyendo docenas de islas del Caribe, varios fuertes costeros de África Occidental y las costas atlánticas de Norteamérica continental. El comercio era el pilar de este imperio, tanto por lo que se construyó como por lo que se financiaba. Té y seda de la lejana China, algodón de la India, azúcar de Barbados y Jamaica, arroz de Carolina del Sur y tabaco de Virginia, y pescado de las costas de Nueva Inglaterra y Nueva Escocia: todo esto y mucho más se transportaba cada año a través de los océanos en una flota mercante de miles de barcos para satisfacer las necesidades de los consumidores británicos y contribuir, mediante impuestos, con los ingresos cruciales del Estado británico. Sin embargo, centrar nuestra atención en las mercancías en sí mismas conlleva el riesgo de desviar la atención del ámbito oculto en el que se producían y distribuían: el trabajo, con su sudor y esfuerzo, del que dependía el comercio del Imperio Británico. Esto incluye todo el trabajo, realizado mayoritariamente por mujeres, que mantenía a la población en marcha y criaba a los hijos que, a su vez, se convertían en trabajadores. Para que toda la maquinaria del poder británico sobreviviera, se necesitaban millones de hombres y mujeres trabajadores cuyos cuerpos proporcionaban la fuerza y ​​la habilidad para fabricar los productos que la gente deseaba y llevarlos a donde debían estar. Aitken era uno de ellos. Era pintor de casas, lo que significaba que mezclaba los ingredientes de las pinturas y luego las aplicaba a escaparates y viviendas, a veces también a letreros. Al hacerlo, hacía del mundo un lugar un poco mejor.

Entre estos millones de trabajadores del Imperio Británico, aproximadamente 1,5 millones se encontraban esclavizados en cualquier momento dado en vísperas de la Revolución Americana. Dos tercios de estas personas vivían en el Caribe, y la mayor parte del tercio restante en el continente norteamericano, pero también había miles de personas esclavizadas en Gran Bretaña. Su esclavitud fue la forma más brutal e intensa de opresión explotadora jamás puesta en práctica. Se basaba, en parte, en el uso de la construcción de la raza: la creación de un “otro” racial mediante marcadores como el color de la piel, lo que generaba un profundo prejuicio en la forma en que la mayoría de las personas blancas percibían a quienes definían como negros. El comercio transatlántico de esclavos, que transportó a millones de africanos a la muerte o la esclavitud, fue un componente importante del imperio británico en el siglo XVIII.

Ese imperio también se construyó sobre la conquista y la expropiación territorial. Desde la llegada de los colonos ingleses a Norteamérica en el siglo XVII, el uso que hicieron del suelo y su transformación en propiedad privada dependió de otra forma de prejuicio racial, esta vez contra los pueblos indígenas. Los colonos pronto comprendieron que las reivindicaciones de los nativos americanos para controlar y proteger la tierra, por muchas veces que se reafirmaran mediante tratados, nunca prevalecían sobre su propio deseo de ocuparla y utilizarla. Es más, estos dos sistemas de pensamiento racial funcionaban conjuntamente, pues la esclavitud a tal escala solo podía establecerse en colonias lejanas, donde la mano de obra era escasa y los esclavistas podían dominar sin la resistencia de una población trabajadora más amplia. La esclavitud de los pueblos indígenas no hizo sino profundizar la intrincada relación entre esclavitud y conquista, mientras el continente se transformaba en beneficio de los europeos.

La resistencia a la explotación, ya sea a nivel individual o imperial, es la fuerza histórica que da vida a la historia de este libro. (…)

(…)

No es que los historiadores hayan ignorado el problema de la paradoja de la libertad en Gran Bretaña. Catherine Macaulay, una de las grandes críticas de las pretensiones británicas de libertad, fue historiadora de las revoluciones del siglo XVII. Más recientemente, en 1949, el académico de Cambridge Herbert Butterfield reconoció que en 1780 la clase dirigente británica se enfrentó a una especie de «momento revolucionario», su equivalente a la toma de la Bastilla en Francia nueve años después. Una rica e importante línea de investigación, desde Caroline Robbins hasta Linda Colley y Kathleen Wilson, ha analizado cómo el imperio, el comercio y la conquista moldearon las concepciones británicas de libertad en el siglo XVIII. Los historiadores de las décadas de 1960 y 1970 buscaron en la política «radical» de dos siglos antes pistas sobre las posibilidades de su propia época.

Sin embargo, relativamente pocos han intentado situar la lucha de la clase trabajadora por la libertad en el centro de sus relatos. La mayoría de los libros sobre la Revolución Americana narran la formación de una nación, aunque un número creciente aborda las fronteras de la exclusión de esa nación y las luchas de quienes fueron excluidos. La historia de este libro no trata sobre el nacimiento de una nación ni la fundación de los Estados Unidos. Trata sobre una revolución que amenazaba con transformar el mundo atlántico al derrocar al Imperio Británico. Lo que podría surgir en lugar de ese imperio, a ambos lados del océano, era una incógnita. Tales incertidumbres son naturales en las revoluciones. Son lo que sucede cuando miles de personas se rebelan contra sus gobernantes y las normas que los oprimen.

Si este libro pretende continuar la tradición de algún otro, es la de La Hidra de la Revolución de Peter Linebaugh y Marcus Rediker. Publicado a principios del milenio, ese libro retomó la historia desde abajo, iniciada una generación antes, y la aplicó al vasto panorama del Atlántico británico a lo largo de dos siglos. Narraba historias de las variopintas tripulaciones de marineros y estibadores de diversas razas, sin mencionar a piratas, esclavos rebeldes y revolucionarios, que lucharon por un interés común: la posibilidad de la libertad. También mostraba cómo el Estado moderno, que surgió en ese mismo momento, se formó en la lucha por esa causa común.  Empire Ablaze es un libro más breve, con ambiciones menos épicas. Nos recuerda que la Revolución Americana tuvo lugar en medio de esa gran lucha, surgió de ella y contribuyó a moldearla; una razón por la que todos deberíamos interesarnos por la revolución, vivamos en cualquier lado del Atlántico.

(…)”.

© Tom Cutterham / Verso

David Thomson: Revisando la historia del cine… y por qué nos conduce a Trump

Cualquiera les dirá que David Thomson es un reconocido crítico de cine, autor de The Big Screen: The Story of the Movies, A Light in the Dark: A History of Movie Directors o The New Biographical Dictionary of Film, por no hablar de los que nos han llegado, como Instrucciones para ver una película (P&P), La verdadera historia de Hollywood (2008) o Sospechosos (2010). Todos los anteriores quedan ahora complementados con su nuevo y peculiar (por la forma y por el fondo, una proclama anti-Trump) trabajo: A Sudden Flicker of Light. A Revisionist History of Movies (Allen Lane).

Como ya ha señalado Mark Judge -quien no comparte el juicio e incluso lo desprecia-, la peculiaridad del libro de Thompson es que sostiene que “las películas han vuelto a la gente susceptible a la fantasía y vulnerable al malvado influjo de Donald J. Trump”. Es decir, “cree que las películas pueden ser una fuerza malévola porque nos han vuelto pasivos y receptivos a las malas ideas, lo que nos ha traído al presidente Trump.

El cine, argumenta Thomson, nos ha convertido en espectadores, casi conscientes de que no podemos tener lo que vemos. Afirma que las películas promueven la fantasía por encima de la realidad”.  Más bien, Thomson “nos pide que creamos que las películas nos vuelven incapaces de distinguir entre fantasía y realidad”. Y ahí entra en escena, Haskell Wexler, un brillante director de fotografía. Pero antes de que aparezca, vayamos al inicio:

“Desvanecimiento

En el siglo XIX, nuestra comprensión de la vida se vio estimulada, pero también comprometida, por la invención de lo realista: la fotografía. Y luego, el movimiento. Ese último parpadeo nos recordaba a Emil Zátopek corriendo, corriendo, o a la toma inicial de La Baie des Anges (1963) de Jacques Demy, con Jeanne Moreau paseando por el paseo marítimo de Niza. Tales maravillas nos abruman. Un rostro de 1896, a la sombra de una sombrilla, ya habrá muerto. El chico de la serie de televisión Adolescence nunca existió realmente, salvo como actor. Sin embargo, esas imágenes permanecen por un breve tiempo. Pero la cultura se encuentra sumida en una creciente consternación sobre qué es real, o qué importa. Porque ahora podemos fabricar imágenes —hemos eludido la luz y la naturaleza— de modo que ya no confiamos en ellas ni en nuestra reacción. ¿Somos lo suficientemente inteligentes para manejar tales cosas? ¿O es nuestra inteligencia solo un rumor del pasado?

Una pareja en la playa

En 1975, Haskell Wexler concedió una entrevista a la revista de cine británica Sight & Sound. Nacido en Chicago en 1922, Wexler era reconocido como un director de fotografía brillante y audaz. Había comenzado como un realista escrupuloso que confiaba en el proceso cinematográfico para transmitir la realidad. Dejaba que la naturaleza exterior se impregne en la emulsión. Había filmado The Savage Eye (1959), un documental deliberadamente crudo, y se podía sentir el mismo escrutinio desmitificador en Who’s Afraid of Virginia Woolf?  (1966), por la que ganó su primer Óscar (y el último en la categoría de cine en blanco y negro). ¿Acaso no merecía un premio por hacer que Elizabeth Taylor no pareciera del todo la mujer más bella del mundo?

Políticamente, Wexler era de izquierdas y se preocupaba inusualmente por los temas que trataba. Nacido en una familia adinerada, cuestionaba sus propios privilegios y era conocido por ser difícil, o incluso insoportable. Había fotografiado y ayudado a financiar The Bus, el documental sobre un grupo de activistas por los derechos civiles que cruzaban el país. Pero también era un profesional de Hollywood, así que fotografió películas comerciales como In the Heat of the Night y The Thomas Crown Affair. No se percató de esa contradicción; lo inspiraba su propia ambición creativa: el impulso que mantiene al cine en constante evolución.

Esas películas de “entretenimiento” lo llevaron a fotografiar anuncios publicitarios como una forma de ocupar su tiempo y ganar una cantidad de dinero desorbitada. (Claro que el dinero nunca parece desorbitado; intenta mantener la compostura). En The Thomas Crown Affair. Steve McQueen y Faye Dunaway no eran simples personajes de una divertida intriga; eran anuncios impecables de ilusiones. Wexler nunca se dio cuenta de su propia traición. La vida es más fácil así en Estados Unidos. Es el “buen día” lo que se recomienda constantemente.

Ganó su segundo Óscar por Bound for Glory (1976), con David Carradine interpretando al cantante de folk Woody Guthrie, y Wexler había servido con Woody en la guerra. Ambos pertenecían a la marina mercante; Wexler había sido torpedeado en el Océano Índico y pasó diez días en un bote salvavidas. Por lo tanto, tenía estándares de realismo muy exigentes, además de la inventiva de un superviviente: fue pionero en el uso de la Steadicam en Bound for Glory, acercándose a la acción de formas novedosas para sumergirse en ella por completo.

También escribió, dirigió y fotografió Medium Cool  (1969), un largometraje excepcional sobre un camarógrafo de noticias, con historia, guion y actores, pero realizado en el estilo del cine verité, que supuso un gran avance en los sesenta y convirtió a figuras públicas en actores que parecían interpretarse a sí mismos. Se aprecia cómo la obra de Wexler inquietaba la cuestión de la autenticidad y su propia posición.

Esto sirve de contexto para algo que Wexler dijo en aquella entrevista de 1975. Es una observación que enciende la mecha de la inquietud que inspira este libro:

Tengo sentimientos bastante complejos sobre el cine. Mediante este poder mecánico, se experimenta una sensación de inmediatez, se altera la manera en que percibimos el mundo. Ayer estuve en la playa y vi a una joven pareja paseando de la mano por la orilla. Los observé y pensé: «No puedo ver a estas personas hoy como las veía cuando era joven. Las veo detrás de una cámara a setenta y dos fotogramas por segundo. Casi superpuse una botella de Coca-Cola o un neumático Goodyear, como si estuviera filmando un anuncio». Hemos expropiado tantos momentos privados y los hemos vendido en el mercado. Y esto forma parte de la corrupción de los medios reproducibles.

(…)”.

© Chronicles / David Thomson / Penguin Books Ltd. 

Peggy Levitt: La cadena de desigualdad cultural. Descentrar lo que leemos, miramos y aprendemos

Museos, editoriales, traductores, universidades, bibliotecas, críticos, organismos de financiación, derechos de autor, presiones del mercado, convenciones disciplinares y redes profesionales … forman una cierta ecología y esa ecología construye y mantiene una concreta autoridad cultural. Es la tesis de la que parte la socióloga Peggy Levitt para proponer una alternativa en Move Over, Mona Lisa. Reimagining What We Read, Look At, and Learn (Stanford UP).

El término que vertebra el volumen es «descentrar» y proviene de su práctica mientras ayudaba a construir una red internacional llamada Global (De)Centre (GDC). Se trata de “una red internacional de académicos de una amplia gama de disciplinas; creadores culturales, incluidos artistas y escritores; gestores culturales, como editores, curadores y profesionales de museos; y personas que utilizan la cultura en su activismo, que están comprometidas con producir, difundir, enseñar y actuar sobre el conocimiento de maneras más inclusivas”.  Una iniciativa que se podría emparentar, a pesar de las diferencias, con el más radical colectivo Gesturing Toward a Decolonial Future, que propone los denominados “cuidados paliativos”: “ayudar a las instituciones a morir lentamente porque no pueden salvarse y luego reemplazarlas con espacios recién creados basados ​​en valores diferentes que no repitan los mismos errores”.

Con esta premisa (no para “desplazar por completo a la Mona Lisa, sino para dar cabida a voces subrepresentadas”), así empieza el libro:

“Durante el verano de 2024, el New York Times publicó su lista de «The 100 Best Books of the 21st Century» hasta la fecha. Los editores la elaboraron a partir de recomendaciones de novelistas, autores de no ficción, académicos, profesionales de la industria editorial y figuras literarias destacadas. Cabe destacar que no la denominaron «los 100 mejores libros escritos, publicados o traducidos al inglés», ni «los 100 mejores libros publicados principalmente en Estados Unidos o Europa». Un vistazo rápido revela que la mayoría de los autores procedían de Estados Unidos, seguidos de Europa y el Reino Unido, incluyendo algunos escritores internacionales de renombre y autores nacidos fuera de Estados Unidos pero que actualmente trabajan allí. La ausencia de autores de África, Asia y Latinoamérica fue notable.

Llegó una respuesta desde el otro lado del océano: la «Not the NYT List: 100 Fine Books from around the World (and Not Just the USA) of the 21st Century».  Esta lista, elaborada por Bookshop, Inc. en Nueva Delhi, comienza preguntando: «¿Por qué las listas de lectura que surgen de Occidente se arrogan autoridad en materia de cultura con tanta hipérbole? ¿Cuánto, y durante cuánto tiempo, va a obsesionarse Estados Unidos con la lectura y el autoanálisis? ¿Y qué dice eso sobre la “columna vertebral de los lectores estadounidenses”?». Este repaso, propuesto por un grupo similar de autores, es «una lista alternativa de libros que, según ellos, han influido de manera más significativa en los lectores tras su publicación en los últimos 24 años». Sus creadores afirman que no es «autoritaria», pero se esforzaron por incluir libros de todo el mundo que, «silenciosamente, a menudo sin bombo ni platillo ni premios, lograron cambiar nuestra forma de pensar».

La lista de libros que no son del NYT tiene razón. De hecho, lo que publican la mayoría de las editoriales en inglés y lo que leen la mayoría de los lectores en inglés —que es el mundo desde el que escribo— es extremadamente limitado. Solo alrededor del 3 % de todos los libros que se publican en Estados Unidos son traducciones. La ficción y la poesía representan aproximadamente el 1 % de ese corpus.

Lo mismo puede decirse del mundo del arte global. Si bien ahora se celebran numerosas bienales y ferias de arte en todo el Sur Global —una abreviatura terminológicamente imperfecta para referirse a los países más pobres de América Latina, África y Asia—, la mayoría de los artistas que trabajan en estas regiones reciben mucho menos reconocimiento de la crítica y financiero que sus colegas del norte. He aquí un ejemplo: entre los diez artistas contemporáneos que alcanzaron los precios más altos en subasta en 2021 se encontraban Jean-Michel Basquiat, Andy Warhol y Cy Twombly de Estados Unidos, Gerhard Richter de Alemania y Banksy del Reino Unido. Aunque Chang, Dai-chien de China y Yayoi Kusama de Japón ocuparon el noveno y En décimo lugar, ningún otro artista de Asia, África o Latinoamérica fue seleccionado.

(…)

(…)  ¿por qué el cambio ha sido tan lento? ¿Por qué el poder sigue concentrado en manos de unos pocos y por qué la cultura y las ideas creadas en Occidente aún dominan el debate?

La respuesta reside en la desigualdad: los múltiples obstáculos que deben superar los artistas, escritores y pensadores emergentes, así como sus obras, para alcanzar una amplia difusión. Esta desigualdad comienza cuando un niño en Norteamérica o Europa tiene acceso a abundantes materiales de arte, mientras que un niño que vive fuera de estas regiones tiene acceso a muy pocos. Continúa cuando la obra de un autor que escribe en una lengua europea se traduce y se difunde ampliamente, mientras que la de un colega que escribe en árabe o hindi solo se lee en su país de origen; o cuando un joven artista en Nueva York consigue representación en una galería, mientras que otro en Latinoamérica u Oriente Medio no. La desigualdad se extiende luego por el circuito anual de bienales, ferias de arte, subastas, ferias del libro y festivales literarios. Y va más allá de las instituciones donde se produce, exhibe y vende la cultura, hasta donde se investiga, se publica y se debate en universidades y congresos académicos. Lo que ocurre en un extremo del proceso, cuando un artista o escritor emergente no logra abrirse camino, está intrínsecamente ligado a lo que se exhibe en el otro extremo: en aulas, revistas y salas de conferencias públicas.

Seamos claros. La distribución desigual del poder económico y político es en gran medida responsable de la creación y el mantenimiento de este sistema. Así como existe un sistema mundial de dependencia económica en el que los países industrializados dependen de mano de obra barata y materias primas de países pobres para alcanzar y mantener un nivel de vida acomodado, también existe un sistema mundial de dependencia cultural e intelectual. En este escenario, los académicos norteamericanos y europeos extraen materias primas (datos) del Sur Global y construyen carreras exitosas a partir de los productos terminados (libros y artículos) que producen, a menudo sin reconocer suficientemente el trabajo de los académicos locales con los que colaboraron.

De hecho, muchos libros y obras de arte aún venerados hoy fueron producidos por el imperialismo y sirvieron como herramientas del mismo, cuyas huellas aún perduran. Como escribió Edward Said, aquellas grandes mansiones inglesas que cautivaban a los lectores en libros como Mansfield Park de Jane Austen se construyeron a costa del trabajo de esclavos que laboraban incansablemente en las plantaciones de sus amos en las colonias. La narración se centra en Inglaterra, pero los confines del imperio, y su derecho a existir, permanecen ocultos a plena vista.⁹ El poder abrumador de los centros occidentales tradicionales del mundo, y sus decididos esfuerzos por mantenerlo, se ven representados, reforzados y cuestionados por lo que leemos, vemos y aprendemos.

Así pues, si parece que la desigualdad se perpetúa y que no se vislumbran grandes cambios a corto plazo, o que en muchas partes del mundo estamos retrocediendo, ¿por qué no volver a guardar este libro? Permítanme sugerirles varias razones.

La primera razón es que, independientemente de la dirección que tomen los vientos geopolíticos o económicos, las personas de todo el mundo siguen dependiendo unas de otras y necesitan comprenderse mutuamente. Como dice el refrán, cuando una parte del mundo estornuda, otra se resfría. Basta con observar el impacto de la pandemia mundial de COVID-19 o del cambio climático para constatar este hecho de forma contundente. La literatura y el arte inspiran empatía al recordar a las personas lo que tienen en común y al mostrarles maneras de superar sus diferencias. La segunda razón, y la más importante, es que el proceso ya ha comenzado. Una globalización cultural e intelectual descentralizada, cuyo objetivo es desafiar y reordenar las desigualdades arraigadas, ya está en marcha. Simplemente, muchos no nos hemos dado cuenta.

La mayoría de las estrategias para abordar la desigualdad cultural e intelectual global se centran en permitir la entrada de un grupo más diverso de creadores y creaciones. Los centros tradicionales de poder cultural occidentales, como Londres, París o Nueva York, pueden mantenerse, solo necesitan dar visibilidad a una gama más amplia de artistas y obras.

(…)

Pero también existe otro tipo de globalización cultural descentralizada en marcha que interrumpe el flujo de manera más fundamental. (…)  adopta dos formas. La primera se produce cuando surgen nuevos nodos de poder, nuevas instituciones y redes de circulación alternativas que conectan a actores afines en todo el Sur y el Norte Globales; en esencia, un paisaje cultural paralelo que coexiste con, compite con y, a veces, desplaza a las capitales culturales de larga data. (…)

El segundo tipo de descentramiento cultural global ocurre cuando los actores e instituciones se desentienden del proyecto global. (…) En cualquier caso, al darle la espalda a la globalización cultural, le restan impulso, debilitándola y descentrándola.

(…)

Desde mi punto de vista, aún queda mucho por hacer. Los valores blancos, masculinos, occidentales, cristianos y heteronormativos que siguen limitando lo que leemos, vemos y aprendemos son producto de una cadena de exclusiones que deja fuera una gama más amplia de experiencias en cada paso.  Si bien incluir libros y obras de arte creados por personas de color, tanto de Occidente como de fuera, es un primer paso importante, no mejora fundamentalmente esta profunda desigualdad. Si bien es importante exhibir más obras de artistas latinoamericanos o asiático-americanos en Estados Unidos, esta iniciativa resulta insuficiente si no se conecta con la experiencia latinoamericana o asiática fuera de este país. Las desigualdades culturales e intelectuales, tanto nacionales como internacionales, comparten muchas raíces comunes.

Esto me lleva a explicar qué es y qué no es este libro. Soy investigadora, escritora y docente, y mi objetivo es dirigirme a un público amplio y global: personas de todo el mundo que trabajan en los sectores cultural y académico, estudiantes y lectores interesados ​​en museos, bibliotecas y universidades. He intentado escribir con diferentes estilos, ritmos y cadencias, y hacer que un material a veces complejo y muy técnico resulte atractivo. Un capítulo incluye una carta que me envió un colega. Otros incluyen un memorándum dirigido a los responsables de la industria editorial académica, o bien, el río Beirut y la Plaza de Diseño de Dongdaemun (DDP) en Seúl se dirigen directamente al lector. No existe una revisión bibliográfica que resuma todos los debates teóricos que abordo, aunque los lectores interesados ​​encontrarán mucha información al respecto en las notas finales. Esto se debe a que, además de tratar sobre cómo reorganizar la vida cultural e intelectual global, este libro también aborda cómo investigarla y escribir sobre ella de manera más justa, respetuosa y creativa, de modo que diversos tipos de lectores deseen acompañarme hasta el final.

Con una excepción, cada capítulo se organiza en torno a un nodo diferente del ciclo de la desigualdad. El capítulo siguiente profundiza en «el problema» analizando lo que se enseña en las clases de historia del arte y literatura comparada en Estados Unidos, Argentina, Líbano y Corea. También examino con mayor detalle las disparidades que caracterizan las clasificaciones del mercado global del arte y las tasas de traducción. El capítulo 3 analiza a las personas —los artistas y escritores que intentan circular por este ciclo— y cuatro factores que impulsan o dificultan su trayectoria: la migración, la vernaculización, el etiquetado y la «receta». El cuarto capítulo trata sobre el concepto de «lugar»: cómo la historia, la demografía y los valores sobre los que se construyeron ciudades como Seúl, Buenos Aires y Beirut —o su entramado cultural— influyen en la producción cultural actual. Los capítulos quinto y sexto analizan las instituciones e infraestructuras donde se crean, descubren, difunden, comercializan y critican el arte y la literatura. Algunas, como los museos, las editoriales y las galerías, resultarán familiares para los lectores. Otras, como los concursos anuales de cuento en Corea, donde se descubren nuevos autores, o el floreciente sector editorial independiente en Argentina, pueden resultar más sorprendentes. Este capítulo también incluye un análisis sobre la relación entre la «alternatividad» y la descentralización. El capítulo 7 explora cómo las personas se convierten en coleccionistas y el papel de las plataformas en línea en la compra de arte y el descubrimiento de literatura traducida.

Los dos últimos capítulos retoman el enfoque en el ámbito académico e intelectual. El capítulo 8 se centra en las barreras para la producción de estudios más inclusivos, incluyendo las categorías que utilizan las bibliotecas para clasificar sus fondos, la clasificación de las revistas académicas y el proceso de revisión por pares. En el capítulo 9, examino los esfuerzos por globalizar las artes liberales y por qué a menudo se limitan a cambios curriculares. Con el espíritu de “nunca detenerse en la crítica”, la mayoría de los capítulos concluyen con ejemplos de iniciativas de descentralización en marcha. Si bien mi libro finaliza con una conclusión al final del proceso, el recorrido a través de él no es, en absoluto, un viaje de ida. Lo que llega al final metafórico regresa e influye en la siguiente generación de creadores y creaciones que reingresan al proceso”.

©  Peggy Levitt / Stanford University Press 

Isaac Butler: El fin de la Guerra Fría. Sin adversarios externos, se desatan las guerras culturales

Como se suele decir en publicidad, del autor del aclamado El Método (Alianza), Isaac Butler, llega a las librerías The Perfect Moment. God, Sex, Art, and the Birth of America’s Culture Wars (Bloomsbury).

En fin, qué voy a decir que no sepan. Así que dejemos que el podcast del NYT (“Arte, indignación y cómo comenzaron las guerras culturales”) nos lo recuerde:

“En abril de 1989, un recorte de periódico sobre una exposición de arte llegó al buzón del reverendo Donald Wildmon, fundador de un grupo evangélico conservador, la American Family Association.

La exposición, financiada en parte por la Fundación Nacional para las Artes, incluía una fotografía, ahora tristemente célebre, de Andrés Serrano que mostraba un crucifijo sumergido en la propia orina del artista. Indignado, Wildmon envió una copia de la foto a todos los miembros del Congreso, lo que desató una batalla, liderada por la derecha cristiana, sobre qué podía ser el arte contemporáneo y quién debía recibir financiación federal para él.

Isaac Butler, autor e historiador cultural, repasa este y otros momentos cruciales de las guerras culturales de las décadas de 1980 y 1990 en su nuevo libro…”.

Las ideas de Butler no nos son totalmente desconocidas. Baste recordar su reseña de 2024 al entonces recién aparecido libro del renombrado James Shapiro sobre The Playbook. A Story of Theater, Democracy, and the Making of a Culture War (Penguin). Shapiro estudiaba un programa del New Deal,  el pequeño pero poderoso Proyecto Federal de Teatro (Federal Theatre Project), en activo entre 1935 y 1939, hasta que Martin Dies y el Comité de Actividades Antiamericanas acusaron al programa de ser una fachada comunista y de producir propaganda del New Deal. Para Butler, “Shapiro ve en este choque entre el arte estadounidense, el gobierno federal y la derecha reaccionaria un precursor y origen de nuestras guerras culturales actuales, en las que el comunismo ha sido reemplazado por la corrección política y ciertos derechistas buscan usar el poder del Estado para controlar los libros que leemos y la cultura que producimos. Si bien estas dos épocas tienen cosas en común, la búsqueda de paralelismos introduce un filtro presentista en la historia del FTP que, en última instancia, perjudica al libro”.

Las diferencias con el presente son las que Butler señala en su nuevo trabajo, con el peculiar paréntesis que va desde que en los sesenta el Congreso creó el Fondo Nacional para las Artes (NEA) hasta principios de la década de 1990, cuando los herederos de Martin Dies trabajaron para quebrar la NEA, eliminando programas innovadores, suprimiendo subvenciones e incluyendo un lenguaje de decencia en sus directrices de financiación. Vayamos, pues, con The Perfect Moment (que viene acompañado, dicho sea de paso, por una serie de proyecciones en el Museum of the Moving Image).

Así empieza la introducción (“Discurso de clausura: El experimento estadounidense en guerra consigo mismo”):

“Saludos desde el pasado. Hoy es viernes, 19 de septiembre de 2025, y escribo esta introducción en un momento particularmente delicado para la libertad de expresión en Estados Unidos. Cuando comencé esta introducción hace dos semanas, las noticias estaban repletas de historias, en su mayoría insignificantes y absurdas, sobre artistas que enfrentaban consecuencias por sus creencias políticas. El presidente había publicado en sus redes sociales, con entusiasmo y orgullo, que un grupo de exalumnos de West Point había revocado su decisión de homenajear a Tom Hanks con un desfile. Claro, Hanks puede haber hecho más que la mayoría de los artistas vivos para retratar al soldado estadounidense como un hombre común y corriente y un héroe mítico, pero aparentemente su ideología política era demasiado “progresista”. Trump sugirió que los Óscar deberían seguir el ejemplo de West Point e incorporar una conciencia nacionalista de derechas a sus premios. Mientras tanto, la controversia seguía rodeando a la actriz Sydney Sweeney por sus supuestas ideas políticas. Si bien había apoyado públicamente los derechos LGBTQ, Sweeney también parecía estar registrada como republicana en Florida. Gran parte de la cobertura mediática sobre Sweeney se preguntaba abiertamente si sus ideas políticas podrían complicar sus esfuerzos por convertirse en una estrella más grande y ser tomada en serio como actriz. Detrás de todo esto subyacía la suposición de que el rechazo del público hacia un actor por sus ideas políticas es normal, en lugar de extraño. Estas historias son omnipresentes. Probablemente podrías encontrar una docena de ejemplos similares en cinco minutos navegando por tu teléfono.

Pero entonces, un joven llamado Tyler Robinson presuntamente disparó y mató a Charlie Kirk, un organizador de extrema derecha que cofundó y dirigió una organización centrada en los campus universitarios llamada Turning Point USA. Comentaristas y políticos de todo el espectro político ungieron a Kirk como un mártir de la libertad de expresión incluso antes de que se encontrara a su presunto asesino. Sin embargo, Kirk no encaja en este papel. Turning Point USA mantiene una lista de vigilancia de profesores liberales que conlleva el acoso frecuente a sus objetivos, y Kirk era un aliado destacado del presidente incluso mientras la Casa Blanca llevaba meses atacando a las universidades. Lejos de tolerar la disidencia, Kirk sostenía que, en lo que respecta a sus oponentes políticos, la consigna debía ser “investigar primero, definir los delitos después”. El martirio de Kirk permitió a la administración Trump y a sus aliados en línea intensificar la represión contra la libertad de expresión de la izquierda. Tras su muerte, muchas personas perdieron sus empleos por criticar a Kirk. El fiscal general prometió procesar a las empresas que se negaran a imprimir carteles y folletos a favor de Kirk. La Casa Blanca prometió represalias contra importantes fundaciones de izquierda como Open Society y la Fundación Ford, con el endeble pretexto de que financiaban a The Nation, a la que el vicepresidente Vance acusó de tergiversar las opiniones de Kirk. Posteriormente, el presidente de la FCC amenazó a ABC y a sus estaciones afiliadas con suspender al presentador Jimmy Kimmel porque el comediante había dicho casualmente en antena: “La pandilla MAGA está intentando desesperadamente presentar a este chico que asesinó a Charlie Kirk como algo distinto a uno de ellos y están haciendo todo lo posible para sacar provecho político de ello”. Disney, la empresa matriz de ABC, suspendió de inmediato a Kimmel, un caso paradigmático de manipulación, término jurídico que se utiliza cuando el gobierno emplea a agentes no gubernamentales para restringir la libertad de expresión. Al ser preguntado al respecto, el presidente Trump amenazó con revocar las licencias de las cadenas de televisión cuya cobertura lo criticara. «Cuando una cadena tiene programas nocturnos y lo único que hacen es atacar a Trump…», declaró a la prensa. «No se les permite hacer eso».

Ya sean serios o absurdos, nos referimos a estos ejemplos de conflictos altamente politizados en torno al arte y la expresión como parte de las “guerras culturales”. Al igual que la “guerra contra el terror”, las guerras culturales parecen no tener fin y ser inevitables. Esto era cierto mucho antes de que Trump irrumpiera en la escena política, y lo seguirá siendo mucho después de su partida.

No siempre fue así. Antes de la década de 1980, gran parte de la opinión pública asumía que el arte y la política eran, en esencia, entidades separadas. Esto era cierto incluso en los programas de televisión nocturnos. Johnny Carson era un demócrata liberal, pero mantenía sus creencias en privado y bromeaba sobre cualquiera en su monólogo inicial. En otras formas de arte, la obra podía tener connotaciones políticas, pero la opinión predominante era que probablemente era mejor tanto para el arte como para la política que ambos se mantuvieran separados. Por supuesto, no todos lo creían, pero durante mi infancia, si decías en una cena: «El arte es arte y la política es política», recibías bastantes asentimientos de cabeza en reconocimiento a tu supuesta sabiduría. Para cuando me gradué de la universidad en 2001, la opinión generalizada en la sociedad liberal era que todo arte es inherentemente político y que, como dijo uno de mis profesores, «la creencia de que el arte no es o no debería ser político es en sí misma una creencia política». Los conservadores también comenzaron a cambiar su retórica, pasando de denunciar la politización del arte a hacerse eco del pensamiento del ultraderechista Andrew Breitbart, quien declaró que «la política es consecuencia de la cultura».

Claramente, algo cambió en los últimos veinte años del siglo XX. Los conflictos latentes, que antes se habían confinado a los campus universitarios y a las páginas de opinión de la National Review, traspasaron la barrera del pensamiento en nuestra sociedad. De repente, un nuevo tipo de conflicto entre política y arte estalló en periódicos, tribunales, el Congreso y programas de entrevistas diurnos como los de Oprah y Donahue.

Como estos enfrentamientos se sentían diferentes a los anteriores, necesitaban un nuevo nombre. En 1991, el sociólogo James Davison Hunter, quien no por casualidad estudió el movimiento evangélico, nos proporcionó ese nombre al titular su cuarto libro, Culture Wars. El subtítulo del libro, The Struggle to Define America, era particularmente acertado; en el corazón de las guerras culturales se encuentra una lucha interminable sobre quiénes son los estadounidenses como pueblo, cuál es el significado de nuestra nación y quiénes importan en nuestra sociedad.

La historia de este nuevo tipo de conflicto, que abarca aproximadamente desde 1986 hasta finales del milenio, es la historia de este libro. Es, en cierto modo, una historia militar, de una guerra librada por otros medios: a través de la política, la religión, las campañas de envío de cartas, los carteles y el arte performativo. Es la historia de las tácticas de los líderes y las acciones de la gente común. Es la historia de dos bandos —los artistas estadounidenses y la derecha religiosa— que veían a sus oponentes como amenazas existenciales a su estilo de vida. Comenzó como una serie de conflictos aparentemente aislados que crecieron y se extendieron como un incendio hasta consumir el territorio en disputa del alma de Estados Unidos. Y, como la mayoría de las guerras en la historia de nuestra nación, sigue teniendo repercusiones hoy en día.

(…)

Como probablemente queda claro, soy un guía con opiniones firmes en esta historia. Sería imposible y deshonesto de mi parte ocultar estas opiniones con la esperanza de parecer más autoritario y objetivo. En cambio, he optado por dejar claro, cuando ha sido necesario, lo que creo y por qué. Hago esto no solo por honestidad, sino también con la esperanza de que esto, a su vez, les permita tener sus propias opiniones e interpretaciones. Si difieren de las mías, entonces, con suerte, el diálogo entre nosotros enriquecerá la experiencia de este libro. Esta esperanza, la de que el desacuerdo pueda generar una mejor comprensión de la verdad, es uno de los principios fundamentales de la libertad de expresión.

Así pues, ¿qué mejor manera de comenzar esta historia que con la historia de un desacuerdo? Es una historia que precede a las guerras culturales y que trata sobre educación, más que sobre las artes. Pero en esta historia reside la semilla de todo lo que vendría después. Para comprender mejor las guerras culturales, no debemos empezar en una galería de arte ni en el cine, sino en una tranquila reunión del consejo escolar del condado de Kanawha, en Virginia Occidental, donde una joven ama de casa llamada Alice Moore está a punto de tomar la palabra y alterar radicalmente el panorama educativo de su estado”.

©  Isaac Butler / Bloomsbury Publishing Inc

Kate Lister: ¡Cierra los ojos y piensa en Inglaterra! Historia del disfrute sexual femenino

Autora y conferenciante, Kate Lister es profesora de la Escuela de Artes y Comunicación de la Universidad de Leeds Trinity, pero se presenta más bien como historiadora, columnista, podcaster y presentadora de televisión. Quizá la recuerden por Una curiosa historia del sexo (Capitan Swing), resultado de su proyecto Whores of Yore (“Putas de Antaño”).

Como continuación, ahora nos presenta FLICK. The Story of Female Pleasure (Bantam), volumen dedicado a “todos los hombres que no me hicieron llegar al orgasmo”. Curiosamente llega a las librerías acompañando al de la autora Jean Menzies sobre el mismo asunto en época clásica, el titulado Aphrodisia: Women, Sex and Pleasure in the Classical World (Octopus Publishing Group), dedicado “a mi primer vibrador. Que en paz descanse”.

Así pues, dos libros adecuados para los calores (veraniegos), siempre con el riesgo de juzgar el pasado con los estándares del presente. Dado que el de la doctora Lister tiene su fuerte en las épocas más recientes, con él nos quedaremos:

“Antes, las mujeres no disfrutaban del sexo, ¿verdad? Antes del feminismo moderno, se esperaba que las mujeres se recostaran y pensaran en Inglaterra, o en su país de origen, ¿verdad? Que las mujeres hablen de sexo y exijan su placer es algo nuevo, ¿verdad? Pues no. Para nada. Como tantas otras cosas relacionadas con las mujeres y el placer, esa historia es una farsa. Las mujeres han luchado valientemente por su derecho al placer sexual desde que emergimos del fango primordial, miramos a nuestro alrededor y le preguntamos al macho: “¿Eso es todo?”. Esta es la historia de esa lucha, de quienes se lanzaron a la batalla, de cómo se lograron las victorias y de las almas valientes cuyos sacrificios allanaron el camino para que las mujeres disfruten de su derecho a la satisfacción sexual hoy en día.

La frase «recuéstate y piensa en Inglaterra» se atribuye a menudo a Lady Alice Marion Mills Hillingdon, quien en 1912 escribió en su diario: «Cuando oigo sus pasos fuera de mi puerta, me acuesto en la cama, cierro los ojos, abro las piernas y pienso en Inglaterra».  Lady Hillingdon tenía cincuenta y cinco años y se refería a su entonces marido de cincuenta y siete años, Charles William Mills, el segundo barón Hillingdon, quien, lamentaba, seguía visitándola dos veces por semana. Desde entonces, la frase ha llegado a resumir a la perfección cómo concebimos a las mujeres que tienen (o más bien soportan) relaciones sexuales heterosexuales a lo largo de la historia de la humanidad, a pesar de que Lady Alice la pronunció hace relativamente poco tiempo. Pero, por desgracia, esta frase tan manida también es una falsedad. Si Lady Hillingdon llevaba un diario, este no ha sobrevivido, así que no tenemos forma de saber si escribió estas palabras, y mucho menos en qué pensaba realmente cuando se recostaba y abría las piernas. Con toda probabilidad, la verdadera Lady Hillingdon se ha confundido con la ficticia Lady Hillingham, a quien Jonathan Gathorne-Hardy atribuyó la famosa frase en su libro The Rise and Fall of the British Nanny (1972). Otras damas victorianas prominentes a las que se ha señalado erróneamente como la fuente de la expresión «recostarse y pensar en Inglaterra» incluyen a Lucy Baldwin, esposa del primer ministro Stanley Baldwin, y, por supuesto, a la propia reina Victoria. No existe ni una pizca de evidencia que respalde ninguna de las dos afirmaciones, y de todos modos, como veremos pronto, las mujeres victorianas no eran de las que se resignaban a una mala experiencia sexual.

La frase en sí es histórica (más o menos) y data al menos de la década de 1940, pero era, y siempre ha sido, una broma. Es un comentario irónico sobre el matrimonio, las obligaciones conyugales y, por supuesto, la supuesta frigidez de las mujeres que deben soportar, en lugar de disfrutar, el sexo. El chiste también aparece en 1955 en The Notebooks of Major Thompson, de Pierre Daninos, donde una madre prepara a su hija para lo que le espera en su noche de bodas. «Lo sé, querida, es asqueroso. Pero haz como yo con Edward: ¡cierra los ojos y piensa en Inglaterra!». Al igual que su madre y su abuela materna, Ursula cerró los ojos. Pensó en el futuro de Inglaterra.  Es un chiste que aún se usa hoy en día, al menos en encuentros heterosexuales. Los amantes torpes, la eyaculación precoz, la «brecha del orgasmo» y un clítoris imposible de encontrar son temas familiares y, al parecer, narrativas antiguas que siguen perpetuando estereotipos que nos dicen que si eres mujer (cisgénero, transgénero o de cualquier otra identidad), no disfrutas del sexo tanto como los hombres.

La motivación para escribir este libro surgió de mi profunda y constante frustración ante la idea de que los hombres son “naturalmente” más sexuales que las mujeres, que disfrutan más del sexo o que de alguna manera tienen más derecho al placer sexual. Este mensaje aún nos rodea, y ni siquiera hace falta recurrir a un foro de incels para encontrarlo. ¿Alguna vez has oído esto? “Las mujeres dan sexo para recibir amor. Los hombres dan amor para recibir sexo”. ¿Y qué tal “Los hombres tienen necesidades”? ¿O “Los chicos son así”? ¿Quizás recuerdas que alguien te dijo que “Los hombres piensan en sexo cada siete segundos”, o que las mujeres simplemente no son tan “visuales” como los hombres en lo que respecta al sexo?

(…)

FLICK es una historia del placer sexual femenino: cómo se ha concebido, controlado y, sobre todo, disfrutado. Hay mucha tristeza y crueldad que abordar, pero también alegría, resistencia y pasión. No es una historia fácil de desvelar. Encontrar las voces de las mujeres y liberar las fuentes históricas de la mirada masculina es notoriamente complicado. Es mucho más fácil contar la historia de lo que los hombres han considerado sexy y placentero, porque la evidencia de ello perdura. La historia sexual de las mujeres se define con demasiada frecuencia por la falta de pruebas.

Pero es una historia que merece ser contada, porque el disfrute sexual femenino sigue siendo un tema complejo hoy en día, y no se trata solo de la brecha del orgasmo. La estigmatización sexual, los problemas relacionados con el consentimiento, el acceso a anticonceptivos fiables y al aborto seguro, o simplemente conocer los términos adecuados para nuestra propia anatomía, son solo algunas de las barreras reales y persistentes para disfrutar plenamente del placer sexual. La idea errónea y misógina de que las mujeres no disfrutan del sexo tanto como los hombres ha sido cuestionada repetidamente, pero aún no ha sido erradicada por completo.

Es cierto que el placer sexual femenino ha sido fuertemente reprimido, e incluso negado en diversos momentos de la historia, pero también ha sido celebrado, venerado y disfrutado plenamente. Pero si queremos acabar de una vez por todas con el mito de que las mujeres se relajan y piensan en cualquier cosa, necesitamos comprender el origen de estos estereotipos y conocer a las valientes activistas que han luchado por los derechos sexuales a lo largo de la historia. Esta no es una historia muerta. Es nuestra historia, y está ocurriendo a nuestro alrededor ahora mismo.

Este libro intenta comprender cómo hemos llegado hasta aquí, de dónde provienen nuestras ideas sobre el sexo y el placer, qué propósito cumplen y, sobre todo, cómo podemos cambiarlas. Es una historia de mujeres que disfrutan del sexo: consigo mismas, entre ellas y, ocasionalmente, también con hombres. En un mundo donde la violencia sexual contra las mujeres es alarmantemente común (a nivel mundial, una de cada tres mujeres la sufrirá), luchar por la igualdad en el placer puede parecer una distracción. Claramente, tenemos problemas más importantes que el orgasmo. Pero para mí, el tema del placer es fundamental en la lucha por la igualdad de género. Aborda la esencia del desmantelamiento de las nociones patriarcales de derechos sexuales y de género.

La culpa, la vergüenza, los mitos y las ideas erróneas son tan antiguos como el sexo mismo, y esto debe terminar. El placer sexual es un acto de revolución social. Piensa en las incontables mujeres que te precedieron (o que no, en este caso), las que sufrieron terriblemente porque les dijeron que no debían disfrutar del sexo, o las que sí lo disfrutaron y pagaron un precio muy alto por ello.

Esta es la historia del disfrute sexual femenino”.

© Kate Lister / Penguin Books Ltd.

Erin Maglaque: La historia oculta del cuerpo femenino

PW, una de las biblias del libro, decía a principios de año: “Maglaque, investigadora de la Universidad de Sheffield en Gran Bretaña, debuta con una impresionante obra sobre la historia del cuerpo femenino, utilizando el suyo propio como modelo”.  Por si fuera poco, esa breve nota laudatoria fue seguida por una muy interesante entrevista en la NYREV en la que, a preguntas de Chandler Fritz, hablaba de sus intereses, particularmente la genealogía del feminismo antes de que existiera el canon, mirando más allá de los géneros, y sobre ese primer libro, en el que se interesaba especialmente por “los deseos de las mujeres más comunes de la Edad Moderna que no escribieron, cuya presencia nos llega solo a través de retazos y fragmentos”. Solamente añadir que las biblias también pueden exagerar en algún punto, lo que en este caso significa que el libro no es el debut de esta historiadora norteamericana, pues lo fue la publicación en 2018 (Cornell UP) de su tesis doctoral.

En todo caso, y aunque la cronología no se ajusta a lo habitual en esta bitácora, no quedaba otro remedio, había que revisar este Presence. A Hidden History of the Female Body (Jonathan Cape), de Erin Maglaque.

Veamos:

“En 1610, Lucia Pivinelli compareció ante un juez en Bolonia. Fue acusada de infanticidio. Pero Lucia sabía que no había matado al bebé. Se mantuvo firme en la verdad en el tribunal, en prisión y bajo tortura; proclamó la verdad de nuevo cuando las comadronas del tribunal examinaron su cuerpo. No vaciló en su relato ni siquiera cuando su expareja, Sabatino, la llamó mentirosa en el tribunal, ni cuando el juez la presionó una y otra vez para que admitiera que había matado a su propio hijo. Finalmente, Lucia no pudo más. Puedo oírla, exasperada y resuelta: «No nació vivo», declaró al juez, «y nunca podré explicar por qué, y no puedo hacer nada al respecto… Dios quiso que naciera muerto, y no sé qué pensar». La voz de Lucia resuena con desafío. Decía la verdad. «Que Dios me perdone todos mis pecados», dijo, «pero que jamás me perdone este». No se había cometido ningún delito; no había nada que perdonar. Lucía tenía poco más de veinte años. Había dado a luz hacía menos de dos semanas.

«No sé qué pensar de esto». Al leer las palabras de Lucía, me impactó no solo su audacia, sino también la forma en que expresaba su propia incertidumbre. «No sé qué pensar de esto». Yo tampoco. Había dado a luz, amamantado; había estado embarazada, había abortado; mi sueño se había roto. Había luchado con nuevos deseos: libertad, una nueva forma de escribir, una independencia más auténtica. Y sabía que me había transformado, que era una persona diferente a la que había sido, pero no sabía qué pensar de ello. No tenía las palabras para describir estas transformaciones. Las sentía en carne propia, pero no podía darles sentido. Había experimentado esa incertidumbre como una vergüenza ardiente, como algo que, tal vez, requería perdón. Pero en la declaración de Lucía ante el tribunal vi que esa incertidumbre sobre el cuerpo —que, al fin y al cabo, es incertidumbre sobre la vida y la muerte— podía transformarse en una forma de desafío.

Mi cuerpo se había erigido como la cuestión más urgente de mi vida. No siempre había sido así. Durante mis veinte, mi cuerpo había sido una especie de complemento de mi intelecto. Me había dedicado a la vida intelectual: en universidades, aulas, archivos, mientras me formaba como historiador. Permanecía muy quieto, transcribiendo documentos muy antiguos en salas de lectura muy antiguas. No le daba mucha importancia a lo que vestía, comía, cómo dormía, bailaba o tenía relaciones sexuales. Estaba aprendiendo metodología histórica, erudición, lenguas muertas, teoría, y mi mente se expandía. Leía mucho. Cuando mi cuerpo me molestaba ocasionalmente —con un flechazo inoportuno, hambre o después de una mala noche— apartaba esas necesidades, las enterraba en el trabajo. Sabía que mi mente era distinta de mi cuerpo. Sabía que mi mente era más poderosa que la carne y sus necesidades. Esto sería fácil.

Y lo fue.

La primera señal de que ignorar el cuerpo no sería tan fácil llegó cuando tuve un aborto a finales de mis veinte. El aborto es una experiencia que inunda el cuerpo, que lo recorre todo, como lo describe la escritora Annie Ernaux. Su poder físico es ineludible, pero intenté escapar de él. Al día siguiente, con náuseas y una hemorragia abundante, ayudé a organizar una conferencia académica. Hice fotocopias; preparé café. Empecé a sospechar que algo no había hecho bien. Pero logré apartar esas dudas, porque si bien un aborto es inolvidable, termina. Terminó, y pude regresar a la tranquilidad de saber que mi vida intelectual permanecía intacta, ajena al cuerpo y su caos. Mi control sobre mi cuerpo se había debilitado por un tiempo, pero solo por un tiempo.

No creo haberme equivocado al entender mi cuerpo de esta manera a los veinte años: como algo periférico, controlado por la mente. En cierto modo, esta comprensión del cuerpo se ajustaba al feminismo con el que había crecido y a la historia de género que me habían enseñado en la universidad. El cuerpo físico era irrelevante. Había algo incómodo en afirmar que la experiencia física era el terreno común del feminismo. No tenía por qué hacerlo. Era una intelectual. Aprendí la diferencia entre sexo y género, y luego ignoré el sexo y escribí historias de género: sobre ideas acerca de la masculinidad y la feminidad, sobre las cambiantes expectativas e ideales de la feminidad, sobre las formas en que el género se había construido históricamente. Esto parecía inteligente, incluso ilustrado.

Pero tras el nacimiento de mi hijo, esa comprensión se hizo añicos. La noche del parto fue «una noche que habría matado a un caballo»: así describió su experiencia Elizabeth Armitage, una mujer soltera que dio a luz en 1682. Sentí una punzada de reconocimiento ante la brutalidad de su frase, en su sencillez y en su negativa a darle sentido al dolor. Antes, había ejercido mi autonomía corporal con naturalidad. Pero en una sola noche, esa autonomía desapareció, y parecía que se había ido para siempre. No había tenido control alguno sobre el proceso del parto. Y durante los muchos meses siguientes, la libertad y la autonomía siguieron eludiéndome. La lactancia, el hambre voraz, el sueño interrumpido: mi cuerpo parecía nacer arrastrado por la marea de las necesidades de otro. Y lo más preocupante de todo era que no podía escribir. Mi sentido del tiempo se había fracturado, y yo era historiadora: el tiempo era mi medio. No tenía nada que decir.

(…)

Soy historiadora de la Europa de la Edad Moderna. La Edad Moderna europea —es decir, entre aproximadamente 1500 y 1800— no es ni moderna ni antigua; ocupa un lugar incómodo entre la extrañeza del pasado medieval y la familiaridad de la Edad Moderna tardía. Fue un período en el que lo arcaico se codeaba con lo sorprendentemente cercano: un período en el que se aceptaban tanto la levitación como la vacuna contra la viruela, la brujería y la teoría de la gravitación universal. La Edad Moderna dramatiza el problema del reconocimiento. En los archivos de la primera modernidad, hay tanto que resuena con mi propia experiencia: la corporalidad, el deseo, la maternidad. Y, sin embargo, hay tanto que resulta irreconocible. Al intentar discernir entre esta evidencia contradictoria, comprendí que anhelaba ambas cosas. Anhelaba esos momentos electrizantes de reconocimiento —en carne y en la imaginación— que han hecho presente el pasado para mí. Pero también anhelaba la profundidad del archivo, sus particularidades, sus fragmentos inexplicables y sus sorpresas; anhelaba el lenguaje extraño y hermoso del pasado, sus ideas ajenas y su resistencia a nuestros propios propósitos.

(…)

Gran parte de lo que consideramos profundo y natural sobre el cuerpo femenino, la belleza, el deseo, el trabajo de las mujeres y la maternidad es, en realidad, histórico y, a menudo, bastante reciente. Se forjó en el siglo XVIII. Existe otro mundo, un mundo desaparecido del pasado preilustrado, donde la imaginería del cuerpo femenino, de la sexualidad, el trabajo y el placer era más variada y, a veces, más libre. En los capítulos que siguen, analizo algunas de las transformaciones del siglo XVIII: cambios en la comprensión médica del cuerpo femenino, de la fisiología y la concepción; el paso de la lactancia materna a la lactancia materna, la creciente maternalización del cuerpo femenino, el confinamiento de las mujeres en el hogar y la vida doméstica; la negación y desaparición del placer erótico femenino. Vivimos bajo la estela de estas transformaciones, pero son superficiales. En los archivos de la Edad Moderna se encuentran otras posibilidades. Estos archivos pueden ser fuente de inspiración para nuestras propias reivindicaciones de libertad; el estudio del pasado más remoto puede mostrarnos que alguna vez imaginamos formas de vida diferentes, y que podríamos volver a hacerlo.

En 1587, una mujer llamada Elisabetta fue llevada ante la Inquisición en Venecia por practicar magia amorosa. Había comprado una vela al diablo, la usó para proyectar la sombra de su cuerpo desnudo en una pared y luego se dirigió a su sombra y le dijo: «Buenas noches, mi sombra, mi hermana», y la envió a su amante. Así comencé a ver a las mujeres en mis archivos incompletos: divididas en dos, persiguiendo sus deseos, reivindicando una libertad que aún resonaba en el presente. Así comencé a ver la Edad Moderna temprana y sus imágenes del cuerpo en toda su variedad: como sombras parcialmente ocultas por las transformaciones del siglo XVIII. Pero también comencé a ver las sombras de mis propios yoes sumergidos. Los deseos de la adolescencia, que resurgieron en los años posteriores al nacimiento de mi hijo. Una necesidad de independencia que, durante mis veinte, transformé en otras necesidades. El anhelo de una vida dedicada a la escritura, que brotara de la carne; que utilizara la experiencia corporal no solo como material, como memorias, sino como método. Copié las palabras de Elisabetta en mi cuaderno. Reflexioné sobre cómo nos dividimos para seguir los caminos de nuestros propios deseos. Perseguí su sombra.

Quería no solo escribir una historia del cuerpo femenino, sino un libro que convirtiera el cuerpo en método. Comencé con la pequeñez de mi propia vida. Existe este fragmento, escrito por una sirvienta doméstica en Cornualles en 1795: «En cuanto a mí, he cuidado de la niña día y noche, así que no tengo tiempo para escribir, pues no me deja quedarme despierta después de que se va a dormir. Querido hermano, espero que disculpe este pergamino, pues lo he escrito con la niña en brazos». Su cuerpo no es ajeno al mío. Está tan presente que puedo sentir el peso vivo e inquieto de la niña en mis brazos, mis músculos doloridos. Estoy acostada en la cama junto a una niña inquieta que «no me deja quedarme despierta», que necesita mi presencia, mi calor, mi piel y mi aroma pegados a él para dormir. Mi cuerpo está inflamado por su frustración, pues «he escrito esto con la niña en brazos». El fragmento es un trozo de espejo. Me veo reflejada en él. Percibo este reconocimiento no en el lenguaje, o no solo en el lenguaje, sino en mi carne, en mis músculos, en la presión de la piel contra la piel. Y sin embargo: Su cuerpo es suyo, y el mío es mío. Mi experiencia —limitada y parcial— también está marcada por la historia. Mis deseos, frustraciones y capacidades, mis propias afinidades inquietas con mi sexo, han sido moldeadas por el pasado que también es el tema de este libro. No existe una experiencia universal o esencial de la feminidad, del cuerpo femenino, desde la cual escribir, una que trascienda todas las particularidades de la historia. El libro es un registro de esta inquietud; de un salvaje vaivén entre el reconocimiento y el extrañamiento, la universalidad y la especificidad, el dolor, la frustración y la alegría del cuerpo como método para adoptar una perspectiva limitada.

Esta es una historia del cuerpo femenino siempre en movimiento, nunca estático, sino, como escribe Denise Riley, «en pleno vuelo»: trabajando, deseando, alimentándose, meciéndose, girando, muriendo. Escribir una historia del cuerpo femenino es, principalmente, escribir una historia del trabajo de las mujeres. Pero también es una historia de cómo mi cuerpo, en toda su particularidad, fue y sigue siendo moldeado por el arrollador paso de esa historia a través de la carne. No hay nada definitivo ni resuelto en esta historia, ni posibilidad de resolución. Pero hay mucha energía. Pasé mucho tiempo negando mi propia inquietud, confundida o avergonzada por deseos que no se calmaban. Al escribir este libro, aprendí que el cuerpo, el género, el deseo: no son problemas que deban resolverse. No querríamos resolverlos. No hay una palabra final, solo movimiento. Al reconstruir este archivo fragmentario de la búsqueda de libertad corporal de las mujeres en el pasado, vi que estas mujeres estaban reivindicando el presente: sobre mí, sobre nosotras. Y esas reivindicaciones están inconclusas. Su libertad aún pende de un hilo, al igual que la nuestra. De esta manera, el pasado no ha terminado y nunca podrá terminar. El pasado es presencia”.

©  Penguin Books Ltd. /  Erin Maglaque

La leyenda Anzac, una narrativa nacional movilizadora

La política y la historia no suelen llevarse bien, tampoco en Australia. Hace una década el profesor Peter Cochrane lo recordaba citando a la gran Inga Clendinnen:

La disciplina de la historia exige una autocrítica rigurosa, una atención paciente e incluso constante, y una tolerancia cultivada a la incertidumbre. También requiere disfrutar de los problemas epistemológicos que conlleva el intento de recuperar la densidad de una realidad pasada a partir de sus vestigios. Estas no son virtudes propias de un guerrero.

El contexto eran las «guerras de la historia» en Australia, centradas habitualmente en el acalorado debate “sobre la naturaleza y el alcance de los conflictos fronterizos, con profundas implicaciones para la legitimidad del asentamiento británico y, por ende, para la legitimidad nacional actual”. Unas guerras que periódicamente alcanzan a la participación australiana en las guerras del siglo XX, y en particular en la guerra de 1914-1918. Por tanto, cada vez que se acerca el Día de Anzac, hay que recordar que esa conmemoración  es una construcción reciente que está experimentando un cambio inevitable.

Esas guerras y la leyenda que las contiene son el objeto de Challenging Anzac. Stories that don’t fit the legend (NewSouth), editado por Mia Martin Hobbs, Carolyn Holbrook y la veterana Joan Beaumont. Veamos:

“Los australianos han ido al extranjero por nosotros. Han ido porque hay mucho por lo que luchar. Y lo que hemos creado como australianos, y cultivado durante generaciones, es algo que jamás debemos dar por sentado.

Así lo declaró el primer ministro Anthony Albanese en su discurso del Día de Anzac en abril de 2023. Podríamos imaginar al redactor de discursos de Albanese —quizás incluso al propio Albanese— bostezando al escribir estas palabras. Tales invocaciones a Anzac son tan comunes como banales y vacías. Si bien la palabra «Anzac» sigue siendo un código para un nacionalismo unificador, los «valores australianos» y el apoyo a la proyección de la fuerza militar en el extranjero, transmite poco de sustancia en materia de guerra o servicio militar. La omnipresencia de «Anzac» nos obliga a explicar cómo entendemos este singular acrónimo, conocido indistintamente como el mito o la leyenda de Anzac, o simplemente por su abreviatura.

Desde sus orígenes, Anzac fue una celebración de los soldados australianos de la Primera Guerra Mundial. El historiador oficial, Charles Bean, y otros precursores de la leyenda Anzac creían que estos voluntarios, aunque civiles, habían demostrado ser combatientes excepcionales. Su valentía solo podía explicarse en función de la sociedad de la que provenían. Según Bean, se trataba de una sociedad inusualmente igualitaria y sin clases, donde el espíritu del campo impregnaba incluso la vida urbana. Los soldados australianos eran ingeniosos, irreverentes con la autoridad, propensos a la autocrítica, con un agudo sentido del humor lacónico, valientes, capaces de soportar las adversidades y, sobre todo, dispuestos a arriesgar sus vidas por sus compañeros.

Esta narrativa del soldado Anzac siempre tuvo un componente mítico. Describía hechos aparentemente históricos para encarnar los ideales, valores e instituciones de la sociedad australiana. Poco a poco, Anzac se transformó en la narrativa fundacional de la nación. El Día de Anzac pronto se consagró como el día en que «nació la conciencia de la identidad nacional australiana». Conmemorado originalmente como un día de luto por los muertos, orgullo comunitario y estímulo para el alistamiento, el Día de Anzac y sus rituales se convirtieron en un elemento clave del repertorio simbólico disponible para el Estado-nación con el fin de vincular a sus ciudadanos en una identidad nacional colectiva.⁴

En el siglo y pico transcurrido desde la creación del Cuerpo de Ejército de Australia y Nueva Zelanda a principios de 1915, el acrónimo «Anzac» ha adquirido múltiples significados. Si bien el Día de Anzac fue objeto de críticas en los años posteriores a 1945 y se esperaba que desapareciera con la muerte de los veteranos de las dos guerras mundiales, sobrevivió y resurgió durante el auge de la memoria nacional a partir de la década de 1980. Gradualmente, el término «Anzac» se transformó en un símbolo genérico de identidad nacional, o simplemente en «lo que significa ser australiano». Policías, bomberos e incluso deportistas famosos —cualquiera que subordinara su voluntad individual al bien común— podían ser llamados Anzac. El monumento a la policía instalado a orillas del lago Burley Griffin en Canberra en 2006 evocó el simbolismo de Anzac, y las muertes de policías inspiraron el lenguaje de la guerra. Eran los «caídos», los «muertos» que hicieron «el sacrificio supremo» en el «cumplimiento del deber».

Anzac también ha servido como mito de la masculinidad australiana —o, más precisamente, de la masculinidad blanca—, ya ​​que los australianos indígenas no figuraban en la narrativa racializada de Bean. (De hecho, las políticas discriminatorias por motivos raciales impidieron que casi todos los aborígenes australianos, salvo unos mil, se alistaran en la Primera Guerra Mundial). Bean consideraba al australiano alto y bronceado «un excelente combatiente», una versión colonial revitalizada de la estirpe anglosajona, que, debido a «la vida al aire libre en el nuevo clima y a la mayor abundancia de alimentos, [había] desarrollado más plenamente la gran complexión que parece normal en los anglosajones que vivían en condiciones generosas». Uno de los historiadores oficiales del equipo de Bean en la Primera Guerra Mundial, F.M. Cutlack describió la palabra «Anzac» como un grito de guerra, despiadado como una lanza arrojada, que transmitía «algo salvajemente masculino, implacable, resuelto, claramente impuesto».  Esta masculinidad implacable evolucionó a lo largo de las décadas a medida que cambiaba el perfil de género de las fuerzas de defensa y el reconocimiento del síndrome de estrés postraumático en la década de 1980 puso de relieve los efectos psicológicos de la guerra. Desde la década de 1980, el soldado Anzac ha sido representado cada vez más como un héroe trágico, venerado por su sufrimiento.  Podría decirse que esta evolución hizo que «Anzac» fuera más inclusivo en cuanto al género, pero el arquetipo del Anzac en la memoria nacional sigue siendo un hombre, y un soldado de infantería, además.

La dualidad de Australia como nación nacida en el fragor de la guerra y la encarnación de la masculinidad tradicional australiana ha hecho que, quizás inevitablemente, Anzac se haya asociado durante mucho tiempo con la política de derechas. A partir de 1916, los elementos conservadores entre los soldados que regresaban del frente llegaron a dominar las organizaciones de veteranos, sobre todo la Liga Imperial de Marineros y Soldados Retornados de Australia (RSSILA, ahora conocida como RSLA). Anzac se le identificó con el anticomunismo, el apoyo incondicional a las fuerzas armadas y, por extensión, el respaldo a las guerras que libraron en nombre de Australia. Esta asociación con la política de derechas disminuyó con el fin de la Guerra Fría, pero como bien sabe cualquier crítico de Anzac, dista mucho de haber desaparecido. Además, desde el resurgimiento del espíritu Anzac, que comenzó en la década de 1980, políticos de todas las tendencias se han apropiado de la leyenda, y la explotación de esta por parte de las élites tanto del Partido Laborista como de la Coalición ha afianzado la asociación entre el servicio militar australiano y el fervor nacionalista.

A pesar de la politización manifiesta de la leyenda, aún existe una importante comunidad de australianos para quienes Anzac tiene una profunda resonancia emocional. Las ceremonias del amanecer del Día de Anzac siempre han tenido un componente semi-sagrado. El énfasis en el “sacrificio” de los Anzac resonaba con la teología cristiana de la redención, según la cual Dios entregó a su hijo inocente para salvar a los pecadores. La ceremonia del amanecer pronto se consolidó dentro de un modelo anglo-celta y cristiano: oraciones, himnos, la recitación de la Oda de Binyon, “No envejecerán”, y la interpretación del Toque de Silencio y la Diana. La oscuridad del amanecer y el sonido evocador de las trompetas creaban una poderosa estética de asombro. Estos rituales del Día de Anzac son fundamentales para la influencia que Anzac ejerce en el imaginario cultural australiano. A lo largo del siglo XX, las multitudes se volvieron cada vez más seculares y la participación activa más restringida, pero aun así, Anzac continuó funcionando como una forma de religión civil, especialmente a medida que se han realizado esfuerzos para hacer que sus rituales sean más inclusivos.

(…)

Esta colección revela historias aún no contadas del servicio militar australiano que desafían la hegemonía de Anzac en la Australia actual. Los desafíos a Anzac adoptan muchas formas. Pueden ser explícitas, en forma de protestas directas contra la guerra, el militarismo, el patriarcado o el capitalismo. Los desafíos a Anzac también pueden ser privados o implícitos. Veteranos individuales pueden actuar, durante o después de la guerra, de maneras que transgreden las narrativas míticas del guerrero Anzac. Ya sea que estos hombres estuvieran enfurecidos por la carnicería de la guerra o traumatizados por su servicio militar, se comportaron de maneras que, para ellos o para otros, perturbaron el nacionalismo y la masculinidad que constituyen el núcleo de la leyenda.

Los desafíos a la leyenda de Anzac también se encuentran en los procesos de formación de la memoria colectiva. Incluso las batallas que han alcanzado un estatus icónico, como ejemplos de la leyenda de Anzac en la memoria nacional de la guerra, contienen contradicciones. Algunos elementos podrían afirmar los valores de la leyenda de Anzac; otros los cuestionan. De manera similar, las acusaciones sobre la conducta australiana en la guerra que contradicen las ideas del valor y la virtud de los Anzacs se han manipulado para que encajen con la narrativa habitual.

(…)

Al explorar estos diversos desafíos para Anzac, este libro cuestiona la visión estereotipada del soldado australiano como inherentemente conservador y destaca las historias de militares cuyas experiencias les impidieron integrarse fácilmente en la leyenda de Anzac. Revela cómo las narrativas discordantes sobre el servicio militar australiano han sido omitidas y adaptadas por grupos de veteranos, instituciones conmemorativas y los medios de comunicación australianos para que encajen en la leyenda de Anzac. También explora cómo la realidad de la guerra siempre ha estado en conflicto con las representaciones míticas y explica cómo, a pesar de estos desafíos, la leyenda de Anzac ha sobrevivido. Los estudios de caso que siguen están organizados aproximadamente de forma cronológica, porque si bien ciertos elementos de la leyenda de Anzac han persistido a lo largo de las décadas, otros han cambiado junto con las cambiantes expectativas sociales y las demandas en constante evolución de las fuerzas de defensa. A su vez, la naturaleza de los desafíos a los que se enfrenta Anzac ha cambiado con el tiempo.

(…)”.

© Mia Martin Hobbs, Carolyn Holbrook & Joan Beaumont  / NewSouth

Ronald Canu: Sociohistoria de las técnicas publicitarias en Francia (1850-1940)

Vamos hoy con uno de los expertos franceses en el ancho mundo de la publicidad. Me refiero al profesor Roland Canu, que leyó su tesis sobre ese asunto hace ya algunos años y que ha continuado con ello en diversos ensayos. La cuestión es que ahora nos presenta su primer libro en solitario, heredero de aquella primera investigación:  L’invention de la publicité moderne. Une histoire des techniques oubliées (1850-1940) (Éditions de la Sorbonne).

El editor nos informa de que el objeto es “revisar los inicios de la historia de la publicidad moderna para poner de relieve el dinamismo que caracteriza a este periodo pionero: ese es el objetivo de esta obra, que explora un gran número de técnicas publicitarias poco conocidas, o incluso olvidadas, tal y como se concibieron e imaginaron a finales del siglo XIX y principios del XX.

A partir de un conjunto original de textos e imágenes —en particular, los dibujos de las patentes de invención registradas entre 1850 y 1940—, Roland Canu desvela decenas de propuestas técnicas. Algunas están a punto de alcanzar un destino notable; otras, mucho más numerosas, improbables y pintorescas, acabarán enterradas en los archivos de la propiedad industrial francesa.

Este libro arroja así una nueva mirada sobre un periodo que, en Francia, se reduce con demasiada frecuencia a unos pocos soportes y a unas pocas figuras de empresarios, que eclipsan una actividad inventiva desbordante que multiplica las situaciones y los procedimientos destinados a captar la atención del público. Hombres-sándwich, carteles volantes y otras proyecciones luminosas: Roland Canu propone aquí una historia social de las técnicas publicitarias que permite identificar un momento decisivo en la modernización de la publicidad y el desarrollo de la sociedad de consumo”.

El tema, por otro lado, es el que ya eligió para su HDR (Habilitation à Diriger des Recherches), el título que permite dirigir tesis y optar a la docencia universitaria, el cual consta de una presentación oral de la trayectoria del aspirante, un proyecto investigador y el correspondiente debate con el tribunal designado. Allí decía:

“Este trabajo se inscribe en la línea de investigaciones recientes en ciencias sociales que suponen una revisión de la historia de la publicidad. Pensamos, por ejemplo, en la obra de Stéphanie Le Gallic, a la de Thibault Le Texier, al número «Cultures publicitaires» publicado por la revista Sociétés & Représentations, o incluso a la temática del número 51 de la revista Études de communication.

La razón principal que expondremos en este punto para justificar una nueva investigación, en el marco de una historia ya ampliamente conocida (Chessel, 1998; Martin, 1992; 2012; Tsikounas, 2010), radica en la oportunidad empírica de explotar datos inéditos en la historiografía dedicada a la publicidad: las patentes de invención concedidas en Francia entre 1850 y 1950. Estas patentes, que suman miles en el periodo que nos ocupa, conforman un corpus textual e iconográfico de gran riqueza. Esta colección de datos nos revela, sin distinción, propuestas técnicas que estaban a punto de tener un destino notable y otras propuestas —la inmensa mayoría— destinadas a quedar enterradas entre los archivos desconocidos de la propiedad industrial francesa.

Por ejemplo, esta patente, expedida en 1861, para un «Portacerillas publicitario, que también puede usarse como soporte para puros, palillos de dientes, etc.». El inventor de este invento, Charles Pourille, registrado en los archivos del Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI) de Francia como mecánico afincado en París, contribuyó, sin reconocerlo explícitamente, a una tendencia publicitaria que presentaremos como propia de la segunda mitad del siglo XIX.

Esta patente resulta interesante por varias razones. La primera, y más inmediata, es iconográfica. El dibujo incluido en la patente nos proporciona una representación muy detallada de la técnica publicitaria prevista. No se requiere mucha imaginación para visualizar el objeto, para plasmarlo de forma muy concreta. El dibujo está ahí, nítido y preciso, y respalda el argumento escrito por el inventor o por su representante, quien pudo haberse especializado en la elaboración de estos documentos. Muchas patentes proponen este tipo de apoyos estéticos y cognitivos; haremos un amplio uso de ellos en este trabajo, donde se presentarán más de 50 dibujos. Además, dado que el inventor de esta técnica, como casi todos los demás, recurre al ejercicio retórico propio de la redacción de una patente, justifica su invención: «Los portacerillas, los portapuros y los palilleros, al ser de uso generalizado en todos los lugares públicos, como cafés, restaurantes, heladerías, etc., me inspiraron la idea de combinar un dispositivo pequeño, sencillo y elegante, diseñado para albergar cierta cantidad de anuncios alrededor de su perímetro». Así, si esta propuesta técnica resulta útil y puede representar un avance publicitario, es, según explica, porque los portapuros y los palilleros formaban parte de la materialidad cotidiana de mediados del siglo XIX, «decorando» el ambiente de muchas situaciones, especialmente en cafés y tiendas. Desde entonces, estos objetos tuvieron la oportunidad de estar en contacto regular con el público, de ser vistos por transeúntes o usuarios en zonas de mucho tránsito.

Esta es, sin duda, una de las principales lecciones que podemos extraer de esta patente. Para extraer esta lección, ni siquiera necesitamos preguntarnos si este invento circuló, si posteriormente se difundió y adaptó mediante un proceso de “difusión” y “socialización” que lo consolidó gradualmente entre las técnicas publicitarias innovadoras de la época. ¿Quizás nunca existió salvo en la forma externa de este documento presentado el 16 de mayo de 1861 en la Prefectura del departamento del Sena por un mecánico llamado Charles Pourille? La respuesta a esta pregunta podría ser afirmativa, y poco importaría. Lo que más importa en el contexto de esta investigación es que un “inventor” concibió tal técnica publicitaria, que pensó en utilizar cajas de cerillas o boquillas de puros como soportes, en ese momento histórico concreto. Intentaremos demostrar que esta idea, este invento técnico, revela una lógica compartida por muchos inventores de la época: al concebir el futuro inmediato de la publicidad como una extensión del espacio publicitario, estos inventores asociaron la idea de progreso con la capacidad de las tecnologías emergentes para explotar todos los espacios que el mundo moderno aún deja vacíos para albergar mensajes. Cubrir toda la materialidad disponible en una sociedad en profunda transformación, abarcar la modernidad misma: esto, tal como lo concibieron los inventores de este período, bien podría haber sido la representación del poder publicitario.

Así, las patentes definen y distribuyen poderes. Detrás de estas propuestas técnicas de los siglos XIX y principios del XX, aún no existen “leyes” ni “teorías”, ni “principios”, solo conocimiento empírico y localizado, una cierta idea de lo que el poder publicitario debería o debería ser. Sin embargo, “[…] la ausencia de teoría no implica necesariamente la ausencia de razonamiento, y parece que ninguna técnica puede existir sin razonamiento”. Este razonamiento, este pensamiento inherente a las técnicas publicitarias, es algo que las patentes nos permiten comprender fragmentariamente.

De este modo, esta sociohistoria de las técnicas publicitarias, tal como se perfila a través de las patentes, nos permitirá distinguir una modernización —entendida como la racionalización y el supuesto progreso de la acción publicitaria en el ejercicio de la gobernanza pública—, una modernización que puede observarse incluso antes de la profesionalización del sector durante el período de entreguerras. En otras palabras, este desvío a través de las patentes fomentará la reconstrucción minuciosa de un movimiento de pensamiento técnico que, entre 1850 y 1950, constituye uno de los pocos puntos de partida desde los que podemos comprender qué eran entonces los anuncios publicitarios, cómo evolucionaron y cómo se suponía que debían influir en el público”.

En fin, no estará de más indicar que, coincidiendo con una exposición en el Musée d’Orsay sobre «El arte está en la calle» (del 18 de marzo al 6 de julio de 2025), se programó entre enero y mayo pasados un ciclo de conferencias titulado «La aventura de la Belle Époque». Una de esas charlas se dedicó a “El nacimiento de la publicidad. La ciudad, un universo de signos”, a cargo de la historiadora del arte Anne-Sophie Aguilar, profesora de la Universidad de París Nanterre y coautora de una conocida historia de los letreros publicitarios: L’Enseigne. Une histoire visuelle et matérielle (XIXe-XXe siècles) (Citadelles & Mazenod, 2020).

© Roland Canu / Éditions de la Sorbonne

Sazonar el mundo: historia global de las costumbres alimentarias

Reunimos hoy al historiador Andrew Donnelly, reputado experto en cultura material y tradiciones alimentarias, a su colega Beth M. Forrest, especialista asimismo en cultura, historia e identidad alimentarias, y a Deirdre Murphy, estudiosa de la la intersección entre raza, clase social y alimentación, siendo estas dos últimas profesoras del Culinary Institute of America (CIA). Y lo hacemos para presentar el libro que coordinan:  From Garum to Mole. Sauces and Identity in the Western World (Oxford UP).  Una forma de complementar lo que hace una década nos dijera su colega Maryann Tebben en Sauces. A Global History (UCP).

Veámoslo (y fijémonos el el capítulo 11):

(…)

La salsa ha sido una parte fundamental de varias obras importantes sobre la comida y la identidad, aunque no siempre fue el alimento principal examinado. Una de las publicaciones más destacadas que recurre a la salsa es el artículo de Elizabeth y Paul Rozin, “Culinary Themes and Variations” (1981), que identificó principios de sabor, o “las combinaciones distintivas de condimentos que caracterizan muchas cocinas”. La práctica de sazonar los alimentos con una combinación recurrente y predecible de sabores (que incluye aceite de oliva, limón y orégano en Grecia y salsas a base de chile en México) elimina el miedo a lo desconocido y proporciona placer a través de lo familiar, que también está “asociado con la saciedad y el contexto social apropiado”, lo cual, a su vez, se repite a lo largo de generaciones. También señalan que la comprensión contemporánea del término “curry” estaba intrínsecamente ligada a la comprensión de los alimentos con salsa.

En esa misma década, la experiencia del antropólogo Paul Stoller y la socióloga Cheryl Olkes durante su trabajo de campo entre el pueblo Songhay en la región de Tillabéri, en Níger, reveló que la salsa —incluida una experiencia memorable con el fukko boy, elaborada con una planta local— comunica riqueza, estatus, estética y emociones. El sociólogo Stephen Mennell profundizó en el estudio de la relación entre la salsa y la identidad en su obra  All Manners of Food: Eating and Taste in England and France from the Middle Ages to the Present. Mennell observó que las cocinas aristocráticas inglesa y francesa, bastante similares durante la Edad Media, evolucionaron en direcciones distintas entre los siglos XVI y XVIII. Estas divergencias, derivadas de las diferentes instituciones religiosas y políticas de ambos países, influyeron en las costumbres alimentarias a nivel mundial y realzaron la importancia de la comida —incluido el uso liberal de salsas en Francia y su rechazo absoluto en Inglaterra— en la definición de la aristocracia y las clases sociales en general. Nuestro libro busca continuar este diálogo ofreciendo quince estudios de caso que se centran en la salsa y la identidad en su conjunto.

Para empezar, ¿qué entendemos por “salsa”? Nuestro enfoque es ecuménico. Aquí, ingredientes menos tradicionales —como el kétchup y el aceite de oliva— conviven con básicos como las salsas de tomate y el ragú. Definir el término “salsa” es más complejo de lo que parece a primera vista. Como señala Gary Allen en su libro de 2019, Sauces Reconsidered, «Todos sabemos la respuesta, ¿verdad? Es esa sustancia fluida que vertemos sobre la comida para mejorar su sabor». Pero, como coincide Allen, esta no es una respuesta suficiente. La definición que una persona tiene de esa sustancia fluida puede diferir de la de otra. Y esta, a su vez, puede diferir de la definición de alguien que vive en otro continente o que vivió hace un milenio. Las definiciones culturales de salsa importan tanto como sus propiedades físicas. En esto nos proponemos avanzar como autor del último capítulo de este libro. Jonathan Deutch nos anima a alejarnos de la comprensión clásica francesa de las salsas, que a menudo se asocia con Georges Auguste Escoffier, cuya cocina y escritura a principios del siglo XX revolucionaron los restaurantes y la cultura gastronómica.

(…)

Este volumen se divide en cuatro partes, cada una de las cuales se centra en un aspecto de la salsa y su identidad. La primera parte es la más amplia, con capítulos que analizan la historia de la salsa a lo largo de extensos periodos y presentan argumentos relacionados con la periodización y la evolución de la comprensión de las normas de las salsas. Las salsas francesas ocupan un lugar destacado. Si bien esta prominencia se cuestiona en capítulos posteriores, deben formar parte de cualquier debate sobre el desarrollo de las salsas en Europa y más allá. En el capítulo 1, Melitta Weiss Adamson proporciona la base histórica con una visión general de las salsas europeas y sus ingredientes. (…)

Paul Freedman profundiza en este tema en el Capítulo 2, al analizar la revolución del “gusto” en el canon francés de las salsas. (…)

La segunda parte de este libro analiza la relación entre las salsas y la identidad, con capítulos que muestran cómo las salsas han desempeñado un papel en la definición o el reflejo de aspectos de la identidad de las culturas que las utilizaban. En el capítulo 3, Joey Williams aborda la producción y el uso del garum romano, o salsa de pescado. (…)

El capítulo 4, de Emmanuelle Raga, fue fundamental para establecer nuestra definición de salsa. También examina el estatus y la salsa, específicamente la conexión entre las salsas, el placer y la abnegación a finales del Imperio Romano, bajo la creciente influencia del cristianismo. (…)

En el capítulo 5, Fabio Parasecoli se centra en las salsas y la construcción nacional a través de la figura del empresario y escritor Pellegrino Artusi, quien desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la incipiente cocina italiana a finales del siglo XIX. (…)

El deseo de utilizar las salsas para crear comunidad se examina a nivel local en el capítulo 6, a cargo de Deirdre Murphy, quien analiza la conexión entre el jarabe de arce y el movimiento de retorno a la tierra en Estados Unidos durante la década de 1970. (…)

Lyra Spang inicia el Capítulo 7, “Bixa orellana in Belize: Flavoring Postcolonial Cuisine”, conectando la construcción de la nación con la creación de una salsa nacional única. (…)

En el capítulo 8, el último de esta sección, Joshua Abrams examina los complejos factores que propiciaron el auge y la creciente popularidad de la sriracha. Abrams analiza no solo el sabor de esta salsa, sino también otros elementos de su atractivo estético, como su distintiva botella y su creativo empaque. (…)

La tercera parte se centra en cómo ciertas culturas han utilizado las tradiciones culinarias, específicamente las salsas, para definir y representar las características de un “otro”. En el capítulo 9, India Mandelkern investiga la aparición del ragú en la Inglaterra del siglo XVII. (…)

En el capítulo 10, Maureen Costura utiliza la salsa para examinar otro ejemplo de la comida como fuerza corruptora, esta vez en las complejas estructuras raciales presentes en la isla de Saint-Domingue (actual Haití) a finales del siglo XVIII. (…)

En el capítulo 11, sobre la España del siglo XIX, Beth Forrest también examina la relación entre la salsa y la decadencia cultural, específicamente investigando el lenguaje utilizado por viajeros ingleses y estadounidenses para describir el aceite de oliva y los platos a base de aceite de oliva. Si bien las aceitunas españolas eran apreciadas en este período, casi todas las conversaciones de extranjeros sobre el aceite de oliva español se centraban en su sabor desagradable y rancidez. Las acusaciones de rancidez, señala Forrest, formaban parte de una crítica más amplia a una potencia europea que recientemente había perdido su imperio. En este contexto, la percepción de rancidez se interpretó como una metáfora de la decadencia de la moral y la ética laboral españolas, prueba no solo del declive del imperio, sino también de sus causas.

El capítulo 12, el último de la tercera parte, escrito por Amy Bentley, investiga las controversias políticas en torno al kétchup en los Estados Unidos modernos. (…)

La cuarta parte incluye capítulos que ofrecen nuevos parámetros para la investigación, la enseñanza y la elaboración de salsas. Meredith Abarca, en el capítulo 13, se basa en las memorias culinarias de 1999 del escritor barbadense Austin Clarke, Pig Tails’n’ Breadfruit, para examinar el lado profundamente físico y sensorial de la elaboración de salsas. (…)

En el capítulo 14, Jeffrey Pilcher también analiza el linaje histórico, empleando métodos digitales de análisis de redes para delinear el perfil de sabor del mole. (…)

En el capítulo 15, Jonathan Deutsch concluye este libro con una evaluación de cómo se enseñan las salsas en las escuelas culinarias de Estados Unidos. (…)

Cada capítulo contiene una o varias historias sobre las diversas maneras en que las salsas pueden usarse para comprender a las personas que las elaboraron y consumieron. Las salsas contienen y combinan sabores complejos y son un sello distintivo de la identidad de quienes preparan y disfrutan de las comidas. Proporcionan placer al consumidor. Como demuestran todos los colaboradores, la salsa y su elaboración están intrínsecamente ligadas, de forma sensorial y a menudo placentera, a la identidad y la cultura. En consecuencia, las salsas definen la comida y, a la vez, encierran historias. Conscientes de ello, hemos incluido recetas de muchas de las salsas que se analizan en este volumen al final de cada capítulo. Si algo hemos aprendido, es que aderezar las comidas con salsa puede ser una forma profunda de conectar con los demás. Estas recetas, pues, son una invitación a reflexionar sobre las ideas aquí presentadas y, esperamos, también a disfrutar de una buena comida”.

© Oxford University Press  

La importancia simbólica de la comida. Familia, nación e identidad en las nobles mesas británicas (1760-1820)

A todos aquellos que en algun momento se hayan interesado por las humanidades digitales les sonará el nombre de Adam Crymble, que pasó por aquí por última vez en 2021. De hecho, Crymble es codirector del Centro de Humanidades Digitales de la londinense UCL. Pero sus intereses van más allá de lo estrictamente digital, así que se ha embarcado en un estudio cultural colaborativo a gran escala que analiza las influencias extranjeras en la gastronomía británica de los siglos XVIII y XIX, mostrando una vez más cómo la tecnología plantea nuevos problemas y oportunidades.

El resultado es una investigación junto con Sarah Fox, Rachel Rich y Lisa Smith  que se titula The King’s Dinner. Family, Nation, and Identity on the British table, 1760–1820 (UCL Press), que está además en acceso abierto. Yo diría, por otro lado, que hay que complementarlo con el que pronto aparecerá al otro lado del Canal a cargo de Stéphane Castelluccio estudiando Le repas aristocratique au XVIII siècle (CNRS Éditions). Y también, por supuesto, con -el ricamente ilustrado- The Country House Dining Room: A History of Georgian Feasting (Yale UP), de la historiadora Amy Boyington.

Para esta última investigadora, “el comedor de la casa de campo era un elaborado escenario donde la élite georgiana agasajaba a sus invitados y, sobre todo, ostentaba su riqueza, poder y estatus social. Cada detalle se orquestaba meticulosamente, generalmente por la dueña de la casa, desde la decoración y la vajilla hasta la comida y la bebida”. De ahí, su recorrido por los aspectos gastronómicos, artísticos, arquitectónicos y sociológicos de los “banquetes georgianos”.

Y ya que estamos en en ello, sugiero una ojeada a las novedades del binomio historia y alimentación, por ejemplo con las colecciones de Routledge o de la University of California, ambas sustanciosas. Pero si prefieren algo más ligero y nada académico, siempre es posible escudriñar el recorrido que acaba de ofrecer el escritor Luke Barr (Dutton) por las innovaciones, los excesos y el chovinismo de los chefs franceses que dieron origen a una revolución en la cocina, con figuras como Paul Bocuse, Michel Guérard y los hermanos Troisgros, sin olvidar a cocineras como Simone Lemaire, Christiane Massia y Olympe Nahmias.

Dicho lo cual, volvamos al inicio de The King’s Dinner:

“Jorge III ascendió al trono en 1760. Su reinado marcó un periodo de intensos cambios, desde el siglo XVIII, considerado en muchos sentidos parte de lo que los historiadores denominan la Edad Moderna, hasta el siglo XIX y el surgimiento de la modernidad en toda su plenitud en Europa occidental. La gastronomía británica formó parte de este cambio, y este libro examina en detalle los sabores que el rey, su familia, sus allegados y el resto de la población británica podían esperar. Asimismo, analiza el significado de estos sabores para la evolución de la identidad británica en aquella época. Entre 1760 y 1820, los sabores característicos de la gastronomía británica eran carnosos, cremosos y con un toque ácido intenso. Nuevas variedades de verduras cultivadas a partir de semillas importadas ampliaban la oferta gastronómica para quienes podían permitírselas, incluso mientras el movimiento de cercamiento de tierras limitaba el acceso a los alimentos para muchos. La comida se volvía más dulce, ya que el azúcar cosechado por personas esclavizadas en el Caribe abarataba su precio y se convertía en un alimento básico. Los superricos, que habían optado por la cocina francesa desde el siglo XVI, se inclinaron aún más en esta dirección cuando los franceses inventaron el concepto de «gastronomía», codificando la alta cocina para paladares selectos. Mientras tanto, nuevas especias y condimentos ricos en umami llegaron de Asia a través de los comerciantes de la Compañía Británica de las Indias Orientales (EIC) y rápidamente encontraron un lugar en las mesas británicas, donde los sabores encurtidos y las salsas a base de anchoas ya gozaban de gran demanda. El rey, de origen alemán, y su esposa, nacida en Alemania, también consumían alimentos que reflejaban sus vínculos con el corazón germanoparlante de Europa. Su hijo, famoso por su enorme apetito, comía mucha más comida francesa que sus padres, en consonancia con la moda de la época. Pero su gusto por la novedad no se extendía mucho más allá de las fronteras de Europa y, si bien muchos de sus compatriotas británicos estaban interesados ​​en los sabores de la India, el Príncipe Regente consumía objetos decorativos orientalistas, pero no alimentos. Este libro se basa en datos abiertos publicados, que recopilamos de los registros de la casa real y que hemos puesto a disposición de otros investigadores. Utilizando este material junto con diversas fuentes primarias, analizamos la diversidad de la dieta británica, desde la del rey hasta la de las clases medias, los obreros y los campesinos, y desde la élite metropolitana hasta la de aquellos que forjaron sus carreras mediante empresas en el extranjero. Partiendo del análisis de Linda Colley sobre la identidad británica en el siglo XVIII, sostenemos que la comida y las costumbres alimentarias revelan la naturaleza compleja, socialmente estratificada y multicultural de lo que significaba ser británico en los inicios del nacionalismo.

Para Jorge III, la comida era un símbolo de sus principios y de la versión de autoridad moral que deseaba instaurar. Su banquete de coronación en 1761 fue un momento crucial para que el nuevo rey mostrara a la nación qué tipo de monarca aspiraba a ser. La elección de la comida, la decoración y el entretenimiento evocaba cualidades de la realeza medieval y enfatizaba la estabilidad y la continuidad de la monarquía británica. Durante el banquete, el Salón de Westminster se iluminó con casi tres mil velas de cera, dispuestas en espléndidas guirnaldas, y el campeón del rey entró a caballo en el comedor entre el primer y el segundo plato. La comida servida evocaba los banquetes aristocráticos medievales: al menos 60 muslos de venado, una sorprendente cantidad de aves de caza y 120 platos solo en la mesa del rey. La presencia de la caza y su asociación con la aristocracia se relacionaba con las leyes de caza, pesca y caza furtiva, que reservaban ciertos alimentos para la élite terrateniente, incluyendo al rey y sus hijos. Los postres, descritos como admirables y costosos, también reflejaban el poderío colonial británico de la época. La ingeniosa decoración de azúcar del pastelero exhibía la riqueza derivada del azúcar cultivado en las colonias caribeñas, evitando al mismo tiempo la incómoda vinculación con la esclavitud atlántica.

El esplendor de la comida resulta útil para reflexionar sobre la importancia de la gastronomía en el reinado de Jorge III. La pompa y la ceremonia del banquete de coronación contrastan marcadamente con las preferencias culinarias de Jorge en su vida privada, que se inclinaban más hacia el cordero, las verduras y las sencillas tartas de frutas. Sin embargo, sus elecciones alimentarias en casa y la ostentosa proyección de poder en el banquete de coronación formaban parte de una serie de decisiones conscientes de un rey que comprendía la importancia simbólica de la comida. Comer de forma más modesta que su predecesor aumentó la popularidad de Jorge entre la clase media, cada vez más activa políticamente, mientras que las ocasionales muestras de un esplendor monárquico más tradicional señalaban la estabilidad de una monarquía ininterrumpida. Como veremos, en la coronación de Jorge IV, complacer a la clase media no era una prioridad, y se gastó tanto dinero en el banquete que su sucesor, Guillermo IV, decidió que debían suprimirse los banquetes de coronación. Comparar a los reyes Jorge III y IV nos permite comprender que la dieta podía caracterizar la identidad británica de muchas maneras, y que tanto la moderación como el consumo ostentoso eran igualmente británicos.

Para comprender la importancia de las cenas del rey como parte del surgimiento de la identidad británica en esta época, analizamos a diversas personas, desde Jorge III hasta los campesinos, y destacamos una red de relaciones que incluía tierras cercadas y conquistadas; personas que cultivaban, importaban o preparaban alimentos; y el personal de servicio y la familia real. Los exquisitos platos presentados en la mesa real no pueden separarse de los complejos procesos por los que los alimentos, las ideas culinarias y la identidad británica llegaban hasta allí. Una forma útil de comprender estas relaciones es mediante el concepto de «entrelazamiento», una idea que considera a los animales, los alimentos, la tierra y las ideas, así como a los seres humanos, como parte de redes. El entrelazamiento pone de manifiesto las complejas interrelaciones que implica llevar los alimentos al plato. En lo que respecta al abastecimiento de la mesa real y de Gran Bretaña en general, la interconexión puede observarse de otra manera: una trampa a través de caminos que se vuelven predeterminados, especialmente mediante relaciones asimétricas. La extensa movilización de recursos materiales disponibles a finales del siglo XVIII (como las plantaciones de azúcar jamaicanas, las importaciones de la Compañía Británica de las Indias Orientales y los productos agrícolas ingleses) conectó un sistema cada vez más complejo de propiedad de la tierra, mano de obra y transporte de mercancías, ninguno de los cuales era fácilmente modificable y todos ellos reforzaban el poder en el centro del Estado británico.

Este libro, fundamental para comprender la identidad nacional británica temprana, se centra en la comida y los gustos como una forma de conocer quiénes eran las personas al comprender mejor lo que ingerían. Se basa sustancialmente en los trabajos de enfoque político de Linda Colley, Benedict Anderson y otros, al explorar no solo lo que la gente escribía y decía, sino también lo que comía o dejaba de comer. Al explorar en profundidad dos casas reales, sostenemos que la identidad británica en la primera era del nacionalismo era cosmopolita, compleja, diversa, arraigada en una comprensión europea más amplia de Gran Bretaña, y sin embargo, aún cautelosa con respecto al resto del mundo. La experiencia de la identidad británica en la mesa estaba altamente estratificada socialmente, marcada por el género y basada en nociones racializadas de lo que era y no era bueno para los cuerpos británicos. También dejaba espacio para los gustos, preferencias y estilos personales, con el más modesto rey Jorge III como un contraste obvio con su extravagante hijo, el príncipe regente. Esto significaba que quienes tenían el poder adquisitivo podían adoptar o rechazar una creciente variedad de cocinas y sabores según sus preferencias. La comida en la mesa del Príncipe Regente se inclinaba hacia lo que cabría esperar en París, mientras que la de su padre estaba más arraigada en los gustos de la clase media británica. En ambas mesas se apreciaban distintos grados de sabores extranjeros de todo el mundo, como correspondía al estatus social de estos jefes de familia y a los elevados presupuestos de sus cocinas. La cultura gastronómica británica estaba evolucionando, con nuevas influencias internacionales que se entrelazaban con la base regional de la carne de res, la cerveza y los pasteles. Justo cuando la idea del nacionalismo británico se consolidaba, la cultura gastronómica británica experimentaba de forma activa y progresiva de maneras fascinantes.

Hemos podido identificar diferencias generacionales clave en las preferencias alimentarias a lo largo de siete décadas de dos reinados, mientras Gran Bretaña se consolidaba como potencia mundial. Mediante análisis cuantitativos y visualización de datos en un amplio conjunto de datos abiertos de registros de comidas reales publicados por los autores, junto con investigación de archivos y un análisis minucioso, mostramos qué sabores predominaban en las mesas de dos hogares de gran relevancia nacional. Nuestros perfiles de sabor se basan en recetas y en un conocimiento detallado de los ingredientes que compra cada hogar. Durante este periodo, surgió una cocina nacional británica reconocible, pero abarcaba mucho más que el rosbif y las jarras de cerveza que suelen utilizarse para imaginar el gusto y el carácter británicos. Nuestro enfoque amplía la comprensión actual de cómo las influencias europeas y de ultramar se combinaron con las arraigadas preferencias locales.

(…)

Para ofrecer una visión lo más clara posible de esta historia, nuestro libro se estructura en tres partes, que rastrean la llegada de los alimentos a Kew y Carlton House y, posteriormente, amplían el análisis para comprender su origen y los factores que determinaban su aceptación en la corte palaciega. La Parte I se centra en el aprovisionamiento en Gran Bretaña. El Capítulo 1 trata sobre los alimentos adquiridos por las dos casas reales estudiadas. (…)  En el Capítulo 2, analizamos qué sucedía con los alimentos una vez recibidos y durante su transformación en platos.  (…)

Las Partes II y III tratan sobre presencias y ausencias, respectivamente. Estos cuatro capítulos analizan el lugar de Gran Bretaña en el mundo a través de un profundo conocimiento de la comida en la mesa. Consideramos que el mundo se divide entre los lugares a los que los británicos viajaban en busca de alta cultura, como los países que formaban parte del Grand Tour, y las regiones a las que iban por comercio y colonización. Sostenemos que los alimentos encontrados en el Grand Tour se consideraban objetos deseables de emulación, mientras que los de las colonias eran materias primas para ser saqueadas, apropiadas o rechazadas. Junto con nuestro enfoque en las dos casas reales, exploramos fuentes que revelan lo que comía el resto del país, lo que nos permite sacar conclusiones sobre dónde se superponían o divergían los gustos reales y comunes. (…)

(…)

Dado el enfoque en la casa real, no sorprenderá a nuestros lectores que este libro trate, en última instancia, sobre la comida y el poder. Jorge III era, después de todo, el hombre al frente de un imperio en expansión y una nación cada vez más poderosa. Sus elecciones alimentarias eran importantes, ya que cada comida reforzaba las jerarquías sociales, demostraba ideas de pertenencia e identidad y brindaba oportunidades para forjar su imagen como monarca poderoso. Al mismo tiempo, era también el cabeza de familia, aficionado a comer espinacas, cordero, huevos y tartas de frutas, en consonancia con sus súbditos mercantiles y comerciales, cada vez más influyentes y adinerados. Esta tensión entre el cuerpo simbólico del rey y la necesidad de sustentar su cuerpo físico recorre este libro, complejizando y ampliando nuestra comprensión de los acalorados debates contemporáneos en torno al derroche de la élite y las pretensiones de aptitud para gobernar de la clase media, que caracterizaron el discurso político de finales del siglo XVIII.34 Puede que el rey y su familia no pensaran en el poder al cenar, pero sus comidas —desde los alimentos disponibles hasta las decisiones sobre qué era buena o mala comida— no pueden desvincularse de su estatus social ni del lugar de Gran Bretaña en el mundo. La comida que se consumía a diario en la casa real, en última instancia, reflejaba y reforzaba el lugar de la familia dentro de un imperio global”.

© Authors / CC BY-NC 4.0

Sophie Gee: Subjetividad metabólica. Comer y escribir en el siglo XVIII

Como dice su editor, quizá uno de los elementos más novedosos del libro de hoy, obra de la historiadora de la literatura Sophie Gee, sea el término «subjetividad metabólica», que ella emplea “para describir la idea de una identidad energética y encarnada que se construye a través de la comida y la bebida, y que conecta a los seres humanos con otras especies vivas. Este concepto, si bien proviene de los rituales alimentarios coloniales, ofrece nuevas formas de comprender la introspección personal en los textos escritos”.

Y eso nos sirve una vez más para saltar los límites cronológicos del blog y retroceder a la Edad Moderna.  Dicho lo cual, recordemos que a la profesora Gee ya la conocíamos por su curiosa El escándalo de la temporada (Martínez Roca), novela con escasa fortuna editorial a pesar de su contenido, pues con tintes de comedia costumbrista relataba la verídica historia de la seducción de la hermosa Arabella Fermor, inmortalizada por Alexander Pope, a manos del encantador y enigmático Robert Petre, noble británico famoso por rehusar el uso de la peluca.  Pero vayamos con la novedad, donde también se incluye ficción: The Barbarous Feast: Eating and Writing in the Eighteenth-Century World (Princeton UP).

Veamos lo que nos propone:

“Este libro trata sobre qué hacen las novelas y cómo lo hacen.

No soy la primera en contar esta historia. Pero ofrezco una nueva versión, narrada de forma experimental y lúdica, que transita entre el análisis académico y la no ficción creativa. Las novelas en inglés surgieron a principios del siglo XVIII como una tecnología literaria capaz de representar la vida interior de las personas y compartirla con los demás. Al hacerlo, las novelas transformaron la naturaleza misma de la introspección para los lectores, a menudo solitarios. Cambiaron la manera en que las personas comprendían su propia experiencia interna y cómo se entendían a sí mismas en comunidad con los demás.

Pero las novelas fueron solo una de las muchas formas en que los seres humanos de todo el mundo del siglo XVIII conceptualizaron y representaron la interioridad. En todo el planeta, comunidades y culturas utilizaron rituales y ceremonias para celebrar, comprender y transformar su ser interior. Los rituales alimentarios fueron los más practicados durante milenios. Mediante acciones cotidianas, ordinarias y necesarias como comer y beber, los seres humanos conectaban con su interioridad y compartían su vida interior con otros, incluyendo seres no humanos o más que humanos. En este libro, relaciono relatos sobre las formas en que las personas comían y bebían con el surgimiento de la novela realista como la forma imaginativa dominante en Gran Bretaña y su imperio. Demuestro que escribir y comer están profundamente entrelazados, a pesar de ser actividades muy distintas. Sostengo que, una vez que comprendemos la novela como una forma estrechamente vinculada a los sistemas metabólicos para acceder a la interioridad y compartirla, necesitamos leer las novelas y la historia de su creación de manera diferente, ya que absorben e incluyen sistemas mucho más amplios para la creación y gestión de la interioridad que los que transmiten las palabras en una página.

Las historias que narro en este libro son complejas; por supuesto, solo puedo abarcar una parte del panorama general que describo. He intentado presentar mis argumentos con la mayor sutileza posible, prestando atención a las intrincadas relaciones entre la lectura, un proceso principalmente cognitivo e imaginativo, y la alimentación, un proceso corporal, sensorial y directamente conectado al metabolismo. Es importante recordar que la escritura y la lectura son, en sí mismas, de naturaleza metabólica, parte de cómo los seres humanos gastamos energía. Y el metabolismo, un proceso de cambio y transformación que convierte la materia en energía, invita a la atención y la interpretación creativas. La lectura y la alimentación son dos mundos íntimamente ligados: similares y diferentes, que se entrelazaron en relaciones complejas en el siglo XVIII, con la creación de la novela y la expansión del Imperio Británico. Las personas que llegaban a nuevos lugares, a menudo tras migraciones forzadas, establecían conexiones consigo mismas y con sus comunidades a través de la alimentación y la escritura, respondiendo a las texturas y las imágenes de los alimentos, las plantas, los animales y los paisajes mediante el gusto literal, los rituales en torno a la ingestión y las descripciones imaginativas. Mientras que las personas desplazadas y desarraigadas a la fuerza reconstruían su identidad en comunidades locales, entre familiares y amigos, compartiendo comidas y escribiendo, quienes controlaban el Imperio Británico también vigilaban y medían con creciente alarma estas actividades. La rentabilidad del Imperio dependía de garantizar que alimentar a las personas, las plantas y los animales cuyo trabajo y gasto energético producía bienes comerciales resultara más económico que fabricarlos y transportarlos. Esta obsesión por la alimentación como medio para trabajar —lo que podríamos denominar metabolismo básico, comer sin verdadero sustento— queda registrada en cientos de documentos oficiales del imperio y en testimonios de testigos presenciales.

La vida metabólica de las personas y otros seres está directamente interconectada con el auge de la novela. La escritura se crea metabólicamente, por autores, editores, impresores y lectores, y también implica los sistemas de vida en los que viven quienes crean y leen los textos. Los paisajes que dieron origen a las primeras novelas, y que a su vez fueron moldeados por ellas, perduran hoy como archivos vivientes del lugar, conservando las huellas persistentes de mundos de los que surgieron escritos imaginativos. Los detalles de las vidas metabólicas cotidianas, a pequeña escala e invisibles, suelen omitirse en los registros formales, pero la escritura del siglo XVIII está intrínsecamente ligada a vastos sistemas en los que los seres humanos y otros seres expresaban su identidad a través del metabolismo. Al considerar los textos como huellas que estuvieron y siguen estando entrelazadas con los sistemas vivos en los que se crearon, al prestar atención a los paisajes que fueron transformados en parte por las novelas y otros registros escritos, vislumbramos identidades y formas de interioridad que convierten los textos en testimonios complejos de vidas que trascienden las de sus personajes imaginarios, sus autores o sus lectores.

(…)

He alternado capítulos de escritura académica convencional con secciones de no ficción creativa para poder contar historias conectadas y paralelas. Los ensayos de no ficción cumplen varios propósitos. Primero, reflejan parte del desorden y la confusión inherentes al proceso (al menos para mí) de elaborar argumentos académicos. Investigo la agitación de las intuiciones personales, el conocimiento encarnado y las percepciones sensoriales que subyacen a las afirmaciones académicas y que no se asemejan a la investigación formal. Tomé en serio la idea de que la turbulencia mental y sensorial enriquece la erudición en lugar de disminuir su credibilidad, ya que la experiencia desordenada y tumultuosa es la condición en la que se producen la escritura, la alimentación y la construcción de la nación. Segundo, al escribir un libro sobre la introspección y las múltiples formas que adopta en el mundo colonial del siglo XVIII, quise expresar algo sobre las experiencias que informaban mis juicios críticos a nivel sensorial y emocional. Para explicar cómo se representaba la introspección en la ficción, la religión y los rituales alimentarios coloniales, quise capturar la experiencia de estar en un lugar que había sido transformado y modificado por los mismos fenómenos históricos que analizaba. Era consciente de tener lo que el académico Jonathan Kramnick denomina una «mente de papel», es decir, «la plasmación o evocación de la experiencia perceptiva, emocional o cognitiva en la página». En Australia, soy profundamente consciente de cómo el lugar y el paisaje poseen introspección y subjetividades metabólicas propias, y al mismo tiempo percibo el lugar a través de la lente del realismo literario, el protestantismo cultural y mi propia concepción del yo. En resumen, escribí este libro en un paisaje que conserva su soberanía y su introspección metabólica, a la vez que se ve reorganizado por las concepciones coloniales británicas de la interioridad y los significados superpuestos del lugar (que son las concepciones que heredé). La mezcla de estilos de escritura también me ayudó a sugerir que el pensamiento crítico es menos fijo y más incierto de lo que la escritura académica anglosajona suele permitirnos reconocer. El tipo de introspección que retrata la ficción realista se basa en la premisa de que los lectores, los escritores y sus personajes están moldeados por la sutil introspección que fluye a través de los lugares y las épocas, y que entonces, y ahora, sigue estando marcada y desgarrada por diversas formas de dolor, pérdida y violencia.

(…)”.

©  Princeton University Press / Sophie Gee

David Turner: Diversidad/Discapacidad, una historia de derechos y dignidad defendidos con uñas y dientes

Hablemos de “diversidad”. Se podría hacer con la historiadora Lorraine Daston y su Diversity. The History of a Wandering Value (CEU Press), de próxima aparición. En realidad, se trata de las “2025 Natalie Zemon Davis Memorial Lectures” que impartió en marzo del año pasado bajo los rótulos de “Diversity as Beauty”, Diversity as Efficiency” y “Diversity as Justice”.

Ahora bien, lo que ella analiza es cómo “la diversidad, hasta hace unas décadas confinada en gran medida a los ámbitos estético y orgánico, ha adquirido una profunda relevancia política y moral. Universidades, empresas y gobiernos son ahora juzgados por el grado de diversidad que logran entre sus líderes y reconocen entre sus ciudadanos. Los valores tradicionales del sistema político liberal, como el de honrar el mérito sin distinción de credo, raza, sexo o etnia, han sido eclipsados ​​progresivamente por valores que prestan especial atención a estas y otras características distintivas”. A partir de ahí, analiza su origen, en la estética, y muestra cómo en el siglo XVIII se critica la estética del exceso, el ornamento y la variedad desordenada, logrando asociar la diversidad con el mal gusto. Para finalizar, inspirándose en el renacimiento de Sudáfrica tras el apartheid como una «nación arcoíris» en la década de 1990, expone cómo la diversidad se convirtió en un valor moral y político que redefinió la justicia como inclusión: “si bien las reivindicaciones de diversidad suelen formularse en términos de justicia reparadora, la rápida aceptación de la diversidad como valor político se debe en gran medida a resonancias anteriores con versiones estéticas y económicas de la diversidad como valor.

Pero hay otras formas de diversidad, u otros sentidos. Es lo que hace el historiador social y cultural  David Turner, cuya especialidad no es nada habitual: discapacidad, medicina, género y cuerpo. De ello dan buena cuenta su premiado libro Disability in Eighteenth-Century England: Imagining Physical Impairment  (Routledge, 2012) y su proyecto con Daniel Blackie sobre “Disability and Industrial Society: a Comparative Cultural History of British Coalfields 1780-1948″, del que surgió  Disability in the Industrial Revolution (Manchester UP).

El profesor Turner dice que una pregunta clave que guía su investigación y docencia es: “¿qué sucede con nuestra comprensión del pasado cuando colocamos en el centro de la historia a las personas normalmente marginadas de las narrativas históricas? ” La respuesta nos llega con Disability. A History of Resistance (Bodley Head), cuyo prólogo -«Rescatando a mis compañeros de sufrimiento del abandono y el olvido»- empieza con un caso ejemplar, el del ciego James Wilson, que “en 1821, tras siete años de minuciosa investigación y viajes por toda Irlanda para persuadir a mecenas a que apoyaran su proyecto, publicó Biography of the Blind, el primer libro en inglés que se centraba en las experiencias históricas de las personas con discapacidad. Y su propia historia era tan fascinante como las vidas de las personas cuyas historias buscaba recuperar”.

Tras recuperar brevemente  esa fascinante trayectoria vital, empieza la introducción propiamente dicha, en la que, ya promediada, hay con una aclaración sobre el término que se utiliza:

“Este libro utiliza el término «discapacitado» para describir a personas con deficiencias físicas, sensoriales o intelectuales que, junto con factores ambientales y actitudes sociales hacia la diferencia corporal, impactaban su vida diaria y afectaban la forma en que eran percibidas y tratadas por los demás. Sin embargo, el significado de la discapacidad es fluido, no fijo, y cambia con el tiempo. La cuestión de cómo era la vida de las personas con discapacidad en el pasado está íntimamente ligada a la cuestión de cómo se definía la diferencia corporal y quién tenía la potestad de definirla”.

Dicho lo cual, así empieza:

“La historia nos ayuda a comprender nuestras propias experiencias como parte de una historia más amplia. Sin embargo, a pesar de que hoy en día hay 16,8 millones de personas con discapacidad en el Reino Unido, la discapacidad rara vez aparece en las historias que contamos sobre nosotros mismos y nuestro pasado. ¿Qué sucede con nuestra comprensión de la historia cuando colocamos a las personas con discapacidad en el centro del relato?

Siguiendo la estela de Biography of the Blind, este libro busca rescatar a las personas con discapacidad del olvido histórico, yendo más allá del enfoque de James Wilson en la pérdida de visión para presentar una visión caleidoscópica de las vidas de personas con diferencias físicas, sensoriales e intelectuales. Da voz a quienes no han sido escuchados y centra la atención en las vidas de personas que siempre han estado presentes, pero rara vez visibles. Lo que esta historia revela es transformador. Al recuperar las vidas, opiniones y luchas de las personas con discapacidad a lo largo de cinco siglos, ofrezco una visión radicalmente ampliada del pasado de Gran Bretaña: una visión más rica, más inclusiva y más representativa de la diversidad de la experiencia humana. A través de vívidos estudios de caso, testimonios olvidados y actos de resistencia ignorados, este libro revela cómo las personas con discapacidad han moldeado sus comunidades, desafiado la injusticia y redefinido el significado de una vida plena y significativa. No se trata solo de una historia de exclusión, sino de una historia de creatividad, resiliencia y lucha por la aceptación. Al sacar a la luz estas historias silenciadas, el libro promete cambiar perspectivas, cuestionar prejuicios y ofrecer una nueva visión para comprender tanto el pasado como el presente.

Comenzando con las reformas del bienestar social del siglo XVI, que por primera vez convirtieron el apoyo a las personas mayores, enfermas y con discapacidad en una responsabilidad legal de las comunidades, en lugar de una cuestión de caridad privada, Disability. A History of Resistance explora cómo las personas con discapacidad han luchado por obtener la ayuda que necesitaban y ser reconocidas como miembros valiosos de la sociedad. La lucha por los derechos de las personas con discapacidad a menudo se considera un fenómeno reciente. Apenas han transcurrido treinta años desde que las personas con discapacidad en Gran Bretaña obtuvieron protección legal contra la discriminación con la Ley de Discriminación por Discapacidad de 1995. Esta legislación fue impulsada por un movimiento de personas con discapacidad cada vez más activo, que se había unido desde la década de 1970 para exigir cambios. Sin embargo, este libro presenta una perspectiva muy diferente sobre el desarrollo de los derechos de las personas con discapacidad, remontando su historia mucho más atrás en el tiempo que nunca antes.

Las personas con discapacidad llevan mucho tiempo participando en luchas que, por su naturaleza, son políticas. Estas luchas han adoptado diferentes formas en distintos momentos y lugares. En ocasiones, la resistencia de las personas con discapacidad ha sido confrontativa, denunciando a funcionarios que no cumplieron con su deber de proteger a los miembros vulnerables de la sociedad, o exigiendo indemnizaciones por lesiones que les cambiaron la vida en el campo de batalla o en la fábrica. En otras ocasiones, ha sido más introspectivo, reflexionando sobre la experiencia de vivir de manera diferente en el mundo, desafiando estereotipos reduccionistas y resistiendo los intentos sociales de devaluar la vida de las personas con discapacidad y limitar su ámbito de acción. La discapacidad entrelaza estos diferentes hilos de resistencia en un rico tapiz de experiencias: hilos tejidos en distintos tiempos y lugares, pero que conectan luchas dispares en algo fuerte y duradero.

Al explorar las luchas de las personas con discapacidad a lo largo del tiempo, busco ofrecer una historia más contextualizada del movimiento moderno por los derechos de las personas con discapacidad. También cuestiono, en términos más generales, algunas de nuestras suposiciones comunes sobre la vida de las personas con discapacidad en el pasado, e incluso sobre cómo concebimos la discapacidad en sí misma. A menudo se asume que las personas con discapacidad del pasado estaban condenadas a la pobreza extrema o a la segregación institucional y que eran estigmatizadas como fenómenos o monstruos. Se presume que las personas con discapacidad vivieron vidas marginales, apenas documentadas en los archivos, y que contribuyeron poco a las sociedades en las que vivieron. Pero la realidad de la vida histórica de las personas con discapacidad es mucho más compleja, y mucho más interesante.

Lejos de estar ocultas a la historia, las personas con discapacidad están presentes en todas partes del pasado. Sin embargo, siguen estando notablemente ausentes de las historias convencionales. Esta ausencia no se debe a la falta de documentos, ni a que las personas con discapacidad estuvieran «ocultas» en oscuros archivos institucionales. La historia de la discapacidad se describe mejor como una historia olvidada o reprimida, cuya ausencia en las narrativas históricas convencionales es el resultado de decisiones deliberadas sobre qué historias importan, más que de silencios de archivo. Precisamente las mismas suposiciones sobre la supuesta incapacidad de las personas con discapacidad para contribuir a sus familias y comunidades, o para dejar huella en la historia, que James Wilson cuestionó en el siglo XIX, han provocado que la historia de la discapacidad haya permanecido olvidada hasta ahora. Pero, como veremos en los capítulos siguientes, las personas sordas y con discapacidad desempeñaron muchos roles como trabajadores, proveedores, padres, predicadores, amantes, escritores, artistas y activistas. A veces, su diferencia física infundía temor en sus vecinos, lo que llevaba a acusaciones de brujería, o se dudaba de su autenticidad. Pero en otras ocasiones, las personas con discapacidad fueron consideradas modelos a seguir en sus comunidades, o aclamadas como líderes en luchas más amplias por la justicia, como activistas por los derechos de los trabajadores o contra los horrores de la esclavitud. Las vidas de las personas con discapacidad en el pasado, al igual que las de las personas con discapacidad en la actualidad, no pueden encasillarse fácilmente, sino que fueron ricas y diversas. Recuperar esta compleja realidad para comprender la historia de las personas con discapacidad es, en sí mismo, un acto de resistencia, que desafía la tendencia generalizada a considerarlas pasivas e improductivas, como meras notas a pie de página en la historia en lugar de protagonistas históricos por derecho propio.

(…)”.

©  Penguin Books Ltd. / David Turner

Hans van de Ven: Amanecer sangriento. La Segunda Guerra Mundial y la formación de la Asia moderna

Quizá el lector recuerde que a finales de 2023 apareció  el libro que el profesor Gary J. Bass dedicó a Judgment at Tokyo: World War II on Trial and the Making of Modern Asia (Knopf), volumen del que dimos cuenta en su momento.  Decía el profesor Bass que que su trabajo era “un intento de contar la historia del juicio de Tokio en su conjunto, no sólo el drama de la gran sala del tribunal, sino también su entorno en la Asia de posguerra en general. Con fiscales y jueces procedentes de once países aliados diferentes -incluidas importantes potencias de Asia-Pacífico como China, India, Filipinas y Australia-, el juicio de Tokio constituyó un amplio panorama de la configuración de Asia en la posguerra. A pesar del poderío de Estados Unidos, este libro es tanto una historia estadounidense como una historia internacional. En su creación, su funcionamiento y sus consecuencias, el juicio de Tokio fue un simulacro de los tremendos cambios militares y políticos que dieron forma a la Asia moderna, hoy la región estratégicamente más importante del mundo. El desarrollo del juicio en los años cruciales que van de 1946 a 1948 abarcó la fundación de un nuevo orden en Japón, los triunfos revolucionarios comunistas en la Guerra Civil China, la lucha por la descolonización en la India y en otros lugares, y el comienzo de la Guerra Fría”.

Pues bien, de ese nuevo orden trata ahora Blood Dawn: World War II and the Making of Modern Asia, del profesor Hans van de Ven (Basic Books), traducido inmediatamente al neerlandés –Bloedrode dageraad. De Tweede Wereldoorlog en de geboorte van het moderne Azië (Uitgeverij Nieuw Amsterdam)-. Y dice así:

“La Segunda Guerra Mundial, enseñada en escuelas, exhibida en museos y representada en películas, se suele presentar en Occidente como una lucha en la que los Aliados, mediante un inmenso sacrificio, triunfaron sobre la agresión alemana y japonesa sin límites. En esta versión familiar de la guerra, los combates comenzaron con la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939 y se intensificaron en mayo de 1940, cuando Alemania dirigió sus fuerzas armadas hacia el oeste para ocupar los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y el norte y oeste de Francia. Gran Bretaña repelió con éxito la ofensiva alemana gracias a la oratoria desafiante de Winston Churchill, su superioridad aérea, la tecnología de radar y la fortuna geográfica: la barrera protectora del Canal de la Mancha y el Mar del Norte. Posteriormente, Estados Unidos aseguró la victoria para los Aliados —tras el ataque japonés a la Flota del Pacífico estadounidense en Pearl Harbor— movilizando a unos dieciséis millones de soldados y poniendo a su disposición su enorme capacidad productiva. Tras el desembarco de Normandía en Europa el 6 de junio de 1944 y el avance del Ejército Rojo hacia Berlín, la guerra prácticamente terminó con la rendición de Alemania el 7 de mayo de 1945. En esta narrativa tradicional, Europa constituye el eje central, Estados Unidos y el Reino Unido se presentan como los heroicos salvadores de la libertad y la democracia, y la Unión Soviética desempeña un papel importante, aunque secundario.

Una perspectiva asiática sobre la Segunda Guerra Mundial ofrece una comprensión marcadamente diferente. Desde este punto de vista, el conflicto se asemeja mucho más a la Primera Guerra Mundial en Europa, que puso fin a tres imperios —los de Austria-Hungría, el Otomano y la Rusia de los Romanov— y dio origen a nuevos estados-nación en Europa oriental y meridional, así como en Oriente Medio. Las repercusiones de la desintegración de estos imperios se sintieron a lo largo del siglo XX y siguen haciéndolo hoy en día, como atestiguan la guerra entre Rusia y Ucrania y los conflictos de Israel con sus vecinos.

La Segunda Guerra Mundial en Asia desmanteló tres imperios —el británico, el neerlandés y el francés— y propició la fundación de nuevos estados-nación: Vietnam, Laos, Camboya, Indonesia, Birmania, India, Ceilán y Pakistán. Las consecuencias del conflicto aún se hacen sentir. El estrecho de Taiwán, Cachemira, la zona desmilitarizada de Corea a lo largo del paralelo 38 y el mar de China Meridional son solo algunos de los problemas más destacados que se originaron en la Segunda Guerra Mundial en Asia y que todavía tienen el potencial de provocar graves trastornos.

Desde esta perspectiva, el tema central de la Segunda Guerra Mundial en Asia no fue la derrota de las potencias del Eje, sino la transformación de una región del mundo dominada durante mucho tiempo por imperios europeos en una compuesta por estados-nación. Para muchos líderes políticos, culturales e intelectuales de Asia, el objetivo de la guerra nunca fue únicamente resistir la agresión japonesa, sino liberar a sus países del imperialismo, reparar el daño que las potencias imperiales habían infligido a sus sociedades y economías, y recuperarse del colapso de la confianza que la superioridad científica y técnica occidental había generado en sus élites. De ahí la negativa del Congreso Nacional Indio a apoyar a los Aliados a menos que se concediera la independencia a la India. De ahí también el enfado de China por haber sido tratada como un mero trámite durante la guerra. En Indonesia, Sukarno y otros nacionalistas llegaron incluso a dar la bienvenida a los japoneses, a quienes consideraban el mejor medio disponible para hacer realidad sus sueños de independencia. Figuras como Aung San de Birmania y Subhas Chandra Bose de la India hicieron cálculos similares, buscando alianzas con los japoneses para romper la dominación colonial. En cada uno de estos casos, los movimientos independentistas asiáticos buscaron y obtuvieron el poder para reformar sus sociedades, construir economías modernas y transformar las tradiciones culturales que consideraban responsables del declive de sus sociedades.

Visto desde esta perspectiva, las luchas centrales que conformaron la Segunda Guerra Mundial en Asia no culminaron con la capitulación de Japón. Las esperanzas occidentales de restaurar el orden imperial de antes de la guerra —expresadas en las ceremonias de rendición de 1945— se desvanecieron casi tan pronto como los periódicos que anunciaban la rendición de Japón llegaron a manos del público.

La estrategia aliada de posguerra contemplaba que Estados Unidos ocupara Japón y dominara el Pacífico, mientras que Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos recuperarían sus colonias de antes de la guerra, y los nacionalistas de Chiang Kai-shek restablecerían el control sobre toda China. Esta visión no sobrevivió más allá del verano de 1946. Estalló la guerra civil en China, la República de Indonesia de Sukarno se alzó en armas contra los neerlandeses que regresaban, y en la India la violencia intercomunitaria entre musulmanes e hindúes se convirtió esencialmente en una guerra civil. Para Asia, el fin de la guerra contra Japón no representó tanto un nuevo comienzo, ni siquiera un respiro significativo de la violencia, sino más bien un nuevo capítulo en la larga historia de lucha de la región contra los legados imperiales. Solo cuando India, y luego China e Indonesia, lograron la independencia a finales de la década de 1940, se cerró un periodo en la historia de Asia y comenzó otro.

En las décadas inmediatamente posteriores a la guerra, con el desmantelamiento de los imperios europeos y la Guerra Fría afianzada, la transformación de Asia apenas recibió atención de Occidente. Si bien los líderes de los movimientos anticoloniales asiáticos vislumbraban un futuro grandioso, sus países eran considerados parte del llamado Tercer Mundo: atrasados, pobres, impotentes y superpoblados. Hoy, sin embargo, esos sueños se han hecho realidad. Siguiendo el ejemplo de Japón, los cuatro Tigres Asiáticos —Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong— se convirtieron en potencias industriales avanzadas. La economía china, tras un ascenso meteórico que comenzó en la década de 1980, es ahora la segunda economía más grande del mundo. India sigue una trayectoria similar, mientras que la economía de Indonesia también ha experimentado un crecimiento significativo. La esperanza de vida y el nivel de vida en gran parte de Asia se han equiparado a los de Europa y Estados Unidos, o lo harán en un futuro próximo. Esta nueva Asia tiene su origen en las transformaciones de la Segunda Guerra Mundial, y comprender esta historia es fundamental para entender las tensiones diplomáticas contemporáneas en Asia, las concepciones que los pueblos asiáticos tienen de sus historias fundacionales y su continua lucha por superar el legado del imperio.

Ese es el propósito principal de este libro. Al recuperar las narrativas entrelazadas de los pueblos y naciones de Asia antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, Blood Dawn ofrece una corrección esencial a los relatos simplistas y eurocéntricos de la guerra, y un marco necesario para comprender cómo se vivió la guerra en Asia y cómo se recuerda hoy. Sin ese marco, el auge de Asia en los siglos XX y XXI sigue siendo incomprensible; sin él, las fuerzas impulsoras que ahora motivan a los estados-nación de Asia permanecen opacas. La liberación de Asia de la hegemonía occidental es también uno de los relatos más conmovedores de individuos, pueblos y sociedades que recuperan su autonomía, afirman su derecho a determinar su propio futuro y asumen riesgos extraordinarios para declararlo, perseguirlo y salvaguardarlo.

El relato que ofrece Blood Dawn no resta importancia a la lucha contra la Alemania nazi y un Japón militarista. Todos debemos estar agradecidos de no vivir en sociedades construidas según sus ideologías y designios bélicos. Sin embargo, la mayoría de las historias de la Segunda Guerra Mundial siguen siendo eurocéntricas, centrándose principalmente en Estados Unidos y el Reino Unido y, quizás, en los horrores del frente oriental. Al hacerlo, pasan por alto y oscurecen un escenario de la guerra y de la historia global que adquiere cada día mayor relevancia. Al integrar a Asia en la historia de la Segunda Guerra Mundial, obtenemos una comprensión más completa y matizada del conflicto, que alinea su designación como guerra mundial con la realidad de su impacto global”.

© Hans van de Ven / John Murray Publishing Group

Sander L. Gilman: Antisemitismos, patrones de xenofobia, miedo y odio hacia los extraños

Hemos visto aparecer un buen ramillete de libros sobre el “antisemitismo” o el “antijudaísmo“, en general o en casos concretos, pero nunca está todo dicho. Que se lo pregunten a Sander L. Gilman, historiador del ya conocemos su Wagner y el cine (Fórcola). Ahora nos ofrece una mirada conexa en  Antisemitisms A History of Jew Hating (Reaktion).

Gilman nos dice que su libro “es una síntesis de mi trabajo sobre el antisemitismo, su historia y sus significados. No antisemitismo en el sentido estricto, ya que lo que estudio siempre está instrumentalizado, es maleable, internamente inconsistente, contradictorio, pero aparentemente coherente cada vez que surge. De hecho, el contexto define la definición, y cada contexto es diferente.

Mi propia relación con el antisemitismo evolucionó en un momento muy específico y catastrófico. Como judío de Europa del Este, nacido durante la Segunda Guerra Mundial, a una generación de Gomel, en la Zona de Asentamiento rusa y en la Varsovia anterior a la Primera Guerra Mundial, la ausencia de una familia extensa era palpable. Mi padre nació en Estados Unidos el 4 de julio de 1918, una fecha que atesoraba como estadounidense de pleno derecho, después de que su hermana y sus padres llegaran de la Rusia zarista. Mi madre era una bebé cuando su familia llegó a Halifax, Canadá, procedente de la recién reconstituida Polonia en la década de 1920. Sus familiares, hermanos, tías, padres, habían desaparecido en la sangrienta masacre perpetrada por los nazis desde Alemania, así como por delincuentes locales en Bielorrusia y Polonia. Comencé a trabajar en este proyecto seriamente en la escuela secundaria, cuando elegí estudiar lengua, literatura e historia alemanas, estudios que continué cursando durante mi licenciatura y luego mi posgrado”.

A partir de ahí, de los ataques de Hamas en 2023, de lo ocurrido en diversas universidades americanas a propósito del supuesto antisemitismo, Gilman dice:

“La definición de los antisemitismos está intrínsecamente ligada a su función en el tiempo y el espacio, y, como veremos en este volumen, también a las respuestas que suscita en quienes se identifican como judíos. La distinción entre antisemitismos de «derecha» e «izquierda», o antisemitismos «islámicos» y «judíos», o antisemitismos «occidentales» y «asiáticos», congela momentos en el tiempo y el espacio, pues si los antisemitismos son siempre situacionales, cada manifestación específica debe entenderse no como un eslabón en una cadena ininterrumpida, sino como parte de una serie de momentos aislados, que dependen exclusivamente de su compleja función. Esto bien podría explicar el hecho histórico de que también existan antisemitismos «sin judíos», como en Austria y Polonia inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, una «historia de los antisemitismos» coherente y cronológica es imposible, y, como indiqué en el prefacio, ni siquiera intentaré esbozar tal trayectoria en este libro.

El antisemitismo no es una manifestación transhistórica única, sino una variante de patrones de xenofobia, miedo y, por ende, odio hacia los extraños, inherentes a la experiencia humana.  La xenofobia surge de nuestro instinto de lucha o huida ante lo desconocido, lo que nos genera temor. Este miedo amorfo se concreta en prejuicios, siempre arraigados en un conjunto específico de imágenes del momento, y son estos prejuicios los que impactan tanto a individuos como a comunidades. El antisemitismo, como todas las formas de xenofobia, crea su propio objeto —en este caso, «los judíos»—, y esta categoría, a menudo contradictoria, se aplica a personas que pueden o no identificarse como judías, independientemente de la definición, pero que pueden responder a dichas etiquetas como tales. Y sí, quienes son etiquetados de esta manera bien pueden creerse independientes de tales estereotipos, pues ese término abarca una amplia gama de definiciones de ser judío, a menudo radicalmente diferentes y contradictorias, que en muchos sentidos están determinadas por la función de tales imágenes, ajenas a su control. (Asumiré que no necesito poner comillas irónicas alrededor de «judíos» y «judío» cada vez que me refiera a tales imágenes, y no lo haré en este libro). Sin embargo, los estereotipos nunca son unidireccionales y moldean tanto a quienes utilizan tales imágenes como a quienes son representados por ellas. También pueden expresarse en los actos de violencia más horribles o en las estrategias sociales de evasión más sutiles. Y su estudio, como mi propio trabajo anterior, y de hecho este libro, es siempre político, en el sentido de que pretende dar significado a tales expresiones para predecir acciones futuras. Una tarea en la que fracasa sistemáticamente”.

Por ese motivo, su “postura contradice la opinión generalizada, ejemplificada por Robert Wistrich, quien definió el antisemitismo como el «odio más duradero», título de su libro de 1991, para distinguirlo de otras formas de xenofobia. Para Wistrich, el antisemitismo es siempre «estático e inmutable» y demuestra que ciertas formas de «odio religioso o étnico son inevitables», aunque contingentes. La visión de Wistrich se convirtió en la norma dominante en el discurso público, lo que generó una «imagen prácticamente monolítica tanto de los culpables como de las víctimas del antisemitismo» y homogeneizó las «actitudes dominantes de los no judíos hacia los judíos, presentándolas como consistentemente y universalmente hostiles».  Tales posturas siempre presuponen una definición inmutable del judío y, por lo tanto, consideran el antisemitismo como «eternalista», en paralelo a su definición homogénea del judío. (Irónicamente, mis afirmaciones sobre la mutabilidad infinita de los antisemitismos abren el programa de Wistrich y Rex Bloomstein para Thames Television, The Longest Hatred, 1993).

Debemos recordar que la formulación de Wistrich fue reactiva, pues tras el Holocausto tales posturas fueron cuestionadas; de hecho, se las consideró una recapitulación del antisemitismo mismo. Hannah Arendt argumentó que la idea de un antisemitismo eterno se asemejaba a la idea del judío eterno:

La noción de una ininterrumpida continuidad de persecuciones, expulsiones y matanzas desde el final del Imperio Romano hasta la Edad Media y la Edad Moderna para llegar hasta nuestros días, embellecida frecuentemente por la idea de que el antisemitismo moderno no es más que una versión secularizada de supersticiones populares medievales no es menos falaz (aunque, desde luego, menos dañina) que la correspondiente noción antisemita de una sociedad secreta judía que ha dominado, o aspira a dominar, al mundo desde la antigüedad.

(…)”.

© Sander L. Gilman / Reaktion Books Ltd

 

Tobias Rupprecht: Los economistas que impulsaron la mercantilización de Rusia (1972-2022)

Nos acercamos hoy al profesor Tobias Rupprecht, que ha desempeñado últimamente sus actividades en la Freie Universität Berlin, en su Departamento de Ciencias Políticas y Sociales. Su objeto central, por lo demás, es la Europas del Este, particularmente la URSS y su heredera Rusia, algo que viene trabajando desde que leyera su tesis en 2012.  De hecho, su próximo proyecto se titula “Antikoloniales Imperium. Russland in der Globalgeschichte seit dem 19. Jahrhundert”, a desarrollar en el Instituto de Historia de la Humboldt.

Hasta ahora, no obstante, se había especializado en el ámbito económico, o más bien en los economistas.  Y es ese campo el que cierra este año 2026 con dos libros. Por un lado, edita Market Economists Beyond the West. The Agents of Peripheral Liberalism, 1970–2020 (Routledge), que promete un nuevo enfoque para el estudio de las ideas liberales fuera de Occidente. Por otro, firma The Tragedy of Soviet Market Economists. The Failed Quest to Civilise Russia, 1972–2022 (Cambridge UP), con el que nos quedamos:

“Los economistas que impulsaron la mercantilización de Rusia quedaron mal parados. Se suele afirmar que, empeñados en restaurar el capitalismo, desmantelaron la economía planificada soviética, provocando así el colapso, el caos y la desindustrialización. Cada vez que mencionaba mi interés por los economistas liberales rusos durante la investigación para este libro, la gente tendía a asociarlos con oligarcas turbios, con superyates y clubes de fútbol incluidos. En cualquier web rusa donde aparecen sus nombres, los comentarios rebosan de vitriolo. La mayoría de los rusos los consideran traidores al pueblo, ladrones y darwinistas sociales que sacrificaron la modesta prosperidad de la era socialista para que una pequeña minoría cosmopolita pudiera amasar fortunas descomunales. Los estudiosos de la turbulenta década de 1990 en Rusia han mostrado predilección por tildarlos de «bolcheviques del mercado». Un historiador estadounidense de gran prestigio, en un relato por lo demás convincente del colapso soviético, los desestimó rotundamente como un grupo de “economistas jóvenes turcos arrogantes“.

Mis primeros contactos con estos “economistas” se remontan a principios de la década de 2000. Siendo estudiante universitario, leí los libros de moda en aquel entonces que criticaban lo que describían como los excesos capitalistas de la globalización intensificada en la era posterior a la Guerra Fría. Rusia aparecía como un ejemplo paradigmático de las desastrosas consecuencias sociales y políticas del fundamentalismo de mercado “sin restricciones“. Era una descripción de la mercantilización postsoviética que coincidía con mis primeros recuerdos de Rusia, tal como se presentaban en los medios alemanes de la década de 1990: historias de gánsteres multimillonarios, ancianas mendigas y asesores estadounidenses que convencían al gobierno de adoptar un capitalismo totalmente desregulado en lugar de una economía social de mercado “europea”. Como estudiante de ruso en Siberia y profesor de alemán en los Urales durante los primeros años de la presidencia de Vladimir Putin, presencié de primera mano el marcado contraste entre el modesto nivel de vida en las provincias rusas y la opulencia que se vislumbraba durante las escalas en Moscú. Sin duda, pensé, a Rusia le habría ido mejor con una transición gradual que con el capitalismo salvaje del Oeste del que estos liberales ideológicamente equivocados tuvieron que responder.

Tras dedicar muchos años a investigar la transformación económica de Rusia para este libro, me he vuelto escéptico ante tales retratos prejuiciosos de los liberales rusos. Ahora me parece que su representación en los medios occidentales y en los estudios activistas a menudo sigue una larga tradición, mantenida por los críticos europeos del liberalismo, tanto de izquierda como de derecha, desde la Revolución Francesa: proyectar los conflictos políticos y culturales internos sobre Rusia. El sentimiento antiglobalización se intensificó tras la desregulación del mercado laboral y la privatización parcial de los sistemas de bienestar social y la infraestructura en Occidente durante las décadas de 1980 y 1990. Muchos relatos, en retrospectiva, parecen no estar centrados principalmente en Rusia, ni tampoco estaban particularmente bien informados sobre ella. Simplemente utilizaban la dramática imagen del mundo postsoviético para reforzar su idea preconcebida de que la «globalización neoliberal», promovida por organizaciones internacionales y centros de estudios liderados por Estados Unidos, había perjudicado el bienestar de la población. Esto era, en efecto, el complemento de izquierda al triunfalismo de la derecha posterior a la Guerra Fría, que solo se interesaba en Europa del Este en la medida en que confirmaba su propia visión del mundo.

Más allá de la literatura activista, gran parte de lo que sabemos sobre la transición rusa se basa en los relatos de observadores occidentales. Para evitar, en la medida de lo posible, estas proyecciones externas, basé la historia de este libro principalmente en un análisis crítico de las pruebas aportadas por los propios liberales rusos. Entrevisté a unas dos docenas de ellos y hablé con sus amigos y familiares. Muchos, siguiendo la tradición de la intelectualidad rusa, habían escrito memorias, las cuales consulté. Para contrastar estas fuentes, notoriamente problemáticas, a menudo escritas años después de los hechos y motivadas por el deseo de rehabilitar reputaciones, también examiné sus escritos académicos y periodísticos publicados anteriormente, así como su correspondencia y textos inéditos. Los localicé en varias colecciones privadas, tanto en línea como físicas, algunas de las cuales también me dieron acceso indirecto a material de varios archivos estatales rusos.

Una pandemia mundial, que afectó particularmente a Rusia, y la guerra de agresión rusa contra Ucrania complicaron mi investigación en muchos sentidos, pero, sorprendentemente, también la simplificaron. La COVID-19 frustró mi primer intento de entrar en Rusia y se cobró la vida de dos economistas a quienes esperaba entrevistar. Sin embargo, los numerosos confinamientos aceleraron la adopción de la tecnología de videollamadas, lo que me permitió contactar con más personas de las que había previsto. Mi segundo intento de visitar Rusia fracasó en febrero de 2022, cuando los tanques rusos comenzaron a avanzar hacia Kiev un par de días antes de mi partida prevista a Moscú. Pero entre el casi millón de rusos que desde entonces han abandonado el país, se encontraban varias figuras clave con las que pude reunirme y hablar con mayor libertad en el exilio de la que hubiera sido posible dentro de Rusia. Si bien el contexto de la guerra en Rusia influyó inevitablemente en estas conversaciones y en mis interpretaciones, también me proporcionó una perspectiva única sobre los sujetos que estudié y sus opiniones sobre el Estado y la sociedad rusos.

La imagen que surgió de estas fuentes primarias difiere notablemente de gran parte de la literatura existente. La mercantilización de Rusia, como demuestro en este libro, no fue una «terapia de choque neoliberal». Tampoco fue una imposición occidental del capitalismo, y quienes la defendieron no eran fanáticos ideológicamente extremistas. Como profesionales bien formados, eran conscientes de que el extenso crecimiento de la posguerra, impulsado por la movilización de recursos y las altas tasas de inversión, se ralentizó en las décadas de 1970 y 1980. Sin embargo, sus intentos de influir en las decisiones políticas fracasaron. Apenas participaron en los acontecimientos que condujeron al colapso imperial y económico entre 1989 y 1991. Los economistas de mercado solo alcanzaron verdadera relevancia en la nueva Rusia de la década de 1990, en un contexto de Estado disfuncional y sin una base de poder propia. No fue hasta principios de la década de 2000 que algunos lograron implementar su agenda, solo para ser relegados pronto al papel de subordinados de un resurgido régimen autoritario.

Esta relación de los liberales rusos con el Estado explica gran parte de su pensamiento y su línea de acción. La cuestión fundamental a la que se enfrentaron estos economistas nunca fue si preferían una terapia de choque radical o un gradualismo moderado. La cuestión era si debían acercarse a quienes ostentaban el poder y ser cooptados por el Estado autoritario, o si debían unirse a la oposición democrática y optar por el activismo político de base. El argumento central del libro es que los liberales se enfrentaban a un dilema insuperable en una sociedad donde carecían de apoyo popular y donde quienes estaban en el poder tenían una visión más bien instrumental de los mercados y los derechos.

(…)

Cada uno de los cuatro capítulos principales del libro se organiza en torno a la vida profesional de economistas cuyas biografías me parecieron representativas de los liberales sistémicos e informales en diferentes fases de las últimas cinco décadas. En los tres primeros capítulos, me centro en un liberal sistémico y uno informal: el futuro ministro de Economía ruso Yevgeny Yasin y el disidente liberal Viktor Sokirko en el Capítulo 1 sobre la década de 1970; el asesor gubernamental promercado Stanislav Shatalin y el periodista económico Vasily Selyunin en el Capítulo 2 sobre la década de 1980; el arquetípico liberal sistémico Anatoly Chubais y su oponente democrático Grigory Yavlinsky en el Capítulo 3 sobre Rusia en la década de 1990. El capítulo 4, sobre la era Putin, presenta un formato ligeramente diferente: aquí utilizo las biografías profesionales de tres liberales sistémicos, Irina Khakamada, Alexei Kudrin y Elvira Nabiullina, para ilustrar las distintas líneas de acción política que los economistas liberales pudieron seguir al finalizar el experimento ruso con la democracia y reinstaurarse el régimen autocrático.

El arco narrativo comienza en las instituciones académicas de economía soviética en la década de 1970, donde la creciente conciencia de la inminente crisis económica generó las primeras dudas sobre la posibilidad de reformar el orden económico existente. Un año de inicio razonable podría haber sido 1970, cuando se publicó el primer texto oficial que abogaba por el fin de los precios controlados por el Estado y cuando las tasas de crecimiento comenzaron a disminuir. Opté por 1972, año en que los protagonistas del capítulo 1 trabajaban en una institución de Moscú que, según sostengo, desempeñó un papel central en la génesis del liberalismo ruso. Esta elección de año proporciona una cifra redonda conveniente para una historia de cincuenta años sobre el auge y la caída del liberalismo ruso. El libro concluye con el retorno al régimen imperial bajo el presidente Putin y la posterior retirada de los liberales, o su subordinación como tecnócratas de un sistema neopatrimonial, un proceso que culminó con la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022.

(…)”.

© Cambridge University Press & Assessment / Tobias Rupprecht

 

Peter Schöttler: La peculiar sonrisa de Marc Bloch, una biografía intelectual

Este 2026 es el año Marc Bloch, con su entrada en el Panthéon hace escasos días. En este contexto, han proliferado los homenajes y los volúmenes, de lo cual hemos dado buena cuenta. Pero faltaba el colofón, a cargo de Peter Schöttler y su Marc Bloch, une biographie intellectuelle (Gallimard).

El volumen, de casi seiscientas páginas, se publica en la “Bibliothèque des histoires”, la colección que comandara el finado Pierre Nora, con la siguiente introducción, dedicada a la memoria de Natalie Zemon Davis (y acaso también lo hubiera sido a Carlo Ginzburg, que nos ha dejado antes de poder ver esa entrada en el Panthéon):

“Por lo que sabemos, Marc Bloch era un hombre reservado. No hay ninguna fotografía que lo muestre riendo. No tenía la audacia de un Einstein. Cuando hablaba en público, era serio, y generalmente lo hacía sobre historia y «ciencia», es decir, lo que llamamos humanidades y sus relaciones, y quizás su conexión con las ciencias naturales. Rara vez hablaba de política o filosofía. Pero de lo que menos hablaba era de sí mismo. Solo una lectura minuciosa nos permite hoy descubrir los pocos pasajes en los que reveló algo de su personalidad. Ese era su estilo.

La fotografía más conocida que se conserva lo muestra en el otoño de 1943, unos meses antes de su arresto. De hecho, Marc Bloch tenía solo 57 años, luciendo bigote, corbata y gafas de montura de cuerno. Una cabeza redonda, casi calva, una frente amplia y una fina coronilla de cabello plateado. El bigote empezaba a encanecer. Bajo párpados caídos, unos ojos oscuros miraban serenamente a la cámara. Así, el observado se convierte en el observador. Su mirada silenciosa tal vez intenta decirnos algo. Parece estar sonriendo.

Casi cincuenta años después, con motivo de la publicación de la biografía de Carole Fink en 1990, la New York Review of Books publicó un artículo de la historiadora de Princeton Natalie Zemon Davis, titulado «A Modern Hero». Como es habitual en esta revista, la reseña iba acompañada de un retrato del renombrado caricaturista David Levine.

Analicemos con más detenimiento esta caricatura. Aquí vemos a un Marc Bloch completamente diferente. La mirada serena, que tal vez ocultaba una sonrisa, ha desaparecido. En realidad, Levine yuxtapuso dos fotografías, utilizando también una imagen de 1914.

El veterano de la resistencia de 1943, ya entrado en años, se fusionó con el joven cabo de uniforme azul celeste, y al hacerlo, sus rasgos faciales se volvieron más duros, serios y afilados. Su mirada penetrante se dirige hacia abajo. El brazalete con la Estrella de David, en lugar de la Cruz de Lorena, preferida por los gaullistas, indica a los lectores estadounidenses que se trata de un judío que luchó contra los nazis. Sin embargo, Marc Bloch no era religioso ni sionista, y como él mismo recalcó, solo se sentía judío frente a los antisemitas. ¿Se habría reconocido el historiador en los trazos del caricaturista estadounidense?

Ahora veamos otras dos fotografías. Una de las fotos, que data de 1924, muestra a Bloch de vacaciones en Mürren, en el Oberland bernés. Viste ropa de montaña. Al fondo, se divisa el macizo del Jungfrau. Su cabello, aún oscuro, se ve un poco más abundante, y sus gafas metálicas parecen menos frágiles. El historiador sonríe.

En la segunda fotografía, de 1937, Bloch incluso lleva chaqueta. Sostiene guantes en una mano y un bastón y un sombrero bombín en la otra. Un cigarrillo reposa entre sus labios. Acaba de saludar a su sobrino, Jean Bloch-Michel, cuyo hermano se casa ese mismo día. ¿Está hablando o simplemente vuelve a sonreír?

Marc Bloch no solo era un hombre discreto, sino también algo burlón. Podía ser afable, pero para la mayoría parecía distante y severo. Sus alumnos en Estrasburgo lo llamaban, como me aseguró uno de ellos, «Capitán Bloch». Este mismo alumno escribió en sus memorias que la sonrisa de Marc Bloch solía ser «una máscara estirada sobre su rostro, atravesada por unos ojos traviesos, divertidos y a veces inquisitivos tras las gafas». Su hijo mayor, Étienne, lo describió de forma similar:

Cuando lo veías, lo que más te impactaba eran sus ojos, pálidos y miopes, que te miraban fijamente tras sus gafas. […] Su expresión era seria, pero sus ojos podían reír de vez en cuando. Su sonrisa a veces resultaba hiriente por su ironía.

Si uno se fijaba bien, se daba cuenta de que esa sonrisa un tanto extraña, irónica y burlona, ​​a veces incluso hiriente por quedarse a medias, era algo que se notaba a menudo. Lucien Febvre, su colega más cercano, su compañero de armas y su amigo de los años que compartieron en Estrasburgo, lo describió como «sonriente, lleno de una alegría traviesa tras sus gruesas gafas». Su líder en la Resistencia, Georges Altman (seudónimo «Chabot»), contó que, en principio, habían acordado anunciar siempre sus encuentros silbando melodías como la Cabalgata de las Valquirias de Wagner. Como él mismo no siempre lograba sonreír, su interlocutor, bajo el seudónimo de «Blanchard», lo saludaba con una sonrisa divertida: «No está mal, Chabot, pero siempre un poco forzado, ¿sabes?». Según Altman, también fue «con una sonrisa que el profesor Marc Bloch se unió a la Resistencia», y «con esa misma sonrisa me despedí de él por última vez».

¿Qué significado podemos atribuir a la sonrisa de Marc Bloch? Sin duda, no se trataba simplemente de situaciones capturadas por casualidad en fotografías o relatadas por testigos. Nunca sabremos qué pensaba Bloch cuando sonreía. Pero podemos suponer que el historiador tenía profundas razones para sonreír, incluso sin cámara ni testigos, razones específicas vinculadas a su carácter y su visión de la vida, a su trabajo y su cosmovisión; en resumen, a su filosofía. Muchos pensadores han expresado en sus sonrisas e incluso en sus risas algo que no podían articular de otro modo. Con demasiada frecuencia, tuvieron que ocultar sus pensamientos más íntimos. Siegfried Kracauer cita el famoso ejemplo de Erasmo, quien jamás dejó ver sus pensamientos más íntimos, y Robert Musil, en El hombre sin atributos, describe la «sonrisa … escondida entre sus barbas» de un erudito, que podía ocultar la ironía, pero en el que también la «tendencia al mal ardía como fuego bajo una caldera».

Marc Bloch no era filósofo ni pretendía serlo. Sin embargo, durante sus estudios, anotó en un pequeño cuaderno, orgullosamente titulado en letras griegas φιλοσοφία (Filosofía): «Soy historiador por la mañana y filósofo por la noche». Más tarde, se consideró más un erudito riguroso y un trabajador empírico en el sentido más estricto del término. Desde las primeras páginas de su libro más «teórico», Apología de la historia o el oficio de historiador, declara que “el estudio
de los métodos en sí mismos constituye, a su manera, una
especialidad, cuyos técnicos se llaman filósofos. Éste es un título al
que me está vedado aspirar». Se describe a sí mismo más bien como un «artesano a quien siempre le ha gustado meditar sobre su tarea cotidiana» y como «un obrero que por muchos años ha manejado
la toesa y el nivel, sin por ello creerse matemático». Sin duda, toda la personalidad de Marc Bloch se encuentra dentro de esta reserva, que, al reflexionar sobre ella, encierra las semillas de una especie de tesis teórica. Siguiendo las huellas que dejó de forma sistemática, uno podría tener la impresión de que Bloch adoptó muy pronto una especie de «filosofía minimalista», que impregna todos sus escritos y que aún se encuentra en sus últimos manuscritos inacabados. Inacabados, pero bastante explícitos. La peculiar sonrisa del historiador bien podría tener su origen en esta filosofía”.

© Éditions Gallimard / Peter Schöttler

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