¡Hola! Después de mucho tiempo vuelvo a publicar en el blog. Esta vez son los dos primeros relatos que escribí sobre Yalena, mi personaje de Campamento Mestizo, para definir su trasfondo y sus miedos. Ahora que ha terminado la temporada uno, voy a ir subiendo las cositas que creé sobre el personaje. ¡Espero que os guste! Yo quiero muchísimo a mi hija.
LA MUSA DE TODOS, LA MUSA DE NADIE
El aspecto de Yalena siempre era perfecto, la mirara quien la mirara. Esto no era un comentario subjetivo sobre la belleza de una persona, si no una obviedad. Las personas que la veían, la contemplaban como si de una obra de arte se tratase, algunos incluso habían llegado a llorar nada más clavar sus ojos en ella.
Sus abuelos, como Yalena los llamaba, decían haber recibido a la niña como un regalo de la diosa Afrodita. Eran unos ricos marqueses de la misma Grecia que, cuando descubrieron el don de su hija, no dudaron en llamar a todos los artistas del mundo para que la retrataran.
El primer cuadro en el que la pintaron tomaron como referencia la imagen que sus abuelos tenían de ella. Eran dos niñas, completamente diferentes, que se daban la mano con un rostro amable. Cuando Yalena vio la obra terminada lloró como nunca antes había llorado. ¿Por qué había pasado horas posando, sonriendo, con dolores por todo el cuerpo si las personas del retrato no eran ella?, ¿por qué no habían plasmado sus rebeldes rizos rosas o sus ojos violetas? Ese día, tras una fuerte regañina de sus abuelos, aprendió dos cosas: que las señoritas no lloran en público y que el resto de personas que la conocían veían un aspecto diferente al que ella veía de sí misma.
Los cuadros continuaron durante el resto de su infancia y toda su adolescencia. Vinieron artistas de todo el mundo para ver a la persona más atractiva del globo, a la musa del siglo XXI. Ningún retrato se parecía al anterior y ningún retrato tenía el aspecto que ella veía. Esa no era ella aunque aprendió a fingir que sí y, con el paso de los años, terminó por creérselo.
Lo que también aprendió fue a dibujar y pintar. Siempre que posaba, miraba de reojo a los artistas: su modo de coger los utensilios, como mezclaban los colores o la sutileza con la que posaban el pincel en el lienzo. En su soledad intentaba plasmar lo que había aprendido con paisajes, animales y algunas personas, pero nunca consigo misma.
Al menos no hasta que recibió aquella carta de su madre. Saber que su aspecto real dependía de que fuera capaz de enamorarse de personas que no podían verla le hizo querer guardar su imagen, la que para ella era real, para siempre. Se hizo una hermosa foto y luego la plasmó con un estilo que podría recordar a la famosa Venus de Boticceli. En aquel momento pensó que no importaba lo que dijeran los demás, no importaba si en un futuro se convertía en un monstruo por no amar. Así era su aspecto real, simple y llanamente porque era el que ella había decidido tener.
Cuando marchó al campamento, consiguió la mayoría de cuadros que pudo para decorar la, hasta entonces, sosa mansión de Afrodita. Sus hermanastros amaron aquella donación y Yalena se arrepintió nada más hacerlo. Ganar la admiración de toda aquella gente no equivalía a recordarse cada día que nadie podía verla. Su autorretrato lo guardó en la habitación, donde solo ella podía observarlo. Por las noches lo contemplaba soñando que alguien más pudiera verla como en aquel cuadro.
¿SOLO UN SUEÑO?
Siempre había sido un sueño muy parecido, pero aquella noche fue más intenso que nunca. Yalena caminaba por un hermoso pasillo. A su alrededor, multitud de espejos. En cada uno de ellos veía un rostro diferente, eran los mismos que los cuadros de la mansión de Afrodita. Todos eran ella y ninguno lo era, podía verse a sí misma y a la vez no veía a nadie.
En los dos últimos espejos vio a las dos niñas que sus abuelos siempre habían visto en ella: la rubia y la morena, la de ojos claros y la de ojos oscuros, la de tez pálida y la de tez morena. Esa había sido la perfección en su casa, pero nunca había sido ella. Por suerte para Yalena, al fin pudo llegar al último espejo. En aquel sí vio la perfección que solo ella misma podía apreciar. Ese cabello rosa que caía en bucles desde sus hombros hasta su cintura, esos labios rosados entreabiertos en una sonrisa, esos dedos finos y gráciles y, sobre todo, esos afilados e hipnóticos ojos violetas que parecían de otro mundo. Esa era la perfección, aunque nadie la hubiera podido ver hasta ahora.
Sin embargo, la pesadilla comenzó cuando una nota cayó del cielo: “No eres la persona que ves en el espejo”. El reflejo de sí misma comenzó a difuminarse para mostrar la nada. La nota cayó al suelo, a la vez que todo su cuerpo se iba deshaciendo hasta que la nada fue lo único que se presentaba ante un espejo vacío. La última imagen que vio antes de despertarse fue la de sus ojos violetas, pero ya no eran solo hipnóticos, sino también aterradores.
Lo primero que hizo Yalena al despertar fue mirarse al espejo. Necesitaba ver que su aspecto seguía siendo el de siempre. Mas, en aquel momento, cuando se vio no sentía que esa persona fuera ella, aunque desease serlo. La mujer del espejo era perfecta: no lloraba, no sentía miedo, siempre sabía como responder y conseguía todo lo que se proponía. Ella ahora mismo lloraba en silencio, deseando que nadie de la mansión la escuchara, temblaba y se sentía impotente por no saber cómo controlar sus sentimientos y, en el fondo, por no saber lo que en realidad deseaba.
—¿Quién soy?—Fue un susurro tembloroso antes de que su cuerpo se quedara inmóvil y su mirada se perdiera en la nada mientras, dentro de ella, se producía la peor de las tormentas.
FIN
