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lunes, 9 de enero de 2023

JUSTA A PIE. REGLAS Y EVOLUCIÓN

 

Dos probos homicidas se disponen a darse estopa ante la concurrencia, formada en este caso por personajes de elevado rango. Por ello podemos inferir que se trata de un duelo judicial, y no un mero espectáculo de masas para lucir fuerza y destreza. Observen la barrera que, a modo de "ring" medieval, limita el espacio disponible para machacarse bonitamente


La cosa se pone calentita, y uno de los jueces tiene que intervenir
para separar a los justadores. Va armado de punta en blanco por si
alguno de ellos se revuelve furioso y le asesta un golpe o para
evitar que un molinete con uno de los picos de cuervo que manejan
le alcance por error y lo deje en el sitio

Como todo ejercicio marcial, la justa a pie precisaba de unas reglas o normas para impedir o, al menos, limitar el fogoso ímpetu de los contendientes. En este caso quizás con más motivos que la justa a caballo en la que, salvo cuando se formaba la mêlée, los lances se solventaban en una embestida sin dar lugar al contacto físico. Los dos jinetes se acometían, procuraban estampar sus lanzas en la zona más ventajosa del adversario y ahí acababa todo. O se ganaba, o se perdía o se empataba, pero no podían volver grupas y empezar a darse trastazos salvo que se contemplara esa posibilidad. Pero la justa a pie, debido precisamente a su origen en los juicios de Dios, daban lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos hombres que previamente se habían retado. Dicho reto podía deberse a un mero afán por demostrar al universo que se era más diestro que el adversario si este era un afamado BELLATOR o, en muchas ocasiones, para solventar malquerencias o viejas rencillas aprovechando el torneo. Sea como fuere, es evidente que en ambos casos había que atar corto a los dos combatientes para que no terminaran matándose entre ellos. Al cabo, si un apacible jugador de parchís puede acabar estampando el tablero en el cráneo de su contrincante porque le ha comido ficha tres veces seguidas, imaginen lo que podría ocurrir si estos fulanos se calentaban más de la cuenta cuando sentían que los golpes del adversario le estaban haciendo quedar en ridículo ante la concurrencia.

Miniatura del "Libro de los Torneos" de René de Anjou que muestra
al duque de Borbón examinando una lista de escudos que le presenta
el heraldo del duque de Bretaña para que elija dos caballeros y dos
escuderos que deberán actuar como jueces en la próxima justa.
Obsérvense los moretones que lucen las jetas del personal, consecuencia
de diversos encuentros

Por otro lado, estos linajudos homicidas eran hombres curtidos que se sabían mil triquiñuelas para hacer la pascua a los enemigos, ya fuese en una batalla campal o en una palestra. Hombres curtidos que, como los púgiles veteranos le meten el pulgar en el ojo al contrincante sin que el arbitro se de cuenta, pues golpeaban donde más daño podían hacer sin importarles naturalmente que el otro quedase lisiado o saliera maltrecho del lance. Lo importante era ganar y punto. Y, por cierto, mejor nos olvidamos de la versión heroica de estos simulacros de la guerra en los que primaba la caballerosidad y los buenos modales; eso queda muy guay en las novelas de Walter Scott y en las edulcoradas filmaciones yankees de los años 50, pero la realidad era distinta. Ya veíamos en la foto de cierre del articulillo anterior como uno de los combatientes no dudaba en estampar un pie en la rodilla del contrario, de modo que ya pueden imaginar la de fullerías que se perpetraban. Como es más que evidente, o estos combates se regían por una serie de normas o cada lid acabaría de mala manera en el momento en que los justadores se cabreasen y sacaran a relucir su amplio surtido de marrullerías. En resumen, había que cumplir unas reglas si no se quería acabar expulsado del torneo por alevoso y mal caballero, con el desdoro que ello suponía ya que se quedaba señalado en todo el planeta como un bellaco, una mala persona más ruin que un cuñado y, lo peor de todo, más traidor que un político.

Bien, ante todo debemos considerar que no había un decálogo uniforme para este tipo de justa, o sea, no había una serie de normas de obligado cumplimiento que fuesen inamovibles a lo largo del tiempo y el país. Antes al contrario, salvo algunas reglas, digamos, fijas, lo cierto es que en cada torneo los organizadores dictaban las que consideraban más oportunas. Sea como fuere, bien es verdad que la norma era generalmente procurar evitar que la fogosidad de los justadores no convirtieran el espectáculo en una riña tabernaria, y que la integridad física de los mismos estuviera razonablemente protegida. 

Así pues, en primer lugar se llevaba a cabo el desafío, por el que los justadores elegían a los campeones con los que deseaban medirse. Esto viene a ser algo básicamente igual a los actuales pugilatos en los que el aspirante al título reta al campeón para arrebatarle la corona si bien en este caso no se luchaba por una bolsa de varios millones de dólares, sino por ganar fama al vencer al, hasta aquel momento, invicto paladín. Dicho desafío tenía lugar en los días previos al torneo. Los lista de los participantes se exponían en el lugar donde tendría lugar el evento, y cada cual retaría al que le diese la gana. El heraldo de cada caballero tocaba con una espuela un escudo que, según el color, informaba de qué tipo de combate deseaba llevar a cabo, así como el tipo de armas. Para las justas a caballo se colocaban dos escudos, uno de color dorado y otro de plata. En caso de tocar el primero, las armas serían de guerra; en caso de tocar el segundo, armas de cortesía. Para las justas a pie se procedía de forma similar, pero con escudos negros y marrones (ilustración de la derecha). Los primeros indicaban combate con una barrera interpuesta entre los justadores (ahora explicaremos lo de la barrera), y los segundos significaban una lid armados con una lanza y protegidos por la tarja. Tras romper las lanzas contra el adversario se continuaría con mandobles y, si los organizadores así lo disponían, con dagas como última fase del combate. Esta primera fase con lanza y tarja hace suponer que, probablemente, el encuentro a pie tenía lugar tras un lance inicial a caballo, y es posible que fuese el heredero directo del combate judicial de toda la vida. En todo caso, esta forma de justa perduró hasta principios del siglo XVI, conviviendo hasta esa época con el combate a pie mondo y lirondo.

Combate con picas con la barrera por medio. Obsérvese que los
justadores no llevan armadas las piernas. Una vez que lograsen
romper sus armas contra el adversario se pasaría a luchar con
espadas
En lo tocante a las normas, las que se podían considerar como generales en cualquier torneo eran las siguientes. Ante todo, estaba prohibido golpear por debajo del cinturón. Como ya se comentó en el articulillo anterior, aún empleando armas de cortesía, un impacto con armas como la alabarda, el mayal, la bisarma o el alcón podían reventarle la pierna a cualquiera, e incluso estando protegida por la armadura podrían sufrirse lesiones muy graves que, como poco, garantizaban una cojera de por vida. El arreglo de fracturas no era algo tan simple como en nuestros días, y un fémur o una tibia astillados, para no hablar de una rótula convertida en comida para peces, dejaban al lesionado con secuelas vitalicias. Con todo, y a pesar de que el armamento era previamente revisado por los jueces, parece ser que no era raro que los justadores intentasen colar un arma cortante y punzante, dándole dos higas la cosa caballeresca con tal de chinchar al adversario. Obviamente, si esto se descubría el infractor era eliminado de inmediato del torneo, pero si ya había hecho buen uso de su arma podía ser tarde.

Del mismo modo, estaba prohibido golpear en otro sitio que no fuera el yelmo, por lo que habitualmente no se permitía usar penachos o cimeras ya que estos podían dificultar a los jueces la apreciación del golpe, de los que había que alcanzar cinco en el yelmo del adversario para obtener la victoria. Tampoco se podían usar las dos manos para manejar una espada de una mano, golpear con el plano de la hoja o reemplazar el arma si esta se rompía salvo si era al golpear al adversario. Solo en ese caso se le permitía sustituirla por otra. Y, por supuesto, los guanteletes que permitieran bloquear el arma propia, como ya vimos en el artículo anterior. Tampoco se podían usar ingenios para bloquear el arma del contrario ni, en resumen, nada que diera ventaja a un justador sobre otro.


En cuanto a la aparición de la barrera, elemento que ya se ha mencionado varias veces, parece que ya se usaba a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, si bien su generalización no tuvo lugar hasta mediados del siglo siguiente. La barrera era básicamente similar a la usada por los justadores a caballo, si bien en este caso no tenía como misión impedir que los jinetes se empotrasen literalmente uno contra otro en un choque frontal, sino para mantener a los combatientes a una distancia que impidiera, aparte de las marrullerías ya comentadas, que en un calentón de la sangre se enzarzaran en un combate cuerpo a cuerpo cerrado y acabaran masacrándose bonitamente. La barrera, además, impedía o hacía más difícil golpear por debajo del cinturón debido a su altura, de alrededor de 90 cm. como vemos en la lámina superior, y permitía por ello a los justadores desprenderse de las protecciones de las piernas para gozar de mayor movilidad y conservando en todo caso las escarcelas. En este caso, se muestra un combate con espada de una mano. A ambos lados, junto a los postes, dos jueces vigilan el lance junto a sendas cestas con espadas de repuesto, quizás para sustituir las que se pudieran romper durante el combate.

El uso de la barrera también conllevaba una serie de normas añadidas, como la prohibición de golpearla, acercarse demasiado a la misma para acortar peligrosamente la distancia, tocarla con el cuerpo o apoyarse en ella. Antes de la existencia de este accesorio, parece ser que en algunos torneos se recurría a jueces provistos de una cuerda con nudos equidistantes a dos pies de distancia para, en cualquier momento, comprobar si los justadores se estaban aproximando peligrosamente uno a otro, momento en que el juez les ordenaría separarse. Si uno de los contendientes hacía oídos sordos al requerimiento, pues era eliminado sin más historias. Finalmente, tampoco se permitía esquivar los golpes con fintas o retrocediendo. En la justa a pie solo se podía detener el golpe propinado por el contrario ya fuese con el escudo o con el arma, es decir, o se atacaba o se defendía, pero de virguerías para demostrar su agilidad y reflejos, nada de nada. Los caballeros de pro debían resistir los embates del enemigo sí o sí con toda su energía. Al cabo, tener agilidad no demostraba ser diestro con las armas o lo suficientemente fuerte como para manejarlas con soltura. Un canijo birrioso se podía escurrir como una anguila ante los ataques de un enemigo más cualificado, por lo que dedicarse a esquivar sus golpes hasta agotarlo no se consideraba como algo propio de un caballero que, en teoría, iba a la guerra a luchar, no a hacer el figura.

Y en lo referente a los recintos destinados a la justa a pie, por lo general consistían en un área cuadrangular formada por una barrera de madera o de postes unidos con sogas. Dicho recinto tenía partes movibles para permitir el acceso de los justadores. Esta tipología se mantuvo mientras existieron los torneos. No obstante, cada vez se impuso más el uso de barreras dobles como la que vemos en la ilustración de la derecha. Esta distribución tenía varios cometidos. Ante todo, impedir que la plebe, enfervorecida por la lid, intentase de algún modo interferir en la pelea. Con este pasillo central se mantenían a una distancia prudencial sin que pudieran hacer otra cosa que berrear animando a su combatiente preferido por el que habían apostado a su cuñado y a su suegra. Y, por otro lado, permitía a los asistentes de los jueces distribuirse por todo el contorno del recinto manteniéndose a una distancia prudencial de los justadores, que cegados por la furia podían asestar un mal golpe a cualquiera que se moviese cerca de ellos. Con todo, y para cortar de inmediato cualquier conato de apasionamiento bélico, vemos a varios hombres de armas provistos de largos bastones dentro del recinto, dispuestos a intervenir en caso de necesidad e interponerse entre los justadores. En cuando a los jueces, lo habitual era situarlos en una posición elevada, en un palco o tribuna, desde donde podían gozar de un campo visual más amplio.

En fin, criaturas, así eran las justas a pie. A finales del siglo XVI, la guerra había cambiado lo suficiente como para hacer que los torneos pasasen a ser meras demostraciones de destreza ecuestre y poco más, y la introducción en los campos de batalla de nuevas armas condenó a la obsolescencia el armamento medieval. La aparición de la esgrima y las espadas roperas hicieron que combatir a pie se convirtiera en algo totalmente distinto, donde las armaduras, los escudos y los montantes ya carecían de sentido. Como es habitual, todo tiene su principio y su fin.

Hale, he dicho

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jueves, 29 de diciembre de 2022

JUSTA A PIE. ORIGEN Y ARMAMENTO

 

Fotograma de la película "Destino de caballero" (2001), de la que solo se salvan sus escenas de lucha caballeresca. En este caso vemos al pseudo-Von Liechtenstein dándose estopa con otro caballero durante una justa a pie. Anacronismos y chorraditas menores aparte, la escena está aceptablemente representada. Obsérvese que ambos contrincantes carecen de protección en las piernas. Ya veremos el motivo

Por norma, los torneos y demás exhibiciones marciales se asocian con los combates a caballo en los que dos jinetes se embisten como cabrones en celo lanza en ristre. El brutal encuentro se saldaba por lo general con al menos una lanza convertida en astillas y uno de los contendientes en el suelo. Es justo reconocer que debía ser un espectáculo magnífico, y que semejante despliegue de fuerza y destreza resultaría cautivador en una época en la que la gente se aburría soberanamente, con las epidemias, el hambre y la muerte como distracciones cotidianas. 

Justa tradicional a caballo en la que se enfrentaban dos oponentes

Como ya sabemos, los torneos surgieron como una forma de entrenamiento para no oxidarse durante los períodos de paz, si bien fueron evolucionando como una mera exhibición de destreza y excusa para celebrar algo celebrable. Sea como fuere, desde sus inicios solo se concebía el combate entre jinetes, bien entre grupos, bien singulares, ya que estaban en cierto modo supeditados al uso táctico de los caballeros en el campo de batalla, uséase, luchar a caballo. Ojo, esto no quiere decir que los belicosos BELLATORES de la época solo supieran combatir a lomos de sus carísimos pencos ya que, por razones obvias, si estos palmaban atravesados por las lanzas enemigas, su jinete se tenía que buscar la vida ya que no podía adquirir otra montura en plena batalla. En todo caso, ya sabemos que el entrenamiento de estos probos homicidas contemplaba cualquier tipo de arma en cualquier terreno, que no era plan de bajarse del caballo y quedarse cruzado de brazos.

Miniatura del Códice Manesse (c. 1304) que nos muestra
una mêlée en plan cafre. No era raro que varios participantes
salieran maltrechos de estos lances

Pero, como decimos, la versión lúdica de la guerra solo consideraba adecuados los enfrentamientos a caballo, y los vencedores de los torneos eran los que rompían más lanzas o descabalgaban a su oponente. No fue hasta los albores del siglo XV cuando surgió la versión de combates a pie, pero la escasa documentación histórica al respecto no nos permite saber con exactitud cómo, cuándo y por qué se introdujo este tipo de justa en los torneos, dominados hasta aquel momento por los jinetes aupados en enormes bridones que los convertían en carros de combate cárnicos. Con todo, la opinión más generalizada es que surgieron a raíz de los duelos judiciales, una costumbre heredada de los pueblos germánicos por la que se dirimían las diferencias de opinión mediante combate singular. Es lo que en España se dio en llamar juicios de Dios. Se daba por sentado que el poseedor de la verdad jamás podría ser derrotado por un felón o un cuñado, sin detenerse a cuestionar el resultado de la lid por el hecho de que el vencedor medía dos metros, pesaba 140 kilos y era capaz de levantar en vilo un pollino o descabezar a un toro de un tajo de espada, mientras que su oponente, el hipotético defensor de su honra, no pasaba del metro sesenta y con su espada no podría decapitar ni un gato anoréxico. El vencedor en juicio de Dios era el que tenía la razón sí o sí y punto.

Carga de caballería pesada. Hay que reconocer que verse venir
encima esa masa debía resultar extremadamente inquietante.
Solo las tropas profesionales eran capaces de aguantar firmes
y esperar el momento del contacto sin salir pitando del campo de
batalla con el rabo entre las patas

Bien, se supone que de ahí surgieron las justas a pie pero, ¿por qué se sumaron a los festejos marciales de la época? La teoría más comúnmente aceptada es que se debió simplemente a los cambios en los usos de la guerra. En el siglo XV, la caballería había dejado de ser el arma decisiva que fue antaño, cuando una masa de jinetes era capaz de arrollar a una hueste de villanos reciclados en infantería de circunstancias que se meaban encima al verse venir sobre ellos una masa de carne y acero que, sin duda, los aplastaría como cucarachas. Las cosas cambiaron bastante con la progresiva introducción de hombres de armas profesionales en los ejércitos de la época que eran contratados como mercenarios. Los lansquenetes alemanes y los Reisläufer suizos no solo no salían echando leches ante una carga de caballos coraza, sino que los esperaban sin inmutarse enfilando hacia ellos sus armas enastadas. En semejante escenario, los otrora invencibles caballeros no tenían otra opción que echar pie a tierra y combatir a pie con las mismas armas que la infantería si querían volver al terruño razonablemente enteros. Más aún, en algunas batallas se optaba por apear a los caballeros para luchar a pie si se consideraba que ello reportaba una ventaja táctica.

Bien, estas serían, grosso modo, las circunstancias que dieron lugar a la introducción de las justas a pie en los torneos. Según los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, podríamos deducir que, inicialmente, la justa a pie era la continuación de la misma a caballo. También debemos tener en cuenta la posibilidad de que los justadores optasen por combatir a pie o a caballo antes del torneo, cuando se elegía a quiénes retar para lucir su destreza con las armas. Un ejemplo lo tenemos en uno de los precisos e ilustrativos dibujos de la obra "The Pageants of Richard Beauchamp", conde de Warwick, dándose estopa en un torneo celebrado en Verona con el famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el Lobo de Rímini, cuando iba camino de Tierra Santa en 1408. En la ilustración vemos al conde armado con un ahlspiess, mientras que su oponente blande un alcón. En el suelo se pueden ver restos de lanzas usadas en un lance a caballo anterior, y en los lados aparecen los escuderos de ambos sujetando sus espadas por la punta, dando a entender con ello que no intervendrían en la lid para ayudar a sus señores. Finalmente, debemos reparar en el detalle de que los dos personajes visten arneses de guerra, no armaduras con piezas adaptadas a las justas a caballo que ya se empezaron a fabricar a finales del siglo XIII. Empecemos pues por dar cuenta del armamento defensivo empleado en este tipo de justa.

Parece ser que, al menos en sus comienzos, la justa a pie se llevaba a cabo con estos arneses, suponemos que por algo tan básico como la protección corporal de los contendientes que se batían el cobre con armas de guerra que, llegado el caso, podían hacer bastante daño. Aquí no entraban en juego lanzas bordonas con puntas jostradas, sino armamento de filo y punta. La miniatura de la izquierda es bastante elocuente al respecto. Un caballero se arma para un torneo, pero parece que se dispone a entrar en batalla. El escudero ya le ha puesto las piezas de las piernas, que sujeta al jaco con cordones de cuero. Esta prenda es la misma que se usa en combate: un jubón de cuero con malla en las zonas más susceptibles de ser vulneradas por las armas del enemigo: axilas y caras internas de los brazos. Sobre la mesa podemos ver el resto de su panoplia, que incluye un gran bacinete, y su armamento ofensivo compuesto por una alabarda y un ahlspiess. Esto nos deja claro que los trastazos que se propinaban justando a pie no eran ninguna tontería, y un puntazo bien colocado con una de estas armas podía dejarlo a uno listo de papeles.

La pieza más significativa de la panoplia del justador a pie era el yelmo, y por dos motivos: ante todo, porque los golpes que más puntuaban eran los que se dirigían a esa parte del cuerpo, por lo que obviamente sería donde se recibirían la mayoría de los trastazos. Y segundo, porque debía permitir un campo visual lo más amplio posible, obviamente dentro de las limitaciones que supone llevar la cabeza enlatada en uno de esos chismes. La tipología que alcanzó más difusión fue el bacinete en su versión más tardía, o sea, el sucesor del bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos, que podemos ver a la derecha, ofrecían una muy buena protección en cuello y cabeza, de modo que un mazazo o un golpe con un martillo de guerra no lograra alcanzar la anatomía de su usuario. Además, su superficie redondeada y pulida era ideal para desviar golpes o puntazos. 

Para mejorar el campo visual, además de las OCVLARIA tradicionales vemos que todo el visor estaba provisto de numerosos orificios que permitían tanto la renovación de aire como la visibilidad. Su pequeño tamaño impediría penetrar las moharras de las armas enastadas, las puntas de las espadas o incluso de las dagas. Algunos modelos, como los que vemos a la izquierda, solo disponían de angostos orificios rectangulares para mejorar aún más su nivel del protección. Por otro lado, las gorgueras se fijaban al peto, como era habitual en los yelmos para justar a caballo, lo que aumentaba la solidez del conjunto yelmo-coraza. Y precisamente la gorguera hacía que el peso de estos chismes- bastante elevado por cierto- reposara sobre los hombros del combatiente, y no directamente sobre la cabeza. Esto producía, como es lógico, que los golpes fueran absorbidos por la armadura, y no por la cabeza, como ocurriría en el caso de un bacinete de pico de gorrión. Estos yelmos se mantuvieron operativos a lo largo del siglo XV y en los primeros años del XVI.

El heredero del bacinete fue el almete, surgido en la primera mitad del siglo XVI y ganando popularidad a partir de la segunda mitad de ese siglo. Los modelos iniciales tenían bastante semejanza con sus predecesores si bien el visor tenía formas angulosas y una disposición en fuelle como el que vemos a la izquierda. Ese diseño proporcionaba una resistencia estructural mucho mayor que los visores redondeados y, además, desviaban con más facilidad los golpes dirigidos a la cara. Los ejemplares más sofisticados, como el de la derecha, tenían el cuello articulado, lo que les proporcionaba una movilidad muy superior y que venía bastante bien para controlar los movimientos de un enemigo con el que se combatía cuerpo a cuerpo. Lógicamente, varias piezas significaba una solidez inferior a la de una gorguera de una sola pieza, pero las ventajas superaban los inconvenientes. Lo más reseñable de estos yelmos eran sus visores, que disponían de dos o tres capas de protección que se quitaban o añadían a voluntad. Estas bufas, como se ve en el ejemplar de la derecha, estaban ideadas para aumentar o disminuir el número de orificios del visor en función al arma que usaba el enemigo. La calva se coronaba con un crestón destinado a soportar o desviar tajos dirigidos a la cabeza. Finalmente, eran más ligeros que los bacinetes, detalle de importancia cuando había que llevar ese trasto encima un buen rato.

En lo tocante a las armaduras, también se diseñaron modelos destinados exclusivamente para la justa a pie. El más reseñable es la armadura de tonelete, una tipología que estuvo en uso entre el último cuarto del siglo XV y la primera mitad del XVI. Estaba dotada de un faldón acampanado que cubría las piernas hasta aproximadamente la altura de las rodillas. Esta pieza podía ser fabricada como accesorio para un arnés convencional que se ponía o se quitaba según conviniera o, en el caso de ciudadanos pudientes, formar un conjunto elaborado ex-profeso para este tipo de justa. La función de este peculiar faldón era ante todo proteger la parte trasera de las piernas que, como sabemos, estaban descubiertas ya que en circunstancias normales estarían sobre la silla de montar. Pero en la justa a pie un golpe podía acabar acertando en el sitio más inesperado, y un tajo con un mandoble en la parte trasera de un muslo podría fracturar el fémur sin problemas o producir un corte fastuoso aunque la hoja no estuviera afilada. Al cabo, la energía desarrollada por un arma de semejante tamaño no era moco de pavo. En la foto de la izquierda vemos un ejemplar bastante conocido, fabricado en Greenwich en 1520 para Enrique VIII. Ojo, solo el tonelete, el resto son partes de otros arneses. De hecho, vemos que en el talón de las grebas hay sendas aberturas para dar salida a las espuelas que se ceñían en los escarpes. Aparte de eso, como vemos, el tonelete esta formado por nueve launas superpuestas que permitía cierta flexibilidad. Está fabricado en dos mitades unidas a ambos costados, mediante correas en el derecho y bisagras en el izquierdo.

El culmen de los arneses para la justa a pie consistió en diseños que eran todo un alarde de "tetris metalúrgico", elaborando ejemplares que cubrían totalmente la anatomía del fulano que se enlataba en ellos. El más conocido es, sin duda, uno que perteneció a Enrique VIII y que no llegó a terminarse por completo ya que las normas para el torneo para el que estaba destinado, a celebrar en Francia, fueron cambiadas (más adelante hablamos de las reglas y tal), así que se quedó sin estrenar. Sea como fuere, podemos admirar la destreza de Martin van Royne, el maestro armero que fabricó esa maravilla y fue capaz de ensamblar las 235 piezas de que se compone el arnés que, conforme a los usos de la época, contiene determinadas partes que se forjaban imitando prendas de moda, como los escarpes con forma de zapato o la enorme bragueta. Aparte de esto, son dignas de mención las hileras de launas que cubren las corvas y las caras internas de los codos, la parte trasera de los muslos y las nalgas. No sé si moverse en ese trasto de más de 46'5 kilos era fácil y no producía rozaduras, pero solo el hecho de fabricarlo ya denota el talento del armero que lo hizo.

Sin embargo, la pieza más peculiar de este arnés, que también tuvo cierta difusión a partir de finales del primer cuarto del siglo XVI, es el guantelete de la mano derecha. Como se puede ver, las launas que cubren los dedos se alargan de forma que, al cerrar la mano, envolverían por completo el puño, pudiéndose cerrar encajando la última launa con un pivote que surgía de la parte interna de la muñeca. En la foto de la izquierda podemos ver dos ejemplares que nos permiten apreciar con todo detalle la morfología de estos curiosos guanteletes, cuyos pulgares están repujados imitando la forma de un dedo normal, con su uña y todo. Al parecer, estas piezas fueron causa de bastante controversia,  aunque no hay unanimidad al respecto precisamente por la falta de información sobre estos lances.

Uno de los motivos para declarar vencido a un combatiente era, como ya podemos imaginar, ser desarmado. Si su contrincante podía asestarle un golpe lo bastante potente a su arma como para arrancársela de la mano, la justa terminaba para él, así que a algún armero se le ocurrió diseñar esta virguería que, literalmente, impedía soltar el arma aunque se quisiera. Obviamente, el que usase uno de estos guanteletes jugaba con ventaja, por lo que no era raro que los jueces de la justa los prohibiesen. A la derecha vemos otros dos ejemplares que, en este caso, tienen repujados todos los dedos imitando una mano. El de la derecha, perteneciente a un arnés del vizconde de Turenne, está datado en 1527, siendo el más antiguo que se conoce, aunque no por ello debemos pensar que no se fabricaron anteriormente. El guantelete empuña una espada y nos permite ver el ajuste a la misma, e incluso se aprecia una lazada de cuero para asegurar la cruceta. Por otro lado, se supone que los golpes propinados con uno de estos chismes en la mano podrían alcanzar una potencia mayor que con una manopla convencional. Sea como fuere, lo cierto es que sería imposible desarmar a un fulano que llevase puesto uno de esos guanteletes, por lo que cabe imaginar que, caso de no prohibirse, ambos contendientes tendrían que usarlos para que uno no estuviese en desventaja respecto a otro.

Bien, esto es lo más relevante respecto al equipo habitual en las justas a pie. El armamento era el que empleaba la infantería, tanto armas enastadas como espadas de una mano y mano y media, mandobles, mazas, hachas, martillos o incluso dagas. De hecho, hasta hay constancia del uso de un arma propia de villanos como el mayal. La miniatura procede del "Freydal" (c. principio del siglo XVI), una historia inacabada en la que el personaje homónimo cuenta sus batallitas y que, en realidad, están tomadas de las protagonizadas por el emperador Maximiliano I en los torneos en los que tomó parte. Como vemos, los dos adversarios se están aporreando bonitamente con mayales como si de husitas cabreados se tratase. Cabe suponer que, en casos como este, se consideraba la opción de que un caballero descabalgado tuviese que echar mano al arma de un infante ya que, como es lógico, los mayales no formaban parte de la selecta panoplia de estos probos homicidas. Del mismo modo, adquirían gran destreza con bisarmas, alabardas, gujas, roconas y demás armamento enastado que figuraba en el extenso catálogo de objetos dañinos de la época.

También se hizo uso de lanzas y picas, estas últimas sobre todo a partir del segundo cuarto del siglo XVI, cuando se convirtieron en el arma principal de la infantería. Según las teorías que se han formado a raíz de los testimonios gráficos de la época, parece ser que el primer lance de la justa a pie con estas armas era la continuación de un enfrentamiento previo a caballo. Una vez completado, se echaba pie a tierra y se acometían con estas armas usando las tarjas para aumentar su protección. En el caso de usar lanzas, estas podían arrojarse contra el adversario. El paso siguiente, una vez rotas las picas y en el caso de que ambos combatientes permanecieran en pie, solía ser un lance final con mandobles. El uso de determinadas armas especialmente contundentes podría hacer recomendable vestir armaduras como la de tonelete, para evitar que en el fragor de la lucha se asestara algún golpe- intencionado o no- que pudiera hacer verdadero daño. Recordemos que las escarcelas convencionales solo protegían la parte delantera de los muslos, mientras que la trasera y las nalgas quedaban expuestas.

Por otro lado, no debemos olvidar que las justas no las protagonizaban timoratos ciudadanos que se asustaban con solo ver un cuchillo de cocina, sino hombres bragados con superávit de testosterona que tenían como oficio enviar el mayor número posible de almas a San Pedro. Por lo tanto, no era raro que su fogosidad y su mala leche aumentase a medida que avanzaba el combate, y en muchas ocasiones la justa degeneraba en un enfrentamiento similar al que tenía lugar en una guerra. De hecho, cuando los participantes seleccionaban los adversarios que deseaban retar, así cómo el tipo de combate en concreto, podían elegirse armas a todo trance, o sea, cortantes y punzantes, por lo que había que protegerse hasta las pestañas, por si acaso. Más aún, incluso en el caso de usar armas embotadas, una alabarda provista de una cabeza de dos o tres kilos de peso manejada por un ciudadano fornido que alcanzaba una pierna o, peor aún, una rodilla, tenía todas las papeletas para dejar cojo de por vida al adversario. De hecho, un puntazo con la pica de una de estas armas podía penetrar por una rendija del yelmo, escabechando a su habitante en un periquete o dejándolo bastante perjudicado.

Bueno, como hoy toca almuerzo con la autora de mis días, que se pirra por los festejos familieros que yo detesto profundamente, en vez de actualizar todo el discurso dividiremos este tema en dos partes. En la siguiente entrada se hablará de las reglas y demás cuestiones relacionadas con las normas de este tipo de justa, de modo que con esto terminamos por hoy.

Hale, he dicho

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Dos caballeros se dan estopa a martillazos, unas armas que, como sabemos, tenían una contundencia devastadora y eran capaces de penetrar en una armadura cuando se golpeaba con el pico. En esta ilustración podemos ver cómo se protegen con las mismas tarjas empleadas para justar a caballo. Por cierto, reparen en la coz que el fulano del penacho gordo le acaba de endilgar en el menisco al cuñado del plumero canijo. Malas artes, ¿qué no?


sábado, 2 de mayo de 2020

ARMATURA, el entrenamiento militar romano


Sesión diaria de entrenamiento. Una masa de hombres inactivos tardan menos de un mes en convertirse en una masa de
vagos entregados a la molicie, los vicios y la indisciplina. El ejercicio constante impide pensar, y pensar es la mejor
manera de convertir a todo un ejército en una panda de inútiles  porque no piensan en cuestiones metafísicas, sino en
lo bien que estarían en casa, lo hartos que están de darse caminatas interminables, lo cabrito que es el tribuno, lo
despiadado que es el centurión, la de tiempo que hace que no se da un restregón con una hembra frondosa, etc.

Por norma, cuando sale a relucir el tema de las legiones de Roma, si hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo es en que su férrea disciplina fue la que permitió que mantuvieran la supremacía militar durante siglos. Hasta un cuñado con severas carencias intelectuales sabe que un ejército descomunal pero indisciplinado será vencido sin problemas por otro inferior en número pero cuyo entrenamiento y disciplina sean de primera clase. El mismo Cicerón ya lo aseguraba cuando decía que el entrenamiento "...produce el espíritu preparado para enfrentar heridas en la batalla. Presente a un soldado de igual coraje, pero sin entrenamiento, parecerá una mera mujer". Y no hablamos de la gilipollez esa de las pelis en las que el energúmeno del sargento yankee de turno se desgañita con lo de "...cuando camine por el valle de las sombras no temeré mal alguno porque soy el mayor hijo puta del valle", que no es más que una bravata de tropas que para reducir a un francotirador con un Kalashnikov mohoso solicitan un ataque aéreo, por lo que acabar con el moro les cuesta una millonada en vez de ir en su busca y sacarle la piel a tiras, sino de auténtica y verdadera disciplina. Disciplina como la que permitió a los falangitas macedonios darle las del tigre al inmenso ejército de Darío, de esa en la que el oficial al mando dice "de aquí no se mueve nadie" y, en efecto, nadie cede ni un palmo de terreno aunque no quede uno vivo. Por algo así, un racista contumaz como el ciudadano Adolf- del que precisamente anteayer se cumplió el septuagésimo quinto aniversario de su benéfico deceso por autolisis- respetaba a los divisionarios españoles en Rusia, o cuando Felipe de Hohenlohe-Neuenstein llegó en Empel al convencimiento de que Dios era español.

FVSTVARIVM SVPPLICIVM, pena capital impuesta por quedarse dormido
durante una guardia. Al poner en peligro la vida de sus compañeros, eran
estos los que aplicaban el castigo apaleando al condenado hasta la muerte
Por lo general, los profanos en estos temas y los pacifistas de salón, esos que van de guays y creen fervorosamente en la hermandad entre civilizaciones hasta que los "civilizados" se presentan en su casa armados hasta los dientes, le violan a la parienta y a sus hijas ante sus narices, degüellan a sus hijos y, finalmente, le vuelan la tapa de los sesos tras sodomizarlo con el mango de la escoba, dan por sentado que eso de la instrucción en orden cerrado marcando el paso es una ridícula pantomima cuartelera, que cantar canciones guerreras durante las marchas es una chorrada o que ponerte a caminar 20 km. con todo el equipo a cuestas es una refinada forma de sadismo. Pues va a ser que nones. Eso no se hace para perder el tiempo ni para putear al personal, sino para que aprendan lo que es la disciplina, porque un ejército sin disciplina no es más que una masa de borregos humanos que saldrán echando leches en cuanto un solo lobo-enemigo haga acto de presencia. En la Gran Guerra, los famosos motines entre las tropas gabachas ante la sangría interminable tuvieron lugar porque le tenían más miedo a los tedescos que a sus jefes, pero los tedescos, como les tenían más miedo a sus jefes que a los gabachos ni piaron, y se pasaron sus cuatro años de guerra cayendo como moscas pero sin rechistar, como debe ser, qué carajo.

HASTATVS y TRIARIVS de la República, las tropas romanas
antes de ser profesionalizadas. Eran equiparables
a las milicias concejiles de la Edad Media,o sea,
ciudadanos llamados a filas en caso de guerra
Bien, con esta arenga ya creo que es evidente que la disciplina y el entrenamiento son la clave para que un ejército funcione como una máquina bien engrasada, y los probos imperialistas latinos lo tuvieron muy claro desde el momento en que su cada vez más extenso territorio les obligó a tener un ejército permanente y olvidarse de llamar a la guerra a los ciudadanos de higos a brevas. El naciente imperio necesitaba soldados profesionales dedicados a tiempo completo a la milicia, y pasar del panadero, el alfarero, el herrero, el bodeguero, etc. que sacaba las armas del baúl y se marchaba a la guerra renegando por tener que dejar su negocio en manos del incompetente de su cuñado. Así pues, cuando se formaron legiones de miles de hombres que debían obedecer ciegamente cualquier orden, cuando debían tenerle más miedo a su centurión que a una caterva de germanos echando espumarajos por la boca, solo había una forma de conseguirlo: imponiendo una disciplina más rígida que un espinazo artrítico y una preparación militar capaz de convertirlos en auténticas máquinas nasía pa matá. Y dicho esto, comencemos.


Tribunos militares llevando a cabo la DILECTIVS, la selección de
ciudadanos para nutrir las cuatro legiones consulares que se formaban
para la guerra antes de la reforma de Gaio Mario
Como casi todo el mundo sabe, el que introdujo el ejército profesional en Roma fue Gaio Mario durante su etapa consular en plena guerra contra el númida Yugurta. Para los ciudadanos romanos, que ni sabían dónde leches estaba Numidia, eso de tener que dejar a la familia y el negocio para cruzar el mar en busca de aquellos sujetos tan belicosos no era un panorama nada atractivo, y si había algo que Mario tenía claro era que con campesinos, granjeros o zapateros reciclados en BELLATORES de circunstancias aquello no terminaría nunca. La solución fue ofrecer la ciudadanía romana a todo aquel que por su origen o su condición social no la ostentaba, acompañando la oferta con un STIPENDIVM más los pluses habituales cuando algún mandamás permitía saquear una ciudad o hacía entrega de suculentas sumas de dinero a las tropas como premio a su dedicación. A todo ello, sumarle alojamiento, tres comidas al día, indumentaria y, con suerte y echándole valor, ascender y poder licenciarse con una prima que le permitiría montar algún negocio o una parcela de tierra donde establecer una explotación agrícola o ganadera. En resumen, algo impensable para cualquiera que no fuese romano, por lo que las colas para alistarse daban siete vueltas a la manzana en las oficinas de reclutamiento nada más saberse la noticia.


Un CONTVBERNIVM durante una marcha. Al
frente marcha el DECANVS
En fin, no vamos a entrar a fondo en las reformas llevadas a cabo por Mario porque no vienen al caso, pero lo que sí era más que evidente es que aquella masa de reclutas que en su vida habían manejado un arma debían recibir un adiestramiento adecuado para no ser aniquilados en el primer envite. Así, se les instruyó en el manejo de la espada, la lanza y el escudo. Se les enseñó a nadar a los que no sabían ya que si había que cruzar un río lo tenían chungo porque aún no se habían inventado los flotadores de patito, y se les quemaron las lorzas en cuestión de pocas semanas a base de marchas agotadoras cargados con toda su impedimenta personal. Lo de las famosas mulas de Mario fue simplemente consecuencia de la constatación de que los trenes de pertrechos no solo retrasaban enormemente el avance del ejército, sino que eran un aliciente para enemigos ávidos de botín, así que la mejor forma de quitarles las ganas era obligando a cada cual a llevar su equipo, reservando una mula o un asno por CONTVBERNIVM- la unidad básica del ejército, formada por ocho combatientes, uno de los cuales era el DECANVS (líder del grupo), y dos servidores- para lo más pesado: el CONTVBERNIVM en sí, una pesada tienda de campaña de cuero con capacidad para el personal, las PILA MVRARIA- las estacas con que se formaban las empalizadas de los campamentos- las herramientas y las raciones extra si se preveía que el viaje iba para largo.


Uno de los gratificantes paseos campestres gozando de la gentil compañía
del centurión, que maneja su VITIS con singular pericia y te quita el cansancio
antes que una bebida isotónica
Los reclutas que se iban sumando al ejército debían llevar a cabo un draconiano proceso de instrucción de cuatro meses en los que no se paraba en todo el día, literalmente. Se empezaba con lo básico: aprender a marchar marcando el paso, obedecer las órdenes todos a una y, por supuesto, fortalecerse y quemar las escasas mantecas que sobrasen. Recordemos que en el ejército no se aceptaban ni gordos ni tipos en plan Chuarchenegger. Solo querían ciudadanos fibrosos, con las carnes justas y de una estatura que varió con el tiempo pero que nunca fue inferior a 1,70 metros, o sea, hombres esbeltos y espigados y, además, que supiesen leer y escribir. De toda la amplia gama de ejercicios e instrucciones a cumplir a rajatabla, las marchas eran quizás lo peor. Inicialmente se obligaba a efectuar una de 20 millas (29,6 km.) en cinco horas a MODICO GRADV (paso regular), que para cualquiera de nosotros sería un paso más bien ligerito porque equivale a unos 6 km/h de media, cuando lo habitual en cualquier persona que no va de paseo, sino dirigiéndose a alguna parte es de 4 km/h. Posteriormente, estas marchas podían alargarse hasta los 35 km. Además, según Vegecio, no eran unas marchas por caminos en buen estado, sino por cualquier tipo de terreno, aumentando a tramos la velocidad a marchas forzadas, subir por acusadas pendientes o descenderlas, y todo ello cargados con la impedimenta, las armas, coraza y casco, que en total podían sumar unos 25-30 kilos. En estas alegres excursiones eran acompañados por la caballería para que se habituaran a manejar sus pencos por terrenos difíciles, cuando no tenían incluso que apearse y marchar a pie. Para que no les faltase el estímulo y en ningún momento se rompiese la formación, los centuriones y los OPTIONE jaleaban al personal dándoles algunos palos en el lomo. Con todo, siempre había algunos que quedaban rezagados porque ya no podían más, y de esos se hacía cargo personal destinado para que no se quedaran tirados en mitad del campo. Estas marchas debían realizarse tres veces al mes como mínimo. Una delicia, ¿qué no? Ojo, y se tiene constancia de marchas en las que se llegaron a cubrir hasta 50 km. en una sola etapa, e incluso algo más.


Y para completar la excursión, si el legado decidía que era más oportuno pernoctar fuera de su acantonamiento pues había que elegir un lugar donde detenerse a pasar la noche. Pero no valía desplomarse y quedarse dormido donde cayese, sino que había que montar un campamento en toda regla. Así pues, se descargaban las acémilas, se montaban las tiendas de campaña mientras otros cavaban la FOSSA, una zanja que si no estaban en territorio hostil tenía un metro de profundidad arrojando la tierra hacia dentro para formar un talud, y otros completaban una empalizada con las PILA MVRARIA que, por lo general, tocaban a dos por hombre, o sea, 12.000 unidades en una legión de finales de la República en adelante. Y, por supuesto, se establecían turnos de vigilancia aunque no hubiese un enemigo en 500 km. a la redonda. Cabe suponer que cuando los que no tenían el primer turno de guardia se metían en la tienda, no es que se quedasen dormidos de inmediato, es que entrarían en coma. Esta peculiar faceta del entrenamiento romano siempre me ha resultado especialmente aterradora, porque patearse 30 km. cargado como un mulo a paso vivo y que luego te pongan a cavar un foso o a plantar estacas y, encima, que te despierten en plena noche para tu turno de guardia, solo lo hacían estos probos imperialistas y Superman. En fin, por la mañana, al toque de trompeta, el personal desmontaba las tiendas. Al segundo toque cargaban la impedimenta en las mulas, deshacían la empalizada y cegaban el foso, y al tercer toque se armaban y preparaban para la marcha. Según Flavio Josefo, antes de dar el tercer toque se preguntaba por tres veces si estaban listos para iniciar la marcha, a lo que todos a una respondían "¡Estamos preparados!". Y vuelta a empezar. 


Maniobras entre dos unidades en presencia del emperador Adriano, que
contempla el desarrollo del simulacro desde la tribuna. Como
vemos, están arrojando sus PILA e iniciando el CONCVRSVM
Otra faceta de la instrucción consistía en adoptar la formación que se ordenara en el campo de maniobras, bien dadas a viva voz o con toques de trompeta. Así, se aprendía a desdoblar filas, a desplegarse o reducir el frente, a formar en cuña, en cuadro, en círculo o a formar el TESTVDO y, posteriormente, el FVLCVM, una formación similar pero en la que solo se cubrían las cabezas. Del mismo modo se aprendía a efectuar el CONCVRSVM (la carrera previa al lanzamiento de los PILA) sin romper la formación y, una vez arrojadas las jabalinas, desenvainar los GLADII e iniciar el IMPETVS para llegar al contacto con el enemigo. Para habituarse al manejo de la espada, recordemos que ya se explicó en el artículo dedicado a los GLADII como durante dos veces al día se pasaban horas aporreando un poste de metro ochenta (6 pies romanos) con una espada de madera que, al igual que el PILVM  y el SCVTVM de instrucción, pesaba el doble de la espada real. A partir del siglo III se añadieron los PLVMBATÆ, unos dardos lastrados con plomo que cada legionario llevaba en la cara interna del escudo. Portaba cinco unidades que, al tener más alcance que una jabalina, se arrojaban antes del IMPETVS y, ciertamente, causaban bastantes bajas entre los enemigos.

Pero a los legionarios no solo se les adiestraba en el manejo de las armas propias de su unidad, sino que también recibían una instrucción básica en el manejo del arco, la honda e incluso montar a caballo si bien lo habitual era que los hombres destinados a la caballería o como arqueros fueran aquellos que, bien reclutados como auxiliares, bien porque tenían experiencia anterior en la vida civil, o bien porque mostraban destreza natural para ello, se les destinase como EQVITES o SAGITTARII. Antes de las reformas de Mario, la caballería se nutría de los miembros de familias adineradas con medios para poseer y mantener un caballo- los EQVITES- pero a los nuevos reclutas profesionales se les proporcionaba montura, silla y arreos. Los novatos eran aceptados como PROBATVS (aprendices), y tras un período de prueba se les consideraba como DISCENS EQVITVM (reclutas de caballería) No obstante, su entrenamiento no era precisamente apacible. Inicialmente se les hacía pasar horas aprendiendo a montar de un salto por ambos lados- recordemos que aún no existían los estribos-, lo cual puede parece fácil cuando se le cogía el tranquillo, pero mientras tanto las costaladas eran antológicas porque era habitual tomar más impulso de la cuenta y salir despedido por el lado opuesto. Obviamente, estas prácticas se llevaban a cabo sin el penco reglamentario sino, como vemos en la ilustración, con la silla colocada en un pseudo-caballo.


Recreación según Connolly del campamento y el campo de maniobras de la
LEGIO VII CLAVDIA, acantonada en Viminacium, en la actual Serbia.
La flecha señala la situación de la tribuna
Una vez que dejaban de caerse nueve veces de cada diez y lograban montar y desmontar con propiedad era cuando empezaba lo más complicado: hacer lo mismo, pero armado, con el escudo en una mano y la espada o la lanza en la otra. Para desmontar, al carecer de estribos, debían levantar una pierna, pasarla por encima del cuello del caballo y deslizarse hasta el suelo. Arriano insistía en que era imprescindible que un jinete fuese capaz de montar y desmontar con toda su impedimenta con el caballo a medio galope, lo que resultaría vital en batalla ya que, por razones obvias, estos animalitos se mostraban generalmente remisos a quedarse quietos mientras el EQVES intentaba auparse en la silla que, por cierto, tenía el inconveniente de que podía enganchar la camisa de malla en alguno de sus cuernos, motivo por el que verán que las tropas de caballería la usaban más corta que sus colegas de infantería, no pasando apenas de la cintura. 


Forma de lancear enemigos. Sin estribos era más seguro
para el jinete asestar en lanzazo enarbolando el arma o
descargando el golpe desde abajo. 
Una vez que los reclutas habían alcanzado un nivel de destreza adecuado, debían hacer una demostración de sus habilidades ante la tribuna en la que el legado, tribunos y demás gerifaltes contemplaban la exhibición. La tribuna estaba situada en un extenso campo cercado anejo al CASTRVM como los actuales patios de armas cuarteleros, donde las tropas llevaban a cabo sus ejercicios cotidianos. Aparte de las evoluciones propias de la HIPPIKA GYMNASIA, de la que ya hablaremos otro día porque eso era para las tropas veteranas, el EQVES debía pasar al galope ante una diana colocada ante la tribuna armado con cuatro jabalinas. Antes de llegar a su altura debía lanzar una primera, otra al pasar ante ella, otra cuando la había sobrepasado, y algunos hombres especialmente diestros aún eran capaces de lanzar la cuarta arrojándola por encima de su hombro izquierdo. Obviamente, también eran entrenados en el manejo de la SPATHA a caballo cuando había que rebanar gaznates enemigos, entrenamiento que complementaban realizando maniobras entre grupos simulando combates a caballo.


Arquero a caballo hacia el siglo VI. Su técnica fue copiada,
como casi todo en el ejército romano, de ejércitos extranjeros,
en este caso los partos y los sármatas
Y a sus destreza con las armas debían mejorar en la monta aprendiendo a saltar obstáculos, saltar sobre zanjas y subir o bajar acusadas pendientes sin caerse y sin que el animal se desequilibrase. En resumen, un entrenamiento bastante complejo, largo y peligroso porque más de uno se desnucaría de una caída. A partir del siglo I d.C., los entrenamientos eran dirigidos por el EXERCITATOR EQVITVM, seleccionado entre los centuriones más veteranos y cualificados. Este era a su vez asistido por el MAGISTER CAMPI. No obstante, el que marcó la pauta para establecer un método mucho más completo fue el mismo emperador Adriano, que como soldado veterano que era sabía sobradamente el papel que debía llevar a cabo la caballería. Por ello, insistió en que los jinetes debían entrenar no solo entre ellos, sino también en combinación con la infantería para saber cómo apoyarse mutuamente, e incluso debía aprender a tirar con arco a caballo para contrarrestar a sus enemigos partos y sármatas, especialmente diestros en esta disciplina. Según Vegecio, el método implantado por Adriano seguía vigente en el siglo V, y las prácticas ante la tribuna eran obligatorias tres veces al mes. 

Crueles, corruptos e implacables, se
bastaban para meter en cintura al
personal más rebelde
Bien, este era, grosso modo, la ARMATVRA o, al menos, gran parte del proceso de adiestramiento de las tropas que en modo alguno se daba por concluido tras los cuatro meses iniciales. O sea, que si lo que pretendían era darse a la molicie y vivir apaciblemente en una guarnición durante los 12 años del enganche a la espera de trincar la prima por la licencia estaban listos. El entrenamiento no cesaba jamás, las marchas se seguían realizando todos los meses hiciera frío, calor, lloviese o nevase, las horas de entrenamiento con el poste ídem, así como correr, saltar, nadar o lo que se terciara porque el ejército no permitía que el personal se tornara perezoso y se pasaran el día jugando a los dados, escapándose del campamento para irse de putas o agarrando cogorzas de campeonato a base de vinagre. Los centuriones velaban constantemente por el orden y la limpieza de las dependencias de la tropa y los animales, por el mantenimiento del equipo en perfecto estado de revista, y ya hemos explicado varias veces que los castigos ante los rebeldes o los vagos eran temibles, desde las famosas palizas del desmedido "CEDO ALTERAM", (¡Dame otro!) el famoso centurión que partía el VITIS en los lomos del personal, a tandas de latigazos con el FLAGELLVM o, peor aún, con el FLAGRVM, con el que se podía incluso matar a un hombre.

No obstante, la realidad es que se sabe muy poco de quienes eran los que dirigían estas sesiones de "fitness" tan estimulantes. Como ya comentamos en su momento, el ejército llegó a recurrir a los DOCTORES de las escuelas de gladiadores para que instruyesen a las tropas en el manejo de las armas. La primera y más temprana mención a la ARMATVRA procede de Tito Livio en el 169 a.C., pero no como parte del adiestramiento militar sino como un tipo de ejercicio propio de gladiadores que se realizaba en los anfiteatros. Posteriormente también era denominado como ARMATVRA PEDESTRIS o PYRRHICHA MILITARIS, lo que podría indicar que su origen podría estar en la pyrrhiche, el entrenamiento al son de flautas que practicaban los espartanos. No se concreta en qué consistía ya que el término en sí, ARMATVRA, que podría traducirse como ejercicio con armas, es un tanto ambiguo, pero en lo que a mí respecta deduzco que originariamente podría tratarse de algún tipo de espectáculo en el que los gladiadores mostraban al respetable su destreza con las armas.  Vegecio lo menciona como "el ejercicio de la ARMATVRA", que "...hoy solo se exhibe en los circos los días de fiesta", pero aseguraba que los que lo dominasen podrían vencer sin problemas a cualquier enemigo. Así pues, se sabe que era un tipo de entrenamiento que fue adoptado por el ejército como un método reglamentario, al parecer a partir del siglo I d.C.

El entrenamiento con armas simuladas de más peso que las reales no solo
desarrollaba la musculatura, sino que hacía que a la hora de la
verdad el escudo y la espada parecieran una pluma
En su EPITOME REI MILITARIS, Vegecio insistía afanosamente en la conveniencia de que el ejército retomase esa práctica ya que, cuando hizo su compilación de temas militares en el siglo V, el ejército romano empezaba a ser una sombra de lo que había sido, con los LIMITANEI que debían custodiar las fronteras del imperio dedicados más tiempo a atender sus negocios y sus tierras que a la cosa militar, y tomándose solo un rato por las tardes a hacer el ganso en el CAMPVS de su CASTRVM para cubrir el expediente. Solo las unidades de élite seguían manteniendo un nivel de entrenamiento aceptable, pero estas fueron disminuyendo de forma progresiva. Debido a la evidente molicie que reinaba entre las tropas, Vegecio recordaba cómo "... la disciplina de este ejercicio [ la ARMATVRA ] fue observada tan estrictamente por nuestros mayores que a los maestros de armas se les recompensaba con doble ración, y a los soldados que habían aprovechado poco en aquel entrenamiento, se les obligaba a tomar en lugar de trigo cebada, y no se les volvía a dar su ración de trigo antes de haber demostrado con pruebas en presencia del prefecto de la legión, de los tribunos y de otros oficiales, que cumplían todo lo que requería el arte militar”. No olvidemos que para un legionario no había mayor ofensa que privarles del pan, que consideraban el alimento más digno y propio de guerreros, y que lo preferían antes que la carne o cualquier otra delicia gastronómica.


SAGITTARII haciendo sus prácticas que, a la vista de la expresión de los
asistentes, deben estar resultando un verdadero churro
Los hombres que dirigían la ARMATVRA acabaron tomando el nombre del ejercicio en sí, si bien no sabemos quiénes eran los designados para ello. Podrían tratarse, al menos en sus comienzos, de centuriones veteranos que se las sabían todas y, además, tenían autoridad sobrada para imponerla y hacer que un tullido saltase a la comba si hacía falta, pero también es posible que, a medida que pasó el tiempo, fueran también legionarios veteranos que alcanzaban un rango denominado CAMPIDOCTOR, lo que de por sí ya les daba potestad para imponer su autoridad. El término CAMPIDOCTOR surgió hacia finales del siglo II d.C. y tiene una etimología más que obvia: hace referencia al CAMPVS donde se desarrollaban las maniobras, y a DOCTOR, maestro, por lo que un CAMPIDOCTOR era un maestro de campo. Ciertamente, debían gozar de un estatus muy elevado dentro de su legión aunque no se sepa cuántos de ellos había en cada unidad si bien hay constancia de que, por ejemplo, en el siglo III d.C. la LEGIO II ADIVTRIX contaba con los suficientes CAMPIDOCTORES como para formar una SCHOLA, aunque desconocemos si cada centuria tenía el suyo o bien cada cohorte. Lo que sí sabemos es que no se alcanzaba el rango de CAMPIDOCTOR en dos días. Tenemos por ejemplo a un tal Staberio Felix, perteneciente a la LEGIO VII GEMINA, que tardó 12 años en alcanzar el grado de DISCENS ARMATURÆ, o sea, instructor en prácticas. Recordemos que 12 años era el tiempo de duración del primer enganche, y en ese tiempo podía uno hasta aprender a hacer punto de cruz con el PILVM. Pues nuestro hombre solo llegó a aspirante, así que podemos dar por sentado que un CAMPIDOCTOR era un maestro consumado en el manejo de cualquier tipo de arma que se usase en el ejército. 

Arrojando las PLUMBATÆ. Una lluvia de cientos de esos dardos podía
diezmar las primeras filas del ejército enemigo de una tacada gracias a
su gran poder de penetración. Además, sus puntas barbadas imposibilitaban
su extracción tanto de los escudos como del cuerpo
Otras unidades también tenían sus maestros de armas específicos, como el EXERCITATOR EQVITVM de la caballería o el DOCTOR SAGITTARVM de los arqueros. Al parecer, también se creó el rango de ARMIDOCTOR, un instructor de alto rango que, en este caso, podría ser exclusivo de los pretorianos, y que tras cumplir los 16 años del enganche en la guardia podían pedir el traslado como CAMPIDOCTOR a una legión donde se reengancharían por 12 años más. Hubo probos instructores de estos que dedicaron literalmente su vida al ejército, como Lucio Pellartio Celer que, tras su periplo como pretoriano y pasar a ser un EVOCATVS (licenciado), se le ofreció reengancharse como CAMPIDOCTOR en la LEGIO XV APOLLINARIS, de la que se licenció finalmente tras la friolera de 43 años de servicio. Por cierto que la ARMATVRA debía ser un ejercicio tan completo que incluso se tiene constancia de emperadores que la practicaban, como el mismo Adriano, Constancio II o Juliano el Apóstata.

Tropas formando el FVLCVM. Tras ellos se colocaban los arqueros para
ir aclarando las filas enemigas que, cuando llegasen dentro del alcance
de los PILA, recibirían una lluvia de jabalinas
Bien, dilectos lectores, en esto consistía la ARMATVRA, un eficaz método para convertir a las tropas en verdaderos atletas con una resistencia física que ya quisieran muchos de los que actualmente van de deportistas por la vida. Eran ágiles, fuertes, incansables, soportaban todo lo soportable e incluso lo insoportable bajo cualquier condición meteorológica, la falta de sueño, de alimento, saltaban, corrían y caminaban horas y horas y, a todo ello, sumarle una destreza mortífera en el manejo de las armas. El dominio y la constante práctica de la ARMATVRA fue lo que les permitió dominar a naciones enteras durante siglos, y su decadencia fue precisamente lo que supuso en principio del fin del mayor imperio que había conocido el mundo hasta aquella época. El mantenimiento de las tropas que debían guardar sus dominios era muy caro y nutrido cada vez más por tropas mercenarias, mientras que su rendimiento era cada vez peor hasta el extremo de que, a partir del emperador Constancio III a mediados del siglo V, hasta evitaban enfrentarse con ningún ejército en batalla campal porque el nivel del ejército era una birria, y cualquier horda de energúmenos podría arrollarlos en un periquete porque, por perder, habían perdido hasta las dos principales cualidades de las legiones: el espíritu de cuerpo y la VIRTVS.

En fin, criaturas, imagino que con esta extensa perorata no habrá un solo cuñado capaz de rebatirles nada sobre el eficaz método de adiestramiento de las legiones romanas. No duden en humillarlos sin misericordia en cuanto puedan con esto de la ARMATVRA, que no creo que el calvo del Canal Historia lo haya sacado a relucir alguna vez.

Que el bicho coronario os sea leve y se mantenga alejado de vuecedes ahora que empieza el desconfinamiento, amén de los amenes.

Hale, he dicho

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GLADIVS, ADIESTRAMIENTO Y USO EN COMBATE



6.000 ciudadanos correosos, atléticos, diestros en el manejo de las armas y, encima, con un elevado sentido del deber y
seguidores de una disciplina férrea eran muy muy difíciles de derrotar