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miércoles, 27 de julio de 2022

CINE BÉLICO. "CABALLO DE BATALLA"

 

Fotograma de la briosa carga protagonizada por los british (Dios maldiga a Nelson) que será el tema de esta entrada porque, la verdad, fue lo único que medio me llamó la atención de esta película

Como todos los años, el jodido infierno ha subido a la tierra. Sales reptando de la piltra con las sábanas pegadas, te metes bajo el grifo y el agua sale caliente por mucho que le des a la fría, y antes de proseguir voy un momento al patio a regarme un poco, no sea que la sesera se me cueza en su propio jugo y deje inconcluso este articulillo. Ahora vuelvo...

Ya'tá. He conseguido bajar mi temperatura corporal 0,7 grados, lo que es todo un logro para no ser aún mediodía. Bueno, a lo que vamos.

Esta cinta, cuyo título original es "War horse" (por una vez no han traducido el título con otro que no tiene nada que ver) fue dirigida en 2011 por Steven Spielberg y, para qué mentir, me pareció una chorrada propia de críos. Sí, ya saben de esas para tenerlos callados toda la tarde con un maratón peliculero que incluya E.T. y la saga completa de la Guerra de las Galaxias en la que, por cierto, nunca hubo galaxias enfrentadas, sino los buenos bondadosos contra los malos malosos. El guion es más previsible que las perversas ideas de un cuñado, y el final es tan feliz que, cuando por fin aparecen los créditos, tienes que salir echando leches a dar de vientre de lo estomagante que es; observen el subtítulo: "separados por la guerra, probado en batalla, unidos por la amistad". No deja lugar a cualquier tipo de duda, ¿verdad? Pero bueno, ya saben que nunca hago críticas cinematográficas porque para gustos, colores, por lo que nos limitaremos a vapulear la que, a mi entender, podría haber sido la única escena aprovechable de la película sino se la hubieran cagado de forma inmisericorde, lo que tampoco es nada nuevo en la industria del cine.

Un escuadrón del 20º Deccan Horse en las cercanías de
Bazentin-le-Petit. Este regimiento estaba armado con lanzas 
Bien, la carga en cuestión es totalmente ficticia, lo que no es óbice para realizarla conforme a los cánones. El que no haya sido un hecho histórico no debería ser motivo para tomarse las "licencias artísticas" habituales, si bien eso ya sabemos que es la norma. Según la trama, esta acción se desarrolla nada más empezar el conflicto en las cercanías de un lugar llamado Quiévrechain, un pueblecito pegado a la frontera de Bélgica en el que lo único que encontramos relacionado con la Gran Guerra son las tumbas de seis canadienses que palmaron entre los día 5 y 7 de noviembre de 1918, cuando quedaba menos de una semana para que terminase el conflicto, y uno de ellos, según reza su lápida, entregó la cuchara el día 14, cuando hacía 72 horas que la paz reinaba en el mundo. Con todo, por su ambientación creo que podrían haberse inspirado en la batalla de Bazentin, librada el 14 de julio de 1916 en el contexto de la ofensiva del Somme. Hablamos de parte de un conjunto de operaciones dentro de las cuales el 20º Rgto. Deccan Horse de Ejército Indio realizaron una carga contra las tropas alemanas que ocupaban el bosque de Foureaux, conocido por los british como High Wood. Y digo que se quizás se inspiraron en esta movida más que nada porque la ambientación es similar a la de la batalla en cuestión: zona despejada dedicada al cultivo de grano y malvados tedescos agazapados en un bosque tenebroso con mogollón de ametralladoras.

Bien, la parte que nos interesa comienza en un sembrado donde el escuadrón al mando del mayor Jamie Stewart, interpretado por un Benedict Cumberbatch que es tan inglés que tiene una pinta de oficial inglés acojonante, ordena a sus muchachos auparse en sus pencos. Para no llamar la atención del enemigo, se han aproximado desmontados. Así pues, montan y, tras desparramar la mirada para ver que nadie ha decidido colocar el caballo al revés y largarse del campo del honor, da la orden de desenvainar. A continuación, ordena al escuadrón ponerse en marcha. Hasta aquí, todo muy bien y muy reglamentario.

El mayor Stewart da la orden de avanzar. Empieza la fiesta.

Uniformes, arreos y armas son correctos. En este caso, el fulano encargado de alquilar el atrezzo no la ha cagado. De hecho, incluso ha tenido la gentileza de ofrecernos un detallito: la espada de los oficiales presenta un acabado distinto al de la tropa. Abramos un paréntesis para hablar de las espadas, aunque sea de forma somera, porque siempre es un tema gratificante y, además, así matamos dos pájaros de un escopetazo: contamos la carga cutre y aprovechamos para dar un repasillo espadero, que hace meses que no hablamos de nada similar.

Desde finales del siglo XVIII, la caballería british ya seguía la pauta habitual que se desarrolló durante los años siguientes: la caballería ligera estaría armada con sable y la pesada con espada. En el primer caso, el modelo adoptado fue obra del mayor general John Le Marchant, un sesudo militar que, contrariamente a la mayoría de los mandamases de la época, se preocupaba de pensar y analizar las cosas, y no dejarse llevar por tradiciones y prejuicios. 

Sable modelo 1796. Obsérvese la ancha acanaladura que recorre las caras de la hoja en casi toda su longitud con el fin de aligerarla de peso. A pesar de su aspecto masivo, el peso total del arma era de 960 gramos, y el largo de la hoja de 84 cm.

Le Marchant, junto con la colaboración de un maestro espadero de Birmingham llamado Henry Osborn, diseñó el sable modelo 1796, un arma con un poder devastador ya que, aparte de su acusaba curvatura, la hoja se ensanchaba hacia el tercio débil de forma que su contundencia aumentaba al descargar el golpe. Para entendernos, al estar el centro de gravedad desplazado hacia la punta, la energía cinética que acumulaba ese chisme era tremebunda. Podemos asimilarla al efecto de los machetes cañeros, mucho más anchos por la punta que por la base. De hecho, Le Marchant estaba tan ilusionado con su creación que propuso que fuese el modelo adoptado por toda la caballería, pero los mandamases lo tenían claro: la caballería pesada debía estar armada con espadas.


El diseño elegido estaba al parecer inspirado en la pallasch modelo 1769 reglamentaria de la caballería austriaca. Solo se diferenciaban en las guarniciones, pero la hoja, que es la madre del cordero, era la misma. Como vemos en la foto superior, no tenía nada que ver con las espadas usadas por la caballería de línea gabacha, considerada como la más poderosa de la época. Su hoja, de 89 cm. de larga y recorrida por una ancha acanaladura, terminaba en una punta inclinada y con un desarrollo un poco más ancho en el extremo final de la misma. Tiene pues una curiosa similitud con el sable de Le Marchant, que parece talmente esta espada tras haber sido recurvada. La cosa es que esta arma permitía a sus usuarios herir tanto de filo como de punta, y al parecer no era raro que cada cual diese su toque personal a la hoja para adaptarla a sus preferencias. Era pues frecuente que esa punta parecida a la de un machete fuera eliminada y sustituida a golpe de piedra de amolar por una simétrica, más adecuada para los aficionados a pinchar en vez de a cortar.

Cuando pudieron enviar al enano a reventar en cámara lenta a Santa Elena, los british empezaron a rumiar si no sería más práctico diseñar un arma con capacidad para herir de corte y de filo, lo que obviamente simplificaría enormemente la fabricación y distribución de armamento a todas las unidades de caballería independientemente de que fueran regimientos de caballería pesada o ligera. 


La criatura resultante de esta nueva doctrina pueden verla en la foto superior. Se trata del modelo 1821, un sable cuya mínima curvatura pretendía cumplir las dos funciones: herir de filo y de corte. Para lo primero, la hoja casi recta con el tercio débil vaciado a dos mesas y afilado por ambas caras facilitaría asestar estocadas rotundas, y para lo segundo bastaría, al menos en teoría, la curvatura de la hoja, provista de dos acanaladuras en los dos primeros tercios. Sus dimensiones eran similares a las de sus antecesoras, hoja de 81 cm. y un total de 96'5 cm. Las guarniciones, formadas por tres gavilanes, estaban concebidas para proporcionar una mayor protección a la mano del jinete pero, sin embargo, su masa no podría igualar la contundencia del modelo 1796. En todo caso, se acabó imponiendo esta nueva doctrina.

En 1853 se introdujo un nuevo modelo que, básicamente, era un sable modelo 1821 sobredimensionado y con una empuñadura más sencilla formada por dos cachas de cuero cuadrilladas y sujetas mediante cinco remaches en la espiga enteriza, o sea, tenía el mismo ancho que la hoja, lo que aumentaba notablemente la solidez del arma. 


La guarnición era similar, con tres gavilanes, y la hoja tenía el mismo diseño que su antecesora, con un contrafilo romo en el tercio débil y el resto del lomo cuadrado. Como ya podemos suponer, este sable era más pesado que el modelo 1821, alcanzando los 1.100 gramos. La hoja tenía una longitud de 91 cm., una anchura de 35 mm. y una longitud total de 107 cm. Cuando los british se largaron a Crimea a contemplar la majestuosa aniquilación de la Brigada Ligera en Balaklava, la distribución de este modelo aún no se había completado, y un número indeterminado de jinetes aún portaban el modelo 1821, lo que tampoco supuso ningún problema cuando los cañones rusos les dieron estopa en cantidad mientras avanzaban por el valle de la muerte por obra y gracia del controvertido mensaje del capitán Louis Nolan.

Bien, esta sería grosso modo la evolución de las armas de caballería durante el siglo XIX, llegando a las postrimerías del mismo sin que, en realidad, el concepto de sable "todo uso" hubiese llegado a mostrarse verdaderamente eficaz, cuando no francamente desalentador. En 1903 se formó una comisión formada por altos mandos de la caballería british que, tras mucho discutir, debatir y trasegar güisqui en cantidad, llegaron a la conclusión de que lo más idóneo era diseñar un nuevo prototipo universal destinado a herir exclusivamente de punta, uséase, una espada. Como no podía ser menos, los archiconservadores protestaron vehementemente, afirmando que el concepto de espada-sable era el más adecuado si bien los mandaron a paseo, que para eso los principales defensores del nuevo diseño eran los generales Haig y French. 


El prototipo resultante podemos verlo en la foto superior. Era una espada provista de una generosa cazoleta y una empuñadura muy ergonómica que facilitaba enfilar el arma hacia el enemigo con más comodidad. La hoja, larga, gruesa y angosta, tenía una sección en T, por lo que era muy rígida. De ese modo se limitaba el típico combado que sufrían estas armas cuando se clavaban en los miserables cuerpos de los miserables enemigos. Tras dar la comisión el visto bueno, en 1904 se ordenó la fabricación de 200 unidades que fueron distribuidas a varios regimientos para que la probasen a fondo e informaran acerca de sus opiniones cuanto antes, que la siguiente guerra ya estaba en camino. Aunque salieron a relucir los protestones de siempre que nunca están conformes con las novedades, lo cierto es que el prototipo causó una impresión bastante buena, y más si lo comparaban con los sables al uso hasta aquel momento.


No obstante, ya sabemos que los militares nunca están contentos dando el visto bueno tras formar una comisión, así que dos años más tarde se formó otra, en esta ocasión dirigida por el general Sir Henry Scobell, un prestigioso militar que había desarrollado su carrera en diversas unidades de caballería y había participado en los violentos cambios de impresiones entre british y boers antes de regresar a su isla mohosa en 1902. Scobell optó por hacer un estudio detallado de las armas en servicio más los prototipos en desarrollo, llegando a probarse nada menos que 16 modelos diferentes para, al final, volver al principio de la película ya que la comisión concluyó con que el diseño más adecuado era el de 1904, pero con una pequeña modificación consistente en dotar la hoja de filo por si surgía la ocasión de asestar un tajo. La criatura resultante fue el modelo experimental 1906, cuyo aspecto podemos ver en la foto superior. En resumen,
 la comisión de Scobell básicamente se dedicó a corroborar lo que ya había dictado la comisión anterior y a beberse el güisqui que les había sobrado. Se lo tomaron con calma, porque la puñetera comisión no dio su veredicto hasta 1908.

Como podemos apreciar, aparte del detallito del filo se modificó la empuñadura haciéndola menos inclinada y dotándola de un abultamiento en el pomo para equilibrarla mejor. Se encargaron cuatro prototipos a las firmas Wilkinson Sword y Robert Mole & Sons para hacer más pruebas y, de paso, dirimir quién sería el que ganaba el concurso. El diseño final fue el de Mole, que debió ponerse muy contentito por haberle echado la pata a la omnipresente Wilkinson.


Y arriba vemos el diseño definitivo que fue bautizado como modelo 1908. Como vemos, la hoja, con una longitud de 89 cm., era literalmente una aguja con un tercio débil vaciado a dos mesas para favorecer la estocada. En teoría, y cabe suponer que para contentar a los irredentos del sable, la mitad de la hoja, concretamente 18 pulgadas (46 cm.), deberían estar afilados. Pero no hay que ser un experto en la materia para deducir que una hoja con esa morfología no podría cortar ni un pepino por mucho que la afilaran. De hecho, incluso la ergonomía de la empuñadura era la menos adecuada para descargar tajos con ella, e incluso la habían provisto de un rebaje para apoyar el pulgar, precisamente para facilitar el empuje. De hecho, la nueva doctrina especificaba que "...cada hombre debe cabalgar hacia su oponente a toda velocidad con la determinación de atravesarlo y matarlo". Uséase, que de rebanarle el pescuezo nada. Pincharlo como una aceituna de martini y dejarlo en el sitio.

En la foto de la derecha podemos ver con detalle la empuñadura. Era un bloque de una sola pieza de madera (también se fabricó de caucho) por cuyo interior transcurría la espiga, que estaba remachada en el casquillo del pomo. Como se puede apreciar, ambas caras y el apoyo para el pulgar estaban finamente cuadrillados. Si observamos la parte inferior, un saliente permitía apoyar también el dedo índice, lo que hace más que evidente que esta espada estaba concebida para empujar y no para golpear por mucho que los conservadores se empeñasen en que eso de filetear al enemigo era lo más guay. En cuanto a las guarniciones, estaban formadas por una amplia cazoleta de acero que cubría totalmente la mano. La cara anterior estaba rebordeada para reforzarla contra golpes del adversario, y en la unión con el casquillo podemos ver el ojal para el fiador. Por lo demás, carecían de grabados o distintivos regimentales. Lisa, monda y lironda. Añadir solo que delante de la cazoleta llevaba un guardapolvo en forma de disco de piel de vacuno, como era habitual en muchas armas de la época.


La vaina, que podemos ver en la foto superior, era bastante simple. Fabricada de acero, carecía de batiente y bajo el brocal vemos dos anillas soldadas sobre una base. Estas anillas servían para fijarla a un tahalí cuando el soldado no cabalgaba. Cuando se portaba en la silla, se sujetaba a la bolsa de herrajes como vemos en el detalle de la derecha. Por cierto, tanto la cazoleta como la vaina se pavonaron para evitar reflejos.

Sin embargo, el modelo de oficiales aún no existía. Ya sabemos que los mandamases deben portar un arma más chula que la tropa, y mientras se aclaraban qué pijaditas añadirle siguieron usando mayoritariamente el modelo 1853 que usaron sus padres en Crimea. Finalmente, en 1912 se procedió a la fabricación de la espada para la oficialidad que solo se diferenciaba de la de tropa en las guarniciones y los acabados de la hoja.


Ahí la tenemos. Como se puede ver, la empuñadura era más lujosa, forrada de piel de lija y rodeada de un torzal de alpaca. El pomo y la cazoleta estaban decorados con motivos florales, así como el recazo de la hoja. Obviamente, había muchas variaciones tanto en cuando los oficiales tenían que pagarse su propia espada, por lo que se admitían pequeños cambios en la decoración, lo mismo que en el fiador. Así mismo, se diseñaron dos vainas: una enteramente fabricada de acero niquelado y provista con brocal, batiente y dos abrazaderas con sus respectivas anillas para usarla en movidas de gala ya que en esos eventos se llevaba colgando del ceñidor. Abajo tenemos la vaina de campaña, fabricada de madera y forrada de cuero color avellana. La única pieza metálica que llevaba era el brocal para no dañar la vaina al enfundar o desenvainar la espada. En este caso se llevaba suspendida de la silla, unida a la bolsa de herrajes.


Ahí vemos al valeroso capitán Nicholls aprestando a Joey, al penco protagonista- en realidad se usaron 8 para representar el animal adulto, 4 para su época de potro y 2 como potrillo-, poco antes de empezar la fiesta. En primer término podemos apreciar la empuñadura de su espada suspendida de la silla. Obsérvese el lujoso fiador que lleva prendido a la cazoleta, rematado con una bellota de hilo de oro. También podemos ver, aunque la foto es bastante birriosa, la decoración de la misma y el torzal que envolvía la empuñadura de piel de lija. Espóiler: en ese momento, al capitán Nicholls le queda menos vida que a un pavo un 25 de diciembre a las 8 de la mañana. Cerramos el paréntesis espatario.

Bien, ya creo que hemos aprendido todo lo necesario para conocer de forma básica la historia de la espada que veremos en la peli la cual, como no podía ser menos, fue considerada por los british como "la espada de caballería mejor concebida del mundo", y eso que no tienen abuela. En fin, no merece discutir memeces de isleños que supuran arrogancia por cada poro de sus cuerpos ahítos de pasteles de riñones. Procedamos pues a narrar la dichosa carga, que llevo dos horas dándole a la tecla y aún no hemos empezado en serio.

1ª chorrada: La acción se lleva a cabo contra un campamento tedesco asentado en un prado verde inglés. Los tedescos, que deben pensar que la paz reina en el mundo, no se han preocupado de poner centinelas o de formar algún tipo de obstáculo en prevención de un ataque enemigo. Simplemente dormitan en sus tiendas de campaña o aprovechan para rasurarse sus jetas germánicas. En la foto 1 vemos como el escuadrón del mayor Stewart emerge de un campo de mies madura. Sin embargo, en la foto 2, donde dos atribulados tedescos se asoman alarmados por el fragor de la caballería, se ve como los caballos chapotean en un prado totalmente anegado. Algo no cuadra. Estamos en el mes de agosto y ha caído agua a mares. Qué suerte, carajo. Aquí no cae una gota hace meses...

2ª chorrada: Observen la foto 3, que nos muestra una vista aérea del escuadrón avanzando contra el campamento. Los tedescos, que por norma son además de los malos los tontos de las pelis de guerra, no se han preocupado ni de tender un mísero alambre de púas ni de poner un solo centinela. La foto 4 muestra la desbandada general cuando se percatan de que mogollón de british a caballo se abalanzan sobre ellos. Primer plano con mensaje vegano: menú superguay con patatas, zanahorias y demás cositas sanas. De carnaca y grasas saturadas, nada de nada. Dos detalles a recordar: uno, observen la distancia entre el regimiento que avanza a galope tendido y el campamento. Dos, la distancia entre los tedescos y el bosque del fondo, hacia donde correrán en busca de refugio. Y una cosa más: las tiendas de campaña. Por aquel entonces, hacía ya bastante tiempo que usaban el Zeltbahn modelo 1893. Para los que desconozcan qué es eso, pues básicamente cachos de tela abotonada que cada guripa llevaba consigo. Se unían los de varios guripas y ya tenían tienda de campaña. Ya hablaremos de ellos un año de estos.

3ª chorrada: Vean la foto 5, en la que el mayor Stewart se dispone a filetear a un tedesco, y encima a contramano. Si repasan unas 366 veces la escena de la carga, no verán una sola estocada, y eso que, como hemos repetido antes, la puñetera espada modelo 1908 se diseñó para pinchar. Para más inri, si estoquear a un objetivo situado a una cota inferior y a trasmano ya es complicadillo, observen la postura forzada del mayor, que lo más que hará será provocar un corte de escasa profundidad porque para que un tajo sea resolutivo hay que asestarlo de arriba abajo o de izquierda a derecha, y no de atrás hacia adelante y, encima, galopando aupando en un penco. En resumen, todos los primeros planos en los que se abaten tedescos son similares: tajo de atrás hacia adelante. ¿El motivo? Vean la foto 6. Esa escena se rodó con una cámara instalada sobre el techo de un Mercedes que rodó paralelamente a los jinetes por su izquierda. Si lo hubieran colocado al revés, se podrían haber captado las mismas escenas pero bien planteadas, es decir, con los jinetes enfilando a los enemigos y pasándolos de lado. ¿Por qué lo hicieron así? Vete a saber... Quizás a los especialistas les resultaba más fácil disimular un tajo visto desde delante, de forma que así no llegaban siquiera a tocar al que tenía que hacer de tedesco-víctima porque su cuerpo tapaba el tajo ficticio y no se veía que, en realidad, la hoja de la espada pasaba lejos de su persona. Sea como fuere, acabamos con la historia de siempre: las licencias priman sobre la realidad y la fidelidad, lo cual se me antoja aún más absurdo tanto en cuanto los procesos de edición permiten realizar virguerías visuales de todo tipo.

4ª chorrada: ¿Se acuerdan de lo de la distancia entre jinetes y campamento y entre tedescos y bosque, no? Pues en la foto 7, esta distancia incluso ha aumentado, y eso que los caballos suelen correr a una velocidad bastante superior a la de un homínido por mucho canguelo que sienta. Y no solo eso sino que, en un alarde de adiestramiento, un escuadrón totalmente desorganizado al tener que esquivar las tiendas de campaña y tal se ha reagrupado y vuelven a atacar en masa en dirección al bosque que les oculta la muy desagradable sorpresa que vemos en la foto 8: mogollón de ametralladoras Maxim flamantes pero solitarias, esperando a sus servidores que son precisamente los fulanos que huyen de los caballos. Pero como los tedescos son ciudadanos bien entrenados, en un periquete se colocan tras sus máquinas, que ya tienen cargadas y listas para abrir fuego y se disponen a detener en seco a los british, que no esperaban nada semejante. Por cierto, ¿no habría sido más lógico poner aunque fuera un par de máquinas defendiendo el campamento, y no mogollón de ellas detrás del campamento? El que diseñó la escena debía ser un estratega de primera clase pero, lógicamente, si la diseña correctamente las Maxim habrían parado en seco la carga nada más ver aparecer a los british en el prado y la película se habría fastidiado.

5ª chorrada: Observen las jetas de asombro de Stewart y Nicholls. Las Maxim han abierto fuego y se les nota un tanto perplejos. Tan perplejos que a ninguno de los dos se les ocurre ordenar retirada y desperdigarse para evitar ser barridos del mapa. Pero en Sandhurst debieron lavarles la sesera a base de bien y los convencieron de que palmarla inútilmente por el Rey y la Patria era lo que se esperaba de un caballero inglés, y que con toda seguridad las señoritas de Londres comentarían su hazaña, echarían alguna lágrima leyendo la narración en la prensa y hasta escribirían alguna carta anónima a la familia transmitiendo su pesadumbre por la pérdida de tamaños héroes. Naturalmente, cartas escritas en elegante papel de lino color hueso perfumado con lavanda y con tinta púrpura con leves matices en magenta. Pero lo peor no es que estos dos pasmarotes se quedaran bloqueados, es que el resto del escuadrón siguió avanzando como si no ocurriera nada en plan autómatas suicidas. Por cierto, observen un curioso detalle de la foto 10. El escuadrón acaba de dejar atrás el campamento tedesco, pero, ¿dónde está? Más aún, tras la apenada jeta de Nicholls ni siquiera se divisa el frondoso campo de mies de donde salieron un minuto antes, sino un bosque. Qué gazapo más tonto, ¿no?

6ª chorrada: En la foto 11 vemos como mogollón de caballos sin jinete se adentran en el bosque. Es una cascada de pencos vacíos que saltan sobre los sacos terreros esquivando a las máquinas y sus servidores porque, como sabemos, el instinto natural del caballo le impulsa a esquivar obstáculos. Sin embargo, y a pesar de la escabechina que se está produciendo, el resto del escuadrón continua avanzando aunque se supone que están viendo como los compañeros que les preceden caen como bolos. En la foto 12 los vemos a galope tendido y, curiosamente, aunque en fotogramas anteriores aparecían muy agrupados y cercanos al bosque, no sabemos cómo ahora tardan dos horas en llegar al mismo, y tan separados que, mientras los primeros ya han sido aniquilados, los que les siguen aún tienen un trecho de camino por delante para alcanzar la arboleda. Si recreamos la escena con un cronómetro veremos tal descoordinación que induce a darle de collejas al director de continuidad.

Chorrada final: Vean la foto inferior. Corresponde a una de las tomas en las que se ven cantidad de caballos adentrándose en el bosque con las sillas vacías porque, obviamente, sus jinetes han palmado. Pero ahora viene la pregunta definitiva que cualquier ciudadano sensato se haría en este momento: ¿cómo es posible que los jinetes sean alcanzados por las balas de las Maxim, pero los caballos no?


Cuando se enfrenta a un fuego frontal, un jinete está protegido casi por completo por el caballo. Le basta agazaparse tras su cuello y su cabeza para que solo los brazos y las piernas queden al descubierto. Por lo tanto, lo lógico ante un fuego intenso como el que aniquila el escuadrón del mayor Stewart sería que los caballos murieran antes que los jinetes. O sea, los pencos caerían fulminados y algún jinete torpe se quedaría atrapado bajo su cuerpo, aunque la mayoría lograrían sacar el pie del estribo y esquivar la caída. Sí, alguno de ellos también podría ser alcanzado, pero lo que es surrealista es que todos los caballos hayan permanecido ilesos mientras que los fulanos que los montan hayan sido aniquilados a pesar de que avanzaban protegidos por sus monturas. Obviamente, en este caso se buscaba dar a la escena un efecto dramático al máximo. Los caballos sin jinete informaban al público que todos, incluyendo sus mandos, estaban cayendo como moscas. Una forma aséptica de dar a entender una matanza sin que se vea caer un solo british, que para eso son los buenos de la peli y, naturalmente, que tampoco se vean caballos acribillados a balazos intentando mantenerse en pie chorreando sangre hasta que son finalmente abatidos por el implacable fuego tedesco. 

En fin, con estas siete chorradas creo que ha quedado demostrado que la escena de la carga es un churro. Sí, ya, que quedan muy emocionantes y tal, y que la inmensa mayoría del público se lo traga porque no saben un carajo de nada, pero tergiversar la realidad sabiendo que se hace con impunidad es una bellaquería propia de cuñados y políticos. Que sí, que las licencias artísticas, que se pretende representar algo de forma figurada y blablabla pero, ¿no se puede hacer lo mismo recreando cada cosa como es, y no como al director le gustaría que fuese?

Bueno, para llevar tanto tiempo de capa caída me he pasado tres pueblos y tengo agujetas en los hombros, así que acabo ya. Me piro a regarme de nuevo, que jase una caló que te caga, hohtia.

Hale, he dicho

Uno de los ocho Joey que interpretan al penco protagonista se interna en el bosque sin jinete. El capitán Nicholls ha quedado en el campo del honor con el pellejo agujereado, y al caballo aún le esperan mogollón de peripecias a lo largo de los 146 minutos que dura la película con final feliz garantizado, como no podía ser menos

lunes, 23 de diciembre de 2019

Curiosidades: el sable Patton


Varios soldados de caballería mostrando sus espadas modelo 1913. La foto nos permite apreciar el generoso tamaño del
arma, así como su nada despreciable longitud

El teniente Patton en sus comienzos
Dilectos lectores, otro año que se va al carajo. Parece que fue ayer cuando exclamé esa misma frase pero, como digo siempre, el tiempo es el enemigo inexorable del hombre y, a medida que pasan los años, corre a más velocidad, maldita sea mi estampa. Bueno, cuestiones temporales aparte, ya sabemos que estas espeluznantes fechas navideñas se prestan para que los cuñados y demás familia política se nos incrusten en el sacrosanto hogar para arrasar con la despensa y la bodega, así que conviene tener material preparado para lograr que se les atragante el mazapán que devoran con fruición o, mejor aún, les de un chungo por una repentina subida de tensión y se los tengan que llevar a urgencias echando leches antes de que les estalle una arteria de sus mínimas seseras. Para lograrlo, nada como el tema de hoy: el sable de Patton. Sí, el Patton de siempre, el arrogante, despótico, belicoso, a veces estrafalario y con aires de mariscal prusiano George Smith Patton Jr. que, aunque pueda resultarnos extraño, fue el que diseñó la última espada reglamentaria para la caballería yankee, o sea, algo así como el Puerto-Seguro a la americana.

El cadete Patton en el año de su graduación
Generalmente, es mucho más conocida la vida de este sujeto durante su intervención en la 2ª Guerra Mundial, donde se dedicó a pelearse con todo bicho viviente incluyendo aliados y colegas y a odiar a Montgomery como si fuera cuñado en primer grado, pero de sus andanzas durante su estancia en la academia de West Point y sus primeros pasos en la milicia ya no estamos tan versados a pesar de que, aunque no nos suene de nada, el furibundo George ya destacaba por aquellos tiempos. Obviamente no vamos a detallar pelos y señales su vida, de la que hay información sobrada en la red, sino solo de los hechos que lo llevaron a diseñar la espada modelo 1913 y a cambiar de cabo a rabo todos los conceptos teóricos u prácticos sobre el empleo táctico de la caballería y su arma reglamentaria del ejército yankee. Bueno, al grano...


Sable modelo 1860
En los albores del siglo XX, los mandamases del ejército decidieron que ya iba siendo hora de ir buscando un sustituto a su viejo sable modelo 1860 con el que habían hecho la guerra civil y masacrado mogollón de probos indígenas desuella-cráneos. En 1906 se aprobó un modelo que, básicamente, era igual al anterior con la diferencia de que las guarniciones eran de acero en vez de bronce. Los yankees habían preferido desde siempre el sable a la espada a pesar de que, como pudimos ver en las entradas dedicadas a la espada de caballería de línea, estas últimas eran mucho más eficaces a la hora de escabechar enemigos. Quizás porque durante su guerra particular con los malvados rebeldes esclavistas del sur la caballería no llegó a ser un arma decisiva y, del mismo modo, porque contra los indios era absurdo lanzar una carga ya que eran más contundentes las armas de fuego, el caso es que no contemplaban las tropas a caballo como en Europa, donde las unidades de caballería de línea resultaban devastadoras a la hora de romper las filas enemigas con sus cargas estribo contra estribo y armados con grandes espadas. Porque hay que tener en cuenta un detalle: el jinete que empuña un sable necesita espacio para golpear, lo que impide cargar en orden muy cerrado. De ahí que fuese el arma empleada por húsares y caballería ligera en general, cuyo uso táctico habitual era la exploración, como escaramuceros o para perseguir al enemigo en fuga. 

El francés Mas Latrie (izda.) enfrentándose a Patton (dcha.) en las
Olimpiadas de Estocolmo
Bien, ese era el panorama en USA en aquel momento. Y mientras tanto, el inefable George se graduó en West Point en 1909 como 2º teniente de caballería. No fue un cadete especialmente brillante ya que alcanzó el puesto 46 de 103, pero lo que le faltaba de enjundia le sobraba de ímpetu. Su primer destino fue el 15º Rgto. de Caballería, acantonado en Fort Sheridan, en Illinois. Nuestro hombre no solo era belicoso y tal, sino un consumado deportista y un apasionado tirador de esgrima, afición que le venía de crío por su pasión por las armas blancas, así como de armas cortas y largas. Tanto era así que fue el primer militar yankee que tomó parte en unas Olimpiadas, concretamente las celebradas en Estocolmo en 1912 en la modalidad de penthatlon moderno, una competición que abarcaba cinco disciplinas: tiro con pistola a 25 metros, esgrima, natación en una distancia de 300 metros a estilo libre, carrera de caballos en 800 metros y una carrera de 4 km. campo a través. Quedó en 5ª posición de 42 participantes si bien logró el tercer lugar en esgrima al imponerse a un gabacho que en aquel momento era campeón del mundo. Como vemos, a George se le daba bien el tema de las espadas. Si no hubiera sido por su polémica actuación en la disciplina de tiro al blanco (usó un revólver del .38 en vez del .22 y perdió puntos que se colaron por el mismo agujero), donde quedó en el 21º puesto, habría vuelto al terruño con alguna medallita para enaltecer aún más su ego.

El teniente Patton, convertido de la noche a la mañana en
el cerebro gris de la caballería norteamericana
Tras su periplo olímpico decidió que lo aprendido en la academia estaba ya más trasnochado que Drácula, así que se propuso aprender a fondo las teorías europeas acerca del uso de la espada/sable de caballería aprovechando que en Estocolmo había conocido a los mejores espadachines del mundo. Así pues, aprovechando el viaje, conoció al sargento mayor Charles Cléry, maestro de armas e instructor de esgrima de la Escuela de Caballería de Saumur, en Francia, con el que pasó dos semanas ilustrándose a base de bien. Los yankees, fieles seguidores en tantas cosas de sus antiguos paisanos británicos (Dios maldiga a Nelson), habían adoptado desde siempre sus conceptos militares, y uno de ellos era el uso del sable en la caballería, o sea, un arma para herir de filo. Sin embargo, las enseñanzas de Cléry fueron totalmente reveladoras para nuestro hombre, y asumiendo que la caballería gabacha era la mejor del momento había tomado buena nota de cómo ya en su día el enano corso (Dios lo maldiga cienes y cienes de veces) había sido siempre un denodado defensor de la espada. Tenía claro que un sablazo mataba poco, pero una estocada medianamente bien colocada era fatal de necesidad, y al decir medianamente bien entiéndase una cuchillada en cualquier sitio del tronco ya que interesaría el corazón, los pulmones, el hígado o el estómago, todos puntos vitales aunque los efectos tardasen un poco más o menos en hacerse notar. El mismo enano insistía a sus jinetes en que no perdiesen el tiempo cortando, sino que diesen estocadas. 

Postal coloreada que muestra una unidad de caballería en Fort Riley
De vuelta en el terruño es destinado a Fort Myer, y Patton trajo la lección tan bien aprendida que en enero de 1913 publicó de forma anónima un sesudo artículo en el Army and Naval Journal, la revista de defensa más influyente en los Estados Unidos por aquel tiempo. El artículo, titulado "El uso de la punta en el manejo de la espada" llamó rápidamente la atención de los mandamases, y sus razonamientos eran lo bastante sólidos como para que se plantearan tener en consideración las opiniones de un joven teniente, cosa rara, por no decir excepcional, en cualquier ejército. Incluso tuvo la oportunidad de exponer sus tesis ante la Junta de Jefes de Estado Mayor con una espada de coracero gabacho que había adquirido en París y que, por lo que se ve, causó una profunda impresión en el personal. De hecho, en junio de aquel mismo año se le autorizó a volver a Saumur para perfeccionarse en la teoría y la práctica del manejo de la espada de caballería con Cléry. A su vuelta a finales de septiembre fue destinado a Fort Riley, en Kansas, donde se tenía previsto iniciar un curso de seis meses para ilustrar a un suboficial de cada regimiento en las nuevas técnicas tras ser nombrado "Master of the Sword" (Maestro de la Espada).

Dos guripas aprendiendo los rudimentos de la esgrima con sus espadas
modelo 1913
Básicamente, las teorías de Patton podían resumirse en que un jinete armado con un sable no podía aprovechar la velocidad del caballo como parte del poder ofensivo del conjunto animal-soldado. Para golpear con el sable había que frenar, el golpe era predecible y podía ser detenido o desviado por el soldado, y en caso de enfrentarse a otro jinete armado con una espada, tenía todas las de perder porque, mientras el del sable perdía tiempo en preparar y descargar el tajo, su enemigo lo habría pasado de lado a lado con un simple movimiento estirando el brazo. Por otro lado, el jinete armado con espada podía ofender al enemigo a más distancia. Solo era necesario que se inclinase hacia adelante siguiendo la línea del cuello del caballo con el brazo estirado y la mano girada de forma que el dorso quedase mirando hacia arriba, quedando de esa forma protegida por la cazoleta ante los golpes y bayonetazos del enemigo. La espada debía quedar situada a la altura de las orejas del caballo para que, caso de ser atacado por el lado izquierdo, poder cambiar de posición rápidamente. Pero tras todo el tocho de teoría, que incluía formas de defenderse de enemigos situados en cualquier posición incluyendo la espalda, la doctrina de Patton se resumía en una frase: "Cabalga contra un hombre para matarlo, y si fallas pasa a otro moviéndote en línea recta con la intención de atravesar a tu oponente". O sea, avanzar sin desviarse ni enzarzarse a sablazos para acabar con un enemigo mientras sus colegas te rodeaban y te cosían a bayonetazos o te volaban los sesos sin más historias. 

Bien, así fue grosso modo como se gestó la adopción del modelo propuesto por Patton que, todo hay que decirlo, era un arma soberbia y muy bien concebida. Veámosla con detalle:


El largo total del arma era de 105,4 cm., de los que 89,5 corresponden a la hoja de doble filo, y su peso alcanzaba los 1.247 gramos. Como podemos apreciar, una larga acanaladura la recorre desde el recazo hasta 12 cm. antes de la punta. El ancho máximo es de 3 cm. y el espesor de 7,6 mm. En la unión con la cazoleta lleva un guardapolvo de cuero. Puede que algunos se pregunten qué sentido tenía fabricar una hoja de doble filo si estaba destinada a herir de punta. Había dos razones: una, para que siempre quedase la opción, caso de no quedar otro remedio, de poder herir de filo. La otra, más importante, para extraerla con más facilidad del cuerpo del enemigo. Había yankees, como pasa en todas partes, a los que las innovaciones les producían sarpullidos, y alguno que otro argüía que, en el momento de clavar, el encontronazo podía partir la muñeca o dislocar el hombro del jinete por no tener tiempo de extraer la hoja debido a la velocidad del caballo. Patton refutaba esa teoría alegando que el herido caería como un pelele, no solo por la herida, sino por el enorme empuje que suponía la punta de una espada con la energía cinética imprimida por caballo y jinete, por lo que bastaba tirar de ella a medida que avanzaba. No obstante, y para mayor seguridad e impedir que la hoja quedara trabajada, el filo y la mitad superior del contrafilo estaban afilados de verdad. O sea, que si te metían esa cosa por el pecho te seccionaba todo lo que pillara a su paso. Veamos la empuñadura...


Estaba formada por una cazoleta de acero de generosas dimensiones y provista de tres acanaladuras. Su grosor era de 1 mm. El lomo, que podemos verlo desmontado en la parte superior izquierda, era una pieza de acero cuadrillado donde se fijaba la hoja y la cazoleta mediante un tornillo. En un extremo podemos ver un óvalo destinado a apoyar el pulgar. Las cachas estaban fabricadas de caucho endurecido negro cuadrillado a razón de 13 rayas por pulgada, y se fijaban mediante dos tornillos pasantes. La forma bulbosa del extremo de la empuñadura facilitaba el agarre, equilibraba el arma e impedía que saliese despedida de la mano al clavar. Por último, alrededor del lomo podemos ver el fiador, una tira de cuero corrediza con dos trabillas del mismo material para ajustarla a la muñeca del jinete. Veamos a continuación las vainas...

La figura A muestra la versión de acero niquelado fabricada para oficiales y movidas castrenses donde había que salir guapos en la foto. La figura B es el modelo convencional del que se fabricaron tres versiones similares. Estaban hechas con madera de nogal tratada con aceite y albayalde, forrada con una capa de cuero y una más de lona impermeabilizada de color caqui o verde de tejido tubular para que no precisase de costura. Como vemos en ambos modelos, están provistas de un brocal- más grande en el modelo de tropa- y una contera, en ambos casos pavonados. Además, esta vaina podía usarse como mástil para las tiendas de campaña. Las figuras C1 y C2 presentan el aspecto del anverso y el reverso de la vaina provista de su atalaje para colgarla de la silla. El largo tirante que vemos fijado en el centro era para graduar la inclinación de la misma. Recordemos que los yankees, contrariamente a lo habitual en los ejércitos europeos, no llevaban la espada pendiendo de la parte trasera izquierda de la silla, sino cruzada bajo la pierna del jinete, en este caso la derecha en vez de la izquierda. Con dicho tirante la ajustaban hasta darle el grado de inclinación deseado. Por último, en la figura D vemos otra versión provista de una funda con una piqueta destinada a clavarla en el suelo para inmovilizar al caballo. Como accesorio disponían de una pequeña hoja de pala que usaba como mango dicha piqueta.

En la foto de la izquierda podemos ver a un penco militar con la silla, arreos y la espada tal como se ha explicado. No parece que fuese un sitio especialmente cómodo para desenvainar una espada de semejante tamaño y, por otro lado, me ha sido imposible localizar ningún dato o foto del lado opuesto de la silla que permitiera saber qué era lo que llevaba a la izquierda, aunque intuyo que, al igual que en el caso de los coraceros gabachos de principios del siglo XX, dejaban ese lado reservado a la carabina. Sea como fuere, en esa posición el jinete tendría que auparse sobre los estribos para poder sacar hacia adelante una hoja de casi 90 cm. de largo.

La espada resultó tan convincente que se ordenó a la Springfield Armory la fabricación de la misma, produciéndose entre 1913 y 1918 35.000 unidades. Las marcas de esta serie inicial podemos verlas en la foto de la derecha. En primer lugar vemos en el recazo las siglas del fabricante, S A flanqueando la bomba llameante del arma de artillería. Debajo aparece el año de fabricación. En la otra cara se punzonaba el emblema de los United States y el número de serie. Posteriormente y a raíz de la entrada en guerra de los yankees, entre 1918 y 1919, se encargaron otras 93.000 espadas a la firma Landers, Frary y Clark, que fueron marcados con las letras L F C y las fechas de 1918 o 1919, pero sin número de serie. Recordemos que en tiempo de guerra era habitual no dar pistas al enemigo sobre el origen, cantidad o fabricante del equipo militar.

En 1914, Patton redactó un pequeño manual de apenas 20 páginas titulado "Sabre Exercise" (Ejercicios con sable), donde aparecía un breve pero intenso programa de adiestramiento para la tropa en el que se instruía al personal en el manejo de la espada, tanto a pie como a caballo. Este manual fue reeditado varias veces e incluye incluso un modelo de maniquí para aprender a acuchillar con propiedad a los enemigos. El monigote tenía un cilindro de arpillera de unos 25 cm. de diámetro por 50 cm. de alto con una bolsa de arena colocada en el interior de unos 20 kilos de peso para que oscilara pero no volcara con las estocadas. El cilindro estaba relleno de paja bien prensada, y para fijarlo al suelo se aseguraba el soporte mediante piquetas. Aunque parezca fácil, lograr acertar en un blanco de ese tamaño aupado en un caballo lanzado a galope tendido requería de muchas horas de entrenamiento.

Por último, aquel mismo año y en respuesta a una solicitud de la Junta de Caballería, Patton propuso crear una prueba a modo de examen práctico para obtener una insignia que señalaba a los hombres especialmente diestros. Obviamente, esto no era más que un acicate para estimular al personal, que eso de lucir quincallería en la guerrera siempre ha gustado a los militares y emociona mucho a las señoritas en edad de merecer en los actos de sociedad. La prueba consistía en atacar diez monigotes satisfactoriamente y saltar un obstáculo de 5 pies de altura (152 cm) en un determinado tiempo. Solo los dos mejores clasificados de cada unidad podían obtener la anhelada chapa que los certificaba como matarifes de primera clase y la prueba solo se celebraba una vez al año, así que el personal se moría de ganas por pasarla exitosamente para lucir la dichosa chapa que, como vemos, está formada por una espada sobre la palabra swordsman (espadachín).

Sin embargo, y a pesar del interés mostrado por todos en general y por Patton en particular, su estupenda espada jamás llegó a entrar en acción. Durante sus conflictos con Méjico no hubo ocasión de propiciar alguna carga para darle un estreno adecuado, y cuando se largaron a la vieja Europa se encontraron con que las espadas ya solo valían para cortar boniatos. Las ametralladoras y la artillería se habían hecho las dueñas del campo de batalla hacia ya tres largos años. Y mientras tanto, más de 125.000 espadas empezaban a enmohecerse en las maestranzas militares hasta que en 1942 fueron declaradas obsoletas y dadas definitivamente de baja salvo contados ejemplares destinados a paradas y demás movidas castrenses. ¿Que qué fue de ellas? El destino que tuvieron no pudo ser más triste: sus hojas fueron troceadas para aprovechar el acero y fabricar cuchillos de combate como el que vemos en la foto, obtenido de un ejemplar fabricado por la Springfield Armory en 1918. Se fabricaron miles y miles de estos cuchillos con las formas más varipopintas que, como no podía ser menos, también son codiciados objetos de colección hoy día.

Patton durante la expedición punitiva
contra Pancho Villa en 1916. Se quedó
con las ganas de ver su espada en acción
Como colofón añadir solo que en 1916 la Junta de Caballería propuso a Patton fabricar una variante de su espada con la hoja curva. El colérico George se puso hecho una fiera y mandó un informe de seis páginas a doble cara echando sapos y culebras, así que la hipotética modificación quedó en agua de borrajas. El hombre se quedó con las ganas de ver a su criatura chorreando sangre por las acanaladuras, por lo que cabe suponer que nació con unos cien años de retraso porque se lo habría pasado pipa en Eylau o algún matadero similar.

Bueno, no creo que se me haya olvidado nada especialmente importante, así que vale por hoy. Que les sea leve y escondan bien las llaves de la despensa.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Tropas obsoletas de la Gran Guerra. Dragones franceses


Destacamento de dragones del ejército francés cruzando una población belga a comienzos de la guerra

Dragones de finales del siglo XIX dedicados a sus prácticas cotidianas
con el sable y la lanza
Hace unos meses iniciamos una serie de entradas dedicadas a las tropas obsoletas que combatieron en la Gran Guerra, sin haberse enterado al parecer de que los tiempos en que las guerras eran gloriosas y el personal siempre palmaba casi sin enterarse de un aséptico tiro en el corazón habían pasado a la historia para siempre jamás. Como vimos en dicha entrada, los brillantes regimientos de coraceros marcharon al frente dando por sentado que los malvados tedescos saldrían echando leches con solo atisbar en la distancia el fulgor de sus corazas y sus cascos bruñidos destelleando al sol matutino. Pero los tedescos no solo no salieron echando leches, sino que hicieron uso de sus más de 12.000 ametralladoras para convencerlos de que se bajaran de sus gallardos pencos, se despojaran de sus suntuosas armas y se enterraran en las asquerosas trincheras llenas de fango y ratas, como todo el mundo. Aquello supuso un trauma gordísimo  para los gabachos (Dios maldiga al enano corso), que jamás podían imaginar que las grandilocuentes arengas de sus mandamases eran más falsas que las promesas de un político, y que ya nadie se batiría en retirada por muy guapos que acudiesen al campo del honor. Incomprensiblemente, la lección que debían haber aprendido en la breve pero intensa guerra Franco-Prusiana debería haberles hecho prever que las cosas estaban cambiando a una velocidad inquietante, pero ellos seguían en sus trece con sus corazas bruñidas, sus vistosos uniformes pantalones rojos incluidos y sus cascos como los que se usaban en tiempos del tiránico enano pichicorto. En resumen, estaban más trasnochados que Drácula. Y no solo conservaban sus regimientos de coraceros, sino también de húsares, cazadores y, por supuesto, dragones, que son de los que hablaremos hoy.

Dragón de la Guardia Imperial del enano. Obsérvese
que por aquella época no usaban sable, sino la espada
mod. Año XII la caballería de línea. Así mismo, en vez
de tercerola porta un fusil Año IX como el de
la infantería más su bayoneta para combatir a pie
Grosso modo, los dragones eran, por decirlo de una forma simple y sin complicaciones, infantería a caballo. Su origen, que se remontaba al siglo XVII- algunos autores lo adelantan al siglo XVI- se debió simplemente a la necesidad de desplazar unidades de infantería con la máxima rapidez posible a los puntos en que era necesario apoyar a las tropas que mostraban síntomas de empezar a flaquear. Así pues, cuando el enlace del mandamás les hacía llegar la orden, montaban en sus pencos y salían a toda pastilla a echar una mano al regimiento tal o al batallón cual, porque desde la colina donde el jefe atisbaba el panorama se veía claramente que serían arrollados de un momento a otro. La llegada de tropas de refresco no solo podía servir para rechazar a los enemigos, sino para hacer subir la decaída moral de sus compañeros, que veían que no los dejaban tirados. Pero los dragones no se limitaban a actuar como refuerzos y, una vez consolidada la posición, largarse con viento fresco sino que, llegado el caso y si lograban poner al enemigo en fuga, explotar el éxito y, aupándose en sus caballos, echar mano a la espada y perseguirlos para acuchillarlos bonitamente y que no dieran más guerra o, si era necesario, incluso cargar contra la infantería enemiga como cualquier unidad de caballería.

De arriba abajo: modelo 1807, modelo 1812 y modelo 1823
En tiempos del enano se habían convertido en una caballería ligera con misiones similares a los húsares, pero con la salvedad de que, además de la espada y el fusil con que iban armados, a cuatro regimientos de dragones se les añadió una lanza con lo mirada puesta en Rusia, donde su Grande Armée de saqueadores de tumbas y violadores de monjas no tenía tropas adecuadas para ofender a los fieros cosacos. El arma entregada inicialmente era la lanza modelo 1807, destinada en realidad a los lanceros polacos al servicio del enano. Era un lanza provista de una moharra de 25,5 cm. de largo y de sección cruciforme con un tope en su base con forma de champiñón para impedir una penetración excesiva, pero fue sustituida en 1812 por un modelo un poco más corto pero más pesado que superaba los 3,2 kg y una moharra de 21 cm. Como dicho modelo no acababa de convencer al personal, en 1823 se diseñó un nuevo modelo más corto y ligero con una moharra de sección triangular de solo 12,7 cm. de longitud, pero con unas barretas de enmangue mucho más largas para proteger el asta de los tajos de las armas enemigas. 


Dragón de finales del siglo XIX. En la mano
lleva la lanza modelo 1890 con asta de bambú
Finalmente, hacia el último cuarto del siglo XIX la tendencia era fabricar las astas de bambú macho, mucho más resistente y flexible que las maderas tradicionales, pero las dificultades para disponer del dichoso bambú alargaron la implantación de dicho modelo hasta nada menos que 1890. En este caso, su moharra de 15 cm. volvía a recuperar la forma cuadrangular de sus antecesoras pero, como ya sabemos, el bambú no se puede perforar para introducir remaches, por lo que dicha moharra estaba atornillada a un cubo de enmangue provisto de un pequeño tope de forma discoidal y los botones para sujetar la banderola. No obstante, y ante la permanente dificultad para obtener el bambú necesario para dotar a sus brillantes regimientos de caballería, a los gabachos no les quedó más remedio que optar por algo tan vulgar y chabacano como el acero, que sus ancestrales enemigos, los malvados prusianos y los españoles anclados en la Edad Media y el Santo Oficio ya usaban. Así pues, llorando amargamente porque las lanzas de bambú eran muchísimo más elegantes, no les quedó más remedio que diseñar un nuevo modelo cuya asta estaba fabricada con tubo sin soldadura y armada con una moharra de sección triangular de apenas 12,4 cm. de largo, quizás con la caballerosa intención de hacer poca pupa al enemigo. Al final de la misma llevaba un disco de tope como su elegante antecesora y, por aquello de darle un toque de distinción, la empuñadura consistía en una envuelta o funda de cuero en cuya parte superior tenía una anilla para abrochar en la misma el porta-lanza. En la foto inferior podemos ver el modelo 1913 en toda su extensión de 297 cm.  Su peso era de 2,17 kilos y la fabricaba la Manufactura d'Armes de Châtellerault. No obstante, y a pesar de su aspecto más bien birrioso, algunos la consideraban como un arma temible si se sabía manejar. Sea como fuere, lo cierto es que se dejó de fabricar en 1915, y el resto de la contienda transcurrió con las unidades servidas hasta la fecha.


En el detalle podemos ver claramente la moharra de este modelo. La eficacia del disco tope fue rápidamente cuestionada
por su pequeño tamaño, que de poco servía ante el empuje de un caballo lanzado al galope


Foto tomada en París el 4 de agosto de 1914, apenas comenzada la fiesta. En
la misma vemos un escuadrón de dragones camino del frente luciendo su
anacrónico aspecto. Cuatro regimientos estaban acantonados en la capital
Bien, la cuestión es que, como hemos visto en este largo introito, a partir de los conflictos del enano corso con el resto del planeta se acabó por armar a los dragones con lanzas, teniendo en ellos una herramienta todo uso para desempeñar cualquier cometido en el campo de batalla: cargas convencionales, misiones de exploración, escolta, escaramuceo, apoyo a otras unidades de infantería combatiendo tanto a pie como a caballo y persecución del enemigo. Y así llegamos al pacífico y apacible siglo XX, con los gabachos pensando que las guerras seguían siendo unos debates un tanto exaltados entre dos bandos pero, eso sí, manteniendo la caballerosidad en todo momento y, por supuesto, no desperdiciando la ocasión para deslumbrar a las damas con sus vistosos uniformes, con cascos bruñidos, charreteras de hilo de oro o plata y hebillas y botonaduras de latón que destellaban a kilómetros de distancia.


Curiosa postal coloreada que muestra la sección de ametralladoras de un
regimiento de dragones haciendo prácticas de tiro. Se hace un tanto extraño
ver a unos probos ciudadanos vestidos como sus bisabuelos en
Waterloo manejando armamento moderno
Al estallar la contienda, el ejército gabacho disponía de la, en teoría, mejor y más nutrida caballería de los ejércitos en liza. En el caso que nos ocupa, nada menos que 32 regimientos de dragones distribuidos en distintas divisiones de caballería. Debido al problema con las lanzas de bambú, de los 32 regimientos solo seis estaban equipados con el modelo 1890, mientras que los 26 restantes usaban el nuevo modelo 1913 de acero. Cada división estaba formada por tres brigadas que, por lo general, combinaban unidades de dragones y coraceros salvo en el caso de las divisiones 2ª, 5ª, 8ª y 10ª, cuyos efectivos eran enteramente de dragones. Una brigada estaba formada a su vez por dos regimientos más una sección de ametralladoras. Además, cada división contaba con su propia brigada de artillería formada por dos baterías, un grupo ciclista formado por tres secciones de cazadores y una de ingenieros y, finalmente, un destacamento de comunicaciones. 


Patrulla de dragones explorando en busca de enemigos. Esta foto nos permite apreciar el aspecto del casco con la
funda protectora. Por detrás asoma el penacho de crin. En este caso van desprovistos de lanzas

En cuanto al resto del armamento podemos verlo a la izquierda. Aparte de la dichosa lanza, lo componían el sable de caballería ligera modelo 1822 que, como vemos, tenía ya casi un siglo a cuestas y aún estaría en servicio varios años más. Como todas las armas blancas del ejército francés, además de bonita y elegante era sólida y bastante eficiente. A su guarnición de bronce se añadía una hoja levemente curvada de 93 cm. de largo y 3,1 cm. de ancho. A partir de 1840 se le añadió un guardapolvo de piel de búfalo. La vaina, fabricada de acero niquelado, disponía de una única anilla para prenderla tanto del fiador como de la silla, tal como vemos en la foto, mediante un gancho. Para evitar destellos y un excesivo deterioro de la misma se protegía con una funda de cuero color avellana. Y como arma de fuego, la misma carabina de caballería Berthier modelo 1892 calibre 8×50R Lebel que ya vimos en la entrada dedicada a los coraceros, pero lógicamente sin el rebaje que hubo que hacerle en la culata para disparar con la coraza puesta. A eso, añadirle la bayoneta que vemos debajo de la carabina para cuando había que pringarse como la infantería. Se trata del modelo 1892, una robusta arma provista de una hoja de 40 cm. con anchas acanaladuras y el galluelo habitual en muchas de las bayonetas de su época. Para los que lo desconozcan, el galluelo servía para trabar y, llegado el caso, partir la hoja de la bayoneta enemiga durante el cuerpo a cuerpo. Eso de que era para hacer de tope y no pringar de sangre el cañón es la enésima chorrada más falsa que el curriculum de un político. La longitud total del la misma era de 51,4 cm. Los cornetas y oficiales usaban el revólver modelo 1892 en lugar de la carabina.


Patrulla de dragones escoltando prisioneros de guerra a retaguardia, una de las labores habituales de este tipo de tropas.
La foto debió tomarse en las primeras semanas de la guerra ya que, según podemos observar, aún conservan las hombreras
trenzadas y los distintivos de las mangas muy vistosos


Como vemos, no iban precisamente desarmados al combate si bien pronto tuvieron que comprobar que los tiempos de los sables y las lanzas estaban quedando obsoletos a una velocidad preocupante, para no hablar del resto del equipo, que estaba más anticuado que los pantalones de campana. A la derecha vemos el casco modelo 1874 que, en aquel momento, era el mismo para coraceros y dragones. En la foto A lo podemos ver sin los aditamentos propios que tanto contribuían a darle realce: el penacho sobre la cresta de la foto B y el plumero que se colocaba en el portaplumas situado en el lado izquierdo. Dicho plumero (foto C) era escarlata excepto para el coronel del regimiento, que usaba plumas blancas de garza, el personal del cuartel general, que lo llevaban tricolor, y los músicos, en cuyo caso era de color rojo y blanco. Como vemos en la imagen, se fijaba al casco mediante un clip a presión de forma que podía colocarse para paradas y demás eventos militares, eliminándose a la hora de irse a pegar tiros. El penacho del crestón fue definitivamente eliminado. Solo permaneció inalterable la larga crin de caballo que pendía de dicho crestón y que asomaba por un agujero practicado en la cubierta de tela de la foto D, puesta en servicio en 1901 más que nada para preservar el casco del deterioro propio del uso cotidiano. Además de la color caqui que vemos en la imagen se fabricó una en azul oscuro. Con todo, ya en tiempos del enano se fabricaron cubiertas protectoras de este tipo con el mismo fin salvo que, durante la Gran Guerra, su uso se hizo obligatorio al revés, o sea, se quitaba cuando se estaba en retaguardia y se ponía cuando se marchaban al frente porque un casco semejante se convertiría en objetivo de los tiradores enemigos nada más presentarse en las trincheras. Aparte de todo lo comentado, el interior tenía la típica guarnición de cuero formada por siete lengüetas que se regulaban de la forma tradicional mediante un cordón. El ala que cubría la nuca también estaba forrada de cuero en su interior.


El uniforme era igualmente anacrónico porque a la guerra había que ir vestido como Dios manda. De izquierda a derecha vemos en primer lugar el uniforme de tropa y suboficiales que constaba de guerrera azul, los consabidos pantalones rojos sin los cuales Francia dejaría de existir y botas de montar. Del cinturón pende una cartuchera para la munición de la carabina, que, como recordaremos, se alimentaba con peines de tres cartuchos. La correa que cruza el pecho era para la cantimplora, y el casco va cubierto con la funda protectora. El fulano del centro pertenece al grupo ciclista que, como no tenía penco en el que cargar los chismes, tenía que llevar un macuto y el capote enrollado cruzándole el pecho. En vez de botas de montar lleva calcetines altos y botas de media caña, y la cabeza se la cubre con un gorro cuartelero. Finalmente, a la derecha vemos a un dragón con su elegante capote con esclavina prácticamente igual que el que se usaba en tiempos del enano. La tradición y la elegancia ante todo, qué carajo...


Escuadrón de dragones cruzando una población, obviamente en retaguardia ya que tanto los oficiales como la tropa lleva
el plumero lateral en el casco y las charreteras en los hombros. Había que dar buena imagen ante el paisanaje, supongo...

Los oficiales vestían de forma similar pero variaba el color de la guerrera, que en este caso era negra. A la derecha podemos ver en primer lugar a un capitán con uniforme de diario que, en este caso, sí lleva el plumero lateral en el casco ya que no había peligro de que le volasen los sesos ante una referencia de tiro tan vistosa. En los hombros lleva las tradicionales charreteras a las que tan aficionados han sido siempre los gabachos- aún las usan en desfiles y demás saros-. El de la derecha es un ayudante que, en vez de botas, calza unas polainas. La ilustración nos permite además apreciar la apariencia de la vaina del sable con su cubierta de cuero y los correajes que, así como la funda de la pistola, eran de cuero bruñido y teñido de negro. Como prenda de cabeza alternativa podían usar un gorro cuartelero o un quepis, si bien a la vista del escalofriante número de bajas producidas en las trincheras por heridas en la cabeza se dejaban de chorradas y se calaban el casco, que aunque no era tan sólido como un Adrian, al menos evitaba más de un chichón.


Naturalmente, en cuanto el personal se percató de lo desagradable que podía ser que a uno lo vieran desde la gran puñeta, se tomaron medidas drásticas para reducir al máximo la visibilidad de las tropas. En la figura izquierda podemos ver a un soldado de 1ª clase que, si lo comparamos con los anteriores, ya ha experimentado substanciosos cambios si bien estos no afectaron de forma uniforme a todas las unidades de dragones, más que nada en función del destino que tuvieran. En este caso vemos que a nuestro hombre le han quitado sus pantalones rojos que, como ya dijimos, sin ellos Francia se vaporizaría en un nanosegundo y, a cambio, le han proporcionado unos espantosos calzones de pana marrón. Las polainas han sido sustituidas por vendas y las hombreras de hilo plateado han desaparecido. Así mismo, el distintivo de rango se ha visto reducido a la mínima expresión, una pequeña barra roja terciada en la bocamanga, y los botones de latón han sido descosidos para poner en su lugar una botonadura civil de color oscuro. También el casco ha sufrido una notable modificación ya que su elegante y emblemático crestón de bronce ha sido desmontado. Estos cambios se llevaron en una época tan temprana como finales de 1914, así que podemos imaginar que las cosas no estaban para lucirse mucho en la línea del frente. En cuanto al de la derecha, se trata de un suboficial que prácticamente ya no conserva casi nada de su antiguo uniforme. Viste la guerrera azul horizonte de la infantería, los pantalones rojos que aún estaban vigentes en 1915 y sin los cuales, como era de todos sabido, Francia sería aplastada por un meteorito o algo similar, y su carabina Berthier de caballería ha sido cambiada por un fusil Lebel con su bayoneta Rosalie. Del mismo modo, el correaje es el propio de la infantería. Así fue como se uniformó a las unidades de dragones que fueron definitivamente apeadas de sus pencos, o bien cuando debían pasar largas temporadas en el frente combatiendo como infantería monda y lironda.


La inutilidad del uniforme tradicional en un campo de batalla moderno y la necesidad de unificar al máximo la indumentaria por meras cuestiones de tipo logístico y económico hizo que los dragones acabaran, tal como vemos en la foto de la derecha, con la misma indumentaria que la infantería casco incluido. Salvo las botas, que se conservaban si había que montar a caballo, el resto era igual al resto del ejército. Puede que alguno se pregunte qué sentido tenía conservar la lanza a esas alturas, y la verdad es que no tenía mucho lógica ir cargando con ese chisme salvo en caso de toparse con alguna patrulla enemiga y que se abalanzasen sobre ellos con rapidez fulgurante para convertirlos en pinchitos morunos. Lo cierto es que, a pesar de todo, las lanzas y los sables siguieron en activo hasta el final de la contienda.


Un testimonio gráfico lo tenemos en la foto de la izquierda, tomada a principios de abril de 1918. Se trata del 9º Rgto. de dragones camino a su retaguardia tras haber intervenido en Roye, en el contexto de la Operación Michael. No fue una simple escaramuza, porque en apenas quince días palmaron o fueron heridos casi medio millón de hombres, que no es moco de pavo. No obstante, en esta acción las unidades de caballería francesas combatieron como infantería aunque los vemos de vuelta con sus pencos y sus lanzas. 

En fin, criaturas, ya vemos que estas tropas obsoletas dieron guerra como pudieron o les dejaron. Pero a pesar de que la Gran Guerra supuso el fin de sus vistosos uniformes, sus gallardos jacos, sus lanzas y sus sables, muchas de estas unidades perduraron en el tiempo de la misma forma que vemos en el ejército español regimientos de caballería que, eso sí, solo les queda el nombre y las hazañas del pasado, porque van montados en carros de combate, que ciertamente son más seguros que ir paseándose por el frente en la grupa de un caballo por mucha lanza y mucho sable que se lleve encima.

Bueno, ya seguiremos con más antiguallas bélicas.

Hale, he dicho

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Debía ser desolador para tan aguerridos jinetes verse relegados a combatir en una trinchera en vez de encontrar una
muerte heroica en una gloriosa carga de caballería, pero nadie dijo que en el mundo reinase la justicia