Amigos de Béjar y sus historias

PROPIEDAD INTELECTUAL

El contenido de este blog, texto y fotografías, tienen derechos de autor. Si deseas utilizarlos cita siempre la fuente de la que proceden.

2/20/2026

Mayorazgos y capellanías de los Muñoz de Aguilar en Béjar (2ª parte)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

Juan Muñoz alférez[1], el fundador

        En una fecha tan temprana como el 12 de octubre de 1519[2] el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz redactó su testamento, falleciendo presumiblemente poco tiempo después. Su condición de noble quedó puesta de manifiesto al declarar el deseo de ser enterrado en la capilla que él mismo edificó junto al altar de la iglesia del convento de San Francisco, espacio reservado a familias muy selectas de la villa. Este era el lugar de enterramiento más habitual de los miembros del linaje antes de la construcción de la nueva capilla en la actual sacristía de San Juan un siglo después. Por suerte la lápida de Muñoz alférez se ha conservado y hoy podemos verla muy cerca de su emplazamiento original, en el claustro del ahora exconvento. Aunque durante años estuvo colocada como enlosado de una calle bejarana perdiéndose con ello parte del relieve grabado, logramos aún vislumbrar en ella la forma de su escudo, especialmente en los cuarteles superiores donde aparecen la cruz propia del apellido Muñoz y el águila de Aguilar. Esto vendría a demostrar que aunque no consta que lo usara ese era su segundo apellido. Rodeando el escudo se percibe un texto con caligrafía gótica de privilegios donde a duras penas puede leerse el nombre de su protagonista.

 Lápida sepulcral de Juan Muñoz alférez

 

        En el testamento Juan Muñoz alférez estableció su vínculo y mayorazgo siguiendo la tradicional fórmula de sucesión en esta institución castellana, es decir priorizando a varones y a primogénitos:

 

es mi voluntad que a Francisco Muñoz, mi hijo, se le mejore, y por la parte que sea mejorado, en el tercio y quinto de todos mis bienes muebles, raíces y semovientes, derechos y haciendas, señaladamente en la heredad de Santibáñez y en la mi casa, que es mía […] como vínculo. Y después del dicho Francisco Muñoz, mi hijo, [suceda] el hijo mayor de él de legítimo matrimonio. Y si muriere sin dejar hijos varones la mejora vaya a favor de su hija legítima, y faltando la línea de la hija mayor vaya a la segunda…[3].

 

        Vamos a trazar una hipótesis de localización de esta primera casa mencionada, sobre la que según el testamento se funda el mayorazgo. Con importantes transformaciones y a pesar del tiempo transcurrido el inmueble se ha podido conservar hasta hoy. En su libro Los judíos de Plasencia y de Béjar y la casa de los Zúñiga Marciano Martín Manuel presenta una colección diplomática en cuyo documento 33, fechado en 1496, se puede leer la concesión en merced a Juan Muñoz alférez y sus hijos de una casa «que fue de Rabí Samuel»[4] y que en su momento localizamos en la todavía hoy conocida como casa de Pizarro[5] en la plaza de la Piedad de Béjar. Al demostrarse que aquella donación ducal había sido fraudulenta el inmueble debió de devolverse y cambiar de manos pese a las reclamaciones de dos bisnietos del alférez, Diego y Antonio[6]. Lo cierto es que años después volvería a entrar en el mayorazgo de los Aguilar debido a que uno de sus receptores tras el fraude pudo ser Fernando de San Juan Maldonado, ascendiente de María Maldonado. Ésta terminaría casándose con otro bisnieto del fundador llevando consigo como dote la susodicha casa. Catalina de Cepeda, hija de ese matrimonio acabaría desvinculándola al venderla a Juan de Capilla en 1649. Para esta enajenación  Catalina tuvo que formular petición al rey Felipe IV tal y como era preceptivo en los casos de venta de bienes vinculados[7]. Las ganancias de ello las invertiría en la mejora de otras casas de su mayorazgo, en otro tramo de la calle Mayor bejarana, de las que hablaremos en su momento.

2/13/2026

Mayorazgos y capellanías de los Muñoz de Aguilar en Béjar (1ª Parte)

 Autor: Óscar Rivadeneyra Prieto

        Cuando en 1726 falleció María Leocadia de Moreta, todos sus deudos y allegados sabían que en ella habían convergido un número indeterminado de mayorazgos: el que fundó en el siglo XVI el alférez mayor de Béjar Juan Muñoz y los que sus descendientes fueron sumando a lo largo de los años y de las generaciones. A saber, los instituidos por el canónigo de Coria Juan Muñoz de Cepeda, por Francisco de Moreta Salazar, por el canónigo de la catedral de León Juan Muñoz, por Teresa de León, por el vicario y comisario del Santo Oficio de Béjar Antonio Muñoz de Sotomayor, por su hermana Esperanza Aguilar, por Diego Muñoz de Aguilar, por la tía de estos Catalina Muñoz de Villaseca, por su hijo Pedro de Moreta, por las hermanas Catalina e Inés Muñoz de Tórtoles, por las hermanas Catalina y María del Vado, por los hermanos Pedro y Alonso del Vado, por Diego de Moreta y, en fin, por otros tantos que sería prolijo enumerar enteramente. Era de dominio público asimismo que María Leocadia, tras su óbito, no dejaba más descendencia que un único hijo Enrique Pamo de Contreras, y que este estaba «enfermo insanable de locura»[1]

 Escudo de los Muñoz de Aguilar Sotomayor de la iglesia de San Juan de Béjar

Foto sacada de aquí 

        Dado que en las escrituras de fundación de todos aquellos mayorazgos se señalaba para la sucesión la «expresa exclusión de dementes y locos», una prima segunda del citado Enrique, llamada Ignacia Teresa de Salvatierra y Moreta, consorte del vizconde de Huerta, hizo valer sus opciones y derechos para acaparar todos aquellos viejos privilegios[2]. Remover antiguos legajos para inquietar la tradicional bonhomía y abulia de las familias hidalgas, enfrentando intereses entre familiares cercanos, no podía tener más objetivo que hacerse con el suculento botín de rentas que solían llevar aparejados los mayorazgos. Para ello se esgrimirían tales exigencias y censuras en la sucesión de vínculos. Pongamos por ejemplo esta cláusula extractada de la fundación del mayorazgo de Diego Muñoz de Aguilar, bisnieto del primer fundador, redactada en Béjar en 1622:

2/06/2026

El día en que Fleming fue homenajeado en Béjar

Autora: Carmen Cascón Matas

Publicado: Béjar en Madrid,  números 4.977 (7/11/2025) y 4.978 (21/11/12025), p. 4.

*Esta historia me animó a descubrirla y publicarla el bejarano Tomás Olleros Izard.

            Era el 25 de septiembre de 1960 y la plaza de Calvo Sotelo de Béjar (hoy de la Piedad) estaba a rebosar de público. En lugar preferente, las “fuerzas vivas” de la ciudad, invitadas por el alcalde Ramón Olleros Gregorio, habían acudido puntualmente a las 13 horas. Y es que la ocasión lo merecía porque a la cita iban a corresponder las autoridades locales, provinciales y hasta el embajador en funciones de Gran Bretaña, Mr. Hoppe. Así que, como siempre en tales ocasiones, abundaban los impecables trajes de paño bejarano, las corbatas sencillas, los pañuelos blancos en el bolsillo y los zapatos bien lustrados. Cualquier visita de personalidades externas, y más ésta, era buena para proclamar las bonanzas de la industria textil propia. Como el sol todavía picaba, y más en aquellas horas centrales del día, los tejidos eran ligeros y de tonos suaves. Las mujeres vestían a la moda con trajes de chaqueta confeccionados por las mejores modistas locales, salmantinas o madrileñas, dependiendo de la capacidad económica de cada una de sus portadoras. La plaza se había adornado con enseñas y colgaduras en los balcones, tal y como el alcalde había pedido en los medios de comunicación locales. Un paño anunciaba la Imprenta Hontiveros.

Alexander Fleming

            Desde unas décadas antes, en muchas partes del mundo se honraba la figura del doctor Alexander Fleming por su descubrimiento de la penicilina[1], un hallazgo que había permitido arrancar de las garras de la muerte a miles de personas. El remedio cortaba de raíz, y en pocos días, las tremendas infecciones derivadas de heridas e infecciones. El 9 de febrero de 1944 El Adelanto de Salamanca daba noticia de ello en un artículo de curioso título: «Churchill curó su última pulmonía con el penicellín, la maravilla del siglo XX. Un formidable remedio terapéutico descubierto por el profesor Alejandro Fleming». 

1/30/2026

El duque y la madrastra. Un caso de damnatio memoriae en Béjar a finales del siglo XVI (2ª Parte y final)

 Autor: José Muñoz Domínguez

2. La damatio memoriae de Francisco III contra Brianda Sarmiento de la Cerda  

Me he ocupado de este caso de damnatio memoriae desde 2008, si bien entonces desconocía el documento clave para atribuirlo específicamente al duque Francisco III, un aspecto ya corregido en trabajos posteriores (nota 1). El documento fue localizado por Juan Félix Sánchez Sancho y se trata de un inventario de mediados de 1592, relacionado con un pleito por los bienes en herencia, que se realizó meses después del fallecimiento del duque Francisco II, ocurrida en septiembre del año anterior. 

Figs. 1 y 2. Localización de los escudos estudiados en la coronación heráldica de las ventanas del palacete de recreo de El Bosque (fotos de José Muñoz Domínguez, 2025 y 1996, respectivamente).

 Hasta conocer ese inventario, la ausencia de la heráldica de la segunda esposa del duque difunto y la reiterada memoria de la primera –Guiomar de Mendoza y Aragón, fallecida en 1548–, carecían de explicación lógica en edificios tan representativos como el palacete de recreo de El Bosque, renovado en 1566-1567 (figs. 1 y 2), o el Palacio Ducal urbano, con sus reformas sustanciales fechadas en el período 1567-1569 (figs. 3 y 4), un lapso temporal alejado en más de dos décadas del fallecimiento de la primera esposa y coincidente con los tres primeros años de matrimonio con la segunda. Todavía más: ¿cómo era posible que Francisco II ordenara inscribir el nombre de Guiomar en todas las cartelas que coronaban los vanos del palacete –y en origen fueron 28–, precisamente en el primer año de su segundo casamiento? Un acto tan despreciativo y extemporáneo contra la reciente esposa, impropio de la convivencia marital y de la mentalidad aristocrática, sólo podría haber sido realizado tras la muerte del IV duque y por alguien con suficiente autoridad y poder ejecutivo: obviamente su heredero y V duque, hijo de Francisco y Guiomar, que mantuvo un serio enfrentamiento con su madrastra Brianda, motivado por la herencia de su padre y posiblemente por una pésima relación previa. 

1/23/2026

El duque y la madrastra. Un caso de damnatio memoriae en Béjar a finales del siglo XVI (1ª Parte)

 Autor: José Muñoz Domínguez

En la mentalidad aristocrática del Antiguo Régimen, la trascendencia del linaje estaba por encima de los intereses individuales, un estatus hereditario basado en tres pilares irrenunciables frente a la muerte y el olvido: la transmisión del legado genético a través de la descendencia –preferiblemente por vía legítima–, la transmisión de la herencia material a través de la institución del mayorazgo –con la consecuente preservación o acrecentamiento de los bienes raíces, inmuebles, muebles y semovientes, también de los privilegios, acumulados en la figura del primogénito–, y el honor y buena fama de cada miembro de la misma progenie desde sus ancestros, reforzada o significada mediante la creación de lugares para la memoria en capillas funerarias, fundaciones religiosas o asistenciales, palacios y quintas de placer. 

 

 Portada de la disertación jurídica de Christoph Schreiter, Damnatione memoriae..., de 1689 (imagen tomada de https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb10648131?page=,1).

La representación más evidente o pregnante de esa triple herencia radicaba en la heráldica, ese conjunto de formas codificadas que desde tiempos medievales permitía y permite identificar a las distintas casas nobiliarias europeas con la misma eficacia que, en nuestros días, consigue el diseño de un logotipo respecto de una marca o empresa. En el caso del linaje Zúñiga, basta observar un escudo de plata con banda de sable, orlado de cadena de oro con ocho eslabones y timbrado por corona ducal –o su versión labrada en piedra, generalmente acromática– para reconocerlo como símbolo inequívoco del patrimonio de esa familia de origen navarro, duques de Béjar desde 1485. Y, del mismo modo que una alianza empresarial obliga a la coexistencia o a la fusión de los logotipos de cada socio en la nueva imagen corporativa, tras cada alianza matrimonial entre dos linajes se cuidaba la exhibición de sus correspondientes signos heráldicos con el debido orden de prioridad.